Un Elfo Oscuro en Berlín

Había llovido en Berlín y los cabezas rapadas agradecían a la noche por el anonimato y el frío. Todos menos Bjorn, que era asmático.

— ¿Lo trajiste? — preguntó Jeffrey, conmovido por el miedo de sus compañeros.

— Tiene ojos azules y cabellos rubios—, balbuceó Swedenborg, el más enorme y brutal del grupo.

La mayoría del grupo había logrado ingresar a la catedral de Sant Hedwig a través de una pequeña abertura ovoide, en donde antes había un pequeño portal herrumbroso. En el agujero dejado sólo había una frágil placa de madera prensada que decía: "en proceso de restauración".

— ¡Es un asqueroso sudaca ! — replicó Bjorn — ¿88?

— ¡88! —gritó todo el grupo. Luego comprendieron su torpeza: El ruido era letal para estas operaciones .

El eco de la catedral repitió sus voces hasta formar un contrapunto caótico que se hizo mas tenebroso cuando retumbó en al altar.

—Estamos en Berlín, el aire hiede a conformismo, a tolerancia, a delación—, profirió Swedenborg. Bjorn, lugarteniente de Jeffrey, descargó de su bomber varios instrumentos extraños.

— ¿Qué demonios es eso? —preguntó Jeffrey.

— Cruces célticas —, respondió Bjorn.

—No. Son cuchillos destinados para el pecho del sudaca —, corrigió Swedenborg, tajante. Miró sus botines militares, el lodo había calado hasta llegar a sus pantalones.

Dos muchachos gemelos trajeron a rastras a un niño muy pálido que presentaba signos de haber sido golpeado.

—Se ve como salido de un molde élfico. Es una escultura, una flor aria —dijo Jeffrey, regodeándose en sus palabras.

Bjorn y Swedenborg se observaron y no pudieron disimular unas sonrisas. A Jeffrey se le había metido a la cabeza parodiar unos versos que había oído la noche anterior, mientras cosía a puñaladas a un comerciante marroquí que se dedicaba a la escritura y al cultivo de amantes latinos. Entretejer detalles escabrosos de anteriores incursiones antes de dar rienda a su crueldad era una de sus pasiones más recurrentes. Observó a Bjorn, jocoso, mientras jugaba con su cuchillo: una reliquia perteneciente a las juventudes Hitlerianas.

—Eres un juglar Jeffrey, un Horderlin consumista, un Morrisey renacido—, dijo Bjorn, sonriendo y complaciéndose al recordar cómo había dibujado letras rúnicas sobre el pecho de otra víctima con los mismos rasgos étnicos del marroquí, hace unas semanas.

—Morrisey es maricón —dijo Swedenborg, sombrío, tratando de mantener firme sus gestos mientras la cara se le retorcía en una mueca estúpida.

—Díganme el nombre, su edad y su signo—, interrogó Jeffrey.

Los dos gemelos que sostenían al niño tensaron sus facciones— ¡No lo sabemos! — contestaron en coro. Jeffrey se aproximó para contemplar mejor el cuerpo semidesnudo de su rehén. Su víctima estaba drogada y entumecida por los golpes realmente poderosos que había recibido.

—No puede responder, le dimos tantas pepas como para drogar a un rinoceronte — susurró Bjorn, intentando que sus palabras sonasen claras y precisas, a pesar del carraspeo involuntario que le provocaba la humedad de la noche.

—Es sudamericano, lo encontramos en la biblioteca, leyendo pornografía—. Dijo uno de los gemelos, con un gesto de indignación y asco.

— ¿Qué leía?— preguntó Jeffrey.

De profundis . Masculló Swedenborg, cuya sola mención de este título le provocaba serias contracciones en su voluminoso estomago.

— ¡Está mintiendo! —se oyó una protesta de entre las sombras.

— ¿Quién mierda dijo eso? — profirió Jeffrey. El poco pelo que tenía en la cabeza se le erizó.

Esta vez nadie se cuidó del ruido y empezaron a insultar a las sombras que les rodeaban. De la ira pasaron rápidamente al terror absoluto.

— ¡Vámonos carajo! —gritó Swedenborg.

El grupo se replegó hacia la entrada de la catedral. Se oyó un grito y el sonido de un cráneo estrellándose contra un muro. El pánico impedía el paso del aire en los pulmones de Swedenborg, que se desplomó en el piso, dando retumbos. Bjorn extrajo de su bomber una pistola Luger que había pertenecido a su abuelo. Para su sorpresa, aún funcionaba.

Los tiros fueron a chocar hacia una especie de muro metálico. Los dos gemelos de rostro tenso abandonaron a su suerte al prisionero y echaron a correr como poseídos. Otro golpe metálico se oyó proveniente del altar, acompañado de un gemido. Jeffrey se sorprendió cuando una figura extraña se asomó hacia un destello de luz exterior, que se colaba a través del agujero de un vitral roto.

Era una criatura de aspecto insólito: tenía los cabellos blancos — a pesar de su rostro juvenil — y una piel tan negra como la oscuridad de la catedral. Jeffrey ahogó un grito.

