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LA CIUDAD SUMERGIDA
1. el sitio Se llama The Place . Se encuentra ubicado en el centro de la capital –en su centro geográfico. Se ha puesto de moda por las reseñas de los periódicos, y por lo tanto está lleno. En su interior, en una noche como ésta, se aglomera lo mejor de la ciudad: mujeres y hombres que consciente o inconscientemente definen la vida de millones. Todos ellos atractivos y saludables; todos muy fashion. Las risotadas se pueden escuchar a una cuadra de distancia, y se propagan por las mesas como una epidemia. En una esquina beben su scotch tres amigos, compañeros de trabajo, altos directivos de un canal de televisión, de traje aún porque pasaron directamente de la oficina al pub. Raúl es el único que le da la espalda a la multitud; los otros dos pueden ver el lugar entero. Un par de mesas más allá, unas mujeres muy jóvenes, modelos sin duda, beben tequila y se paran de vez en cuando a bailar el pop anglo que es común por acá. José y Juan, los amigos de Raúl, las observan. Su compañero no las ve, pero contempla la pared y a un hombre de cierta edad que bebe solo en la mesa contigua, sobre la cual hay una botella casi vacía y varios limones exprimidos. José habla duro, manoteando: -… les cuento… saqué a Tatiana de la dichosa sesión fotográfica y me la llevé al apartamento. Estaba que se orinaba porque le dije que iba a ser portada de Photograph … ¡Pendeja! ¿Y qué creen que pasó? ¡Se lo estaba metiendo con ganas y ella no paraba de hablar! ¡Ja, ja, ja! Estuve a punto de aplastarle la almohada sobre la cara… -¡Vieja loca! –observa Raúl- ¡Ni dándole por el culo se calla! -¿Y tú cómo lo sabes, cabrón? –exclama José, golpeando la mesa. -Él nos gana siempre, José –dice Juan-. ¡Si es toda una institución este hombre! -¡Pues a todas no las puede tener! ¡Me niego a creerlo!... Pongamos un ejemplo, Raúl, alguien que te ignore por completo… ¡Catalina! -¿Qué Catalina? -La rubia… la aspirante a actriz. -¿Y es que no les había contado…? Anteanoche la hice quedarse hasta tarde en la oficina… Me senté a su lado, empezamos a hablar… Y ya se imaginarán qué pasó. -¿Qué? -¡Pues que una hora más tarde tenía sus pies alrededor de mi cuello, y yo sentía ese culo virgen exprimiéndome mientras ella gemía y se retorcía como un pez…! -¡Ja, ja, ja! -¿Han visto su cara de niña, sus ojos tristes? –continúa Raúl-. ¡Maldición! ¡Esa mirada me puso salvaje! Le mordí sus tetas llenas de silicona, le tiré los cabellos y se lo metí hasta el fondo, y por su alarido supe que estaba sufriendo de verdad. Sangró y lloró… Pero al final, viéndome vestir de nuevo, me dijo que me amaba, que desde que había entrado al canal no disfrutaba el sexo con su esposo… ¿Qué les parece? -¡Por Dios, Raúl! ¡Catalina es un ángel! Nunca pensé que ella hiciera esas… cosas… ¡Qué carajos! Es la mujer más deliciosa que hay en la empresa, ¿o no? -¿Pero cómo? –dice José, sonriendo-. ¿Acaso no has visto a María Rojas? Los tres hombres ríen a carcajadas. -¡Raúl! Tú y don Saulo se la pasan echando a empleadas menos horribles que tu dichosa asistente, ¿cierto? ¿Y no se la pasan hablando de la imagen del canal?... ¡Incluso exageran! ¿Recuerdas a Sonia, Juan? -Un bizcochote. -¡Y este hijueputa la despidió! -Se estaba poniendo vieja y gorda –aclara Raúl-. Su registro ya no era el mismo. Yo se lo decía todos los días: que se cuidara, que estaba horrible… No hizo caso. -¿Y María qué? ¿Te parece muy joven, o muy flaca? ¿Y qué carajos es lo que tiene en la nariz…? -¿Un aguacate? –pregunta Juan. -¡Y ese pelo!... ¿Has visto, Juan, cómo se viste? ¡Es más sexy una maldita monja! ¡Y menos… cuadrada! Lo único que tiene son unas tetas enormes, y podría jurar que son reales… ¡Pero, honestamente, no sé qué le pasa a este señor! Se sabe rodear de las mujeres más apetecidas del país, y tiene a un espantapájaros escondido en la oficina. -¡Justamente por eso, animal! –exclama Raúl-. Nadie mira a María. Es discreta, rinde el doble, me alcahuetea todo; y afuera pocos saben que existe. Además, puedo trabajar con ella sin pensar en… otras cosas. -Yo me estoy comiendo a mi asistente, que está riquísima, y no por eso trabajo menos. Raúl mira al hombre de la mesa vecina: su botella está vacía y él la contempla con ojos secos, negros y abismales. Es absurdo encontrar, en un sitio como éste, a un hombre tan solo. -Igual sólo va a estar conmigo un mes más –dice Raúl, sirviéndose otro vaso-. Saulo está obsesionado con la imagen del canal; y yo siempre lo he respaldado. Me da lástima ella… Su esposo está enfermo y tienen tres hijos pequeños… -Raúl se calla al escuchar risas en una mesa cercana. -¡Señores! –bosteza José-. Les informo que me estoy aburriendo, y que hay cuatro adolescentes sin estrenar justo aquí al lado… Raúl, ¡hermano!... Te tocó a ti hablarles, como siempre. Raúl bebe lentamente su trago de whisky. Luego gira y observa con indiferencia a las mujeres que toman tequila. Ellas lo miran y comienzan a reír y a hablar entre sí. -Ya te reconocieron –dice Juan. -Estamos hechos –dice José-. Y no se preocupen, hoy yo presto el apartamento.
