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ESTRAMONIO I ? La gripe de los marabúes
Nuestras voces resonaban en las calles. Las paredes de barro desteñían un tono macilento que se desleía sobre el asfalto. Tarde de domingo despoblado. Tres personas merodeaban a mi lado. Conmigo. El sueño que embotaba mis ojos entorpecía sus contornos. Sus cuerpos eran movimientos oscuros, sombras en tres dimensiones que arremolinaban los brazos, figuras tiznadas en el aire. Un perro cruzó a lo lejos. Salió de una calle lateral y desapareció por la de enfrente, al trote. Ni siquiera nos miró. Más allá, al final de las hileras de casas, se adivinaba la masa de un cañaveral, o de un bosquecillo de vegetación imprecisa. Una de las siluetas hizo un chiste, y una carcajada resonó con fuerza. La busqué. La cara del Lupo apareció entre las sombras de hollín, iluminada desde el interior de su rostro de cera. Se reía tan compulsivamente que los mocos se le habían escapado y colgaban de su barbilla, transparentes, como los de un caracol sobre una hoja de limonero. Los ojos le chispeaban, no podía parar. Todas las caras aparecieron entonces entre las sombras, riendo con estrépito, doblados sobre la panza, tirados por el suelo, tal que si aquello no tuviera fin y nuestros vientres fueran a rajarse como enanas embarazadas de gigantes. La soledad de nuestras carcajadas se vio interrumpida por un golpe que se estrelló contra el asfalto, a unos metros de nosotros. No fue un crujir de huesos, ni una masa que salpicara: algo que se despeñó desde lo alto y se chafó, informe y compacto. Instantes después, un olor acre nos hizo estornudar, un sabor a pústula mal curada que me resbaló por la laringe. Con el brazo tapándonos la nariz nos acercamos al despojo. Era una mezcla de plumas, huesos, y un pico hecho añicos con poros borboteantes. Intuimos con absoluta sincronía que se trataba de la temida pandemia aviar. Nos alejamos del residuo, pero la peste nos siguió con instinto perspicaz, atiborrada de virus. Corrimos calle abajo hasta alcanzar el terraplén. Una escombrera se precipitaba desde el desnivel e invadía parte del cañaveral. Las volutas que nos perseguían se arremolinaron a nuestro alrededor, desplegándose por los flancos como un ejército. Nos tendió una encerrona. Nos dejamos caer por los escombros hasta chocar contra la vegetación. El alboroto incomodó a otros marabúes que languidecían entre las cañas. Graznaron molestos. Se removieron cojeando de acá para allá, y algunos aletearon perdiendo parte de sus plumas en el esfuerzo. Con vuelo errático, unos cuantos consiguieron posarse en la cima de la escombrera y avanzaron hacia nosotros, tropezando, torpes, tullidos. Se enganchaban en los cascotes, se les partían las patas y se quedaban atorados, rabiosos de no alcanzarnos con sus picos. Algunos lograban sobrevolar nuestras cabezas y conseguían esquivar los ladrillos que les lanzábamos. Se esforzaban en sacudirnos con sus alas mancas. Su número fue creciendo y llegaron a rodearnos. Hacia la derecha, el Lupo señaló cuerpos humanos desventrados, y comenzó a subir por la escombrera como un dios enloquecido. Aullaba y sacudía puntapiés a las cabezas peladas de los marabúes encasquillados en los desechos. Las cabezas, amarradas al cuello, se desprendían de la masa emplumada y se arrastraban como culebras antes de quedar inmóviles. Los cuerpos guillotinados a golpes de bota se sacudían como si estornudaran y luego se dejaban descomponer a los rayos oblicuos de la tarde. A mí, el pánico me había agarrado por los cojones. No quería ser un héroe loco como el Lupo, con un final maldito. No quería destacar de la cobardía humana ni un ápice: sólo deseaba no morir. Mis movimientos cautos no eran ágiles, ni valientes, ni