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La escapada
Había discutido con Eva. Una pelea de cojones. El banco le había devuelto algunos recibos. La situación estaba fea desde hacía meses. Por eso, cuando Alberto tomaba un par de copas y los problemas se diluían ya no podía parar, y un trago llevaba a otro. Aquel viernes había llegado de madrugada con un tajo considerable. Que se le trabaran las explicaciones azuzó la ira de su mujer, y montó la de dios. No sólo se asustaron los niños: algunos cerrojos se descorrieron arriba y abajo para asomar las orejas a los rellanos. Eva se había empeñado en no dejarlo entrar. Gritaba como una energúmena y hacía trepidar la médula del edificio. La mandó a la mierda y volvió al coche. Salió de la ciudad, hacia el campo, no demasiado preocupado. ¿No habría un refugio en el ancho mundo? Se detuvo al amparo de una gasolinera, aparcó en un rincón discreto y durmió hasta bien entrada la mañana. Se alivió en el aseo, y sacó un par de latas de cerveza de una máquina. Un hombre con un mono anaranjado lo miraba con desconfianza. No se molestó en saludarlo. Acabó un bote y lo tiró a la papelera. El otro lo dejó en el asiento de al lado y arrancó el coche. Se adentró, sin rumbo, por una carretera comarcal, entre almendros y lomas resecas, en el desierto de Almería. Perfecto para las películas del oeste, pero aburrido para pasear en coche. Vio una señal que indicaba una dirección a la derecha: “Los Gallardos”. La carretera tenía buena pinta, así que enfiló por ella, por qué no. Las panorámicas no cambiaron, la misma tónica: cerros pálidos, cardos requemados, quebradas arcillosas, polvo, soledad... Casi media hora después se percató de que no se había cruzado con nadie, y la carretera seguía. ¿Dónde mierda quedaba aquel pueblo? Pensó en dar la vuelta, pero ¿para qué? No iba a volver a su casa, ¿qué importaba aquí o allá? Decidió seguir. La carretera ascendía entre colinas peladas, y las abrazaba, sinuosa. Acostumbrado a que todo el camino fuera para él, se le subió el corazón a las amígdalas cuando una furgoneta azul se le abalanzó en una curva. La esquivó con un bandazo que lo dejó cruzado en la carretera. Aun así, no pudo evitar que un golpe sordo arrancara el retrovisor de cuajo, que salió rebotando tras la furgoneta. Con el coche en mitad del camino vio cómo el otro se alejaba sin aminorar en ningún momento la velocidad, y se perdía en un revire. Bajó a recoger el espejo y lo tiró al asiento. Se bebió la cerveza caliente apoyado en el capó y luego meó sobre algo parecido a un túmulo a la orilla del camino. ¡Adelante!, ¡qué diablos!, pensó. Y se puso en marcha. Pronto comenzó a divisar residuos humanos entre la vegetación agostada: una motocicleta desvencijada, colchones destripados, trozos de ropas entre las ramas, excrementos diseminados bajo los algarrobos... Tras un montículo, en una hondonada, aparecieron cuatro casas destartaladas. Sobre el cartel que indicaba “Los Gallardos”, y escrito a brocha encima se leía: “Los miserables”. De la señal colgaba a su vez un trozo de cartón con otro nombre que corregía los dos anteriores: “la roina”. En otra ocasión había visto la palabra ruina escrita de la misma forma: “Cerrado por roina”, en la pared de un bar mugriento cerca de su casa. Se adentró en el pueblo desierto. Entre dos casas, una explanada cubierta de cemento daba acceso a una capilla oscura. Desde la carretera pudo ver, tras una reja, un pequeño altar y un crucifijo. A sus pies ardían unos cirios. La carretera giraba a la izquierda tras un barracón. Alberto siguió adelante. Un centenar de metros más allá el asfalto se cortaba de golpe ante un huerto de almendros leprosos entre los que se diseminaba chatarra diversa. No había más carretera, sólo podía volver. Y eso hizo. Cuando dejaba atrás la última casa apareció un hombre con un cigarro en la boca que le hizo signos, como pidiéndole fuego. Se cubría con un sombrero de ala ancha. Pensó ignorarlo, pero tampoco tenía motivos, así que se detuvo. Era un hombre enjuto, de piel cobriza, y no tenía aspecto de aldeano. –¿Tiene fuego? –Claro, tenga –y le tendió el encendedor. El hombre prendió la faria y le devolvió el mechero. –Gracias, imbécil. –¿Cómo dice? –tartamudeó Alberto, atónito. –Que eres nuestro, imbécil –dijo el otro, despacio y claro, para que se entendiera bien. Alberto le miró la cara, y la violencia de aquellos ojos disparó todas sus alarmas. –Ahí te quedas, cabrón – exclamó, y aceleró sin más explicaciones. Giró en la primera curva, pero no pudo frenar a tiempo. El coche se incrustó en el lateral de la furgoneta azul, cruzada sobre la carretera. Un gigante de labio leporino apareció con un palo en la mano y se dirigió hacia él . Percibió un movimiento a la derecha, unas viejas que asomaban la cabeza tras un seto observaban la escena. Cuchicheaban. Cuando estuvo a su altura, aquella bestia lanzó la tranca contra el parabrisas, que saltó hecho granizo sobre la cara de Alberto. Se llevó las manos a los ojos y gritó. Apenas