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LA FIESTA
Esa mañana, bebiendo sin ganas una taza de café en su apartamento, la asaltaron fragmentos de la pesadilla. Tomó su cabeza entre las manos y al cerrar los ojos vio de nuevo los pasillos atrozmente iluminados, y los artículos de colores múltiples en las estanterías. Se dio cuenta de que todos los artículos eran ella misma, de que todas las marcas tenían su nombre. Miró a su alrededor y notó su nombre en todas partes, en los carteles de promociones, en los avisos publicitarios, en la voz del altoparlante. Se vio reflejada en los espejos de las columnas, con esa horrible sonrisa incrustada en la cara. Sintió pavor y quiso correr para escapar; los pasillos se sucedían sin cesar, uno tras otro, indiferenciados dentro de la enorme caja. Corría, sintiéndose perder entre los estantes, sin hallar una salida, asfixiándose; la opresión se hizo insoportable y despertó. Antes del sueño, antes de quedarse dormida hojeando revistas prestadas, había recibido la llamada de Octavio para invitarla a la fiesta. “Te conviene integrarte, María”, había dicho él. Ella rechazó el ofrecimiento. “Como quieras”, respondió Octavio. Al día siguiente María recordaba esto mientras desayunaba; después tomó sus cosas, se despidió del gato y se marchó. Detestaba el chillido del despertador en las madrugadas, al igual que el cielo gris de la ciudad, y aquel largo viaje en un bus repleto. Lo que más odiaba, no obstante, eran las cuadras que precedían al almacén, y verlo aparecer de repente, con su imponente forma de caja de ladrillos rojizos. Aquella sensación de hundimiento la carcomía desde hacía meses, y se incrementaba al leer en la fachada el nombre, en letras mayúsculas y gigantes, de la cadena de almacenes a la cual pertenecía éste: “VIDA”. Deseaba entonces no abandonar el vehículo. Cruzó ese día, como cualquier otro, la puerta de ingreso del personal; saludó mecánicamente a los compañeros de trabajo que encontró en el camino al vestier, y se puso el uniforme amarillo y negro, idéntico para todos. Entró luego de lleno al almacén, todavía solitario. Las lámparas en el alto techo emitían una luz blanca y potente que golpeaba las paredes también pintadas de blanco y las columnas con espejos, amplificando los colores de los artículos ubicados en las estanterías. Eran tantos los colores, tan vivos y tan fuertemente iluminados, que María tenía que cerrar los ojos continuamente, cubriéndose el rostro con las manos y luchando contra el mareo. Seguía, sin embargo, viéndolos detrás de los párpados. Se ubicó en la caja registradora que le correspondía. Organizaba su puesto de trabajo; tanto a la izquierda como a la derecha se sucedían los otros puntos de pago, como espejos apuntándose el uno al otro, en una línea paralela al ancho muro frontal del almacén. Frente a las cajeras se encontraban los pasillos, quizá más de treinta, perpendiculares a la entrada principal, con estantes llenos de productos de todo tipo. La separación entre pasillos era uniforme, al interior del hexaedro donde todo estaba en su sitio y en perfecto orden. Se abrieron las puertas; aparecieron de inmediato hombres y mujeres bien vestidos ávidos por consumir. El hecho de comparar y decidirse por una marca entre tantas iguales les confería una agradable sensación de libertad. María observó la frase en letras negras sobre fondo amarillo, debajo de la registradora: “Recuerde siempre sonreír”. Suspiró, dispuesta a atender al hombre que se acercaba con bolsas de leche y detergente en las manos. Repitió el mismo proceso con cada comprador durante toda la mañana: sonreír, decir buenos días, tomar cada artículo y pasarlo por el lector de código de barras; preguntar si efectivo o si tarjeta, terminar la transacción; mirar los ojos que pocas veces respondían, despedirse. Era sábado y por lo tanto el flujo era abundante. No había tenido tiempo de pensar con claridad, de confrontar aquello que gritaba en su interior. Se dirigía a los comedores. Su otrora caminar erguido, orgulloso y alegre había desaparecido; parecía arrastrar los pies, y un inicio de joroba afeaba su postura. Cruzó al lado de Octavio sin notarlo. –¡María! –llamó él, y ella se