decisivos, ni acertados...., eran torpes mimetismos para no ser descubierto por las órbitas saltonas de los pájaros. Una conducta que me hacía tan vulnerable como cuando un niño cierra los ojos para esconderse del monstruo feroz. Resbalé por la pendiente. Choqué contra una lavadora despanzurrada. El golpe me aturdió. Sentí una vaharada hedionda y el calor de un cuerpo a mi derecha. Descubrí a un marabú consumido por la fiebre a medio metro, una distancia menor que la longitud de su pico. Se quedó esperando un movimiento. Me desplacé un milímetro, y cuando lanzó su punta picuda contra mi cuello salté de la cama con un alarido. Me partí la uña del dedo meñique contra la pata del sillón. El grito de la mujer que dormía a mi lado me heló la sangre. El mármol del suelo estaba duro y sucio, pero por fortuna estaba sobre él, no debajo. Me volví a la cama. II ? Pasión de laberintos
Me despertaron los aullidos de los Chunguitos. “Dame veneno”, cantaban. Los imaginé repeinaos y haciendo aspavientos al compás, como una murga tinerfeña de medio pelo. El sol se colaba por las láminas rotas de la persiana. Las vetas de luz alcanzaban rincones bajo muebles agenciados en escombreras y vertederos. Los rayos irisaban las pelusas. Se desplazaban rodando contra el ángulo de la pared. Una gruesa, y otra más pequeña detrás, empujándola, hasta unirse las dos a un gran montón apelotonado contra una caja de zapatos. En la habitación olía a costo, a pies nocturnos, a roña, a perfume barato. Los Chunguitos querían veneno para morir, «…que más vale la muerte que vivir contigo, dame veneno..., ay, para morir». Vociferaban desde la cocina, el cassette con las clavijas a todo trapo. Anoche, Antón me trajo consigo bien entrada la madrugada. Okupaba una casa abandonada. Me dejé arrastrar. Mi relación con los gitanos tenía que ver con Asuntos Sociales. Un cometido desagradable, a cuyo pesar, y no recuerdo cómo, acabé trabando dependencias poco regulares con alguno de sus miembros, una interrelación nociva y perniciosa. Nada profesional. La mujer que dormía a mi lado no era gitana. Me levanté con cuidado para no despertarla. Algo ridículo, dado la escandalera que venía de la cocina. Era negra. Estaba desnuda, hacía calor. En el hueco donde yo había dormido, una mancha marrón revelaba que la sábana había secado ya muchos cuerpos poco amigos del agua corriente. Me estaba vistiendo cuando vi la cara redonda de Carmen asomada a la puerta. Adelantó las caderas. Sonreía, pestañeaba, se acariciaba un seno bajo la blusa. Carmen sí era gitana. Antón se asomó por encima de su hombro y observó la actitud de su hermana, luego me miró durante largos segundos, y desapareció. La música paró en seco. Carmen tiró de la falda hacia arriba y me enseñó las rodillas. No conseguí entenderlo, pero mi sexo se inflamó a pesar de que no era mi tipo, ni me provocaba atracción alguna. Al menos una atracción, digamos, estándar. Sólo mi polla, ajena a mis inclinaciones, bombeaba sin fuste bajo los calzoncillos. Carmen lo notó. Vanesa, me preguntó desde las sábanas qué coño me había pasado aquella noche, por qué había saltado de la cama más de medio metro dándole aquel susto de muerte. «Una pesadilla... ». No le expliqué más. «Joder, casi me da un infarto. ¿Te hiciste daño al caer?» «Me rompí la uña del meñique..., nada importante» «Cuéntamela. La pesadilla...» «No la recuerdo Vanesa…, alguna tontería. ¿Te veré luego?» «No sé, depende ¿dónde vas ahora?» «A dar una vuelta, o al trabajo» «Joder, eso es lo mismo que irse a la mierda. Ni puta idea, tío. No sé si nos veremos…», y enterró la cara en la almohada. Cogí la corbata y salí de la habitación. Antón se había marchado. En la cocina, Carmen me ofreció tostadas con aceite y tomate. No pude decir que no, me rugían