EL INALAMBRICO
Ese atardecer, mientras Elisa y Toto regresaban a su casa luego de hacer las compras en Carrefour, aparte del arroz y los fideos, las botellas de Termas diet y las latas de tomate en una bolsa distinta a la de los huevos... por las dudas..., cargaban también una reciente ansiedad que Elisa apretujaba infantilmente contra el pecho, temiendo que aquello fuera a deteriorarse con el roce de las bolsas que apenas pudieron amontonar en el baúl del taxi a causa del equipo de gas y la cubierta de auxilio. Más tarde, junto al apremio acuciante de ella por llegar a tiempo para ver 90-60-90 en la tele, y el deseo interminable de ambos por regocijarse finalmente con el estreno del nuevo artefacto, ni bien guardaron lo mínimo necesario en la heladera perseguidos por Mango que olisqueaba todo como cualquier buen pointer , Toto se sentó en la mesa del comedor y Elisa se apuró en la cocina para traer el mate, el termo de agua caliente con el chorrito de Chuker y las galletitas de harina integral y miel. Toto había amontonado prolijamente en un rincón los papeles de la jubilación de ambos, que venía revisando todas las tardes mientras ella se metía en el mundo de las modelos, acompañaba a Lucía y Agustina en sus penurias profesionales, y le transmitía a él la bronca que le provocaba el guacho de Lopez Ocampo, las idas y vueltas de Tabo y Cuca para seguir adelante con la agencia... Elisa llegó con la bandeja, esquivando al perro que correteaba entre sus piernas, justo en el inicio del programa y acomodó las cosas al lado de la caja y las bolsitas que su marido iba desarmando meticulosamente con la paciencia de un santo, hasta lograr el objetivo de dejar desenvuelto y libre al nuevo teléfono inalámbrico, demasiado solemne entre el mate y las migas de las primeras galletitas, mudo todavía en su caparazón de plástico gris lleno de botoncitos y minúsculas palanquitas, tapado por la voz sensual de Emanuelle que viene desde la pantalla. Después del segundo mate y de todo ese tiempo de observación del aparatejo, tan críptico como indescifrable, cerrado en un absoluto mutismo de sonido y códigos de acceso, Toto desplegó, con su tranquilidad pasmosa que siempre lo tiene como mirando el mundo desde afuera, el enroscado folleto que se supone le abriría las puertas a este nuevo mundo del sin cable , o al menos le permitiría proceder a los pasos elementales para conectarlo, discar el 113 para revisar si anda, llamar a María Eugenia o a Lola y comprobar que todo funcionaba realmente bien..., después ya verían si acaso se podría utilizar en el fondo y la terraza, o en lo de Marcelino, el almacenero de la esquina. Acomodó el papel sobre la mesa, se puso los anteojos de leer de Elisa sobre los propios, frunció el entrecejo, cabeceó como para acomodar la distorsión de sus cataratas, lo dio vuelta dos o tres veces, tomó el tercer mate y se convenció de que el problema no era su vista. El folleto estaba escrito en inglés, francés, italiano, alemán, taiwanés y coreano. Ni siquiera era capaz de entender un sólo título. Estaba por putear y contarle a Elisa, pero la vio moqueando y haciendo pucheros porque en esos momentos Agustina hablaba con Facundo de su leucemia, así que no le dijo nada y empezó a estudiar los cables, pensando que no debería ser tan complicado. Después se acercó hasta la mesita del teléfono que actualmente usaban, lo desconectó, y con su eterna parsimonia y una confianza absoluta realizó las conexiones. Todavía tuvo que intentarlo un par de veces, cambiando la unión de los cables, porque no conseguía tono. Durante la segunda propaganda, Elisa le propuso que si él no era capaz de hacerlo, ella se iba a despertar al nieto Federico que estaba en la pieza durmiendo desde el mediodía, y que como iba a una escuela industrial capaz que. Pero Toto se había emperrado y luego de la séptima u octava combinación de cables y palanquitas casi microscópicas pudo escuchar el zumbido continuo que le indicaba que al fin había logrado realizar el ensamble adecuado. Elisa se comía las uñas, primitivamente encaprichada con un mate al que seguro desde mucho rato antes se le había acabado el agua. Sus casi ochenta años no la prepararon para tolerar que a Matías le gustara Lucía pero que a Lucía le interesara Tabo, la pareja de Cuca, y entonces, casi como acto de venganza, Matías se metiera a salir con Claudia. Toto pulsó las teclas del 113, porque entre tanto desfasaje cultural, este teléfono tampoco tenía el clásico disco en el que uno metía