FOTOGRAFÍA

Nada fue ayer, nada mañana,

todo es presente, todo está presente,

y cae no sabemos en qué pozos,

ni si detrás de ese sinfín

aguarda Dios, o el Diablo,

o simplemente Nadie.

Octavio Paz.

La mujer abre la puerta del estrecho cuarto que hace las veces de estudio y encuentra a su esposo encorvado sobre el escritorio, de espaldas a ella. El hombre viste su pijama a cuadros favorita; se le ve diminuto, enclaustrado en aquel agujero; lo rodean pilas de revistas, cajas, cachivaches olvidados; un televisor encendido reposa en una esquina; el lugar carece de ventanas y se respira en él la pesadez que emana del encierro y la inmovilidad, y la mujer retrocede haciendo una mueca de asco.

–Horacio, ¿te pagaron?

–No –responde él, sin mirarla.

–¿Por qué?

–Pregúntales a ellos.

–Bueno, ¿y el mercado qué? ¿Y los recibos?

–Págalos tú.

–¡Pendejo! ¡Veinte años en la misma empresa y te siguen huevoneando!

La mujer da un portazo. Horacio sigue resolviendo un crucigrama. Hace un calor peculiar esta noche, y es de esperar que en un cuarto de dos por dos metros, sin ventilación alguna, se esté bastante mal. El hombre se revuelve en la silla, bosteza, tira los pelos de su calva, sufre horrores porque no encuentra una palabra. Una música estridente brota de la habitación de su hija adolescente, en el segundo piso, y cruza el techo y las paredes hasta enroscarse en el hastío de Horacio. Él quiere subir, ordenarle que apague ese ruido, pero no lo hace porque sabe que ella lo insultará y que la madre se pondrá de su lado, y prefiere, como todas las noches, permanecer solo en su refugio.

Pero hoy lo cansan temprano los crucigramas y el zumbido del televisor. Sin planearlo se queda viendo un baúl que yace en un rincón bajo una pila de revistas y papeles polvorientos –facturas, informes de oficina, crucigramas resueltos–; hace una década no lo abre y con sólo observarlo su ritmo cardíaco se ha acelerado. Horacio se levanta de su silla y empieza a retirar los papeles que lo ocultan. Luego busca la llave y la encuentra en uno de los cajones del escritorio, y tras acariciar la tapa de madera con un cierto estremecimiento se decide por fin a abrirlo.

Un primer destello de su contenido lo golpea abruptamente. Horacio se percata de que la vida fue otra alguna vez –no como ahora, no con esta ausencia de movimiento–, y esta conciencia repentina le agua los ojos. Pero sonríe al ir retirando uno a uno los objetos que allí conservó: souvenirs que tomó de los sitios nocturnos que frecuentaba con sus amigos o sus amantes (etiquetas de cerveza, servilletas garabateadas con letra de borracho); cintas en las que grabó canciones que evocaban lugares o personas; cartas de novias y compañeros de juerga; cartas de su actual esposa cuando ella tenía veinte años y decía amar la vida con pasión; páginas sueltas con versos escritos por él mismo; prendas de mujer que ya perdieron la esencia de sus dueñas; invitaciones a fiestas elegantes o al teatro; decenas de fotografías –fotos arrugadas y amarillentas, recuerdos de viajes, de hombres y mujeres que alguna vez conoció. Horacio aparece en casi todas las fotos pero siente que esa cara y esa sonrisa no son suyas, y la confusa sensación se incrementa al ver las fotos donde él aparece cargando a sus hijos aún pequeños, o cuando mira las fotos de su boda.

El hombre agota así todas sus memorias hasta que sólo queda una en el fondo del baúl, el objeto más antiguo que allí se aloja y el que da inicio a todo lo demás. La toma entre sus dedos y un escalofrío recorre su espalda.

La fotografía fue tomada cuando él tenía 16 o 17 años y cursaba una de las cuatro carreras que intentó estudiar. Su vida hasta entonces había sido solitaria y aburrida, pero en la foto lo vemos con un grupo de chicos que sonríen y lo abrazan haciéndolo encorvar: son tres hombres y una mujer, de pie en el borde de un precipicio y de espaldas a éste, sobre la roca que da inicio a la abrupta caída. Los rodean las plantas que crecen por ahí, las piedras, las ramas que hacen sombra sobre sus cuerpos, las montañas rocosas del fondo. Todos miran al fotógrafo excepto Horacio, quien observa con una sonrisa al sexto integrante del cuadro, una mujer alta de piel blanquísima y cabellos claros, separada de los otros y en la parte más alta de la roca que los sostiene a todos, hacia la izquierda del conjunto. La luz del sol la alcanza de frente y sus ojos y sus cabellos emiten destellos que desdibujan sus facciones. No hay una sola hoja que oculte su cuerpo y justo detrás de ella las montañas que enmarcan el precipicio se separan y dejan al descubierto un valle que se pierde en el horizonte y se une con un cielo por completo azul. Sólo a la derecha del cuadro, sobre el resto del grupo, se pueden ver nubes que amenazan lluvia, y una niebla gris se está filtrando a través de las ramas de los árboles.