2. los despojos … Raúl despierta sobresaltado. Se estaba asfixiando en sueños. Está oscuro y su cabeza le da vueltas, y se percata de que efectivamente algo oprime su pecho y no le permite respirar bien. Con brusquedad retira aquel peso (un brazo y un torso desnudos). Escucha un suave quejido femenino muy cerca a su oído y se sienta de golpe, llevando su mano a su frente, buscando recordar dónde demonios está. No le gusta el sabor de su boca y siente un hambre atroz, un vacío que le carcome las entrañas. -¡José! –grita. -¿Qué…? –se escucha una voz no muy lejos de allí. -José, ¿por qué no se han ido estas viejas? -¡Bah…! ¡Ya voy! -¡Prende una luz! Las lámparas de la sala son encendidas y todos cubren sus ojos con las manos, heridos por la violenta claridad. Se pueden ver por doquier los restos dispersos de la madrugada: cuerpos exhaustos; botellas vacías; máscaras obscenas; una muñeca inflable con su boca y su vagina muy abiertas; guantes de cirujano rotos; un látigo… Raúl se para y camina desnudo entre los despojos, buscando sus ropas. Separa las piernas de una mujer inerte para recuperar su pantaloncillo aplastado. -¡Señoritas, se tienen que ir! –dice José batiendo palmas. Las cuatro mujeres se levantan lentamente, torturadas por el mareo, el dolor de cabeza y las heridas y contusiones del cuerpo. -¿Quién me mordió las piernas? –pregunta una de ellas. Raúl se encierra en el baño con sus ropas bajo el brazo. Después de un rato, tras escuchar el portazo en la puerta principal, sale de nuevo y encuentra a José tirado en una silla, desnudo y aspirando. Juan ronca tranquilo en una esquina. Raúl enciende un cigarrillo y se sienta también. -¡Maldita sea! Todavía estoy ebrio y ni así podré dormir. Su rostro está pálido, con ojeras azules; su entrecejo se contrae como si lo estrujaran desde dentro. -Te he dicho que metas pepas para eso. -Ya lo he hecho, José, y me ponen peor. -Entonces espérate a estar muerto. -Quizás ya lo estoy… -¿Y cómo lo sabes? -Porque siento… un… desgarramiento… Las cosas y las personas parecen hechas de gelatina. Y por dentro hay un cosquilleo, como si faltaran los órganos… -¡Hijueputas!... ¿Quién estaba sangrando? -¿Qué? -¡Mira la alfombra! ¡Tiene manchas de sangre! ¿Cuál de estas viejas se menstruó encima? -¿No será que alguien se cortó de más? Y mírate tú las manos, tienes sangre seca en los dedos. -¡Putas asquerosas! José se levanta y se va. Raúl mira hacia la ventana. No falta mucho para que amanezca. Toma su teléfono y marca un número. -María –dice en voz baja, casi susurrante-. Qué pena despertarla… Estoy donde José, borracho, y no soy capaz de manejar así, y… usted sabe… tengo que estar en la oficina en unas horas… Sí, no debe preocuparse, esta molestia se la pago el doble… Gracias… Adiós. El dueño de casa regresa de la cocina y se arrodilla sobre la alfombra con un paño y una botella de limpiador. -Oye –José restriega el paño sobre las manchas de sangre-. Te he visto lento últimamente; no reaccionas adecuadamente a los estímulos… O por lo menos, no sin ponerte violento. -Tú sabes, José… Eran inexpertas… ¡Muy inexpertas!... Había que enseñarles todo, y eso cansa al principio. -Ajá… ¿Y a quién llamabas? ¿A tu María? -Hombre, me traje el carro hasta acá... -Sí, sí… Aprovéchala mientras puedas porque ese idilio de… ¿cuánto?, ¿tres años?... ese idilio se acabó. -Tendrás que ayudarme a escoger su reemplazo. Algo más acorde con nuestro gusto. Les haremos todo tipo de pruebas a las aspirantes. Incluso Juan nos puede ayudar. -El muy imbécil se encariñó con una de las modelos. Durmieron abrazados; los vi intercambiar teléfonos. Los dos hombres miran a Juan, quien duerme con una sonrisa en los labios. -Es joven aún… Tenemos que educarlo.
