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LA CARTA Estamos sumergidos dentro de una conspiración teológica, custodiando terribles y oscuros secretos. Nuestra definición de Cristiandad cambiará el destino del Mundo. ¿Pero, qué de "oscuro y terrible" podría tener un secreto guardado por Hombres que han jurado servir a Dios? Dios es la metáfora de un Ser donde convergen lo inmaculado y lo execrable; todo lo sabio y todo lo brutal de nuestra historia. Dios es la fuerza que nos gobierna, el dinamismo preciso y la voluntad mística en nuestros actos; nuestra fe en él es el impulso y el propósito indescifrable que empuña nuestra espada. Mi conversión y la de nuestro pueblo, han sido logros poderosos. Años de dominación y conquista, a través del fuego y la oscuridad, cimentaron la base de lo que somos. Pero ahora esta posibilidad (y el inevitable orgullo) nos han dirigido hacia definiciones monstruosas de lo divino. Aún así yo insisto en la necesidad de una definición racional de la Cristiandad; en estos tiempos de glorioso, pero escaso raciocinio humanístico, las nuevas teorías de nuestros filósofos brindarán una luz en medio de las tinieblas. Ese es nuestro destino, querido Adolph. Glasgow es una tierra de gente extraña, nunca abrazarán la causa Mítica. Lo lamento profundamente. El fuego purificador de nuestra locura, se quedará con nosotros. Es bueno extrañar la plenitud entre mis cadenas; así, el valor de la amistad se fortalece de nostalgia y comprensión. Hay un móvil sobrenatural que guía mis actos en estos días. Ayer, mientras descansaba en mi celda, pude entregar este mensaje a un hombre sin párpados. Te ruego por la seguridad de mis hijos y de mi esposa, cuyo valor y fidelidad a la causa no han tenido nada que ver con mis deliberaciones. Sobre este hombre sin párpados, sólo puedo decir que la providencia a veces se anuncia de forma terrorífica. Un abrazo, a ti y a Eve. Y que lo mejor sea nuestro, mi Líder. Rudolph Hess. El Innombrable, febril y destrozado, guardó la carta en su chaqueta de fieltro; luego se introdujo el cañón de un revolver en la boca. Sintió el fuego en su garganta, un cierto escozor nuevo dentro de su cara; empezó a comprender el propósito real de su vida; el significado metafísico de todos esos años violentos, oscuros; gloriosos aún, en su trágico final. Cuando su conciencia ingresaba al receptáculo de todas las posibilidades, decidió guardar consigo el momento en que su alma sintió la presencia total y absoluta de Dios: Seig Heil! Seig Heil! Seig Heil! En sus ojos apareció otra vez la imagen de una multitud conversa, cuyo vocerío místico y monstruoso, no debía olvidar. El Innombrable trató de persistir en esa fe perdida y poderosa; pero la nada ya era, y el revolver cayó sobre la mesa. FIN
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