EL OBSERVADOR

 

I.

Noche. He apagado la lámpara, pero sé bien que la luz proveniente de la pantalla me hará visible. Me tiendo sobre la cama; hace calor y no me cubro con las sábanas, uso sólo un largo camisón que esconde buena parte de mis muslos y mantengo las piernas extendidas, muy juntas e inmóviles. El corazón retumba en mi pecho. Dejé abiertas las cortinas, y a través de la ventana distingo con claridad el edificio contiguo. Desde algunas de sus ventanas, desde el tercer piso hasta el sexto, se puede escudriñar mi habitación, mi cama y mi cuerpo –que yace anhelante–. Veo sin mirar el programa de farándula en el televisor, y observo de reojo las múltiples ventanas tratando de descubrir algún espectador furtivo ante el cual exhibirme.

Nunca he hecho esto… Durante quince años entregué mi vida entera a un solo hombre –Juan, mi esposo–, y por primera vez vivo sola. Pasado su funeral –hace algunos meses–, decidí abandonar la vieja casa que compartíamos, tan desierta y llena de recuerdos. Me mudé acá, a este apartamento, y aunque mi familia y mis amigos han estado siempre a mi lado, confortándome, a veces me aburro mortalmente.

… Sin embargo, ha ocurrido algo que me ha quitado el sosiego. Sucedió hoy, esta mañana. Salía del baño y me cubría sólo la toalla. Delineaba mis ojos sentada en la cama, y a través de la cortina parcialmente desatada puede ver que alguien, un hombre, me observaba. Acechaba desde el edificio contiguo, fumando con lentitud. Sólo mi cara, mis hombros y la totalidad de mis piernas le eran visibles; pero yo me sentía desnuda. Sentí vergüenza y quise ocultarme… Y sin embargo no lo hice, y mi propia reacción me sorprendió: fingí indiferencia, fingí no haberme dado cuenta de que era observada y continué maquillándome, y luego de hacerlo peiné largamente mis cabellos… Él seguía allí, en el mismo lugar. No hacía frío y mi cuerpo temblaba; y sólo al reparar en la hora fui arrancada de aquel enajenamiento: bajé las cortinas, me vestí y salí precipitadamente.

Pero llego de la oficina y lo primero que hago es abrir las cortinas de par en par. Me distraigo preparando la comida, hablando por teléfono, y mi habitación permanece solitaria mientras la noche se cuela por la ventana e inunda la cama. Una hora después salgo del baño, en camisón. No me cubro, no cierro las cortinas. Simulo que veo televisión, pero toda mi atención es absorbida por las ventanas que asemejan ojos: de algunas brota luz y las demás permanecen en penumbras. Pero todas se hallan indiferentes: no se siente en ellas un alma.

Espero. Sigo esperando. Me lleno de hastío, y una sombra advertida con el rabillo del ojo, un sutil movimiento, en esta o aquella ventana, hace que mi estómago hierva y perturba mi respiración. Observo con atención… pero nada pasa, nadie mira hacia acá… Transcurren los minutos y no logro tranquilizarme; no puedo concentrarme siquiera en la apasionante vida de los famosos. Todo lo que hago se me muestra absurdo y grosero…

