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La boda Las invitaciones de boda eran para aquella tarde de domingo. Un día caluroso, el último de julio. Las golondrinas cazaban insectos en torno al campanario. El interior de la iglesia habría olido a rosas y jazmín si los acontecimientos no hubieran sucedido como lo hicieron. No había flores de boda, los invitados no sonreían. El olor de las coronas fúnebres flotaba sobre las cabezas de los asistentes. Mi novia, Pat, iba en volandas de cuatro hombres, dentro de un ataúd. * Aún no me había acostado con Lis. En la misma cama sí, quiero decir que no había conseguido perforar su himen. Si es que lo tenía intacto… Creía que sí, por lo que deducía de sus explicaciones, pero no podía estar seguro porque nunca pasé más allá de un hueso pelviano que me doblaba el miembro a unos centímetros de la entrada y me hacía aullar de dolor. ¡El guardián del templo! Si hubiera tolerado cierta adaptabilidad quizás habría esquivado el saliente, pero verla desnuda le infundía a mi pene la escasa maleabilidad del cristal y temía que, si conseguía encajársela, ella hiciera un falso movimiento y me la quebrara. Aquella noche, Lis no tenía donde dormir, y Louis le ofreció su casa. Nos quedamos los tres en su piso; no iba a darle la más mínima oportunidad a ese tipo: Lis era mía. Yo trabajaba muy temprano al día siguiente, y nos acostamos demasiado tarde, así que al amanecer ella no quiso salir del piso conmigo. ¿Para ir adónde- Quería seguir en la cama. Antes muerta que despierta, me dijo. Me largué. En el trabajo, las escenas de Louis sobre ella volaban en mi cerebro, pensé que no había motivo para que tal cosa sucediera, pero no sirvió de nada. Entre tanto, el día se paralizaba a cada momento, como agotado y sin resuello. Tardó años en acabar la jornada. En el piso de Louis no había nadie. Fui a casa de Hug y aporreé la puerta un rato. Me abrió Louis, que se quedó de una pieza. ¿Dónde está Lis-, le dije. No está conmigo, contestó. Se oían gruñidos detrás de una puerta cerrada. ¿Y Hug-, le pregunté, embalado ya hacia el cuarto del que salían los resuellos. Ha salido, dijo. Quiso interponerse en mi camino, pero alcancé el picaporte antes que él. Lis estaba a cuatro patas en el suelo y Hug la cubría como un perro. Los dos me miraron, inmóviles y sudorosos. Yo me largué dando un portazo. Se suponía que Lis estaba saliendo conmigo, y que ellos eran mis amigos. Y para colmo habían descubierto la forma de solventar lo del hueso pelviano metiéndosela por detrás, cosa que a mí no se me había ocurrido. Ya no me cupieron más dudas sobre su himen. Lis me pidió perdón más tarde, cuando me vio ceñudo y pegándole a las pastillas con cerveza. Yo la perdoné porque pensé que, bueno, merecía la pena intentarlo con ella por detrás. Incluso la invité a unas pastillas. Se puso pedo, quizás más de la cuenta, se me fue la mano y acabó desmandándose y bailando con todo quisque. Al rato la perdí de vista. Cuando salí a buscarla la vi en el coche con Hug, deslizándose arriba y abajo, sentada sobre sus muslos peludos. En fin, era demasiado humillante incluso para mí, así que a partir de ese día me cambié a los bares de otro barrio. Dejé el trabajo. Me compré unos gramos de morfina y comprobé lo fácil que es aplazar las penas con esa sustancia. Lo malo es que tiene hora de caducidad. En esas andaba cuando me encontré con Pat. No, ella me encontró a mí. Se me había acabado la morfina y pensé que era un buen momento para matarme, así que me subí a la moto y decidí saltarme en rojo el cruce más transitado de la ciudad. Aceleré a todo trapo y cerré los ojos. El aire nocturno silbaba en mis orejas mientras yo esperaba el estruendo inminente. Los abrí justo cuando me estampaba contra el escaparate de la acera de enfrente. Pat iba con su amiga, Mel, cuando me vio espatarrado sobre la moto. Me despertó. Me había desmayado, pero no parecía estar herido. Nos conocíamos de vernos por la zona. A las tantas de la madrugada el tráfico es nulo, y no es la mejor hora para que le choquen a uno. Las chicas no parecieron tomarse muy en serio mi historia. Como la moto estaba torcida y no podía ponerla en pie, y mucho menos arrastrarla, la dejé allí. Querían acompañarme a un hospital, pero de camino nos paramos a tomar una copa de coñac para quitarme el susto. Luego pasamos por otros bares. Cuando el sol -quizás- se estaba lavando la cara en las aguas del horizonte marino y sus resplandores clareaban las nubes sobre