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El Concilio
Que me importa a mí la solidaridad con el Mundo. Por mí que se pudran, que se quemen. — Que se coman sus excrementos. No hay ningun ser humano con la dignidad para merecerse el perdón. Bárbaros, viles. Inmundos artefactos de un Dios defectuoso. Que se pudra su Historia vertiginosa y cíclica. Que muera toda su magnificencia, que se quemen todos los libros. Que todos los descubrimientos se pierdan, que todo lo frágil se queme, que se destruyan todos los templos, que se fundan todos los crucifijos y que con lo fundido, se construyan filosas guillotinas, macizas, inmensas, terribles. — Y debajo de ellas, miles de niños, sólo los escogidos, sólo los más hermosos. Que la nueva raza se deleite con banquetes suntuosos y orgías sangrientas. Que la guerra cubra todo como un jardin de plomo y de cadáveres. Que todo sea crimen, traición, y desgracia. — Que patética marioneta. ¡Deja de mirarme, esperpento! El espejo es horrible porque multiplica la imagen del Hombre. Ojalá todo fuera un sueño. Ojalá pudiera encontrar mi parte de convicción en esta trama violenta. Ansio morir. ¿Será verdad que despues de muertos, el espejo nos seguirá reflejando? En la sala se oyeron tañidos de plata, aplausos y vítores. Gargantas quejumbrosas elevaron sus plegarias. El Cardenal Viscenti se aproximó entusiasmado. En su rostro no había la más mínima señal de maldad. Su confianza era absoluta. Su fé, inquebrantable. — ¡Bendito seas Giorgi! — Soy el menos indicado, viejo amigo. El Obispo Daumbert y el Cardenal Fichs se aproximaron hacia la figura blanca que les saludaba, con humildad, y nerviosismo. Giorgi no quizo fotografías, ahora su imagen se multiplicaría hasta el vértigo. Verdaderamente era una señal ( al menos para él ) que el final estaba cerca. Desde la Cúpula de San Pedro un hilo de humo se elevaba al cielo.
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