¡Pero allí…! Alguien descorría una cortina y se ha quedado en suspenso… ¡mirándome! Lo observo con cautela –no debe saber que lo he descubierto–. Es un hombre… un hombre joven. Lentamente ha cerrado la cortina pero ha dejado una abertura por la cual asoma sólo la cabeza. La luz de su cuarto permanece encendida, y su ventana se abre a cinco o seis metros de la mía. Trato de evitar cualquier movimiento abrupto. Miro mi pecho elevarse y caer bruscamente, miro mis piernas y mis brazos cambiar de color según la luz que emana del televisor. Y siento que es eso lo que él ve… Porque sigue ahí, acechando, escrutando este cuerpo, haciendo que mis dientes rechinen con frenesí, que sienta tanto frío. Lo miro al mover únicamente mis ojos y percibo su cabeza y sus hombros, oscuros debido a la luz sobre su espalda; y su silueta me dice que es muy joven aún, un adolescente quizás, un niño sufriendo ya todos los deseos de un hombre. Me paraliza el miedo. Pero este miedo se transforma en algo más, en una exaltación. Recorre mi cuerpo como una droga, y ahora sé que mis rodillas y mis pies no son suficientes… Ahora quiero que él vea más. Levanto con suavidad el camisón, muy despacio, dejando que los dedos rocen la piel de mis muslos, mis vellos diminutos. Estoy desnuda de la cintura hasta los pies, mi sexo cubierto por las bragas. Le obsequio estas piernas largas y blancas. Las muevo, las froto entre sí. Abrazo una de mis rodillas y al hacerlo percibo mi propia humedad. Cierro los ojos, me dejo llenar… Adivino su angustia… Los abro de nuevo, lo miro por un instante, y la cortina de su cuarto cae y su silueta desaparece.

Su luz sigue encendida y él no se asoma de nuevo. Algo o alguien lo hizo alejarse de la ventana. Yo he quedado en vilo, suspendida en el aire. Lo espero con ansia. Deseo ser contemplada, admirada hasta la saciedad; pero nadie más espía desde las ventanas.

Cierro las cortinas y apago el televisor. Quiero dormirme lo antes posible.

  II.

En el trabajo eran muy amables conmigo hace unos meses. Ahora cada cual sigue su camino, enormemente ocupado, como siempre. Pienso toda la tarde en la hora de salida, en la llegada al apartamento, en las ventanas –las múltiples ventanas.

Mi pijama es una falda corta y una blusa escotada (que no usaba hace años). Me recuesto cómodamente sobre las almohadas, y tanto la cortina como las ventanas se encuentran abiertas para recibir con mi piel el aire de la noche. Me iluminan de nuevo los rayos del televisor. Un par de personas –un hombre y una mujer– me contemplaron durante algunos minutos, desde distintas habitaciones, y ahora no están allí. Me mantengo en suspenso un rato largo. Pero pronto el niño de la noche anterior ocupa su lugar, esta vez con las luces apagadas para que yo no pueda verlo. Lo veo, no obstante, y me exhibo para él; me revuelvo sobre las sábanas y dejo que contemple mis nalgas redondas mientras yo las acaricio distraídamente. Luego me volteo y quedo de frente a la ventana. Cuando él se siente descubierto se esconde de forma abrupta, haciéndose aún más evidente. Y yo finjo inocencia.

En la ventana contigua me he percatado de otro espectador. Su cuarto está a oscuras, con un televisor encendido que me dibuja su silueta. Fuma un cigarrillo, descansando su brazo sobre el alféizar. Es un hombre, y por su edad mucho más insolente que el adolescente; pero, como  él, simula no verme. Mi sangre hierve y mi mente se fragmenta ante los dos. Una cámara temblorosa registra la vida diaria de alguna exótica modelo.

  III.

Nadie repara en nadie en esta horrible ciudad. La recorremos ajenos, brutalmente aislados.

Esta mañana entré en un lujoso almacén y compré una pijama de color negro, diminuta. La vendedora sonrió y me dijo: “a su esposo le va a encantar”. Yo no la miré, tomé la bolsa y abandoné en silencio la tienda.