el índice y lo hacía girar en un único sentido posible. Emocionadísimo, sonrió desdentado cuando la voz metálica de una computadora le informó que eran las diez y ocho horas cuarenta y siete minutos y algunos segundos, lo que -afortunadamente- significaba que en unos escasos momentos se libraría de la parálisis agobiante de Lucía, de la exhuberancia de Gisselle y la histeria galopante de todas las otras, puras tetas, puros culos ya inalcanzables. A las 19.15, mientras Elisa se encontraba en plena recuperación emocional del capítulo diario, probó llamar a varios lados, y entonces descubrieron que voces extrañas se metían en sus conversaciones, como si se encontrara ligada la comunicación. Toto puteó contra Carrefour, porque son unos hijos de puta, que todo lo que venden es una cagada y que ahora mismo se iba a devolverlo. Elisa, más apaciguadora, le dijo que no, que él debería haber hecho algo mal y se fue a despertar al nieto. Mientras Toto mascullaba durante toda la transmisión de Telefé, Federico, con el ímpetu avasallador de sus diez y siete años y el orgullo de creer que se las sabe todas, cortó cables, realizó empalmes, probó llamando al padre, a Juan Pablo, a Damian..., pero siempre voces lejanas y desconocidas interferían impidiendo escuchar. Cuando finalizó el noticiero, Fede abandonó su colaboración porque quería grabar un recital de Much Music. Elisa intentó nuevamente un par de llamadas, pero resultó inútil, aquellas voces, que apenas se distinguían, ocupaban todo el auricular. Toto desenchufó el aparato, enardecido con los inventos modernos y con Menem y los asiáticos que nos invaden con mierda importada y rebarata, y volvió a conectar el antiguo teléfono. Metió al inalámbrico en sus fundas y en la caja, tal como venía, y lo dejó sobre la mesa, dentro de una arrugada bolsa de Carrefour, para ir a devolverlo al día siguiente. Se fue a acostar después de cenar y de su dosis de valeriana , mientras Elisa, con el control en la mano y desde el sillón, paseaba por todos los canales de cable en busca de alguna película que le sirviera de somnífero. Federico, el nieto, ya estaba durmiendo nuevamente. Cerca de la medianoche, el sonido del teléfono la despertó a Elisa, quien no se imaginó qué carajo podía estar haciendo John Wayne, sudado y lleno de polvo entre los indios, dentro de la película de Kevin Costner que ella estaba viendo. Se levantó para atender, pero el tubo le devolvió el tono constante de la línea. Ni bien colgó se dio cuenta de que el sonido de la llamada telefónica continuaba. Volvió a levantar el tubo para recibir la misma respuesta de la nada. Colgó una vez más, pero las llamadas persistían. Entonces, sin poder creer lo que pasaba, comprendió que llegaban desde el paquete del inalámbrico que Toto había dejado sobre la mesa del comedor. Por un momento le dio algo así como risa. No puede ser, pensó, no puede ser. Se lavó la cara en el baño, y se secó fregándose fuertemente con la tohalla como para apartar el mal sueño. Regresó al living para apagar a John Wayne y las luces antes de irse a dormir, y volvió a escuchar el tono de las llamadas, amortiguado por la caja de cartón y los envoltorios de plástico. Ahora sí, le dio un ataque de risa. Pensó en ir a despertarlo a Toto, pero para qué..., no tiene sentido, ésto no puede ser. Retiró el paquete de la bolsa del supermercado y el sonido de las llamadas, ahora libre del fino envoltorio, pareció levantar el volumen. Abrió la caja, temerosa, porque el aparato continuaba llamando. Elisa pensó que quizá se debía a que el teléfono había acumulado carga suficiente durante la hora u hora y media que entre su marido y su nieto lo tuvieron encendido, pero se extrañó de que el otro teléfono, el de siempre, el normal, el que quisieron cambiar para poder hablar desde el lavadero o el quincho, mantuviera su prestancia intacta y orgullosa, inmutable, mudo testigo de que no siempre la tecnología resulta lo que uno espera de ella. Retiró el aparato de la última bolsita transparente y confirmó que el cable con la ficha estaba ahí tal como debería estar, desconectado, inútil..., aparentemente inútil. Levantó el tubo casi con miedo. Ahora las voces sonaban más cerca, pero aún no era capaz de entender lo que decían. Por un momento le pareció oír insultos. Al rato estaba segura de que era un lamento, un suspiro interminable y doloroso. Enseguida se le puso la piel de gallina porque parecía que alguien del otro lado de la línea le estaba suplicando, como llorando. Todavía