LA PENÍNSULA

 

Llegaron a través de las rocas, cansados ya de tanto caminar. Hacía horas que el último pueblo se había perdido entre las montañas, el río y los valles; se encontraron, pues, completamente solos. A lo lejos se dibujaban las cordilleras, y a sus pies, enorme y azul bajo el sol del mediodía, se extendía la laguna.

Era ésta la primera vez que Dámaso la veía. Sus compañeros de excursión, hombres de la zona, le hablaron de ella durante años, pero a él trabajo y familia lo retuvieron por mucho tiempo en la ciudad. Contemplando al fin la laguna pudo sentir su embrujo, y un anhelo inexplicable recorrió todo su cuerpo.

Su forma era alargada e irregular. Rocas gigantescas y abundante vegetación la enmarcaban, ocultándola a la mayoría de los hombres. De aguas azules y cristalinas, la luz del sol creaba en la superficie destellos que se sucedían unos a otros, como diamantes esparcidos sobre el vientre de una mujer. Una península rocosa y alargada, de cabeza hinchada y cuello delgado y firme, penetraba en la laguna cortando las aguas hasta casi la mitad de su extensión. Y a pesar de ello, a pesar de esta enorme irrupción (el agua que envuelve la roca, la roca que invade las aguas), la paz del lugar era absoluta. Durante siglos se había conservado su silencio, y nada había ocurrido en el mundo que perturbara esta tranquilidad.

Dámaso así lo sintió. Su respiración era agitada y no cesaba de contemplar aquella península y aquella laguna. Parecía que el ruido en su cabeza se desvanecía poco a poco y quedaba en su lugar este silencio perfecto. Preso de felicidad, inició una carrera montaña abajo, ante las miradas atónitas de sus compañeros de excursión (¿no era él un hombre contenido, quizás un tanto triste y opaco?). Lo vieron llegar hasta la playa; lo vieron luego inclinarse y sentir con las manos el agua para beber de ella. Caminó bordeando la orilla, en medio de las rocas y la vegetación, cortando y raspando su cuerpo con los filos y las ramas. Después se le vio sentado sobre la península, observando la superficie de las aguas y mirando aquellas piedras que la rodeaban semejando las graderías de un coliseo destruido. Transcurrida una hora el hombre se puso en pie, se quitó todas sus ropas y, desoyendo los gritos de advertencia de sus compañeros, se zambulló en la laguna como si hubiese sido expulsado desde algún orificio en la punta de la península. Nadó sintiendo el líquido tibio que besaba su piel, que recorría su boca, su pecho, sus piernas. Más de una vez oyeron sus risas desde la orilla, y lo vieron flotar boca arriba de cara al firmamento.

Al salir le fue ofrecida una toalla y él dejó que el calor de la fogata lo secara mientras ellos lo miraban con íntima comprensión.

–A algunos les pasa –dijo uno de los hombres.

Almorzaron luego en medio de los cuentos y las risotadas, y Dámaso no dejaba de pensar en su mujer. Quería llamarla y para ello tendría que escalar la montaña más cercana: tal vez en la cumbre encontraría por fin señal celular. No sin cierto esfuerzo conquistó la cima, y de inmediato tecleó en su teléfono el número de su esposa. La llamada entró; el teléfono de ella repicó una, y otra, y otra vez. Pero no hubo respuesta. Dámaso hizo una mueca y marcó el número de nuevo. Una voz entrecortada cortó el silencio.

–¡Hola, amor! –exclamó él–. ¡Hola!

La mujer dijo algo pero Dámaso apenas entendió un par de palabras.

–¿Me oyes?... ¿Me oyes bien?

–¿Aló…? –preguntaban en el otro extremo.

–Sólo quería… quería decirte que estoy en un sitio increíble… ¡Un sitio deslumbrante!... ¡Nunca había sentido tanta paz en mi vida! ¡Yo…!

Pero su mujer no lo oía. La señal era pésima y sus voces sonaban metálicas, inalcanzables. Ella intentaba igualmente decir algo pero con eso sólo lograba exasperarlo.

–¡No te oigo…! ¡No te oigo, mujer!

–… de la oficina… vence en una semana… Juanita está enferm… factura del…

–¿Qué?... –Dámaso gritaba–. ¿Por qué no me dejas hablar a mí?... ¡Escúchame, mujer!... ¿Aló?... ¿Aló?...

La señal se perdió. Dámaso estuvo a punto de arrojar el teléfono, de estrellarlo contra las rocas. Al fin se sentó y miró la península, perpendicular al cerro en que se encontraba; miró las aguas que la devoraban, sin alteraciones, sin la más mínima conmoción en el abismo o en las montañas…

Una suave brisa acarició el rostro de Dámaso e hizo que sus ojos se humedecieran.

© Jorge Mario Sánchez, Septiembre de 2005

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