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VUELO DE GAVIOTA EN CAMARA LENTA Así como en tantas circunstancias se torna difícil comenzar, en otras el inicio subyace desde siempre y el desenlace -previsible aunque no deseado- resulta apenas un paso burocrático de esperas, flemas y quejidos, la silueta que espía furtiva desde el pasillo, una mano experta buscando el pulso en la semipenumbra, el suero que -gota a gota- desciende cada vez más lentamente en su conteo definitivo, campanadas impiadosas de un inexorable reloj de arena que apenas repiquetean en la eternidad. La eternidad, esa temida y aburrida etapa a estrenar. La señora de la 203 hace ademán de salir al pasillo y se arrepiente, siempre reincide en el gesto con idéntica letanía como si le costara incorporar nuevas costumbres, pero una vez más se queda apoyada en el marco de la puerta porque no puede abandonar esa habitación, la mano derecha extendida y temblando, la boca entreabierta, los ojos hundidos, el camisón arrugado, descalza, transparente y etérea. No me dejen sola, por favor, se me va a caer el techo..., Dora..., Doraaa..., gritaba otra enferma recientemente alojada en el mismo piso. Ezequiel vuelve a acomodar la colcha sobre el cuerpo suspirante del padre, que aún resiste a pesar del pronóstico del neurólogo y las escasas esperanzas de la esposa, acurrucada en la otra cama. Adela desea fervientemente que todo termine de una vez y que Antonio no sufra. A la dignidad le aterra la posibilidad del sufrimiento. Cada día tiene menos signos vitales, le había informado solemne el clínico por la mañana, con esa suficiencia exasperante que tienen algunos médicos para lograr que las noticias, aparte de malas, se interpreten como agravios. Pero a pesar de todo, ella se aferraba a las palabras deseando que el significado último de las mismas conformaran un alivio para la agonía del marido, o para su propio martirio desde que, apenas dos meses atrás, un casi inocente problema de equilibrio los condujera a la primera tomografía en la que aparecieron esas manchas borrosas en la placa y en el cerebro de Antonio, y entonces bastó la mirada del neurólogo para resumirle el resto de sus días a pesar del despliegue de cautela, de la distancia profesional y de las siempre insuficientes explicaciones. Una segunda tomografía ahora con contraste y los traslados en ambulancia incluidos, confirmó ya sin vueltas los tumores en el cerebelo y el calvario hacia la resignación, a comenzar a aceptar todo paso a paso hasta lo inevitable. No preguntar entonces por qué era necesaria una tercer tomografía, por qué una resonancia, qué misterios pretendían resolver explorando pulmones y aparato digestivo, qué significa una metástasis. No indagar pero aceptar que a su edad ya no es operable, en el fondo querer saber un poco más pero a medias porque de qué sirve saber mientras Antonio permanece ahí, acostado boca arriba entre la mortaja contraída de las colchas, con dificultades para respirar y ellos prometiendo que no va a sufrir, que se va a ir apagando despacito pero sin dolor, como se merece su historia de 87 años y el escaso pelo blanco atravesando la calvicie brillante, la piel acartonada de un semblante que fue testigo de toda una vida, la mano huesuda tratando inútilmente de rascarse la nariz, retenida un poco por la sonda del suero enganchada en los pliegues de las sábanas y otro poco por esa desubicación espacial que no le permite alcanzar el rostro y se queda así, titubeando en el aire sobre un teclado invisible, intentando una nota que se niega durante uno de los últimos deseos, quizás un saludo, una caricia, el intento de espantar una mosca, correr una telaraña. Adela toma entonces esa mano frágil y esquelética entre las suyas y se la acerca a los labios para brindar el beso a pesar de la aspereza pegajosa de la cinta adhesiva reteniendo la aguja del suero. Después vuelve a agachar la cabeza, a ella también le pesan los años y el vértigo en cámara lenta de los últimos días, como si nada terminara de pasar, nunca. Sus recuerdos flotan en la habitación mezclándose con los del hijo, y en esa holografía invisible se superpone el marido con el padre. Antonio planeando con ella las primeras vacaciones a Mina Clavero, Antonio guiñándole el ojo al encargado de la sortija en la calesita de Plaza Irlanda, eligiendo y calculando la cantidad de la carne para el asado, enseñándole a conducir a Ezequiel aquel viejo Mercury del 47, las bromas infantiles a sus compañeros en la compañía de seguros, los