La cura

Separó la silla de la mesa y se sentó sin pedir permiso. Era mucho más alto y ancho que yo. Le sudaban las manos y estaba demasiado pálido para sólo achacarlo a una piel ignorante del sol; parecía enfermo. Daba igual, la pistola que yo sujetaba por debajo de la mesa le haría un ombligo sin nudo como no me diera una buena explicación. Las palabras se le amontonaron en la garganta, hasta que logró vomitarlas atropellándose unas a otras. Me contó quién lo enviaba, que ella, maldita sea, sabía que no le fallaría y que necesitaba mi ayuda. Debí sacarlo del local a punta de pistola y pegarle un tiro en una pierna pero, en vez de eso, le dije que continuara. En un minuto resumió su urgencia; le había pedido dinero a Ron y ahora no podía devolverlo. Fin de la historia y, en poco tiempo, de su vida. Si le pides dinero al mayor mafioso de la ciudad y no eres capaz de devolvérselo, compra bronceador para el infierno. Le dije que sí pero le pedí algo a cambio; hablar con ella. No le gustó el precio pero accedió, era su vida la que estaba en juego. Quedamos a las diez de la noche en el puerto, en uno de los pantanales más apartados y le mandé a dormir. Mientras, yo haré unas llamadas y buscaré un lugar donde esconderte, le dije.

Ya solo, recordé los días en los que aquella mujer era todo para mí, y yo era para ella el comodín de una baraja infantil. En una mala partida de naipes rompimos y volvió con el maromo que ahora mendigaba mi ayuda. Analicé la situación y decidí hacer las llamadas.

A las diez y cuarto me presenté en el sitio acordado. Él ya había llegado. Estaba más nervioso que a la mañana y en la oscuridad su palidez resaltaba como su depresión lo haría en una boda gitana. Después de los saludos de rigor cumplió con su parte del trato. Me pasó el teléfono, al otro lado de la línea oí una voz y un hola se dibujó en el espacio vacío entre mis neuronas. Me quedé en silencio, saboreando su incertidumbre mientras pronunciaba mi nombre e intentaba que yo le contestara. Durante treinta segundos yo no emití sonido alguno; ella, lentamente, daba las gracias en un susurro a un interlocutor ausente. Corté la llamada. Me giré. Saqué la pistola de la funda, miré directamente a los ojos de aquel individuo, que ahora parecía mucho más grande, y le pegué un tiro en la frente. Cayó de espaldas y me sorprendió el poco ruido que hizo a pesar de su tamaño. Miré el reloj, faltaban cinco minutos para la segunda cita de la noche. Dando un paseo me acerqué al final del pantalán y observé los reflejos que flotaban en la superficie en un balanceo continuo y adormecedor. El gorgoteo del agua contra las piedras me transportó a otro lugar, a un pasado casi olvidado. Comprendí que personas y sentimientos innecesarios no son más que un lastre, y me obligué a arrojarlos por la borda. El ronroneo de un motor interrumpió mi psicoanálisis casero. Me giré en dirección al ruido. Un coche frenó cerca del cuerpo tirado en el suelo. Mientras me acercaba bajaron dos individuos, abrieron el maletero e introdujeron, con poca elegancia y respeto, el cuerpo del finado en su interior. Uno de ellos, antes de volver a su asiento dentro del vehículo, me entregó un sobre y me dijo que Ron me daba las gracias. Guardé el agradecimiento en el bolsillo; dinero suficiente para pagar el alquiler de un par de meses y alguna cena con compañía. La felicidad es el conjunto de una buena salud y una mala memoria, recordé haber leído en algún libro. En aquel momento me invadió una profunda amnesia, ya sólo me faltaba encontrar algo de salud.

Mejuto, en Vigo un 13 de septiembre de 2006

 

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