Lástima el padre que le tocó

La discusión es intensa. María escucha las voces desde el piso de abajo. Detiene la limpieza frente a la oficina de Mauricio Ponce & Ponce y acerca el oído a la puerta. Reclamos y acusaciones de padre a hijo y viceversa. Levanta los hombros, desentendiéndose. Lleva los elementos al depósito. Son las ocho de la noche del sábado y ya no queda nadie. Retorna al quinto piso para avisar de su partida, pero por discreción o timidez, decide abandonar el edificio.

Mauricio sale de la oficina dando un portazo.

El padre queda refunfuñando. Una voz que hiere se expande por el pasillo, ahogando el ruido de los pasos del muchacho, bajando las escaleras que lo llevarán hasta el recibidor. Ya en él, los gritos se amortiguan. Aún así, lleva las manos a los oídos como queriendo tapar los insultos de Mauricio padre.

La puerta de acceso está con cerradura de seguridad. Desactiva la alarma para el destrabe del mecanismo; introduce la llave, reactiva la alarma, cierra y se mete en la noche.

Mauricio tiene la apariencia de un niño, oculto tras la barba de una semana. Esa cara no se compagina con su vestimenta: una pulcritud, una armonía de colores y hasta el atrevimiento en el uso de algún accesorio: el arito de plata, un pañuelo de seda con puntillas anudado con exquisitez. Hoy luce una boina. Se acaba de rapar la cabeza. Tal vez él mismo se haya pasado la máquina. Son detalles que suele no dejarlos librados a otras voluntades.

Cruza la calle en diagonal a la plaza. No camina, quiere volar. Con su movimiento de brazos y piernas da la impresión de ir flotando en la vereda.

La gente pasea alrededor de la plaza. El trencito gira su vuelta de despedida. El carrousel de Cáritas acaba de bajar la lona que protege a sus criaturas de las tentaciones de los amigos de lo ajeno.

La noche refresca. Una brisa del norte expande el aroma del alcanfor. Las golondrinas invadieron el norte de la plaza. Cientos de miles de pájaros se adueñan de olmos y plátanos. Sus excrementos caen sobre la vereda alejando de esa cuadra a la gente. Mauricio no se percata y continúa con su vuelo girando en el sentido de las agujas del reloj. Una ofrenda del árbol se estrella sobre la boina, pero no se da por enterado.

Son las nueve y la plaza ya está vacía. Quedan los taxistas, alguna parejita que en un banco se demora en besos, un par de policías de ronda. Las golondrinas han encontrado su ubicación para el descanso. Hay una sensación de despedida. Sin embargo, dentro de un par de horas, la plaza volverá a bullir. La noche del sábado convoca al encuentro. En las esquinas se poblará de megáfonos llamando a los jóvenes a los boliches. Los puestos de artesanos se armarán. Lustrabotas, mendigos, solitarios, buscavidas y chicos de la calle ocuparán los bancos.

Mauricio sigue ausente. Ahora su andar es cansino, no se ha detenido aún. Lleva horas girando. El policía apostado en la oficina de informes lo mira. Le divierte la ronda del muchachito, a juzgar por esa sonrisa socarrona que muestra cuando le cuenta al compañero, señalándoselo con los ojos.

Treinta vueltas, cincuenta, cada vez más lento. Mide sus pasos con parsimonia. Va a detenerse justo debajo de las golondrinas, pero no, un aleteo para levantar vuelo y a las once de la noche se desploma sobre el banco que mira hacia la Catedral.

Ahora el movimiento es intenso. Mauricio pasa como uno más de los que aguardan la cita del encuentro a medianoche. Pasan parejas, cotorritas provocativas, malón de caballitos inaugurando la juventud y el resto de los noctámbulos.

Cierra los ojos, tal vez duerma. Una abuela con su nieta le pide con cortesía que se corra hacia un costado del banco y no tiene respuesta. La mujer hace un gesto de fastidio o de comprensión y se ubica como puede a su lado. Caben los tres y hasta podría sentarse alguien más a la izquierda del muchacho.

De tanto en tanto, la abuela lo mira y dice algunas palabras para contestar a la niña que no se cansa de preguntarle que quién es, que porqué está dormido, que mirá la caca de pájaro que tiene en la gorra. La abuela se retuerce en el banco. Se anima a poner una mano en la frente del muchacho. Mauricio sonríe. Con la cara sonríe, y la niña se levanta y también le pasa su manita sobre la barba. Le gusta e insiste, pero la abuela le dice basta, ya está bien y la nieta vuelve a su asiento, no sin antes acariciar al muchacho.

La noche pasea su urgencia frente al banco. Apenas una mirada hacia él, una sonrisa, la bravuconada de una barrita, las risitas de dos adolescentes que acaban de conocerse en el matineé.

Lo despiertan las campanas de la iglesia. Las doce. Se incorpora de un salto. Dos, tres minutos quieto, para desperezarse y reemprender las vueltas. Al llegar a la esquina, cruza en diagonal la calle, provocando frenadas e insultos, y se dirige hacia la oficina. Es un edificio en donde no hay viviendas de particulares, ni sereno; un visor controla el ingreso y egreso.

Otra vez parece dudar, entra y se queda sentado en la escalera. El silencio es total. Se incorpora y sube peldaño a peldaño los cinco pisos. Al llegar al primero, se quita los zapatos y en puntas de pie continúa el ascenso. Llega a la oficina, apoya el oído a la puerta y escucha. No hay gestos en su cara. Sin inmutarse, permanece. Los ojos se le cierran, se desliza hacia el piso y ahí queda.

La voz se hizo escuchar.

-Mauricio, desatame; hijo, disculpame, sé que estás ahí, no te atreverás a dejarme así hasta el lunes, dale, ya está bien, acordate que tengo que tomar mis remedios, ya debí tomarlos, dale hijo, desatame, hijo desatame, hijo...

Mauricio acaba de despertar. Son las siete de la mañana. Mira con recelo a su alrededor. Abre la puerta de la oficina y lo ve agonizando. Lo desata. Las marcas en las muñecas parecen no importarle. Con determinación, le mete en la boca el frasco de pastillas, desparrama los papeles, abre la caja de caudales, saca el dinero, las joyas, los valores. Y se va.

Un remiss lo lleva hasta su casa. Ayer inauguró su departamento de solo y tenía unas cuentas para saldar. En el panel de entrada, debajo del Cuarto "A" puso la plaquita de aluminio con su nombre: Lucas M. Galfré. Aunque desprecia a su madre, de ahora en adelante llevará su apellido.

El lunes, María se limitará a acomodar la oficina. Echará de menos a Mauricio, un buen muchacho, lástima el padre que le tocó.

El resto del trabajo lo hará SECUP, la empresa de vigilancia que instaló el visor.

Rubén

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