paseos dominicales por Flores o Belgrano, la alegría del primer nieto..., escenas tan lejanas ahora de la habitación 201 como las postales avejentadas de un verano hace tantos, tantos años, que todavía dormitan en alguna caja rebosante de vestigios de esas épocas. No ve. No escucha. No tiene sensibilidad, machacaban los distintos médicos durante las cotidianas visitas, pero Adela igual se aferraba a su mano reteniendo los recuerdos mientras el llanto la desgarraba internamente, sin lágrimas y sin consuelo, liberándola apenas para espiar el saché del suero, acomodar las colchas, manipular la gasa para humedecerle los labios. El suero también era la obsesión del hijo, el punto donde se centraba la atención igual que los vaivenes del pecho durante el subir y bajar entrecortado de la respiración y los jadeos. Había que avisar enseguida si el suero se estaba acabando. Ezequiel sabía que si a una persona se le inyectaba aire en las venas el colapso resultaría inminente. Ambos comprendían que en algún momento Antonio dejaría de respirar y el paro cardíaco traería el alivio definitivo y último. Nadie podía vaticinar hasta cuándo resistiría el corazón. Pero, en verdad, ¿existía alguna resistencia, al menos alguna intención de resistencia, era posible o nada más se trataba de la inercia que finalmente se desvanecería porque el movimiento no es continuo?. De a ratos, las inspiraciones se complicaban con las flemas y el hijo o la esposa corrían a levantarle la cabeza, tan inerte como el resto del cuerpo. En algún momento sus intenciones resultarían inútiles, ellos lo tenían presente, pero la única alternativa para sobrellevar la angustia consistía en creerse la ficción y seguir intentándolo, insistir con los masajes y las caricias por más que los médicos hablaran de la insensibilidad casi total, del estado precomatoso, de los recuerdos a los que se aferraban como la solitaria e ineficiente manera de continuar a flote. Una enfermera entró a la 203, la anciana ni se movió del hueco de la puerta. Dora..., Dora..., pronto, la alergia..., vení..., vení..., me pica todo..., gritaba desde el fondo del pasillo la paciente con demencia senil que había ingresado la noche anterior, aaayyyy..., Dora, me pica todo... Otra enfermera corrió con una bandeja de medicinas entre las manos. El zumbido de un motor continuaba subrayando el paso infatigable del tiempo, mezclándose con algún televisor aún encendido. Los olores del sanatorio afloraban durante las noches, como esas flores que expulsan su polen a la luz de la luna. Ezequiel miraba los ojos cerrados y hundidos del padre, su boca entreabierta, el maxilar inferior hundido en una mueca de abandono, los labios resecos y partidos. Ya hacía unos dos días que no pronunciaba palabras, tan sólo un quejido cada tanto, una mueca inexpugnable quizá para soportar con estoicismo algún desorden interno de la masa tumorosa apretando al cerebro. Y no podía dejar de pensar. De sospechar que los médicos estaban equivocados porque cómo podía ser que Antonio continuara respirando sin sufrir, estaba seguro que esa resistencia, por débil que resultara, significaba un desgaste, y ese desgaste un padecimiento, y un padecimiento sin gritos podría ser más decoroso pero igualmente era como un martirio sin posibilidad de desahogo, de decir acá estoy, me pasa ésto, siento, sufro, no quiero estar aquí, no me gusta que me vean así, me quiero morir de una vez por todas, ¿me entienden, ya, ya..., por qué este calvario, esta pesadumbre interminable, esta espera eterna para nada, por qué? Y entonces recordaba escenas repetidas de su niñez, cuando atrapaba cucarachas y les cortaba las patas y se quedaba mirándolas debatirse en silencio agitando las antenas, hasta que llegaba el padre y le decía que para qué hacerlas sufrir, que las matara de una vez, que no se merecían eso por más bichos asquerosos que fueran. Y entonces él o Antonio estiraban el pie y las aplastaban. Scuiiish. Y así todo estaba bien, habían eliminado un insecto y estaba bien que no sufriera, que se murieran realmente y no sufrieran. Scuiiish. Doctor..., doctor..., llamen a mi hermana..., hay muchas sombras..., que no me dejen sola, por favor..., que no me dejen sola..., las sombras se mueven... Cuando entraron las dos enfermeras, Ezequiel comprobó que su madre dormía en la otra cama y salió de la habitación para permitirles el aseo de su padre, tomar la presión y el pulso, pincharle el dedo para controlar la glucosa, cambiarlo de posición. Espió estas maniobras por la