los rascacielos, nos acercamos a ver qué podíamos hacer con la moto, pero ya no estaba. En su lugar, una pegatina de la policía local pegada en el suelo indicaba el depósito municipal al que tenía que acudir a buscarla. Propuse ir al piso de unos conocidos míos, maricas -más adecuados para la duración de una posible relación con Pat- a ver si tenían una cama libre para dormir. Por qué razón elegí a Pat y no a Mel es algo que no conseguí entender bien. Creo que fue por los labios. Y por las pastillas a las que me invitó. Las píldoras zumbaban en las células de mi piel, y cuando besaba sus labios gruesos el placer me sacaba el peso del cuerpo, y yo flotaba enganchado a su boca. La otra, aunque estaba mejor, los tenía muy finos, y lo que yo quería era flotar. A partir de aquel día seguimos viéndonos, Pat y yo. A mí me empujaban las magulladuras de haber perdido a Lis. Cierto que Pat no era tan eficaz como la morfina, pero yo estaba pagando aún la moto -que, por lo pronto, andaba en el depósito-, y no me quedaba metálico para la droga. Además, tenía miedo de engancharme, así que me pegué a sus labios jugosos como un vampiro al tobillo de una vaca en luna llena. Un día de esa primavera, paseaba con Pat, fumando canutos por la vereda del río, y nos pusimos muy tiernos. La tarde se amorataba al fondo de los cañaverales. Una casa medio derruida entre los naranjos difundía un ligero olor acre en el camino: polvo y orines antiguos mezclados con excrementos resecos. No era desagradable (como no los son las bostas de vaca en las tierras altas de Covadonga) y me recordó cuando, de niño, me escondía con mis compinches en casetas de labranza y haciendas de campo abandonadas para masturbarnos en cuadrilla. Pat llevaba una falda amplia, hasta los tobillos, estampada. La arrastré hacia el huerto y la senté en la cruz de un naranjo con las piernas abiertas para llenarme la boca de zumo. Después, con la falda remangada sólo por delante para que no le picaran las ortigas en el culo, se tumbó en la hierba y se la metí. Sin condón. Cuando le advertí que estaba a punto de correrme, me agarró las nalgas y me dijo: ¡si la sacas te mato! ¿Por qué tuvo que decir eso- La clavé hasta el fondo y me corrí. A ver si no. Seguí dándole hasta que ella acabó. Entonces me exhortó alarmada para que la sacara antes de correrme. En fin. Desde el piso de mis amigos maricones se subía a la azotea por unas escaleras angostas de peldaños irregulares. Era pequeña la terracita, con unas macetas resecas y un bidón de agua para los cortes de suministro en el que se cagaban las palomas. Un par de gatos deambulaban por el tejado que bordeaba la terraza, al acecho de las aves y de otros bichos de su gusto. Mis amigos se bronceaban a menudo tumbados en toallas playeras extendidas sobre las tejas calientes. Era un edificio de tres pisos. En aquel tejado de escasa inclinación, Pat y yo pasamos ratos agradables. Medio ocultos en un rincón, tras las ramas de un enorme plátano que crecía en la acera, a menudo follábamos excitados por el morbo de que vecinos desocupados, ocultos tras las rendijas de las persianas, pudieran observar nuestras sacudidas. Así pasamos varias semanas, viviendo el instante, sin planes, derrochando presente para olvidar recuerdos. En ocasiones ella también parecía escapar de algo, pero nunca quise saber más, y no por un exceso de discreción por mi parte: ya tenía bastante con lo mío. Siempre habíamos tomado precauciones, menos aquella tarde en el malecón. Lo bueno, si breve, es una putada, aunque se diga lo contrario, y la buena racha acabó demasiado pronto. Una mañana, sin más, me habló de un temor que habíamos conjurado con una premeditada inconsciencia desde que su menstruación no había acudido a su cita periódica. Me miró muy seria y yo, alarmado, dije: -¡¡Joder!! -Acabo de recoger el resultado del análisis en la farmacia -me soltó. -Si me dices que estás embarazada, hemos acabado. -Estoy embarazada. -¿Por qué? -No seas imbécil… Qué días terribles… Me amedrentó la primera cita con mi futura suegra cuando comenzó a preguntarme por unas castañas que había que sacar de un fuego ¡de las que ella en absoluto se iba a ocupar! Cuando le pregunté de qué castañas me hablaba, a la mujer le dio una llorera terrible. Después de mi suegra, visitas al párroco -al que un día tuve que confesarle unos pecados bajo amenaza de negarse al casamiento-, reservas para la cena de los invitados, compras apresuradas -un vestido de boda premamá-, invitaciones