no era capaz de distinguir del todo las palabras, ni siquiera si la voz era de varón o mujer. A las tres y media de la mañana se durmió en el sillón, frente al televisor, con el teléfono inalámbrico en el regazo y Mango dormitando sobre sus pantuflas. Se despertó cerca de las cuatro y media, incómoda, con el cuello torcido y las piernas entumecidas y Mango despatarrado sobre ellas. Se fue a su pieza dejando el teléfono inalámbrico descolgado. Cuando alrededor de las nueve de la mañana Toto vino a despertarla con el mate, ella no se animó a contarle, ni siquiera supo qué decirle cuando él le preguntó por qué había abierto el paquete y dejado el teléfono al lado del perro. Cerca del mediodía, Elisa todavía no se había atrevido, Toto se encontraba en el patio pintando una repisa de su hija Mercedes, cuando los tonos de llamada, inconfundibles para ella que inmediatamente dejó de revolver la salsa, le hicieron a él protestar porque en su apuro por atender se le cayó el pincel manchando los mosaicos. Con el tubo del teléfono de siempre en la mano, Toto se extrañó de que no respondiera nadie. La tercera vez se las agarró contra Telefónica, la cuarta y quinta amenazó con llamar a Adelco porque suponía que alguien les estaba robando la línea. A todo ésto, Elisa había vuelto a revolver dentro de la olla con el cucharón de madera, pero todavía no se animaba a contarle. Después de almorzar, mientras miraban por la tele una vieja película en blanco y negro, en la que ninguno de los dos podía creer que una de esas jovencitas blancas y rubias fuera la Mirta de los actuales almuerzos, el inalámbrico continuaba sonando cada tanto, dentro de la caja y del bargueño, desde la habitación de adelante donde lo habían guardado hasta la tarde que regresaran a Carrefour a devolverlo. Antes de salir para el supermercado, levantaron el tubo un par de veces para confirmar que las voces continuaban ahí, evidentemente suplicando, quizás apenas requiriendo ayuda, compasión, pero por más que ellos insistieran preguntando, el dramatismo de las voces ignoraba sus preguntas, y los quejidos se repetían y repetían como repiqueteando en sus tímpanos, rebotando en una angustia patética e inexplicable. El teléfono de siempre, ése que no se podía llevar hasta el fondo ni a la azotea, tal vez cohibido por el intruso, agonizaba en silencio abandonado en la mesita del rincón. Elisa no fue capaz de prestar atención a la telenovela de la tarde. Toto se pasó la hora de la siesta con el pincel en la mano sin ser capaz de dar una sola pincelada. A eso de las cinco y media, mientras el sol ya no estaba tan fuerte, caminaron hasta Juan B. Justo por la vereda de la sombra, con el paquetito dentro de una vieja bolsa de supermercado. Viajaron en el 166 sin decirse una palabra. Elisa fue la que realizó los trámites de la devolución y la que se peleó con los empleados cuando le dijeron que no podían tomarle el aparato para un reposición porque los envoltorios estaban en mal estado y, además, se habían manipulado las conexiones..., Fede..., claro. Para empeorar las cosas, lo probaron en una oficina y el teléfono funcionaba perfectamente. Cuando regresaban sin haber podido hacer el cambio, Toto arrastraba las sílabas como los pies para decir que nunca más volvía a comprar algo en ese sitio. Más tarde, tuvieron que agregar Chuker al agua del mate porque les parecía demasiado amarga. Elisa no era capaz de concentrarse y las intrigas de Gisselle con Lopez Ocampo o el juicio de Lucía a la agencia de modelos le parecían episodios desconocidos. Cada tanto atendían, porque el inalámbrico no cesaba de llamar, esporádica, metódicamente. Hacia el anochecer, a Toto le parecía que la voz pertenecía a un extranjero que rogaba en algún idioma desconocido. Elisa, sin embargo, recordaba el crescendo de la angustia la noche anterior, pero no sabía si era hombre o mujer. Dos o tres días después, los dos coincidían en que no importaba el sexo de las voces. Al mes, conociendo de sobra las horas de las llamadas, los dos se sentaban frente al teléfono a esperar..., tal vez ya gozando la nueva rutina se acercaban lentamente el tubo a la oreja..., escuchaban y confirmaban lo que siempre esperaban, corrigiendo dudas, ahuyentando temores, preocupándose si acaso alguna de las llamadas se retrasaba, si alguna de las voces cambiaba el tono, si el ruego calmaba el lamento..., si acaso algo nuevo pudiera suceder cualquiera de las veces. |
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