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Justicia globalizada Llenar el cubo iba a ser una tarea inútil porque estaba agujereado por la parte inferior, pero Angelines no podía comprenderlo y, sentada al borde de la fuente, sin inquietarse por el tiempo que trascurría, miraba el fenómeno con pacífica curiosidad, exenta de preguntas, esperando que, como siempre, rebosara. Bajo la sombra jaspeante de los chopos, desde los bancos de madera de la plaza del Ayuntamiento, desafinaban maliciosas risotadas. Marcelo, Juancho, y Pedro lo habían agujereado con la única idea de reírse a costa de Angelines, ¡nada personal!, lo hubieran hecho contra cualquier ser indefenso. Ni tan siquiera esperaron a que se descubriera la trastada, cansados de la diversión se marcharon; no merecía la pena, ella era ridículamente inofensiva. Angelines era un ser diferente y su vida una impostura pero, tan aceptada, que era su realidad. Vestía, de la mañana a la noche, ropas de campesina del siglo XVIII. No se trataba de una replica exacta si no de una idealización romántica. Y es que el estilismo tenía mucha importancia porque, su estampa pintoresca, vista entre los sembrados, por el prado, o junto a la fuente de piedra, resultaba tan natural como una blanca ovejita en un paisaje escocés. Estar, simplemente estar, daba tipismo al conjunto. Y es que su familia, de origen campesino, había trasformado su granja, una hermosa casona de piedra del XVIII, en un pequeño hotel. Hospitalaria por naturaleza, la plana familiar se esforzaba por atender a los clientes con calidez y ofrecerles, con el orgullo del que comparte un tesoro, su sabrosa cocina hogareña, un placer que, por si sólo, atraía años tras años a los huéspedes. La chica aprendió a leer en casa, lejos de la crueldad innata de los niños sanos y su abuela, poeta por naturaleza, le enseñó a encontrar la belleza en las cosas sencillas y próximas. Su padre se esforzó para que comprendiera que la disciplina era una gran virtud y que, en la medida de sus posibilidades, debería practicarla. Su madre, muy pragmática, se inventó la forma de integrarla al trabajo y, con él, a la vida familiar. Y ella trabajó con perseverancia para superar las muchas dificultades que cualquier aprendizaje le representaba. Muchos en el pueblo, o entre sus clientes fijos, conocían bien la historia de superación de Angelines y su familia El trabajo de la chica consistía en mostrarse a los huéspedes. La normalidad es muy quisquillosa, pero el aspecto de Angelines no llegaba a incomodar esa sensibilidad que se despliega ante lo extraño, ante el otro, si es diferente, de límites de sobras conocidos. Ella, gracias a la mucha práctica, había llegado a manejarse con soltura haciendo algunas tareas más pintorescas que útiles: ofrecer al recién llegado una vaso de leche helada y blanca como un cuchillo de luna, desmochar, a la puesta de sol, mazorcas en el porche de poniente, haciendo saltar de entre sus dedos granitos de sol, esmaltar las piedras de la terraza esparciendo agua con las puntas de los dedos, barrer el camino entre los setos, con una escoba, siempre nueva de color azafrán y, algunas tardes, con un impecable delantal muy blanco, frente a la ventana de la cocina, batir nata o amasar las fragantes tortas de aceite, ya previamente amasadas por la cocinera, que se servirían para la merienda. También, por las mañanas limpiaba, tenía muy a gala hacerlo a la perfección, el latón de la baranda de las escaleras que, bajo algún rayo de sol ocasional, filtrado entre la penumbra de las ventanas entornadas, chispeaba inaprensible, fugaz como un copo de luz, entre la madera oscura. Todo era armonía en aquella sabia familia, que no había luchado contra un destino, que podría haberla truncado, si no que, como la madera trabajada con ayuda del agua, se hizo flexible para adaptase a él. Otro era el caso de Marcelo Juancho y Pedro que se reconocían entre si por coleguisss, colegasss o troncosss , sorteando la palabra amigos, excluida por caduca de su peculiar campo semántico. Se curraban el Instituto juntos. A estos desenfadados muchachotes no les gustaba pensar en el futuro porque habían oído que no existía. Convencidos de ser una generación muy puteada su lema era haz en cada momento lo que te rote y olvida un futuro lleno de desastres ecológicos, falsedades, invasoras hordas hambrientas, ciencia envilecida y falta de trabajo, que, bien pensado, esto último sería lo de menos; en fin, se trataba de olvidar todo lo que no mole . Los chicos traviesos se juntan con los chicos traviesos y la pendiente de introspección egoísta, vagancia e indisciplina consentida, es muy segura. Se puede apostar por ella. Tenían reputación de adolescentes terribles, bueno, ¿no lo hemos sido todos un poco?, e incluso el físico de los