de imprenta para los familiares... ¿De dónde había surgido de pronto aquella marabunta de desconocidos- Las cosas, desde luego, cambiaron, y aunque todavía subíamos al tejado a fumar canutos, las risas escaseaban y los toqueteos que yo iniciaba un poco por cortesía, nunca obtenían una respuesta espontánea; si acaso también por formalidad y consideración, o por lástima... Muy desmotivador. Durante esas semanas, después de una buena china nos quedábamos mirando el envés de las hojas del plátano, sin hablar, y a mi me daba por pensar en mi niñez. Algunas tardes nos acompañaba Rabal en el tejado. Era buen tío, pero a veces se pasaba. Como un día que iba hasta los ojos de biodraminas y me declaró su amor en la barra del bar, el maquillaje chorreando de lágrimas. No supe qué decir y sus colegas lo sacaron de allí mientras Rabal extendía sus brazos hacia mí sorbiéndose los mocos. Yo había notado que él miraba a Pat con una mezcla de repugnancia y condescendencia, como si fuera un pobre ser ajeno a su condición inferior. Por la mañana me prometió que no volvería a suceder, que si yo estaba empeñado en negar mi plumazo, ni él ni nadie podía hacer nada por sacarme del armario. Una noche coincidí con Lis en la esquina más oscura de un pub. Estaba sola, y muy colocada. Mi corazón comenzó a lat ir como cuando un perro encuentra a su amita en el jardín de casa después de andar perdido durante semanas. Me acerqué. Apenas me reconoció, demasiado brillo en sus ojos. Sabía que ella no le negaría un beso a nadie, por si sacaba algo a cambio, y me aprov eché. La besé y en pocos segundos mis dedos buscaban entre sus piernas. Yo no sabía lo que podría pasar, estaba exultante. No tardó mucho en aparecer el camarero detrás de ella: le dio unos golpecitos en el hombro. Sin decirle nada hizo un gesto hacia la b arra. Allí se apalancaba Louis, imperturbable, con las gafas de sol ennegreciendo más la oscuridad. ¿Cómo la había visto a través de tanto negror- Lis se apartó de mí, se levantó sin decir una palabra. Me miró a medio camino un instante, y se lanzó decidi da a los labios de Louis. Supongo que él tenía un material del que yo carecía. Inmediatamente salieron del local. Louis no me saludó. Desde la esquina opuesta, Rabal me miró con desprecio, levantando mucho la barbilla, como si le llegaran tufos a mierda. Los siguientes días anduve medio derrumbado por deseos que no podía satisfacer, muy a mi pesar, con una mujer; y por acontecimientos que iban a sucederme, muy contra mi voluntad, con otra. Una postura incómoda para un tipo no acostumbrado a tomar grandes d ecisiones. Ni pequeñas. Cuando vi a Pat más tarde, las botas comenzaron a pesarme como si fueran de buzo. Joder, tenía que hacer algo, ¿pero qué- Me arrastré con ella escaleras arriba, al tejado. En el silencio de la noche se movían nubarrones por la bóveda celeste, manchas oscuras que se desplazaban ocultando estrellas a su paso. Pat se recostaba a unos centímetros de mí, y entre la raya de un centímetro y la siguiente, como recordé que había dicho en una ocasión al jefe de estudios del instituto, se abrían espacios de escaleras infinitas de números reales. Entre ella y yo el vértigo. Dos mundos girando en sentido contrario, como bolas de billar que se besan un instante para separarse de inmediato en busca de otra carambola. Se acercaba la fecha de la boda con una premonición oscura que dejaba caer los días como peñascos, cada cual con su grada de horas y minutos labrando los rencores de mi espalda. Me reunía con Pat al atardecer. Observaba sus ojos tristes y ella me miraba esquiva, alerta, como si yo fuera una especie de enemigo sofisticado, es decir, camuflado. Se dejaba coger la cintura y me daba algunos besos que salían de su boca con sabor a pasamanos. Pat me preguntaba muy a menudo si la quería: “sí, te quiero mucho…”. Recostados sobre las tejas, se lo pregunté yo: -Pat, ¿me quieres tú? Me percaté de que nunca le había hecho esa pregunta antes, y ese detalle lacró el sobre en donde estaba escrito nuestro des(a)tino. No dijo nada y comenzó a llorar sin hacer ruido. Las lágrimas se deslizaban mudas hacia la oreja y allí se acumulaban hasta conseguir taponar el orificio. Entonces ella metía el meñique y desbordaba la poza, quedando vacía y preparada para nuevos envíos. -¿Por qué lloras? ¿Es que no me quieres? Por primera vez desde hacía días sentí que la sangre corría por mis venas, esperanzada. Un tumulto de sensaciones contradictorias en las que se arremolinaban oscuros abismos con prados de flores y rocas bañadas por el sol. -Te quiero, pero estoy enamorada de otro. ¡Hostias! Menuda sorpresa. -¿Y a qué esperabas para decírmelo? -Quizás a lo que sucedió la otra noche, cuando encontraste a Lis. Me lo contó Rabal... -¡Qué hijo puta...! No pasó nada. Además estaba muy bebido…, qué… importancia puede tener. -Sigues enamorado de ella. No supe qué decir. -Además, yo nunca volveré con él, nunca más lo veré. -¿Por qué? ¿Se ha muerto? -Se marchó con otra, a Guatemala. No me quería, sólo me usó. Un rato más de silencio y luego: -Dadas las circunstancias, ¿abortarás?