Horacio piensa en esta mujer y le es imposible evocar su rostro con claridad. La recuerda muy joven, sentada sola en los pasillos de la universidad, fumando y mirándolo a través de la gente. Él se recuerda incapaz de hablarle y sufriendo por ello, y no sabe en qué momento ella se acerca y le pregunta su nombre. Él supo entonces que se llamaba Sofía.

Sofía vivía sola en un apartamento desvencijado donde solía alimentar a los gatos callejeros y donde bebía y se drogaba hasta la inconsciencia, y Horacio la recuerda contemplando una mancha por horas o llorando y riendo por cualquier cosa, o jugueteando absorta con cuanto objeto le caía en las manos. Por momentos la ve también bailando bajo la lluvia, nadando desnuda en una laguna, apostando con rabia en el casino... Aunque amaba los callejones sombríos de la ciudad cada vez podía se iba a recorrer las montañas, y un día se llevó a Horacio a acampar muy cerca de un precipicio con un grupo de artistas que acababan de conocer. Horacio retiene en su memoria muy poco de ese viaje, pero sabe que esa noche él y Sofía hicieron el amor por primera vez, que la fogata estaba encendida y que los otros bailaban en torno a ellos con sus sombras oscilando sobre los troncos y las ramas de los árboles, como en un rito. Recuerda también que al día siguiente tomaron unas fotos y que él guardó la que ahora tiene en sus manos, y que de tarde en tarde solía mirarla de nuevo y la foto era como una chispa que encendía un fuego en su interior, una sed que empujaba su vida y lo hacía buscar algo que nunca pudo definir.

La voz de su esposa lo trae de regreso. Ella está en la sala, hablando por teléfono. Horacio guarda otra vez los objetos en el baúl (ella no sabe que existen) y cierra con candado la tapa de madera. Toma el control remoto y mientras muerde sus uñas empieza a cambiar canales en el televisor, pero incluso sus programas favoritos lo aburren esta noche. Se pone de pie, camina en círculos, frota sus cabellos y al fin abre un cajón del escritorio y saca una libreta telefónica bastante gastada que hojea con ansiedad. Teclea en su celular los números que allí aparecen pero en la mayoría de destinos nadie contesta, o la línea ha sido descontinuada, o alguien responde “número equivocado” cuando él pregunta por viejos conocidos, y sólo después de un rato logra hablar con una antigua compañera de trabajo.

–Claro que te recuerdo –le está diciendo ella–. Y me acuerdo también de que no me volviste a llamar luego de aquella noche.

–Bueno, Marta, estuve ocupado...

–¿Durante quince años?

–Mira, no creo que eso importe ahora. Sólo quería saludarte, saber cómo estás, y quería... no sé... invitarte a tomar algo, por los viejos tiempos.

–¡Ja! ¿Estás loco...?

Horacio cuelga y prueba con otros números. Tras múltiples intentos puede al fin hablar con un par de amigos olvidados. El primero solía organizar fiestas salvajes todos los fines de semana y a Horacio le gustaba salir con él, pero ahora aquel hombre le está diciendo cosas inconcebibles:

–Horacio, ya no necesito el trago, ni a las mujeres. He superado todo eso, y lo logré gracias a Cristo Jesús. Y por lo que veo tú te mantienes alejado de Él... ¿Por qué no me acompañas este domingo a la congregación y verás el bien que te hace?

Horacio piensa un poco antes de responder:

–No sé... Ahora no lo sé... Yo te llamo, ¿te parece?

El segundo amigo, a quien Horacio visualizaba dedicado a la floricultura en una finca cercana, inmerso en la marihuana, le cuenta que el negocio de las flores fracasó, que tuvo que buscar trabajo y que justamente esta noche tiene que terminar unos informes y no se puede reunir con él.

–No nos queda tiempo para respirar –añade.

Aún restan algunas páginas de la libreta pero Horacio ha decidido guardarla y salir de su estudio. Sube las escaleras, pasa frente a la puerta de la habitación de su hija y la escucha hablando por teléfono con alguien que la está haciendo reír a carcajadas. En el fondo se oye una música, y Horacio golpea varias veces la puerta con la palma de la mano hasta hacerla vibrar.

–¡Laura! ¡Bájale a esa mierda!

–¡Pero si ya le bajé!

–¡Ya me oíste!

Como la música ha dejado de sonar y Laura no ríe más, Horacio sigue su camino y entra en la habitación que comparte con su esposa. Ella está acostada en la cama y ve televisión. Él abre el clóset y saca una camisa clara y un pantalón de dril, se encierra en el baño y sale al rato duchado y perfumado, con la ropa puesta, y su mujer, atónita, lo mira calzarse los zapatos de domingo.

–¿Vas a salir?

–Ajá.

–¿Y a dónde vas a esta hora?

–No sé; a caminar, a respirar aire puro.

–¿Volviste a las andadas después de viejo? ¡Ja!... Bueno, qué me importa –dice ella, y continúa viendo su programa.