las tripas. De pie, contra la encimera con hileras de hormigas desplazándose por caminos invisibles, me zampé las tostadas mientras los dedos regordetes de Carmen hurgaban bajo la pernera de mi pantalón y me tiraban de los pelillos con sus uñas partidas. Es hora de hablar de Carmen. Ningún rasgo de su fisonomía resaltaba ninguna cualidad que animara a fijarse en ella. Era bajita, regordeta, sucia, enmarañada…, casi invisible ?algo que, generalmente, se agradecía?. Nadie la pretendió nunca. Excepto un gitano subnormal que ella misma sacó a patadas de su vera. Aunque si uno se detenía como sin querer ?digamos, yo mismo? y la miraba en oblicuo unos segundos, descubría un contraste sutil y perturbador entre su boca y sus ojos. Algo que descendía de sus pestañas hirsutas hasta los labios y le pintaba una sonrisa infantil y viciosa. Animaba sensaciones de la niñez que uno creía ya desechadas y esparcidas junto con el estiércol en campos de alfalfa, cuando estos aún proliferaban. Son esas traiciones de la memoria: camuflado entre las hojas de blanco envés, me masturbaba excitado por el olor de las boñigas. Un leve espasmo, y unas gotas acuosas me salpicaban los muslos y el pantalón corto. Ese sexo impúber se rebeló punzante, nada que ver con las clavadas que pegaba ahora en camas de prestado, aderezadas de polvos, píldoras, y aquellos juguetes de látex. Cuando acabé las tostadas, Carmen me pidió que la acompañara. Yo tenía que trabajar. «Los funcionarios no trabajan. Te enseñaré un secreto. Además no te llevará mucho rato». Salimos por unas calles laterales que se iban estrechando conforme avanzaba detrás de ella. Tan enjutas al final que tuvimos que pasar de lado. Ya no había casas a los lados sino paredes de roca viva y rastrojos que sobresalían de las grietas. Ascendimos unas escaleras esculpidas en la roca y entramos en una habitación cúbica horadada en la pared de la montaña, alicatada de azulejos rojos con rombos blancos; al fondo, arriba, a la izquierda, había una trampilla. Cruzamos la estancia y atravesamos la trampilla. Desembocamos en otro cubo verde de rombos blancos y amarillos; al fondo, arriba, a la izquierda, había otra trampilla. Ahora, un cubo azul y rombos negros. Luego, otro cuadrado con azulejos innombrables y círculos marrones. Y el último, rojo y verde, cuya trampilla daba justo al otro lado de la montaña. Salimos a un círculo de chabolas en lo alto de un risco. Más allá, el precipicio. Unos hombres fumaban, y escupían. No les extrañó mi cuerpo presente, pero me fijé en una determinación cruel que asomaba bajo sus frentes. La Carmen sonreía. Se había apartado de mí, como haciendo peña con los hombres, y me miraba como si yo fuera un elegido. Pasaron unos minutos. La camisa se me pegó a la espalda y el silencio a los huesos. Carmen se adelanto hasta mí y me tendió un papel que sacó de un bolsillo: «Es mi carta de amor…», me dijo. Se retiró sin darme la espalda y sin perder la sonrisa. ¿Me quería? Miré los papeles: un par de hojas arrugadas de letra confusa. Algunos gitanos se pusieron muy serios y en ellos observé un terrible lugar común: el brillo del desprecio en sus pupilas. Otros doblaron media sonrisa, una esquina de la boca, con suficiencia, indicando que yo me lo había buscado. Alguno se mondó las uñas con la punta de la navaja. «Ya conoces la ley gitana, payo», dijo uno cachazudo. «No se pueden mezclar las sangres», dijo Antón, y prosiguió: «esta perra te ha elegido, te buscará de por vida, la harás sufrir..., y ella es sangre de mi sangre, no lo puedo permitir». Miré a la Carmen: sonreía como una niña a punto de hacer la primera comunión. Argumenté que ellos mismos habían presenciado la entrega de la carta, que yo no sabía nada del asunto, que la rompía delante de