– le pregunté. -Joder, ya te dije que quiero tenerlo. Si quieres lárgate, no tienes por qué casarte conmigo, ya me las apañaré. -Pero…, pero no te voy a dejar tirada, Pat. -Te digo que no te preocupes por mí. Haz lo que quieras por ti mismo, por favor. No me importa si me dejas. Juraría que me estaba dando la patada. Pero no podía ser, y yo no iba a eludir mi responsabilidad, no podía cargar con el peso de dejarla abandonada. Los días se precipitaron y la boda se celebraría el siguiente domingo. La tarde del sábado, después de comer, intentaba echar una siesta con el rumor de fondo de las chicharras cuando me golpeó una idea luminosa y perversa. Tenía la llave de los maricas. Fui al piso de mis amigos que, como esperaba, habían decidido cambiar el viscoso hedor de sus camas por el aire acondicionado de alguna cafetería cercana. Subí al tejado y desenganché dos tejas consecutivas de sus anclajes. Las coloqué en la misma postura una vez partidos los puntos de sujeción, y comprobé que se deslizarían con total suavidad a la más leve presión. Bajé de allí. Ya en la calle temblaba como una gelatina: estaba asustado, necesitaba un trago. Hicieron falta varios para conseguir apaciguar los pensamientos que arrasaban, enloquecidos, mi cerebro. “Le diré que quiero hablar de algo serio con ella, tranquilamente, mientras nos fumamos un porro... ¿Pero qué estoy diciendo- ¡Qué disparate...!” Cuando subíamos por la empinada escalera Pat me preguntó de qué coño podíamos hablar en serio con el pedo que yo llevaba encima. Lo cierto es que al llegar arriba intenté recordar la posición de las tejas cortadas para no pisarlas y no fui capaz. Me entró el pánico y la dejé pasar a ella primero. Llegó a la zona de siempre y se sentó. Yo estaba paralizado al otro extremo. ¡No las había pisado! ¡Ninguna! –Si sigues con ese tembleque te vas a caer del tejado... Venga, ven y cuéntame, tengo cosas que hacer. Siéntate a mi lado– me apremió. Comencé a caminar intentando recordar las tejas que había pisado ella, pero las había olvidado al instante. Al cuarto paso, el mundo se desmoronó y grité arañando las tejas mientras el núcleo terrestre hacía su trabajo y tiraba de mí. Al llegar al borde del tejado me pude aferrar al canalón, y mi cuerpo quedó en el aire, a tres pisos del suelo. ¡Me iba a matar! Noté el calor de mis orines en el muslo. Pat se levantó asustada y se acercó con tiento. –-¡¡Ayúdame!!– le grité. De súbito su mirada cambió, sus ojos brillaron y supe que había decidido no hacerlo. –¡¡Me voy a matar, cabrona. Ayúdame...!! Caminó hacia atrás, se alejó de mí, aterrada, a esperar a que el cansancio me venciera o algo así. Abajo, en la calle, varias personas me señalaban, pero eso no me iba servir de nada, en pocos segundos se me escaparían los dedos y me aplastaría contra el suelo, no podía más. Entonces oí un grito y estrépito sobre mi cabeza: Pat había pisado la otra teja suelta y toda su masa se deslizaba a empellones en mi dirección. Chocó contra mí y caímos al vacío. * Desperté con un ligero dolor en el hombro. Las vendas me rodeaban el torso. Una luxación me mantenía el brazo pegado al pecho. Eso me explicaron. Y todo lo demás. La desgracia y la fortuna como una mezcla incongruente que pude desentrañar poco a poco. Caímos abrazados, como dos amantes que se aprietan antes del último adiós en la estación, ese intento de transmutación del alma cuando dos cuerpos encajados se separan. En el aire apenas dimos media vuelta aferrados al otro, lo único sólido en la caída. Su cuerpo golpeó de espaldas en el bordillo de la acera, y yo reboté contra su barriga. Rabal no acudió al funeral. Era el principal sospechoso. Incluso yo habría pensado en él de no ser por lo que era. No se pudo avisar a todos los invitados y muchos aparecieron con atrevidos trajes de fiesta. |
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