Horacio ha parado un taxi en la esquina de su casa y le pide al conductor que lo lleve al barrio universitario, donde se pueden encontrar sitios nocturnos frecuentados por estudiantes. En el trayecto se queda mirando las ventanas iluminadas de los edificios y piensa en los desconocidos que habitan del otro lado, en sus múltiples vidas, en todo lo que él no ha podido ser. Al llegar a su destino le pide al taxista que lo deje en algún lugar acogedor donde pueda tomarse unos tragos y quizás conocer a alguien.

–Este de la esquina es bueno –informa el hombre–. Es limpio y no muy caro. El problema es que ya son las once y esos chinos se emborrachan temprano y se van.

Horacio lo duda; pero igual entra en el bar. En su interior hay poca luz y se escucha un rock suave, y él se sienta en la barra y ordena una cerveza. Sólo quedan algunas parejas dispersas y grupos de dos o tres hombres que hablan duro y ríen por cualquier cosa. Todos son muy jóvenes y Horacio no puede evitar sentir una presión en su mandíbula, que trata de aplacar con sorbos más largos... Cuando va por su tercera cerveza se percata de que una adolescente lo está mirando; la acompaña un hombre que le da la espalda a Horacio y habla sin parar. Horacio le pide al barman un cigarrillo y mientras lo fuma contempla una y otra vez a la joven: su piel es morena y sus cabellos negros ondulan sobre sus hombros y su espalda, y sus ojos muy abiertos parecen querer devorar a Horacio y todo lo que lo rodea. Él se ha puesto a tararear la canción que está sonando y le sonríe; la tensión en su mandíbula se desvanece; se siente muy a gusto y casi sin notarlo coge el encendedor forrado en cuero que el barman le había prestado y se lo guarda en el bolsillo del pantalón.

Pero cuando va por su quinta cerveza la mujer que lo miraba y su acompañante se ponen de pie, pagan la cuenta y abandonan el lugar. El perfume de ella se queda flotando en el aire, y Horacio lo respira contemplando en silencio la barra de madera. La tensión ha regresado y ahora se propaga por todo su cuerpo como un calambre. Se escuchan risas; Horacio posa su mirada en el mostrador frente a él –donde un espejo que había evitado todo este tiempo lo hiere con su propio reflejo– y al poco rato se larga también.

Camina por las calles obscuras y solitarias. Ya casi no quedan sitios abiertos que aviven con su bullicio el hastío de esta madrugada. Horacio tiene los brazos cruzados sobre el pecho y va mirando el pavimento, negro e irregular como las paredes que lo limitan, como la niebla que ocupa el vacío. Un par de borrachos salen estrepitosamente de un bar de mala muerte y uno de ellos vomita sobre el andén. Horacio siente náuseas a pesar de seguir sobrio; quisiera encontrar algo que calme este anhelo insoportable, pero las calles están tan vacías que siente miedo y prefiere detener un taxi e irse para su casa.

Encuentra a su esposa dormida en la cama. El televisor está encendido todavía y él lo apaga. Cuando se está desvistiendo descubre en uno de sus bolsillos el encendedor que sustrajo del bar. Baja entonces al estudio, pone el baúl sobre el escritorio y lo abre, y durante algunos minutos observa el encendedor en su mano derecha y los objetos amontonados en el interior del baúl. Luego va hasta la cocina por una bolsa y mete todo allí, y la deja afuera con las demás bolsas que el camión de la basura recogerá muy temprano en la mañana. Sólo se salva la foto de Sofía, que persiste arrugada en su mano.

Se acuesta bocarriba en la cama y contempla la oscuridad, y sus pensamientos desembocan inevitablemente en ella. Los otros se han dispersado y él se ha quedado mirándola, incapaz de acercarse por temor a caer o a hacerla resbalar. El cielo ya no es el mismo de hace unos minutos: las nubes se están apiñando y han ocultado el sol; las sombras se propagan sobre el valle que parece perderse en el horizonte, sobre los ríos y la cordillera boscosa, y se propagan sobre la roca en cuya orilla Sofía permanece parada mirando el precipicio que se abre a sus pies. La niebla que surge de los bosques se ha hecho más espesa y los envuelve a los dos. Sofía gira y le sonríe y él sonríe también, y ella cierra los ojos y extiende sus brazos a lado y lado del cuerpo. Pero ambos dejan de sonreír porque Sofía siente que algo la está succionando desde el fondo. Intenta aferrarse al brazo que Horacio ha estirado para alcanzarla, pero sus dedos no se rozan siquiera. La niebla la oculta por completo y Horacio la escucha gritar. Después ya no oye nada. Cuando cede la neblina Horacio se arrastra muy despacio hasta el borde de la roca y desde allí escudriña el precipicio, pero todo él es negro e insondable, una tumba de silencio, y aunque grita su nombre sólo escucha el eco que se desvanece en el aire:

–Sofía... fía... fía...

Abre los ojos y se sorprende a sí mismo abrazado a su mujer. Respira entrecortadamente, como si llorara, y ella le da la espalda y ronca con la boca abierta. Él la aprieta un poco más, escondiendo el rostro en medio de sus omoplatos.

© Jorge Mario Sánchez, Junio de 2006

 

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