FUE JOAQUÍN

Por más que quiso evitarlo, el viejo Joaquín se lanzó a la carga. Sin tapujos y de un solo golpe salió del letargo en que estaba recluido para hacerse sentir aún a expensas de dejarlo mal.

Tal como era su naturaleza se comportó pero esta vez, sin el cúmulo de toscas palabrotas conque regularmente solía arremeter. Bastaron unos segundos para que se manifestara como un patán con la atenuante de que en esta oportunidad, se mostraba seco y distante de las groseras gesticulaciones que acostumbraba al momento de pelear por su trago con los otros alcohólicos del barrio.

Ileana, casi sin invitación, subió al auto. Originalmente cuando la vio emerger en aquella soleada avenida bordada con edificios de gran majestuosidad, se quiso hacer el de la vista gorda para no recogerla, pero ella se le adelantó. Había manoteado de mil maneras para llamar su atención que no tuvo más remedio que detener la marcha para recogerla.

Lejano y con pocas ganas le extendió un <<Hola, ¿Cómo estás? >> Y ella con una sonrisa mañanera empezó su rosario de atropelladas palabras. Una perorata donde se concatenaban aburridos comentarios que en ese momento, no conllevaban importancia para él.

Ileana sin pretensión alguna al momento de abordar el llamativo automóvil, interrumpió y evaporó fugazmente la labor de <<Trompito>>.

Al viejo barrio con la indiscutible excusa de llevar a cabo programas de reformas sociales, lo habían tirado. Abajo cada tabla, cada hoja de zinc, cada pena atesorada en el mismo y marchitada en el ocre de sepultados calendarios.

Con el derrumbe de los caserones de historietas carcomidas, se vinieron al suelo los cuartos de madera. Aquellos cajoncitos habitacionales de multicolores escamas de pintura, impresos de crucigramas de sueños sin respuestas.

Tras la caída de cada pedazo de madera se fueron quedando en la indiferencia, las inconclusas estadísticas de cucarachas indigentes y las crónicas de <<Vamos a ver qué pasará mañana>>, << Chupa aguardiente y vive tu vida>>, de <<Nos cortaron la luz y el agua, así que a reconectarnos por nosotros mismos>>...

Cual soñolientos centinelas quedaban erguidas temporalmente, las curtidas atalayas de los retretes- baños. Cascarones en donde muchos se enajenaron con el vaivén de la mano, mientras fisgoneaban a las viejas y muchachas que casi siempre cantando, dejaban envolver a plenitud sus cuerpos por las caricias de los viejos grifos.

Y <<Trompito>> mostrando la carencia de dentadura, con el delantal de carpintero harto de clavos de tres y seis pulgadas trataba de armar aquel rompecabezas. Aquella amontonada madera con olor a enmohecidas polillas, buscando darle nuevamente su antigua forma.

<<Trompito>> con la habilidad de todo un maestro de obra colocaba una tabla y tras dos martillazos metía un clavo y levantaba a los muertos.

Detrás de cada golpe de martillo volvían también los que de allí habían emigrado. Los Pérez, el Profesor Jaén y toda su generación ( Unos muchachitos de camisa almidonada y zapatos bien lustrados, que aún viviendo en medio de aquellos arrabales, miraban al mundo por encima de los hombros) El trompetista Grandbill que cada mañana aburría al vecindario con el sonido de un pentagrama que nunca paraba. El carnicero Elías con su balanza arreglada, el panadero Mojica quien por costumbre se acostaba con muchachitas de poca edad, Mónica la prostituta de ojos verdes y Teté su hermana ciega. Melchor el vendedor de periódicos, Marta la becaria de medicina, Calito el que leía las barajas vestido de mujer, Segismundo el declamador de poesías, Beto el cantador de tangos y muchos más.

Y mientras Ileana saltaba de un tema a otro, a él le lastimaba recordar los días ya fallecidos en el barrio. ¿Qué tenían aquellas vetustas calles con olor a orina y excremento de perro que le doliera verlas vacías? ¿Qué místico efluvio los arqueados zaguanes oscuros que proseguían vivos en su corazón?

<<Cabanga tiene coco>> pregonaba el vendedor de limones y dulces caseros. Indiferente a aquello Ileana cogía un aire para comenzar de nuevo.

La puerta se cerró detrás de ti cantaba Lucho Gatica aprisionado en la rokola de una maltrecha cantina. Él, lejos del rosario de palabras de Ileana, se embebía en los labios de Yadira. El policía bajo la tenue luz del farol de la esquina corría a la muchachada y Yadira tiernamente musitaba un te amo.

Ileana hablaba y hablaba a la vez que <<Nacha>> la imborrable abuela saboreaba su tabaco escuchando la novela por la radio.

El viejo Joaquín soltó un escupitajo con sabor a breva y ron añejo. Ileana ni se lo imaginó. Conociéndola era seguro que pensara que poseer un doctorado y un par de maestrías universitarias, un carro último modelo, una posición envidiable y una piel clara, era evidente señal de linaje. Un incuestionable sello de haber nacido en una aristócrata barriada y de tener una familia de alto vuelo económico.

A la zaga de las palabras de la mujer el viejo Joaquín frunció más el seño. A pleno sol

<<, Trompito>> pedía un trago, clavaba y se tragaba la lumbre de lo que quedaba de un cigarrillo.