volvió. Se encontraba de pie, alto como era, con el mismo uniforme amarillo y negro pero con una escarapela en el pecho que lo identificaba como supervisor. –¿Vas a almorzar? –preguntó él. Ella asintió con la cabeza, impaciente. –¿Entonces no irás esta noche? –insistió Octavio, mirándola desde una esfera superior. –No. Él se encogió de hombros, giró la cabeza y sus ojos se perdieron entre la multitud. María lo observó un instante más, sin moverse, y siguió luego su camino. Era muy distinto ahora; lo opuesto del hombre generoso que la había ayudado a adaptarse al ajetreo del almacén. A un mes del ingreso de María la había invitado a salir, y después de algunas copas, bailando muy juntos un vallenato en la pista, le había besado el rostro una y otra vez, deteniéndose en los labios. Ella respondió con fuerza a un cariño y un apoyo que le hacían falta en esa ciudad lúgubre, desconocida. Con el paso de los días, sin embargo, al acrecentarse el apego por parte de ella, Octavio se tornó frío, distante. La rehuía, y cuando lograban conversar se extendía en relatos que la torturaban; le contaba de sus amantes, de sus orgías, de las fiestas cargadas de sexo y de droga que organizaba con el gerente y con empleadas del almacén, y que María siempre repudió. Al entrar al baño, halló a Luisa aspirando cocaína. Ella la reconoció a través del espejo y le sonrió. –¿Cómo estás, María? –Regular… –¿Por qué regular? –No sé… Me siento aburrida, cansada… –Tienes ojeras. –No he dormido bien –respondió María–. Han de ser las pesadillas. Luisa se le acercó. María no pudo sostener esa mirada punzante, y desvió la suya, nerviosa. –No te he visto esta semana en la caja –dijo María. Luisa acariciaba sus cabellos. –¡Porque me ascendieron! ¿No lo sabías? –Luisa no pudo evitar una risita–. Soy supervisora, trabajo en las bodegas. Ahora era María quien la observaba: su cuerpo y su rostro eran hermosos, su piel suave y acaramelada, pero tenía unos ojos dañinos, casi aterradores, como agujeros negros chupándolo todo. Tendrían ambas la misma edad. –¡Qué bueno! ¡Me alegro mucho por ti! –fue la respuesta de María. –Sí. Es excelente. Podré estudiar de noche; en unos años seré gerente de marketing de alguna multinacional… Luisa acercó lentamente los labios al rostro de María, y besó con ternura su mejilla, muy cerca de la boca. Salía del baño, pero se detuvo para decir: –María, ¿por qué no vas esta noche a la fiesta? Celebraremos el cumpleaños de Manuel. –No lo creo… –dijo María mientras se lavaba las manos. –Sí, lo sé, tú nunca asistes a nuestras reuniones… Pero deberías, ¿sabes? No todo es esta sonrisa y estos ojos –Luisa rió–. Manuel es un idiota, hay que aprovechar eso… Sola en el baño, María pudo escudriñar con calma su rostro en el espejo. Pero no le gustaba lo que veía: sin querer se comparó a sí misma con Luisa. Admiraba en ella la dedicación al trabajo, su firmeza, el empuje para alcanzar sus metas. Otros rasgos, por el contrario, le indignaban profundamente. María pensó en su propia situación. Al contrario de Luisa, activa siempre, ella había perdido las ganas de hacer cualquier cosa. Comió poco, a pesar que la cocinera se había lucido. Dirigiéndose otra vez a la caja registradora, escudriñó por enésima vez los anuncios publicitarios que inundaban el almacén. Las risas, la ropa, los cuerpos perfectos, las familias felices, la seguridad que exhalaban sus miradas, aquel mundo circundante de los anuncios lograba hostigarla. Y contempló a los cientos de compradores agitándose de aquí para allá como moscas atraídas por la luz, con sus niños gritones y sus paquetes, con sus teléfonos celulares y sus bufandas, con su aire de superioridad. Una hora después, cansada ya de tanto sonreír, vio pasar a Manuel, gerente de la sucursal, con su caminar presuntuoso, su ropa carísima –era el único que no usaba uniforme– y su cuerpo atlético. Descrestaba a hombres y mujeres con su presencia; pero no a María, no desde que lo había visto tan reducido, rogándole que aceptara salir con él. Un día, desesperado, se había desabrochado la bragueta y mostrado el pene erecto a María. –¡Mire lo que usted me hace! –le había dicho a la mujer. María retrocedió instintivamente. A pesar del