sus ojos y que por mí Carmen se podía ir a la mierda. «No deberías hablar así de mi hermana... », me advirtió Antón. Los gitanos hicieron un círculo a mi alrededor, apenas me separaba medio metro de cientos, quizás miles de navajas que espejeaban la luz alegre de la mañana. Me acuchillaban soles mediterráneos de limones y naranjas, de aguamiel y azahar. Acercaron a cámara lenta un golpe sincronizado, una corona de espinas que se ciñó a mi cintura. Sentí cada punta rozar las células de mi piel antes de desgarrarse. Aquello era una máquina milimétrica de puños que avanzaban recién engrasados. Un cinturón de punzones fríos que me sacó un alarido de la barriga. Me desperté con el grito resonando en la oscuridad. Cuando levanté la cabeza aún pude oír el eco de mi voz rebotar en un acantilado cercano. Un rumor acompasado a lo lejos me recordaba una respiración asmática. Eran olas. La noche sin luna apenas dibujaba los contornos de los hierbajos en los que nos habíamos refugiado. Estaba solo. Mis compañeros habían desaparecido. Quise imaginar que aún estaban calientes los tres huecos que habían excavado para dormir, y que andarían cerca, pero no lo comprobé. Distinguí alboroto de pisadas alrededor, y manchas oscuras. De orines, o quizás de sangre. Un reguero sobre la arena, como de algo pesado que había sido arrastrado, partía en dirección al agua.
III ? El enigma de los peluches
Clareaba unas milésimas sobre el horizonte marino. ¿Por qué me habían dejado solo? Grité sus nombres en varias direcciones hasta que me dolió la garganta. Decidí seguir el surco de aquel peso arrastrado. Otras señales confusas se entremezclaban en la arena. El reguero principal se veía interrumpido por esporádicas moles rocosas que se interponían en el camino. El surco seguía al otro lado, como si hubieran arrastrado el objeto por encima. Me fijé en la superficie áspera: la camiseta se había desgarrado; restos de piel se mantenían pegados a la superficie. Era la amarilla que llevaba el Lupo. Lo habían restregado sobre la roca. Seguí aquel barullo de pisadas hasta la orilla del mar y allí desaparecieron, lamidas por las olas. El sol, que se adivinaba unos metros bajo la línea del agua, plateaba las nubes de levante. Busqué cuerpos flotando sobre la negrura del agua. La soledad de las olas era una paradoja espantosa. Por fin, a unos metros sobre la arena mojada, descubrí un bulto que se resistía al vaivén del aguasal. Me acerqué. Era el Lupo, el mar parecía haber devuelto a la orilla lo que quedaba de su cuerpo. Me senté a su lado. El tiempo hizo de las suyas ?pasó fugaz? y de pronto sentí que me ardían los sesos. El bolo solar estaba asándome la cabeza de plano. A mi lado, el Lupo era inspeccionado por bichos que habían salido excavando orificios desde el fondo de la arena, y palpaban con antenas y mandíbulas porciones de su carne. Pequeños insectos se colaban por su boca; y moscardones que se agolpaban alrededor de sus ojos se pegaban después a mi piel, para aprovechar, por si yo también estaba muerto. Me levanté y me alejé a buscar a los otros..., y a algo más. A lo lejos, al fondo de un precipicio se divisaba una bahía en la que se formaba un istmo, una isla mar adentro con un bosque de eucaliptos. Era inquietante el contraste entre el verde inmóvil y el empuje de las olas, que rompían contra los peñascos. Avancé en aquella dirección. A un lado, el azul marino. Al otro, restos de construcciones derrumbadas, colañas astilladas, grúas tumbadas, árboles arrancados. Al fondo, la quietud de los eucaliptos. Conforme me acercaba, un delicioso olor iba envolviéndolo todo. Al asomarme al valle reverdecido, me golpeó una fragancia tan exquisita que casi me desmayo. El éxtasis me recorrió la espalda, los oídos me silbaron, cerré