— ¡Déjalo hijo de puta! — gritó Bjorn apuntando su pistola y descargando un tiro que fue interceptado por un movimiento tan veloz que aturdió sus sentidos. Un destello acerado descendió sobre él sin darle tiempo a reaccionar. La curva de una cimitarra se deslizó a la perfección por debajo de su barbilla para hundírsele en la garganta.

El rostro de Bjorn se retorció en un grito silencioso.

Jeffrey aun tenía su cuchillo en la mano. Pero cuando vio caer a su amigo degollado, no lo pensó dos veces.

— Qué quieres, no tengo dinero, ¡por favor, por favor...! — las suplicas de Jeffrey se detuvieron al contemplar unos ojos violeta que le observaban fijamente—. Dios mío, eres el diablo—, balbuceó mientras sentía que sus pantalones se mojaban vergonzosamente. La oscuridad se había hecho mas intensa, ahora que las linternas de sus compañeros caían una a una al piso. Se rascó los ojos. Estaban húmedos—. ¡Eres un hijo de Puta!—, protestó Jeffrey, enceguecido por las lágrimas.

— ¡Drow! — corrigió la criatura. Jeffrey no entendió lo que quiso decir, pero en el acento y en la pronunciación de esa palabra intuyó que el ser que lo miraba se refería a algo íntimo y quizás mucho más sagrado y anacrónico que las murallas que le rodeaban.

Se equivocaba.

— ¿Drow? — se atrevió a preguntar Jeffrey, tratando de controlar su espontáneo lloriqueo. En su cabeza revoloteaban imágenes tan dispares como vampiros, íncubos, zombis; toda una parafernalia de seres ridículos que de pronto empezaban a mutar y convertirse, de una ensoñación infantil y doméstica, a una terrible y grotesca realidad.

Aprendí tu idioma de forma dolorosa. Aunque también aprendí a tolerar mis penas. No sabes lo que es un Drow ¿verdad?

Jeffrey sentía que las piernas le flaqueaban. Por primera vez en su vida comprendía el verdadero significado del terror y de la locura. Educado en la barbarie de una familia separada, un Padre violento que lo golpeaba constantemente y una madre que no le hablaba nunca, Jeffrey jamás se había dado el lujo de temerle a la vida dura y a caminar solo en el Universo. Se había logrado un nombre a base de sangre y violencia en las calles más inhóspitas y salvajes de Berlín. Pero ahora, rodeado de sombras, observando el haz de luz que iluminaba el rostro de ese ser que le hablaba con tanta serenidad, se sentía indefenso, indefenso como un frágil animal que se enfrenta a lo desconocido. Lo verdaderamente desconocido que incursionaba de manera brutal en su vida

Un Drow es un Elfo oscuro, un ser maligno de las profundidades de la Antípoda oscura, Mentzoberranzan, la ciudad donde nací —. Hubo un gesto de profundo dolor que acompañó a las palabras del Elfo.

Jeffrey aún sentía miedo, pero ahora se le sumaba una extraña sensación de irrealidad; todas las imágenes de su niñez se mostraron ante él como la escena de una parodia que de pronto se transformaba en un dramático y violento paisaje de realidad vívida que había sido mutilada por ideas de madurez y de adiestramiento social. Ahora redescubría esa lucidez infantil que había sido reemplazada por lo prejuicioso y lo ilusoriamente real , cuyo credo odiaba pero sin embargo seguía. Sintió como si toda su vida, todos sus ideales, formasen parte de una pantomima colosal y surrealista. Arrojó el cuchillo al suelo y contempló la oscuridad irremediable de su entorno. El Drow percibió en los ojos del joven una mezcla de miedo y soledad que le resultó inesperada. Bajó el filo de sus cimitarras y relajó los puños que sostenían unos mandobles de exquisito labrado.

El mundo ha cambiado de geografía —. Profirió el Drow—. Grandes cataclismos han devorado continentes, especies y verdades. Pero el espíritu del hombre aun permanece intacto en su origen primigenio. Tu raza ha demostrado que su historia puede ser tan gloriosa, tan inútil y tan salvaje como la historia de mi propia raza.

— ¿Por qué nos atacaste? — balbuceó Jeffrey.

¿Por qué has golpeado a ese niño? — Replicó el Elfo oscuro— ¿Quizás por la misma razón que se construyen santuarios y se inician interminables hogueras?

Jeffrey estudió las palabras del Elfo. Siempre había odiado las metáforas porque las consideraba un modismo mujeril que contribuía a sembrar la confusión y a maquillar grandes mentiras. Pero las palabras del Elfo oscuro le habían sonado tan lógicas, tan implacables. Recogió su cuchillo y se ajustó el cinturón de sus húmedos pantalones—. Me iré de este santuario y no perturbaré tu refugio, Elfo oscuro—. Profirió Jeffrey con una serenidad nueva.

—Has entendido—. Pronunció una voz que se perdía entre las bóvedas de la catedral de Sant Hedwig, en Berlín.

La figura de Jeffrey se perdió en la vastedad del caos y del frío lluvioso de la noche.

A R.A y Drizzt.

 

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