3. el lago Amanece lentamente. María conduce. Raúl mira por la ventana, su boca abierta en un gesto estúpido. No han hablado mucho desde que ella llegó. El auto recorre las calles enmarcadas por enormes edificios, atestadas de vehículos y de gente, de ruido. -María, no me siento bien. Usted sabe qué es lo que necesito. La oficina puede esperar. Ella suspira, sin mirarlo. -Por favor. -Como usted quiera, don Raúl. Se alejan del centro de la ciudad. Los edificios se extinguen; ahora ven casas de uno o dos pisos. Después ya no hay casas: la ciudad se acaba y el carro asciende por una carretera que serpentea en medio de las montañas, en medio de los árboles y animales. Más arriba desaparecen también los hombres y las mujeres; la carretera se convierte en un camino escarpado que atraviesa las montañas y los lleva hasta sus faldas opuestas, aquéllas que la ciudad no ve jamás y desde las cuales contemplan por fin el lago gris. Ha amanecido ya y la luz se despliega hasta perderse en los bosques de la orilla opuesta. Se bajan del vehículo porque el camino se ha desvanecido abruptamente. Caminan hasta la playa, y en ella Raúl se deja caer. María permanece en pie. Es él quien quiebra el silencio: -María. Cuénteme la historia de este lugar. -Usted la conoce bien, don Raúl. Siempre que venimos acá se la digo. -Por favor, una vez más. María observa impasible la lejana orilla opuesta, y él la mira entrecerrando los ojos que no se acostumbran a la luz. -En este valle rodeado de bosques y de montañas vivían los indios –relata María. Su voz es gruesa y firme, sin emoción-. Eran sanos, robustos y felices. Vivían en una ciudad muy antigua, la cual estaba edificada en oro y resplandecía como un sol. Los conquistadores sabían esto y la buscaron como locos. Tras décadas enteras, plagadas de muerte y calamidades, llegaron a esta tierra, a este valle, y sólo hallaron aquel lago desierto. No había rastros de los indios ni de su ciudad. Desesperados, los hombres blancos siguieron de largo, y descendieron las montañas hasta llegar a la sabana en la cual fundaron la capital. Nunca supieron –aún no lo saben- que la ciudad de oro seguía estando acá, oculta al invasor, protegida del intruso hasta el final de los tiempos. >>El chamán les había profetizado a los indios que los conquistadores blancos vendrían un día a arrasarlos o a matar sus almas. Por eso invocaron todas las lluvias y desbordaron todos los ríos. Desde entonces duermen un sueño eterno, allá, en el fondo del lago, en medio del silencio; como en un útero, esperando a renacer. Ella se ha sentado al lado de Raúl, pero no demasiado cerca. De su bolsa ha sacado un sándwich y se lo ha entregado. La carne roja sobresale en los bordes del pan, formando pliegues y ondulaciones, y él nota que bajo ese sol las manos de María tienen el mismo color del pan. Mientras lo come con verdadero gusto, con un hambre de siglos, observa a las aves que se lanzan en picada y penetran en el agua en busca de peces. Después, cuando ha terminado, se acuesta y duerme durante varias horas, custodiado por la mujer que mira el lago, imperturbable. Descienden de nuevo. Esta vez conduce él; ella mira fijamente la carretera solitaria. Él le ha preguntado por sus hijos y por su esposo; quería conocer su estado, cómo va él con la enfermedad. -Igual, don Raúl –responde ella-. Nada se sabe todavía. -Yo la seguiré ayudando en lo que necesite. Luego de una curva llegan al punto en que varios caminos desembocan en la carretera principal. Ahora hay decenas de carros que siguen la misma dirección, descendiendo. La ciudad se hace visible al fin, allá abajo, con sus calles precisas llenas de vehículos y de personas que desde acá parecen insectos atrapados en un laberinto. Raúl mira por un instante a María y se percata de su nariz excesivamente ancha, de sus brazos gruesos, de su cabello negro y enredado, de las arrugas en su rostro y en sus manos, de su cuerpo deforme. -María… Voy… a tener que dejarla ir. -Está bien, don Raúl –dice ella, encogiéndose de hombros. Un trancón los espera más abajo: demasiados autos quieren entrar en la ciudad.
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