pudo distinguir la estaca delante de sus ojos un instante antes de que le golpeara la frente. Un destello brillante lo sumió en un sueño súbito. Despertó con un intenso dolor en la oreja izquierda. Un acto reflejo disparó su mano a esa parte de su anatomía, pero algo se la paralizaba. Fogonazos rojos desataron un pánico absurdo, experiencias de tormentos irreales que no podía identificar como recuerdos. Pensó que lo habría soñado. Quiso abrir los ojos, pero tenía los párpados pegados. Algo le mordisqueaba la oreja. Tenía las manos sujetas. Aplicó toda su fuerza para separar las cubiertas oculares, y la luz comenzó a filtrarse entre las pestañas grumosas. Oía gruñidos a su costado, junto a su cuello. Rugidos, bufidos, roces en la boca, en la nariz, empujones, lenguas largas y calientes raspándole la cara. De pronto sintió el desgarro del pabellón auditivo con un chasquido audible. Un alarido le atravesó la boca pastosa y lo trajo de golpe a la realidad. Entrevió a un perro a escasa distancia. Lo miró de reojo. Su silueta borrosa estaba detenida a un par de metros. El aullido alejó de inmediato al animal, pero se mantenía gruñendo y en posición de ataque, amenazante. Alberto estaba tirado en el suelo, bocabajo, con la cara aplastada contra la tierra. Tenía atadas las manos detrás de la espalda, las piernas inmovilizadas. El animal flexionó las patas delanteras, agresivo, mostrando los dientes, preparado para el ataque. Ladró un par de veces y saltó. Una pezuña se paró tan cerca que casi le desgarra la boca. Entonces sintió el mordisco. El perro le había clavado los dientes en la oreja y tiraba con fuerza para separarla de la cabeza. Alberto gritó. Sintió los pelos de la pata rozando sus labios y la mordió con todas sus fuerzas. Alcanzó algo duro debajo del pellejo, un tendón o un cartílago. Oyó aullar al perro. Clavó los dientes con la última energía de su cuerpo entumecido y el animal le lanzó un bocado en la mejilla. Alberto apretó más y sintió cómo el pellejo se separaba del hueso y se le quedaba suelto en la boca. Lo escupió. El perro, liberado, se alejó a tres patas, aullando y gañendo. Apareció el tipo del sombrero. Parecía contrariado y molesto. Se acercó al perro y le miró la pata sin mucho interés. Le lanzó un puntapié a las costillas. El perro gimió más. –Aguanta, maldito. Cierra el hocico –masculló, sin quitarse la faria de la boca. Después se acercó a la cabeza de Alberto y le pateó los morros. Éste sintió los dientes rebotando dentro de la boca, tropezando con la lengua y chocando con las muelas del fondo. Un instante después llegó el dolor. El hombre se agachó y sacó una navaja del interior de la bota. Agarró la oreja de Alberto y la cortó de un tajo. La lanzó a las patas del perro, que no le prestó ninguna atención, demasiado ocupado quejándose y lamiéndose la sangre de la herida. Alberto sintió que el líquido caliente le corría el cuello y por la cara. La sangre se coló por el rabillo del ojo y la escena se bañó de oscuro púrpura. El hombre del sombrero levantó la pierna y dejó caer con fuerza el tacón cubano contra los riñones de Alberto, que perdió el conocimiento. Un chirrido se fue abriendo paso desde el oscuro silencio. Un rascar agudo y diminuto que se fue acercando entre algodones empapados de rojo. Poco a poco volvió a la conciencia de sí mismo. Tiritaba. Un grillo, que debía frotar sus patas con energía a escasos centímetros de su cabeza, le atravesaba el tímpano. Abrió los ojos a la oscuridad de la noche sin luna. Lo atormentaba la sed. Intentó abrir la boca. Escupió los dientes que se le habían quedado dentro y cogió aire. El grito ahogado no llegó a ninguna parte. Probó de nuevo con más energía: –Eh, eeeh. ¿Qué queréis de mí? ¿Por qué me hacéis esto? Eh, soltadme. Eeeh. El grillo se quedó en silencio. Alberto continuó gimiendo un rato y gritando cuando reunía fuerzas suficientes. A unos metros distinguió el haz vacilante de una linterna que se acercaba. Se detuvo a su lado y le iluminó la cara. Él miraba aquella luz cegadora, asustado, esperanzado. Quien quiera que fuese, dejó la linterna en el suelo y se agachó a su lado. Distinguió una amplia falda negra. La mujer rebuscó en un bolsillo del delantal y sacó un trapo. Agarró con fuerza la nariz de Alberto y, cuando abrió la boca para respirar le metió la tela. Apretó y apretó hasta que le rozó la garganta. La mujer, sin haber pronunciado una sola palabra, recogió la linterna y se volvió por donde había venido. Alberto se debatió en vano un rato. El grillo comenzó de nuevo su reclamo sexual en el silencio restablecido. Más tarde, Alberto, sintió que algo corría sobre sus piernas, roces que se desplazaron con sigilo espalda arriba. Los movimientos se acercaron a su oreja y algo comenzó a hurgar. Otros roces ascendieron por el costado. Escrutó la oscuridad y entonces los vio: pares de ojos pequeños que se movían alrededor y que, tanteando restos de sangre, se acercaban con cautela por todos lados. |
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