asombro, pudo articular algunas palabras: –¿Qué hace? –¡Quiero que aprecie lo que se está perdiendo! –gritó Manuel inflado en orgullo. –No me impresiona –dijo ella con rabia–. El de mi novio es más bello, ¡y más grande! El pene de Manuel se tornó flácido. Lo guardó mientras decía: –¿Cuál novio? ¿Octavio? ¡Já! ¡Si supiera lo que Octavio piensa de usted! María tragó saliva con dificultad. –No… –balbuceó–. No es él –mentía, sin embargo. No tenía novio, conocía pocos hombres en esa ciudad. –Usted es la única en este almacén que me ha rechazado –Manuel se había sentado y ya no la miraba–… Y es la única a quien en verdad deseo. Aquel recuerdo le inyectó cierta seguridad. Iría a hablar con él; no podía aplazar un minuto más el acto liberador. Sus tripas así se lo exigían. Le pidió el favor al empacador de que atendiera la caja por ella. Se dirigía a la oficina, erguida, sonriente, pensando que nada la haría cambiar de parecer, nada impediría que renunciara. En siete meses no había sentido tanta paz. Los muros, las estanterías, los carteles publicitarios, el bullicio, las personas, los colores, todo aquello que la confinaba dentro de esa caja se desvanecía de pronto, surgiendo en su lugar el verde inmenso de las montañas, el cielo, los animales pastando, las casas dispersas y rodeadas por todo ese campo, todo ese espacio que ella nunca se había cansado de recorrer. Se vio de nuevo en su casa, junto a su madre y sus hermanas, trabajando con ellas la tierra, comiendo lo que sus manos cosechaban; se vio caminando horas para llegar a la iglesia del pueblo o cabalgando por caminos escarpados, saludando a los contados transeúntes que pasaban cargando pesados bultos de papa; se sintió bañándose en el río, mirando las estrellas de noche, escuchando el rumor de los grillos y de los pájaros, respirando al fin. Oyó de nuevo los cuentos del abuelo, el llanto y la risa de los niños semidesnudos, el tiple de su hermano mayor, ya fallecido. Se encontraba con su hermana recogiendo tomate (¿o era café?) una mañana calurosa, deseando el almuerzo que sin duda ya estaba listo en la casa, a lo lejos, cuando un ruido inhumano y mecánico surgió de todas partes para enclaustrarla: –Señorita María López, es solicitada en información. Se detuvo en seco. Observó la oficina del gerente, a sólo unos pasos. Giró y se encaminó, intrigada, al puesto de información. –¿Qué pasa, Sandra? –La necesitan al teléfono, María. Dicen que es de su casa, que es urgente. María no supo si dijo “gracias”. No supo nada hasta llegar a la cabina telefónica y tomar el auricular. –¿Aló? –preguntó casi sin voz. –María, es Filomena. –¿Qué pasa, Filomena? ¿Qué sucede…? –Es que… María… mamá tuvo otra recaída… Está muy mal… Augusto la llevó hasta el pueblo, dicen que necesita unas drogas, pero son muy caras… Y no tenemos plata, la cosecha no se ha podido vender… María cerró los ojos. Temblaba, tenía mucho frío. –Yo les enviaré todo lo que me sea posible –dijo, al cabo de un momento de reflexión. –Sí, gracias, María… Pero es que las drogas se las tiene que tomar seguido… Tendríamos que comprarle varias cajas al mes… –¡Ya lo sé, maldita sea! ¡Algo haré para conseguir más plata! –suspiró y se produjo otro silencio–. No se preocupen, para eso me vine a esta puta ciudad. De nuevo en su puesto de trabajo, sin haber hablado con Manuel, atendía la larga fila de compradores con carritos repletos. Sonreía y saludaba con un ánimo excesivo; algunos clientes se sintieron incómodos. Leyó de pasada, en el titular de un periódico, sobre el aumento del desempleo en el país. Estuvo a punto de gritar, pero sonrió. De noche, cuando el almacén cerraba ya sus puertas, caminando hacia el vestier se encontró con Octavio. Se saludaron con frialdad. Manuel salía de su oficina con Luisa y otras dos cajeras. Le hizo un gesto a Octavio con la mano, incitándolo a que se aproximara. –¿Van para la fiesta? –preguntó María. –Sí –respondió Octavio con ademán de alejarse. –Voy con ustedes –dijo ella. Octavio no comprendió muy bien. –¿Qué? –Voy con ustedes. Dile a Manuel que me espere, que me cambio y en un minuto los alcanzo –dijo ella, antes de perderse entre los estantes.
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