puerta entreabierta, la calma experiencia de las dos mujeres al girarlo a un lado cuidando las sondas que aún lo conectaban con el mundo, girarlo hacia el otro y hasta en esas actividades tenían tiempo de cambiar las sábanas, acomodarle las piernas, levantarle un poco la cabeza, contar del cumpleaños de un sobrino, criticar al doctor Fulano, alabar a Mengano, acordar la compra de una tarjeta del Loto a la salida. También observó cómo reemplazaban el suero, expulsaban el aire de la cánula, cerraban el ganchito de aluminio para regular el conteo, verificaban la vena y le acomodaban el brazo en una posición que se suponía resultaría cómodo para Antonio que ahora, con el cuarto arreglado y sus cobijas ordenadas parecía un muñeco de cartón apoyado en la almohada, los ojitos sepultados en las arrugas, los labios hundiéndose en la boca entreabierta, por la que cada tanto se evadían los últimos alientos. Ezequiel registraba uno por uno los movimientos de las enfermeras, su madre dormida en la cama vecina vuelta hacia la pared. Incapaz de creer que su padre no estuviera sufriendo, veía ahí frente suyo la salvación a esos padeceres, un error de alguna de las enfermeras y el escape final y liberador así de fácil. Scuiiish. Pero también en simultáneo el dolor del mismo pensamiento, la culpa sin límite, la necesidad de que todo acabe de una vez y ya, no puede existir otra situación peor que ésta. Ezequiel saludó en silencio a las enfermeras que se iban e ingresó al cuarto en el que sus padres compartían distintos sueños que alimentaban la misma pesadilla. Verificó que su madre dormía profundamente y se acercó hasta el padre. Le parecía estar observando a una momia, con la piel reseca y acartonada, ya sin vestigios de vida. El pozo oscuro del hueco que conformaban los labios hundiéndose era como un punto que atraía una y otra vez la vista de Ezequiel, estaba seguro que si se agachaba y colocaba el oído junto a esa mueca de boca, alcanzaría a oír los quejidos, el atormentador traquetear de los espasmos, de las moléculas ahogándose en un mar de células cancerígenas que se las devoran, y mueren chapoteando. Doooora..., estoy al revés, Dora..., grita la mujer que sufre demencia senil, mi cama está en el techo..., Doooooora..., tengo miedo de caerme, Dooooooora... Ezequiel apoyó la palma de su mano en la frente del padre, y sintió el frío y la rigidez, el lento acomodarse de la ausencia. Bajó hasta alcanzar su mano, dura, helada, inerte, apenas arrugas flácidas de piel reseca cubriendo los huesos. Finalmente se inclinó acercando el oído a la boca de Antonio, y se quedó así un largo tiempo, escuchando..., ahí adentro un engranaje crujía con un sordo lamento forzando la marcha y cada giro de sus ruedas laceraba lo poco de vida que aún resistía en los laberintos internos del padre. Cuando logró ponerse de pie, se encontraba absolutamente convencido. Alzó lentamente su mano hacia la sonda, sin dejar de mirar el rostro inexpresivo de Antonio más que para comprobar la lentitud con que resbalaba el suero por dentro de esa manguerita plástica y transparente, tan expuesta y tan frágil. Palpó la unión de la cánula con el pico del saché del suero, se superponían apenas unos tres o cuatro milímetros. Escasísima distancia que representaba la diferencia entre la agonía y el alivio. Sintió la blanda superficie de la manguerita de plástico, apretó un poco con las yemas y hasta creyó percibir el fluido del líquido transparente como el agua. Antonio continuaba inmutable, ni mejor ni peor, solamente ido y sin esperanzas. Ezequiel apretó un poco más, mientras aspiraba lentamente llenando de aire sus pulmones. Elviiiira, vení, me secuestraron, Elvira, avisa a la policía..., me quieren hacer pasar por loca..., Elviiiiiiraaaa... Después Ezequiel se acercó en puntas de pie hasta la ventana, y la entreabrió apenas, comprobando la entrada de aire en el lento bailoteo de la cortina. Necesitaba un café, la máquina expendedora se encontraba un piso más abajo. Su madre continuaba durmiendo. No quiso mirarlo a Antonio al abandonar el cuarto, tenía recuerdos bien presentes que se empujaban uno a otro para salir a relucir. Le quedaba mucho tiempo para ir dándole turno a esos buenos recuerdos. Pero primero un café. O al menos mientras tanto. Ni siquiera una lágrima. Una chicharra sorda comenzó a sonar en algún lado. A mí no me vengan con esas..., yo no estoy loca..., ¿me oyen...?, me robaron las paredes..., juro que me voy a vengar...
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