En los patios y aún sin techos por cobija, las lavanderas roídas por la factura de los días trataban de robarle al viento, la magia para secar sus ropas.

Chencha, Clotilde y Rafa en medio de los tablones, se acomodaron para iniciar el Bingo. <<La Ñata Olga>> soplaba el candente fogón para iniciar la venta de arepas, tortillas y carne frita. Mangos, cambio naranjas por botellas vociferaba el carretillero Ortega, en tanto que la chiquillería buscaba distraerle para de alguna manera sustraerle las frutas en oferta.

Hubo gente que se superó en el barrio, otra que se quedó atrás. Una que luchó para no morir allí, otra que hizo del sitio su única vivencia. De una manera u otra y pese a cualquier capirote para esconder las raíces, quien nacía en el barrio de todos modos permanecía de por vida amarrado a él.

Ileana hablaba. Empero al clamor de las voces de la chusma y de la música parrandera, ella con su habitual letanía, seguía dándole a la lengua sin parar.

Ileana no se cansaba y con el fallecimiento de cada tema retomaba otro. Él angustiado y contestando por educación, corrió a darle cada tabla y cada aliento a <<Trompito>> para que no desmayara y que de nuevo levantara al Barrio. Para que ese emporio de casas viejas y de gente bullanguera no muriera.

Nada le importaban los títulos de gran doctorado ni las casas de lujo, ni los perennes brindis en sociedad.

El barrio había sido único. Un lugar en el que el dolor de uno era el dolor de todos. Una calle abierta en donde los secretos eran comunales y la enemistad superada ante la enfermedad y la muerte. El barrio era un enorme tragaluz. Argón donde tejer quimeras, mañana será otro día y si aquel es tu amigo, entonces es mi hermano.

Quienes no vivieron en los barrios populares de casas de inquilinato, no podían hablar de que sabían lo que era el genuino sabor de pueblo. Quienes jamás se internaron en el vientre de aquel mundo extraño para muchos, no compartieron la miseria como puente de confraternidad y de sensibilidad humana. Esos, los que no tuvieron esa convivencia diaria, no conocieron del valor real de obligarse a soñar para no llorar.

Allí en el barrio no existían férreas verjas de seguridad, mallas de ciclón, anuncios de <<No traspasing>> o cuidado que hay perro bravo.

Cada tablón sin importar su tamaño, era un diario abierto redactado con tintura de hoy no hay, mañana tal vez. Pero qué iba a saber Ileana de esas leyendas en blanco y negro. Qué iba a intuir sobre la manera en que se transpiraba en el barrio. A ella la trajo una cigüeña de sedosos plumajes. A los del barrio Marta Rosa la multípara partera. Ella tomaba leche de marcas privilegiadas, en el barrio agua con azúcar para aplacar el hambre. Sus padres tomaban té después de comida. En el barrio hierba de limón con aire por almuerzo.

Pero Ileana no lo sabía. Ella era niña de colegio. Los del barrio, imberbes de sucia calle.

Con lágrimas escondidas y para que Iliana no sospechara ninguna anomalía, lavó sus zapatos rotos de niño pobre. También trató de desmontar del tendido eléctrico el pandero multicolor que nunca tuvo. <<Trompito>> cantaba mientras Joaquín zalameramente decía: <<Pasa la botella. Chupa aguardiente y vive tu vida>>. Y los maderos dejaron correr un vaho con fragancia a negros, a mestizos, a sudor de mujeres paridas. A <<Chino>> se lo llevó la policía y a <<La Pochi>> se le fue el marido por andar de zorra.

Y los patios de limo verde caña contaron de riñas pasajeras. De <<Atrévete a pegarle a mi hijo y te saco la mierda>>...

Justo frente a su nave de recuerdos fue donde concibió que cada tabla del barrio era un texto de historietas repetibles. Una Biblia muda. Una mermelada de recuerdos.

Allí grabadas en cada astilla y cada cascarón de pintura resecada, estaban las historias de la maestra Fernández, de Carmelo el cantinero, de Miss Torres la enfermera, de Reggie el timbalero. De Juan, de María, de José y de Jesús. De niños que no nacieron y de promesas que murieron en su cuna.

<<Brinca la Tablita que yo la brinqué>> e Ileana cual carretilla desbocada movía la lengua de un lado para otro, dejando que la brisa jugara con su sedoso cabello de enjuagues y de tratamientos de última moda.

Entonces fue cuando Joaquín dejó de resistir. Allí fue cuando como flagelado fantasma abandonó su sepultura para mirarla con odio. Precisamente allí y sin que el barrio pudiera atajarlo le gritó con todo lo que le permitían los pulmones: <<Guárdate la lengua en el culo y cállate ya cotorra del carajo>>

Sin saber porqué poder involuntario detuvo el auto bruscamente. Ileana con el mayor de los asombros preguntó: Armando ¿Cómo has podido ser tan grosero?

Sin esperar explicación la mujer salió iracunda de aquel automóvil. Él, sin recuperarse de su enajenamiento se limitó a escuchar que desde el fondo de su oculto interior, Joaquín pasándole un tablón a <<Trompito>> exclamaba: <<Coño Armando, nosotros que estamos tratando de reconstruirte el barrio y esta lora del carajo que no nos deja concentrar con su habla que te habla de nunca acabar... no joda>>

 

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