| |
LA LLAMADA
-Hola Carla, qué... qué tal.
-...
-¿Carla
-Perdona, atendía a un cliente, ya he terminado. Bien, muy bien, ¿y tú, cómo te va?
-Igual. Contento de hablar contigo. Me dio mucho gusto que me reclamaras con tu mensaje. Me alegró el día. Suena tonto…, perdona. -No digas bobadas, suena muy bien. Me alegra que te gustara.
-Me sucede a menudo contigo, y más después de tanto tiempo sin hablar.
-Sí, hace días ya, es cierto.
...
-Y cuéntame chico, ¿en qué andas ahora?
-Bueno, como siempre... Intento escribir, sobrevivir, no sé.
-Ya.
-...
-...
-Perdona el nerviosismo, Carla. ¿Sabes? Intento quitarle importancia a nuestras conversaciones pero al hablar contigo el mundo se hace pequeño como... como una lenteja.
-Ja ja ja.
-¿Ves?, se me escapan las metáforas contigo. Me jode tanta bobería, pero es que me sale sola.
-A mí me gusta.
-...
-...
-Disculpa el silencio. Es que…, ¿cómo decirte?, se me hace tan importante hablarte que las palabras acaban enredándose y no terminan de salir.
-Ya.
-¿Te preocupa eso, Carla?
- Sabes que sí, sabes que me gustaría que todo fuera más liviano y no anduviéramos atascados dándole vueltas siempre a lo mismo.
-Tienes razón, lo siento.
-No importa, tonto. No te preocupes. ¿Qué tal día hace por ahí? ¿En dónde andas?
-En el mar. Escucha, me pasa que... ¿sabes?, te echaba mucho de menos, te extrañaba tanto, que…
-Y yo a ti, loco. Ya tenía ganas de hablar contigo, por eso te avisé tan pronto como encontré un hueco.
-No imaginas el placer de ver tu nombre antes de abrir el mensaje. Y las ganas de dejarlo pendiente de leer y disfrutar el placer de tener tus palabras pendientes.
-...
-Te quiero, mi niña.
-Ya.
-Sí, claro.
-...
-Carla, te envíe una carta ¿la recibiste, la has leído?.
-Sí, la leí anoche. Me gustó mucho.
-¿De veras te gustó?
-Más que eso. La leí y de pronto me abandonó la lógica, así, sin percatarme, como si la mujer que estuvo contigo aun siguiera ahí de alguna manera, capaz de despertarse a ratos y mirar lo que ven tus ojos. Me levantó la sangre.
-¿Te excitó?
-Sí.
-¿Te masturbaste?
-Sí.
-Vaya...
-Jajaja, ya me conoces.
-Sí, por eso me gustas tanto.
-Y tú a mí.
-Si me sigues hablando en susurros me moriré.
-¿Te morirás? No te creo. Ya será menos...
-Lo que te digo, mmm. Carla…, mi locura, lo sabes, me disparas las manos, me transformas.
-¿Eso hago? ¿Y en qué consiste esa transformación?
-De sobra lo sabes.
-Qué voy a saber. Anda, explícame.
-No seas mala. Además, estoy en la calle y me pondrás en un aprieto.
-Seguro que sabes arreglártelas.
-Seguro... si tú me acompañas.
-Sabes muy bien que yo no puedo, me conoces, nunca podría con todos los clientes por aquí. Además, se multiplican siempre que tú me llamas, jaja.
-Bueno, estás detrás del mostrador, si alguno llega sólo te verá la cara. Te sobra una mano, podrías acompañarme un rato.
-Ni hablar, loco. Sabes que me faltan manos, por lo menos dos más, sobre todo cuando hablo contigo.
-Claro cariño, bromeaba.
-...
-Anda, cambiemos de tema. Recibí una carta tuya hace un par de semanas, ¿la recuerdas, Carla?
-Bueno, sé que te escribí pero no recuerdo bien qué decía, no.
-Pues fíjate que después de leerla me dio la impresión de que necesitabas un poco de aire.
-No entiendo.
-Pensé que reclamabas distancia. Me decías que darle vueltas a las emociones pasadas te mantenía atascada, sin posibilidad de avanzar. Por eso no te he molestado en estas dos semanas.
-Pero no. ¡Joder! ¿Por qué te lo tomas siempre así?
-No comprendo. No se trata de tomármelo así o de otra manera, leí lo que escribiste, no otra cosa.
-Pero me has pedido muchas veces que me sienta libre al escribirte, y si lo hago te agarras a las palabras, las interpretas y reinterpretas, les das mil vueltas y acaba todo en un malentendido. Siempre pasa igual.
-Coño, Carla, no creo que malinterpretara nada, no era difícil de entender, lo ponía bien clarito
-Resulta muy incómodo, Hank. Mira, yo no releo lo que escribo antes de enviártelo, intento sentirme libre si te hablo, si te cuento mis dudas, mis miedos, mis cosas, sin darle mas vueltas. Si te lo tomas así no podré seguir escribiéndote, no podré decirte nada, no podré acompañarte más.
-Pero, pero... Yo no interpreté nada, es más: veo que no recuerdas tus propias palabras.
-Pues no las recuerdo al pie de la letra, claro. Las escribí hace más de una semana..., pero no las creo tan diferentes de lo que te haya dicho otras veces.
-En eso tienes toda la razón.
-¿Ves? Te lo tomas fatal. No tienes que repensar tanto lo que digo, me ahoga, no puedo respirar y mucho menos sentirme libre para hablarte. No entiendo por qué te empeñas en leerme de esa forma, en fijarte en cada palabra y darle tantas vueltas.
-Pero, pero..., dijiste algo así como que no te vale la nostalgia volver a lo que te pasó conmigo, que te impide sentir ahora, y no hace más que estacionarte. Que no te deja empezar otro camino.
-...
-Escucha Carla, no lo puedo evitar: esto es lo que hay.
-Y yo qué, eh. ¿Tengo que evitar yo lo que hay en mí, cómo se supone que tengo que escribirte?
-Pero escríbeme como quieras que ya leeré yo como sepa o como pueda hacerlo.
-¿Y entonces qué? Si escribo lo que siento, tú te alejas, te encierras y sufres. No quiero eso. No podré escribirte entonces.
-Mira, escúchame: si tanto te incomoda escribirme, no lo hagas. Haz lo que creas conveniente que yo ya leeré las cosas como bien entienda. No tienes por qué hacerlo si no te sientes cómoda. Haz lo que quieras.
-Pues sí, eso haré.
-...
-Oye, Hank, tengo que colgar ahora.
-Vale, yo también tengo cosas que hacer.
-Bueno, entonces hablamos otro día.
-Sí, ya hablaremos.
-Adiós.
-Hasta pronto, Carla.
|
|