|
El contestador El bar está casi vacío. El hombre se acerca a la barra y pide una cerveza, sin vaso, le agrada beber a morro y sentir la estridencia del gas en la garganta. Se la acaba en cinco minutos y pide otra. La camarera lo mira con afecto interesado. Es evidente que lo conoce, pero sólo lo mira, sin hablar, y sonríe. La mujer se rasca la sien con una uña dura, los desconchados del esmalte rojo dejan ver trozos oscuros al otro lado. Una pequeña lluvia blanca se desprende sobre el acero del mostrador. Ella se percata y sopla como si volara la ceniza de un cigarrillo, la caspa se arremolina y desaparece. La mujer, que se llama Teresa, se anima y le cuenta al hombre los últimos problemas que ha tenido con los sumideros: los pisos de arriba evacuan con una sincronización que desborda las tragaderas del edificio. Parece que todo desemboca justo debajo de su fregadero. Las aguas fecales brotan por el desagüe y se expanden por el suelo del local. Sólo unos apósitos de plastilina amarrados con esparadrapo han conseguido detener temporalmente el rebosamiento. Un arreglo de su hijo, que es muy mañoso. El hombre asiente y mira la tele, que brama pegada al techo, en un rincón, al lado de la máquina de aire acondicionado. Está bebiendo de la botella cuando se sobresalta de pronto. El líquido se escapa y le moja la camisa. Busca eso que lo alerta en el bolsillo trasero del pantalón, ansioso. El móvil inerte le apaga de inmediato el brillo de los ojos. Un falso temblor, un engaño de su culo frío. Pide otra cerveza y mira con insistencia la tele. Teresa apila unas croquetas al extremo de una fuente, las ordena en forma de pirámide. Las bolas de pollo, o de bacalao, no soportan el empinado equilibrio y se desmoronan. Las empuja entonces con el dorso de los dedos y las amontona sin más, como hacen los escarabajos peloteros. Sigue hablando, pero el tipo mira el sonido atronador de las imágenes electrónicas con el ceño fruncido, y la camarera acaba por callarse. El hombre paga las cervezas y sale a la calle. El aire frío lo pilla desprevenido. Huele limpio y duro. Lleva el móvil en la mano. Unos pasos más allá, en cualquier dirección, marca un número. Espera varios tonos. Indeciso habla: «soy yo... te llamaba para... porque... yo... soy Manuel... yo quería decirte... que... no sé... que te llamaré de nuevo... otra vez... a ver si me lo coges... es que yo... no sé» Cuelga y siente que si aprieta más el móvil se le derretirá en la mano. Enfila la calle con pasos largos, decididos, hacia otras calles.
|
|
|||||||||||