Un empleo nocturno

El trabajo que cumple Eleuterio Simes es el de sereno en una fábrica de las afueras. Diariamente se hace cargo de su puesto frente a la gran verja de hierro, momento en que el portero, Aguilar u Ojeda, finaliza su labor y se retira. Apenas cambian un saludo y Eleuterio queda solo por el resto de la no­che. Durante lo que dura su empleo jamás alguien se quedó trabajando después de hora, razón por la cual su tarea a través de los últimos once años resulta su­mamente monótona y aburrida: vigilar en la planta principal que la temperatura de las dos máquinas grandes no exceda los trescientos grados centígrados y la más pequeña no baje de los setenta y cinco de presión, ambos topes claramente mar­cados con zonas rojas en los termostatos y presostatos.

Las únicas personas que conoce de esa industria -si acaso pudiera llamarla de esa manera- son los dos porteros, con quienes ni se habla más allá del saludo convencio­nal, y el cajero, quien los primeros días hábiles del mes lo aguarda para entregarle sus haberes. Recuerda apenas al Jefe de Personal, pero de ésto hacía ya tanto tiempo que probablemente no seguiría siendo el mismo. Si desean encomendarle alguna tarea en especial, se lo dejan escrito en el cuaderno donde él anota las noveda­des diariamente. Las órdenes no resultan frecuentes -lleva más de dos años en uso el mismo cuaderno-, pero cuando así ocurre, la labor que le encomiendan se refiere ex­clusivamente al zapato. Simes no lo entiende pero, aparte de las tres máquinas tie­ne que vigilar constantemente un viejo zapato de cuero colgado en la pared de un pasillo fuera de uso, que había sido la antigua circulación -clausurada después de unas reformas anteriores a su ingreso- entre la planta y las oficinas. Eleuterio Simes nunca se esforzó por comprender, sencillamente cumple su tra­bajo del mejor modo posible, no puede olvidar el año y medio que estuvo desocu­pado, cuando nadie lo tomaba por su edad y la cercanía de la jubilación, circunstancias que condicionan hasta la más indomable curiosidad.

Esta noche, como todas las demás y a pesar de no contar con órdenes expresas, luego del recorrido cotidiano por todas las dependencias, Eleuterio se sienta frente al escritorio que utiliza normalmente, se acomoda en la silla y procede a abrir el cuaderno de comunicacio­nes, con la habitual y lógica parsimonia que le impone la continua carencia de mensajes.

No se inmuta al descubrir un reciente párrafo manuscrito.

Señor Simes, a medianoche recibirá órdenes teléfonicas que cumplirá al pie de la letra. Mientras tanto, continúe con sus tareas habituales y vigile el zapato cada cuarenta minutos. Sobre todo, vigile bien el zapato.

Busca por páginas anteriores en las que su frase sin novedad y su firma se repiten implacables, hasta exactamente once meses atrás, donde confirma que la letra y la firma son las de siempre. Hasta entonces, jamás había recibido una llamada telefónica, y sus recorridas por el pasillo del zapato eran cada dos ho­ras y veinte minutos. Evidentemente, ahora le cambian el programa. Se siente un poco molesto por la abrupta modificación, y se alarma imaginando que podría ocurrir cualquier cosa. Fueron muchos años haciendo lo mismo, sin novedades y sin cam­bios. Todo ese tiempo acumulado y repetido hasta el aburrimiento, le habían hecho olvidar el código de procedimientos que le hicieron estudiar al ingresar a la fábrica. Ni siquiera sabe qué hacer si alguna vez la temperatura y la presión de las tres máquinas supera los límites prefijados. La rutina logró calmar aquella inquietud inicial, y ya no se aflige por la verdadera inexistencia de su tarea, ya que jamás durante las casi cuatro mil noches de las que Eleuterio fue testigo, la temperatura o la presión sufrieron altibajos considerables.

Simes se levanta y va a ver el zapato, que continúa colgado como siempre del clavo oxidado a un escaso metro y medio del piso, su cor­dón deshilachado, la lengüeta asomada a medias. Conti­núa sus recorridas y, obedeciendo la reciente orden, cada cuarenta minutos se acerca a espiar al calzado, que no se mueve de su sitio. Simes acciona la llave en el controlador correspondiente que registra la hora de su paso.

