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ENIGMA EN EL TALLER Si durante estos dos últimos días alguien hubiera tenido la posibilidad de recolectar los datos dispersos y ubicarlos en el orden correspondiente -como finalmente fuera capaz el matemático-, el enigma no habría resultado un verdadero enigma. Los enigmas no son tales si tenemos todos los datos disponibles, tan sólo se trata de una realidad presentada distinta, deconstruida. Estaban entonces todas las piezas necesarias desparramadas -en algún anacrónico y caprichoso orden, cierto-, a la espera de una suspicacia que se demoraba, el dibujo de las relaciones se encriptaba de tal forma que se volvía imposible lograr que las partes encajaran. A Eduardo le quedaba apenas un día para colgar los cuentos en la página del Taller, pero ahí sobre su escritorio se entremezclaban las copias de los tres relatos de los nuevos participantes, mientras fuera de la ventana el mar se encabritaba en su contrapunto de olas y espuma con el cielo tormentoso y oscuro. Dos días atrás, cuando ya había recibido la totalidad de los cuentos del mes y se encontraba dispuesto a prepararlos para enviar a la página, quiso el destino que estos tres cuentos, justamente los de los tres nuevos integrantes que habían solicitado se presenten como anónimos y para ello cada uno había elegido un pseudónimo, se entremezclaran a raíz de que el Profe, no muy ducho en el copystate , provocara uno de esos desequilibrios cibernéticos que uno nunca entiende cómo suceden pero cada tanto aparecen para dejarnos en claro que por más que usemos la compu , el mundo digital nos queda demasiado grande. Resulta que mientras bajaba los cuentos a su escritorio a través del copiado y pegado, por algún capricho del destino o del desconocimiento o de sus dedos añosos o de alguna tecla demasiado sensible, los trabajos quedaron separados de sus autores y de sus pseudónimos, y no hubo manera de volver atrás para reconstruir la secuencia. Hasta se habían perdido los envíos originales en la lista de mensajes. Al principio, mientras Eduardo todavía confiaba en su buena memoria, parecía sencillo reconstruir la cosa, apenas se trataba de tres cuentos, tres autores y tres pseudónimos, y también tenía a favor el orden de llegada de los envíos. Fue así que la tarde anterior Eduardo liberó de papeles su escritorio, y en cada una de doce tarjetitas anotó a cada autor, cada título, cada pseudónimo y el orden de arribo. Los autores eran Eugenia, Ronaldo y José. Los cuentos: Amor eterno, Luna sangrienta y El estrangulador. Los pseudónimos: Sor Juana Inés de la Cruz, Astrolabio y Firulete. Entonces el Profe comenzó a mezclar las tarjetas de acuerdo a los datos recordados, que realmente no eran muchos, y así se le terminó esa tarde y gran parte de la noche, convenciéndose de que no podría reconstruir la secuencia. No contaba con datos concretos, apenas tenía registrado que algún autor no había escrito tal cuento, que tal pseudónimo no había entregado en tal lugar, nada más cosas así…, era imposible. La noche se le volvió interminable a causa del insomnio y la preocupación y la tormenta. Y hoy, temprano en la mañana, resignado, decidió comunicarse con un matemático conocido para plantearle el problema. Afortunadamente su amigo era un experto en estas lides, y gracias a sus preguntas, entre ambos fueron capaces de ordenar los datos que aún no se habían borrado del cerebro de Eduardo. Como él mismo sabía, no eran demasiados: El pseudónimo Astrolabio no lo habían empleado ni la única autora que enviara ni quien escribiera El estrangulador , quienes tampoco entregaron sus trabajos en el segundo turno. El relato Luna sangrienta fue escrito por un hombre, que no entregó último ni se llamó a sí mismo Firulete. Quien utilizó el pseudónimo Astrolabio no fue José, quien tampoco envió en segundo lugar ni firmó como Sor Juana. Al conseguir confeccionar este listado de datos, a esta altura el Profe se encontraba totalmente entregado, su amigo estaba en silencio y él se sentía abrumado por el mayor de los desconciertos. -Claro, hombre -le dice serenamente su amigo del otro lado de la línea-, con sólo estos datos es imposible… -Que ya te lo había dicho, ostia, es un embrollo este lío, no sé qué voy a hacer, un papelón. -Pero dime tú, seguro no recuerdas más nada. -Que no, hombre, te digo que no. -Por ejemplo, no te acuerdas si quien entregó en primer lugar fue uno de los hombres o la mujer. -Y…, espera, espera un poco -dice Eduardo mientras su cerebro revuelve por oscuras estanterías con telarañas y polvo hasta encontrar la respuesta-, pues coño, tío, claro que lo recuerdo, fue la mujer, seguro. -¿Te das cuenta tú de que las cosas no son tan difíciles como aparentan, nada más hay que saber ubicarlas, con este dato que te faltaba ya tienes la respuesta a tu problema. Y a continuación el matemático le indicó la secuencia correcta, y Eduardo respiró tranquilo, prometiéndose a sí mismo tomar algunas clases de computación para no repetir errores de esta magnitud. |
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