divertidos muchachotes dada un poco de reparo con sus cabezas pelo pincho, gafas oscuras, negras camisetas ceñidas y pantalones enormes y desgastados No tenían muchas aficiones, por no aferrarse a una vida tan efímera pero, buceando un poco se diría que les gustaba la música que, incluso de no rallarles la disciplina, tenían el potencial para ser músicos . Pero se contentaban con escuchar su música, ausente de melodía, pero de ritmo fabuloso y lo hacían directamente al oído, aullando decibelios. El irresistible compás se trasportaba, como la linfa, hasta lo más remoto de sus músculos que atacados por sorpresa se movían sincopados como sometidos a voluntad ajena. El cuello, la cadera, los hombros o, incluso el rostro, llenos de un instante de vitalidad, se agitaban electrizados dentro de las desganadas figuras juveniles. Ah, pero no era sólo música lo que conmovía sus tiernos corazones. Jóvenes cantautores componían letras que eran pura poesía social. Una oda a la mugrienta realidad urbana. Los intérpretes plantaban cara a lo que fuese, con desgana, machaconería y muy mala leche Los chicos, a fuerza de escuchar, estribillos sandungueros que hablaban de la mierda en que sus viejos les habían legado el jodido mundo, al que nadie les había preguntado si querían venir y que arreglarlo era un pasote , no tenían más que una regla, vivir a tope la puta vida que les había tocado. . Angelines, en cambio, sólo tenía una manía, un defectillo, un capricho consentido, ¡qué remedio!, por su madre. Le gustaba presumir de su cabello. Lo cepillaba y le encantaba lavárselo a menudo porque así, muy limpio, visto bajo el sol, tenía el brillo de las castañas. Todo el mundo sabía su afición que, incluso, había llegado a oídos de los creativos muchachotes. Un día, mientras por el sendero de la fuente a casa, canturreaba muy bajito, la niña bonita no come cacao ni lleva la falda de color colorao, alguien tiró pegamento sobre su cabeza y tuvieron que cortarle el pelo muy corto. Ese día sufrió, esa fue una experiencia dolorosa y sus gemidos roncos y feos salieron arañándole la garganta. Como un perrito faldero, humillado, se escondía para no ser vista y, desconsolada, incapaz de entender la maldad, se llevaba las manos a la cabeza rapada. Fue inútil que su madre le pusiera bonitos pañuelos, durante un tiempo no quiso vestir de campesina de opereta ni tampoco realizar sus tareas, y su vida sufrió un innecesario paréntesis de dolor entre paz y paz. Pero el tiempo, afortunadamente, pasó y el cabello creció más bonito. Un atardecer brumoso, cargado de lluvia contenida y de malos presagios, una piedra se clavó en la frente de Angelines, a la derecha, en un punto donde palpita la vida, y cayó fulminada. ¡Qué mala suerte! Y es que, tirar piedras, como digeron los mayores, es cosa mala: las piedras no tienen ojos. ¡Pero qué requetemala suerte! ¿Justicia? Bueno, desde ese punto de vista, no había para tanto, cosas de chicos y, eso sí, mala, ¡pero qué muy mala pata! Lástima de ella, era muy maja, cortita, pero muy buena nena, y ¡ oye, qué tenía mérito lo suyo! En algunos hogares esa noche hubo severas brocas a destiempo, e inquietud, mucha inquietud, a pesar de que fuese cosa de la mala pata, pero en la casona de piedra reinaba la serenidad. La niña se quedó muy blanca, no con blancura de lirio, si no de cera, y fue amortajada, fiel a su impostura, con el traje de novia de la abuela. La familia hizo vigilia esa larga noche junto a la muchacha que, plácida, dormía su muerte. En el pueblo, los murmullos, el furtivo roce del calzado, las lagrimas compasivas no hacían reproches, sólo se acercaban para ver a Angelines antes de partir. Una vecina trajo chocolate caliente de madrugada. No pidió venganza la sangre inocente, ni tan siquiera justicia. No hizo falta, alguien reclamó en su nombre. No se saldan cuentas tan fácilmente en este nuestro mundo, donde todo pecado conlleva su penitencia. Y sucedió que el rojo filo que empezó a manar de la frente de Angelines, hasta vaciarla de vida, no quedó impune. Que la naturaleza, en ese mismo instante, se desató enfurecida; que rayos zigzagueantes rasgaron la esfera negra que envolvía la tierra que roncó malherida; que un mar airado cabalgó sobre sus propias olas para llegar veloz a la orilla; que la tierra pastosa avanzó desde las cumbres como una serpiente viscosa y vengativa arrastrando a su paso cunas y hospitales; que árboles centenarios agitaron sus copas majestuosas pidiendo justicia antes de autoinmolarse aplastando hogares y personas. Todo eso sucedió en el mismo momento en que Angelines, la dulce Angelines, abandonaba este mundo, en un lugar remoto de nuestro planeta globalizado, a dos mil kilómetros de ella. Por ahí, en el Pacifico, sucedió. |
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