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La terminal A poyado en una columna, Beans espera, junto a otros ocupantes del pasaje de gestos soñolientos y sucios, a que aparezca su maleta en la cinta transportadora. S e mira las uñas y descubre algunas más oscuras que otras. S e huele los dedos y decide lavarse las manos antes de ver a Julia. L e gustaría recuperarla. A guanta las ganas de encender un Camel, amedrentado por los carteles con cigarrillos prohibidos pegados por todas las paredes. A manece muy despacio detrás de los cristales mojados. S e ha puesto a llover al comenzar el descenso, y la claridad se ha hecho cenicienta en pocos segundos. L as escaleras de bajada estaban empapadas –« quizás esté lloviendo desde hace días en este maldito aeropuerto »– y restos de óxido han saltado a las perneras de su pantalón no imagina cómo. E l agua se ha mezclado con la grasa de su cara sin afeitar. N o luce la mejor estampa de su vida. S e entretiene un rato en los lavabos. C uando desemboca en la sala de espera, casi todo el mundo se ha marchado ya: apenas un par de mesas ocupadas por gente poco habladora, una mujer oxigenada de pelo muy corto sentada al extremo de la barra, un hombre en un banco con las piernas estiradas y la barbilla clavada en el pecho, personal de limpieza dirigiéndose a su trabajo... y ni rastro de Julia. A rrastra la maleta entre las mesas buscando rincones en los que pudiera estar oculta. E s cierto que ella le dijo que salía desde hacía semanas con otro tipo, y que Beans haría el vuelo en balde, pero nunca pensó que cumpliera la amenaza hasta el punto de no venir siquiera a recibirlo. É l por su parte le dijo que sólo quería hablar un rato y tomar un café en el aeropuerto, que iba de paso y que era una simple visita de cortesía. U na sucia mentira que ella no se tragó ni por asomo. A sí que ahí está, solo, como un estúpido, rondándole la desquiciada idea de ir a buscarla a su casa. C amina en dirección a la salida sin ningún objetivo. No se le ocurre qué hacer. S e sorprende cuando, de pronto, se abren las puertas automáticas y ve que Julia corre hacia el vestíbulo. Tras ella advierte un coche detenido bajo la lluvia. L a mujer interrumpe su carrera un par de metros antes de llegar a su altura, evitando cualquier posibilidad de abrazo. J ulia interpreta perfectamente la provocación del saludo y resopla impaciente. – H e venido con J uan. E staré sólo un segundo... N o iba a venir, te lo juro, pero cambié de idea en el último momento –le explica J ulia–. L o saqué de la cama al pobre, pero ha comprendido mi postura. –¿ E s muy comprensivo el pobre J uan? – D emonios, J ulia, lo que te comenté: tomar unos tragos y charlar un rato. Y quizás ir a casa para darme una ducha, nada más: cambiarme de ropa y hablar cómodamente de los viejos tiempos. – N i lo sueñes – le suelta ella. –¡ H ijo de puta! S abía que era un error venir. Q ué estúpida he sido. N o he debido fiarme de ti. M ira que me lo prometí, que juré no volver a confiar en ti nunca más. Q ué estúpida, coño, qué imbécil –se lamenta mirando al suelo y caminando inquieta de un lado a otro delante de él. – V enga, cariño, dile a tu amigo que se largue y tomemos un café tranquilos. D espués cogemos un taxi y te acerco a casa ¿vale? V erás que he cambiado, no habrá más broncas, te lo prometo –intenta convencerla, guiándola del codo en dirección a la barra, desde la que observa la rubia. – V ete a la mierda, B eans –se sacude de él y se dirige decidida a la salida. – C abronazo –le grita B eans cuando J ulia ya ha cerrado la portezuela. E n la huída no ha vuelto la cabeza ni una sola vez. S e queda mirando la pared, aturdido. V uelve a la sala de espera. L a rubia, que lo está observando, decide rebuscar en su bolso. E nciende un pitillo, se empina el vaso. B eans se acerca a la barra y pide un vodka con piña. – M aldita lluvia –murmura en voz baja. – S í, llueve desde hace días –dice la mujer–. E sta ciudad es un asco. –¿ T e llamas H ayat? –¿ H ayat? ¿ Q ué mierda de nombre es ese? – S ignifica “vida”, en árabe –aclara B eans. – V ale. P ues no, me llamo S ilvia. – L o contrario que tú. – N o comprendo. – V ine a buscar a alguien que no llegó en tu avión. – A h. ¿ Y qué harás ahora? –pregunta B eans, dejándose llevar por el mimetismo. – E sperar el próximo vuelo. A H ibernate, dentro de tres horas. –¿ D e vacaciones? – Q ué coño. V oy a buscarme la vida, como aquí. N ecesito cambiar de aires, eso es todo. – V aya, qué listo eres –se burla la rubia, lanzando un rayo de humo al interior del vaso. –¡ Q ué casualidad! –exclama B eans. – N o te hagas ilusiones –le advierte ella. – N o te lo vas a creer, pero tengo pasaje para ese vuelo. ¿ N o es increíble? – A lucinante del todo –sonríe. B eans le acerca la maleta a la chica: – C uídamela mientras meo. E nseguida vuelvo. Y se dirige sin ningún disimulo hacia el despacho de billetes en busca de un pasaje. P ara dentro de tres horas.
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