los ojos para retener todo el placer. Casi pierdo el sentido. Me esforcé por mantenerme consciente, y conseguí divisar la escena: una especie de andamio había sido levantado en un claro, en mitad del socavón, sin necesidad de amarres ni anclajes: los tubos de hierro hueco estaban anudados sobre sí mismos como simples maromas. En lo alto se sostenía una plataforma, y sobre ella mis dos compañeros. Tumbados. No sé si muertos o sólo sin sentido. Más abajo, apoyados contra un manojo de árboles, dos peluches gigantes de ojos enormes y amarillos me miraron. Intenté llamar la atención de mis compañeros. Estaban a un par de metros de mí. Les tiré guijarros, les grité, pero siguieron inertes. Uno de los peluches se puso en pie y saltó hacia el cielo. Ascendió muy por encima de los árboles, pasó a bastante distancia, pero su aroma me embriagó con un remolino de deseo. Subió muy alto, como una nube de algodón, y luego empezó a caer. Al chocar sus pies contra el suelo, el valle ?o el planeta entero? tembló. Me miró entonces con los ojos de la muerte. Un montón de dientes asomaron a sus labios replegados. Bramó, y cuando me alcanzó su aliento, una bola de placer me estalló en la nuca, me colmó la felicidad, y perdí el sentido. Dentelladas de goce me sacaron de la inconsciencia. Estaba tumbado panza arriba sobre sus brazos. El sol iluminaba mis entrañas como a un dios elegido. Los churretes rojos alrededor de la boca no disminuían el deleite de la blancura de su pelo, ni la alegría de aspirar su fragancia. Cuando me desgarró parte del pecho con otro mordisco me debatí entre el deseo de ser devorado y el pavor de la muerte después de unos minutos de gozo. No sé qué cosa vital se puso en marcha, pero en el siguiente bocado, cuando la penetración de sus dientes me arrancó el hombro, la certeza de la aniquilación se rebeló contra el placer. Pataleé, grité, salté, me sacudí… Una convulsión de malestar me empujó a abrir los ojos. María estaba sobre mi cara. Me zarandeaba, y a la vez gritaba: «¡¡Enfermera, enfermera!!» Entró una mujer con una bata blanca y pulsó botones a mi alrededor que dispararon varias alarmas. Pronto, la habitación se llenó de gente con más batas, hombres y mujeres. Vi que María se retiraba hacia una esquina, con las manos en la cara, llorando. Las personas con batas se precipitaron sobre mí con tubos y otros utensilios amenazadores en sus manos. Le eché un último vistazo incrédulo a María y me dispuse a vender cara mi vida.
IIII – Al sur de la Luna
No pude contra las batas blancas. Atado de pies y manos, me vi obligado a soportar que me sacaran unos tubos y me introdujeran otros, por los mismos o distintos orificios. Me clavaron agujas, me cegaron con rayos de luz, me hurgaron la garganta, me inspeccionaron las orejas, me sacudieron descargas en los laterales de la mandíbula. Confieso que, a pesar de la confusión, un rato después me encontraba mucho más estable. María había desaparecido, y la mayoría de las batas también. Sólo un par de ellas seguían merodeando alrededor. Me sobrevino un sopor agradable que, si no fuera por la contradicción, podría calificar de lúcido. ¿Había vuelto a la realidad o estaba viviendo otra pesadilla? ¿Cómo podía saberlo? Es cierto que en la modorra que se iba apoderando de mí supe que los peluches habían sido una pesadilla, y de ella pendían, que yo recordara, al menos dos más. Es decir, en esta ocasión yo tenía conciencia de una sucesión de pesadillas por primera vez. ¿Eso cambiaba la condición de mi vivencia actual y la convertía en real? No podía saberlo. Quizás era sólo una pequeña sofisticación del mecanismo onírico para que la sensación de realidad se refrescara en este punto, como un receso para tomar aire y continuar avanzando con renovadas energías. Me despertó el cosquilleo de su pelo en las mejillas. Abrí los ojos y vi los suyos cerrados. Su aliento me rozaba los labios. Sonrió y me dijo: ?Por fin estás de vuelta. ?