EL SUEÑO DE CONSTANTINO

 

Ordené violar y matar porque era una decisión justa. Porque la guerra implica el olvido y la destrucción de muchas cosas, entre ellas, la definición de mi propia humanidad.

Que nadie diga que un guerrero no lleva consigo sentimientos complejos como el dolor y la culpa. En medio de la carnicería, mi espada ha vacilado en su decisivo choque con el rostro del enemigo.

He huido apesadumbrado del fuego que alguna vez deleitó mis ojos con enloquecido frenesí; he vomitado impotente sobre los manjares que mi espada solía verter ante mis pies, ante mi antiguo (y ahora incomprensible) hambre de carne.

Oh sí, mis oídos sabían descifrar con nitidez el sonido del coraje, del miedo, de la ira y del fuego; ahora no hay murmullo o débil susurro, que no me llenen de absoluto espanto.

El gorjeo de las aves, el vaivén de los cipreses, el cálido viento que solía deleitarme detrás de la nuca, cuando con los ojos cerrados, arrancaba la piel de mi enemigo, ahora me parecen distorsiones horrendas de una realidad diabólica y antinatural.

—¡Déjenme solo, abandonen este lugar! — exclamé en el vacío de la noche.

Dominado por estos sentimientos confusos, me he tumbado en mi litera con la intención de no despertar jamás. Deseo con fervor que el último sueño sea el de una batalla, pero saboreada con ese gusto antiguo que la espada proveía a mis labios, y que ahora he perdido.

Pedí a lo inconmensurable —si esa definición era posible — una señal que pudiera librarme de esta oscuridad morbosa y letal. Entre fiebres y sudores gélidos, desperté a la luz primaveral del Tíber.

Tracé rápidamente los símbolos, que se formaron durante mi sueño.

—Bendita espada, surca la tierra con mi visión, y perennízala (con tu negro filo).

 

Para entender el propósito de una fe, el impío se arroja al fango sin remordimiento, a veces hasta con insana satisfacción. Explican los Sabios que esa fuerza (la certeza de una redención total) es capaz de limpiar en el tiempo y en la memoria, la putridez más absoluta, la inmoralidad más abyecta, el dolor más infame.

Antes que se borraran de mi mente, aparecieron dos líneas inclinadas dispuestas una sobre la otra.

Lo que ví en el suelo se asemejaba a uno de los tantos enigmas que yacían sobre algunos mortuorios de la plebe; era el símbolo monstruoso con el que debía vencer y redimirme. Caí al suelo, ebrio de revelación; mi rostro quedó cubierto con la tierra negra, con los vómitos que afluían de mi boca.

Al abrir mis párpados, nuevos colores pintaban mis túnicas; el brillo de mi espada, el pedazo de cielo (que yo observaba, oculto detrás de mi litera) era otro cielo; mi espada, era otra espada...

Agradecí al dios nuevo por el renacer de mis perversiones. Mi olfato reconoció el dulzor de la carne esparcida en el bosque.

El signo de la muerte. He soñado el signo de la muerte.

Soy el siervo de un fuego sin luz; como tal, apareceré ante mis legiones, y esa luz nueva cubrirá mi rostro.

Las sonrisas y el solaz de todos los rostros se volvieron pétreos y deformes. Varios hombres se refugiaron en sus escudos al contemplar mi cara.

—¡Escuchad, Roma victoriosa, oye el sueño de uno de tus hijos; escuchad al único Dios, que habla a través de mi boca!

Comenté con fervor, con gritos, con ojos de convertido, sobre mi loca visión, a los hombres, a mis leales y belicosos guerreros.

Sus ojos me revelaron enseguida que el hombre a quien miraban ya no era un extraviado temeroso, ni siquiera Constantino, o un converso, o un hombre. Lo que hablaba ante ellos era una visión gloriosa de lo que se convertiría el Mundo. En mí se depositaban los rostros de todos los tiranos del pasado; de ese porvenir que no es sino una centelleante esperanza de fuego y sangre sobre Roma.

—¡Seguiré mi sueño y su imagen! Daré vida a las cenizas que dejaron mis antepasados, en el fervor de mis legiones; entonces mi voluntad será inquebrantable. Roma es la metáfora del Mundo; mi fe es Roma, esa fe ciega e irrompible impone categóricamente que todos los bosques deben volver a sembrarse de gloria y delirio.

Mis guerreros gritaron con fervor, contagiados de mi hambre y de mis ansias. El Mundo empezaba a transformarse. Mas tarde podré darme la libertad de interpretar mi nueva fe; ese don precioso y único, que sólo compartiré con los míos.

Aunque más tarde deteste las formas que impondrá el devenir de hombres y lenguas no deberé retroceder; aun cuando mi noble espada sea reemplazada, por un sucio y vulgar báculo.

—César, debemos partir—. Profirió un centurión joven y de cabellera rojiza.

—No me digas así, eso no soy.

  (El guerrero asintió con humildad y silencio la réplica de su Señor. Apretó su espada, y se dirigió al frente de las legiones que aguardaban impacientes instaurar el nuevo orden, henchidos de ese miedo que hace temeraria la espada y cubre de fulgor las batallas).

 

Al subir a su caballo, el general Cassio Cornelio, de la tercera Legión de Panonia, me saludó cortésmente.

Ave César.

—Devolveré una fe extraña e imposible (como todas), y me iré muy lejos Cassio; en donde el calor y la sequedad del desierto, me inspiren otra vez el deseo de vivir domesticado.

"El deseo de verter el fuego y la muerte en la Tierra se lo dejo al Símbolo".

—Buena manera de proveerse de gente que apoye tu causa, mi Señor—  replicó el General, y en su rostro empezó a dibujarse una sonrisa bonachona y optimista— En Vitelia aguardan treinta mil Cristianos adictos a tu causa.

 

Sonreí. La tarde era demasiado esplendorosa para ensuciarla de realidad.

 

 

 

FIN

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