A medianoche suena el teléfono del hall central, donde se ubica una especie de Recepción. Eleuterio Simes casi corre para atender. Le preguntan por el zapato, y luego le dicen que vaya a atrancar por dentro todas las puertas y ventanas, y que re­grese enseguida. Obedece, aunque sabe desde ya que todas las trabas se en­cuentran perfectamente colocadas, de acuerdo a lo que había comprobado du­rante su primera recorrida. Vuelve a comunicar que todo está bien, entonces le pi­den que se acerque a ver el zapato. Simes obedece, y avisa a su desconocido interlocutor que no hay novedad. Le contestan que permanezca atento, porque llamarán nuevamente. Cuelga el tubo y va a inspeccionar las máquinas, que permanecen dentro de los límites fijados. No tiene la menor idea de qué fabrican en el lugar, nunca había visto productos acopiados, ni elementos de descarte, ni sobrantes de alguna materia prima, ni siquiera depósitos de materia prima. La única idea de la cantidad de operarios se la brinda el tarjetero junto al reloj en la entrada, que tiene capacidad para unas veinte tarjetas. Una es la de él, dos de Ojeda y Aguilar, otra la del tesorero. Quedan libres diez y seis huecos todavía. Piensa que, realmente, las industrias modernas utilizan muy escasa mano de obra. Después recorre las dependencias para ver si acaso había entrado alguien, a pesar de saber que ésto es poco factible. No encuentra el más mínimo detalle que pudiera hacerlo entrar en sospe­cha. A todo ésto, ya han transcurrido otros cuarenta minutos, así que se dirige al pasillo y comprueba que el zapato se mantiene exactamente igual, pendiendo del cordón largo y sucio, conservando la postura en que lo había visto por primera vez hacía casi doce años. Va hasta la cocinita al lado de los baños de las oficinas, para prepararse un café y calentar en el micro-ondas las porciones de tortilla que había llevado de su casa. De haberse encontrado más lúcido esta noche o cualquier otra, una ligera inspección le habría permitido contar apenas diez u once escritorios en uso, incluido el del gerente y de la secretaria, lo que deja apenas, en el tarjetero de la entrada, huecos dis­ponibles para unos seis operarios. Pero Eleuterio ya se encuentra revolviendo las gotitas de edulcorante en el vasito descartable, y la sumatoria de datos sobre el entorno le resultan un álgebra indescifrable, tan críptica como las indicaciones escritas y telefónicas. Antes de finalizar el café y mientras mastica el último bo­cado de su vianda, descubre un reloj pulsera sobre la mesa, y lo recoge instinti­vamente. Sus agujas están detenidas en las siete horas y treinta y dos minutos. Simes piensa que a él nunca se le detuvo un reloj por falta de cuerda, aunque ahora con ésto de los relojes digitales lo de la cuerda es algo de la prehistoria. Ni siquiera se plantea si se trata de un reloj mecánico o digital. Lo lleva hasta su escri­torio, y está por anotar en el cuaderno sobre el hallazgo, cuando vuelve a llamar el teléfono. La voz es la misma de antes, y nuevamente indaga por el zapato y por las puertas. No se conforma con el todo está en orden e inquiere del sereno que se acerque hasta el pasillo. Simes así lo hace y regresa al teléfono para confirmar su respuesta. La voz suplica que se mantenga atento, que volverá a llamar. En cuanto se corta la comunicación, Simes regresa a la cocina para termi­nar el café. Como se había enfriado, lo vuelve a calentar mientras estudia un al­manaque colgado de uno de los armarios. La semana entrante cuenta con un fe­riado, piensa que podría ir a visitar a su hermana que vive en Monserrat, o arreglar las goteras del dormitorio, o acercarse al club para jugar al dominó con los ami­gos del barrio. Por el momento termina de beber el café y enciende la radio portátil buscando música de su agrado, ésta es la única compañía que se permite du­rante el trabajo nocturno. Lava despacio los utensillos que acaba de utilizar, e inicia una nueva ronda por la fábrica dormida. Imagina el ruido de las máquinas, el silbido de los escapes de vapor y las voces de los obreros durante el día con todo el sistema en plena actividad, actividad no sabe de qué, pero para él resultaría algo digno de ver, ya que únicamente tiene la imagen de las insta­laciones durante el absoluto silencio del descanso y el sueño.

Una vez más el sonido repetido del teléfono corta el hilo de sus pensamientos que ya vuelan lejos. Regresa rápidamente . Todo normal , repite. Entonces la voz dice que tome una silla y vaya a sentarse en el pasillo inhabilitado, frente a la puerta de las oficinas, cierre con llave a sus espaldas después de acercarse el teléfono de Contaduría, y quédese vigilando, aguardando otra llamada. Obedece Eleuterio a pesar de que aumenta su extrañeza, aquella voz no le explica por qué tantas precauciones, por qué todas estas vueltas...

Acaba de cerrar la puerta con llave, cuando suena una vez más el teléfono. La voz le exige que olvide todo lo demás, que únicamente concentre su atención en vigilar al zapato. Corta antes de que Eleuterio tenga tiempo de pregun­tar algo.

El sereno se encuentra realmente preocupado, hasta el punto de dudar si la voz de las últimas llamadas es la misma que la de las anteriores. Su alarma lo lleva a cerrar con llave también la puerta clausurada con soldadura, que da a la planta de pro­ducción, para quedarse encerrado en el pasillo, tan sólo con una silla, el teléfono, su portátil y el zapato. No aparta la vista de este último hasta cerca del amanecer, cuando la primera claridad comienza a filtrarse por las altas claraboyas. Para este entonces, ya tranquilo, su preocupación ha desaparecido. Aguarda una nueva llamada de un momento a otro. En es­caso tiempo todo el metabolismo metálico de la supuesta fábrica se encontrara la­tiendo, desperezándose y quejándose desde cien millones de engranajes y bulones y resortes, ensuciando el cielo de vapor y aceite. Camina por el pasillo para desen­tumecer los músculos, pero aún así sin apartar la vista del calzado. Apaga la radio en cuanto siente las primeras pisadas provenientes del hall. Aguilar u Ojeda acaba­n de llegar, Simes no conoce de la vida privada de cada uno de ellos, nada más que sus apellidos. Abre la cerradura de la puerta clausurada, y en seguida la que comunica con la oficina. Lleva la silla y el teléfono a su sitio. No vuelve a mirar hacia el pasi­llo, aparte de que no tiene instrucciones al respecto, su horario ya ha finalizado. Saluda a Ojeda mientras éste se coloca un uniforme gris, no le dice nada, nunca lo hace, ficha en el reloj de la entrada y abandona la planta igual que todas las madrugadas, por el camino de siempre, con el paquetito del taper vacío debajo del brazo.

Mientras se dirige a su casa se siente cansado, infinitamente cansado.

Piensa en su cama.

Piensa que el feriado de la semana siguiente reparará las goteras.

Piensa que no anotó en el cuaderno de novedades sobre el reloj hallado en la cocina. Y subiendo al colectivo, piensa si acaso alguna vez le habían ordenado registrar un suceso semejante. Respira orgulloso, las monedas tintinean en su palma.

 

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