¿De vuelta…? ¿Dónde estoy? ¿Por qué? ¿Cómo es posible que estés tú aquí? ?¿Cómo…?, me avisó el Lupo. ?¿Qué dices? De qué te va a conocer a ti el Lupo… ¿Y tu marido, dónde está? ?¿De qué hablas? ¿Qué te pasa? ?Tu marido. Tu hijo, Julián. ?¿Mi marido? ¿Un hijo? Vivo contigo. Me estás asustando… Voy a buscar un médico. ?No, espera. En ese momento decidí aprovechar la oportunidad. ?¿No estamos en Sevilla? ?¿En Sevilla? Bromeas. ?Sí, claro. Ven. ¿Me quieres? ?Con locura. ?Entonces, bésame Después me explicó que el Lupo me había llevado a casa cuando me encontró vagando por las calles, hablando solo, cagado de miedo con lo que parecían terribles alucinaciones. Sobre la cocina, abandonados en un cazo, descubrió los restos de una infusión de estramonio. Me retuvo como pudo hasta que empecé a convulsionar y llamó a urgencias. Estuve en coma dos días. Sonaba convincente. ?El Lupo está fuera, quiere verte, voy a decirle que pase. Entró un tipo tras ella. Alto, enjuto, con una coleta. ?Casi la palmas, tío. ¿Cómo se te ocurre tomarte esa burrada tú solo, sin nadie que te controle? Ja, ja, ja. Tenías que haberte visto por las calles, hablando con fantasmas…, ja, ja, ja. Alucinante, tío. ?¿Me llevaste tú a casa? ?Claro. Suerte que te vi. ?¿Seguro que fuiste tú? ?Ya te digo… Le di las gracias. Estuvo un rato más y se marchó. Me quedé a solas con María. Me haría compañía toda la noche, y en un par de días me darían el alta, dijo. Pero lo que yo quería era que se subiera a la cama conmigo, besarla, y gozar de ella en ese momento. Era mía, entera, me quería ahora, y yo no podía esperar…, porque no podía saber . Tubos, goteros, agujas y drenajes dificultaban el asunto. Entonces decidí que no dormiría más ?nunca la perdería?, y aproveché la vigilia para contarle los únicos recuerdos que yo tenía hasta ese momento de ella: la historia de nuestro amor nonato, los problemas de conciencia para asumir la infidelidad, los conflictos emocionales que la enfrentaron a su marido, la traición ética hacia su hijo, la culpabilidad de su núcleo familiar fragmentado, los tortuosos encuentros conmigo. Hasta que todo acabó varios años atrás: la muerte por inanición de un afecto que se consumió en sí mismo. Aunque le costó creer que el estramonio pudiera provocar semejantes efectos, se rió con ganas de los disparates que, según ella, le estaba contando. Le hice prometer que no me dejaría dormir. Sabía que si eso pasaba la perdería: no le dije que el tipo que entró en la habitación había sido Antón, no el Lupo. No merecía la pena. Yo sabía . A pesar de mi insistencia, los médicos no quisieron darme nada para mantenerme despierto: ya había pasado el peligro y tenía que descansar. Pero no, yo estaba decidido a no dormir jamás. Cuando desperté, no abrí los ojos. Escuché escondido detrás de los párpados, asustado. Percibí el zumbido amortiguado de un motor a medio gas. Agucé el oído y me llegó, débil, aunque más cercana, una respiración serena. María, tumbada en una butaca, dormía. ¡Qué inmensa alegría volver a verla! Sus pechos subían y bajaban al compás. Me quedé mirándola mucho tiempo. A punto estuve de sacarme las sondas y traerla en brazos a la cama. Lloré feliz durante un rato. Hasta que cerré otra vez los ojos. Me jodió no creer en dios, o en algo, para poder expresar lo agradecido que me sentía; y me jodió aún más por no tener siquiera la posibilidad de suplicarle a nadie una pequeñez, una bagatela: la fruslería de que en ese momento, mientras me abandonaba de nuevo al sueño, estuviera realmente despierto.
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