EL BLOC DE NOTAS
Abrió los ojos de golpe. Sobresaltada, se tapó la cara con la manta para protegerse de la luz que reverberaba en la habitación. Pensó con temor que acababa de despertar otra vez, a otro día. Unos minutos después se incorporó para asomarse por el ventanal: un gallo subido a una rama miraba, vigilante, en todas direcciones con movimientos mecánicos, instantáneos. Una punzada en el bajo vientre la obligó a prestarse atención y adquirió conciencia de sí misma: estaba en la cama, a su izquierda una mesita con una libreta y una lámpara, más allá una silla, aún más allá una pared con una puerta en el centro. La libreta tenía un título: Llevar estas notas siempre encima, y dejarlas sobre la mesilla antes de acostarme . La abrió por la primera página. Había sólo una frase en grandes letras que decía: IMPORTANTE: No cagar ni mear en la cama, hacerlo al fondo del pasillo, al otro lado de la puerta, en el RETRETE . La frase la hizo sonreír, aliviada. Salió de la cama. El suelo estaba helado. Miró alrededor y encontró un par de zapatillas. Como pudo consiguió meter un pie en cada una. Eran incómodas, pero la protegían del frío. Arrastrándolas se dirigió hacia la puerta con la libreta en la mano. Asomó la cabeza al pasillo y vio al fondo una puerta con un letrero colgado en el que se leía: COCINA . Comprobó de nuevo la primera página del cuaderno: COCINA - RETRETE . No se parecían en nada. Sintió la picazón del pánico en la palma de las manos. La confusión le espantó la mirada en todas direcciones, arriba, abajo, alrededor, y vio al fondo del otro lado un letrero pegado a otra puerta que decía: RETRETE . Se sentó en el inodoro después de curiosear los usos de los distintos utensilios: duchar cuerpo, lavar cara y manos, lavar culo, cagar-mear… Dejó salir lo que le molestaba, y siguió sentada en el váter un rato mientras hojeaba la libreta, sin prisas. La comida calma el estómago: comer . El agua aligera la garganta reseca: beber . Esas dos cosas son imprescindibles y se hacen en la COCINA. ES NECESARIO COMER Y BEBER CADA DÍA. Quiso comprobar esas experiencias. Salió del aseo y recorrió el pasillo en dirección a la puerta que indicaba COCINA . Una ligera claridad iluminaba varios aparatos con papeles pegados. Comparó cada cosa nueva con las indicaciones de los apuntes y, con ayuda de un reloj de pulsera que estaba adherido al frigo y marcaba los días además de la hora, comprendió que hoy era el indicado para comer pollo asado. El recipiente del pollo estaba vacío. Intuyó que se podía conseguir en otro sitio, y le satisfizo comprobar que las instrucciones la mandaban a comprar los productos que se iban acabando a la calle, a tiendas cercanas. Como todos los días, conforme iba repitiendo los actos anotados, comenzaban a desentumecerse lentamente zonas de memoria como fogonazos que iluminaban, aunque precariamente, su identidad. Con rapidez leyó: lavarse, peinarse, intentar parecerse a la de la foto pegada en la esquina del espejo ?una foto suya no demasiado reciente?, vestirse, coger dinero de la cajita de galletas, agarrar la bolsa de la compra, salir y seguir la ruta marcada en el bloc para conseguir el pollo asado. Al pasar por el patio, el gallo alborotó por encima de su cabeza. Lo miró. En ningún momento lo identificó con pollo asado, y pensó cuánto le gustaría ser aquel hermoso animal, con su cresta de rojo intenso y la papada moviéndose arriba y abajo en torno al cuello. Encargarse del gallo: maíz y agua , decía en un cartel pegado en el tronco del árbol. No obstante ella siguió su camino en busca del pollo asado, pues sentía una inquietud cada vez más acuciante en el estómago. Otros seres con el mismo aspecto que ella caminaban en todas direcciones, apresurados. Supo que eran de su especie, o sea, de una categoría muy diferente a la del gallo, por ejemplo. Siguió las indicaciones del cuaderno hasta dar con el asadero “La caverna del buey”. ?¿Qué va a ser Doña Cloti, pollo asado? Ella asintió con la cabeza y dejó varios billetes sobre el mostrador ?había leído de camino que las cosas se conseguían a cambio de billetes?. El mozo le metió el pollo en la cesta y se cobró. Le devolvió el sobrante a la mujer y le dijo que tenía suerte, que hoy estaba rebajado. Ella le sonrió sin comprender y salió a la calle, como indicaban las anotaciones. El olor que salía de la bolsa le ensalivaba la boca. De vuelta se detuvo en una esquina. Se apoyó en el pico de un ladrillo y dejó a los ojos vagar a su capricho. Pesadas nubes corrían sobre los tejados y se apilaban unas sobre otras en el centro de la ciudad, por encima de su cabeza. La claridad estaba siendo sustituida por una humedad cenicienta que la inquietaba de manera inconcreta, sin saber bien por qué. Dejó la bolsa en el suelo y rebuscó unas hojas más adelante en la libreta, curiosa. Observó que el ladrillo le había dejado una señal profunda y rosada en la molla de la mano. Sintió deseos de besar la huella, y así lo hizo. Al azar encontró: PASEO DESPUÉS DE COMER: Leyó el itinerario para ir desde su casa al parque y tomar el sol en un banco los días helados. La humedad se le colaba entre las pantorrillas y la idea de sentarse al calor del sol como venía descrito en el manual la impulsó a saltarse la secuencia de comer antes de pasear . Se dirigió de vuelta hasta la puerta de su casa según las indicaciones. El gallo lanzaba estridencias en dirección al cielo, cacareaba los cambios de presión que detectaba para prevenir a unas gallinas inexistentes ?que no existieran le era completamente indiferente a sus genes, que no atendían esos pequeños detalles?. Situada de en la puerta de su casa, la mujer avanzó por el nuevo itinerario camino del parque, buscando el calor del sol y los árboles. Encontró el banco frente al estanque de los patos, pero algo no funcionaba. El frío era más intenso que en las calles asfaltadas, y ningún calor le llegaba desde cielo encapotado. Se sentó en el banco a esperar, releyendo de nuevo las notas sobre PASEO DESPUÉS DE COMER: . Después de comer… ¿Y si el sol sólo aparecía después de haber comido…? Se asustó. Pensó en comer inmediatamente, puesto que llevaba la bolsa con el pollo asado, para que todo se ordenara correctamente. Mientras devoraba trozos de pollo cayeron las primeras gotas. Se sobresaltó, miró las nubes oscuras sobre su cabeza. Decidió comer lo más rápido posible para terminar y situar en su tiempo el PASEO DESPUÉS DE COMER: De repente se soltó un tremendo aguacero. La mujer tragó sin masticar el resto del pollo y se miró las manos mojadas: ya había comido y no aparecía el sol. Buscó amparo en la libreta. No sabía bien qué debía mirar y pasó las páginas sin mucho sentido, con dedos torpes. Las hojas se esponjaron bajo la lluvia, y la tinta, súbitamente viva, buscó poros entre los que se deslizó hacia cavidades y huecos más escondidos. Las notas se le desgarraban entre los dedos mientras buscaba, muerta de miedo, qué tenía que hacer. Restos de papel entintado se le pegaron a la falda. Entre el agua helada sintió calor en las mejillas. Se tocó, pero no sabía que eran sus lágrimas.
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