De noche, al entrar en el cuarto –usando las prendas nuevas– me percato de dos personas que me esperan desde ya: el niño (oculto en la penumbra), y una mujer, dos pisos más arriba, disimulada tras la persiana. Me siento en el borde de la cama, de frente a ellos, con la luz apagada y el televisor encendido. Con lentitud aplico sobre mi piel un aceite que la hace brillar. Froto mis manos y mis brazos, mis hombros, mi cuello; acaricio mi pecho y mis senos bajo la tela, y siento los pezones duros y el roce de éstos me da escalofríos. Aparece luego el hombre del cigarrillo, y, bajo su ventana, un hombre de edad al cual no había visto antes. Me turba el número de espectadores (nunca fueron tantos). Dejo de aplicarme el aceite y me acuesto sobre las sábanas; con el rabillo del ojo vislumbro todavía a alguien más (hombre o mujer) oculto en otra ventana… ¡Diez ojos! Mi cuerpo está helado y el miedo me impide apartar la vista de la pantalla, de las sonrisas resplandecientes…

Pero ellos aguardan. Siguen ahí, expectantes. Tomo algo de aceite y froto con éste los pies y luego los tobillos. Mis manos suben y masajean las piernas, las rodillas, y la excitación me hace presionar con fuerza, pellizcar la piel, rasguñar la parte posterior de los muslos. Empiezo a jadear… Me agito sobre la cama y acaricio mis senos y mis caderas, y aprieto mis nalgas y las abro y meto la mano entre ellas… ¡Y ellos están ahí! ¡Todos ellos…! Sus miradas me hacen gemir. Me embriagan… Cojo mi entrepierna y muevo rítmicamente las manos, y los dedos se pierden en mi sexo, entre mis labios. Levanto los pies, me quito las bragas; separo mis piernas y con los dedos escarbo en la humedad de mi vagina, los introduzco muy dentro y los muevo frenéticamente, angustiosamente, y mi pelvis gira, se contonea de arriba abajo, y yo me extravío, me elevo, exploto, pero a ellos no los miro, no puedo mirarlos… Un torrente inunda mi cuerpo, mi alma; caigo de nuevo y aparezco extendida sobre la cama, inerte, sudorosa, respirando agitadamente… Dejo que mis párpados se cierren; imagino que ellos –todos ellos– se excitan al verme; que en las noches sueñan conmigo; que piensan en mí durante el día. Me dejo envolver por sus ojos cálidos…

Tarde ya, sólo persiste el adolescente, asomado a su ventana, insatisfecho. Lo miro fijamente: él se oculta al fin.

IV.

En la entrada al conjunto he reconocido hoy al adolescente y al hombre del cigarrillo. Caminaban juntos los dos, con una mujer. Es obvio que son padre e hijo y que ella es la madre del muchacho. Yo los miré por un instante y no puede evitar agachar la cabeza y acelerar el paso. Sentí desmayarme, y sacando fuerzas de donde puede logré alejarme en dirección a mi apartamento. Sólo lo vi un momento, pero el rostro del niño se estampó en mi mente con un escalofrío: su piel blanquísima, sus cabellos lisos y negros como el olvido, y sus ojos oscuros, fijos en los míos, me hicieron temblar. Me he dejado caer en una silla, anegada por las náuseas, tomando mi cabeza entre las manos. Toda fuerza se ha evaporado de mis músculos y ahora yazgo aquí, desvanecida…

… Jamás lo haré de nuevo.

  V.

Nadie aparece. Todas esas malditas ventanas se encuentran vacías, sin vida, y yo me siento igual. Nula. En mi interior se arraiga un abismo sin fondo; las horas pasan y no existen ojos que me engendren. Ni siquiera el adolescente, ni el hombre del cigarrillo… Me han visto por fin de cerca, esta mañana, y han visto mi edad y mi rostro marchito, han visto mi cuerpo flácido y han sentido repulsión. Sus miradas expresaban asco. Y la mujer… ¡ese desprecio! ¡Oh, Dios, qué vergüenza! ¡Qué poca cosa soy!

He cerrado las cortinas. Prefiero ver televisión. Las cámaras persiguen con violencia a los famosos, a aquellos hermosos hombres y mujeres que llevan vidas de verdad. Me quedo dormida pensando en Juan. Escucho sus palabras: “Eres mi luz… Eres la luz de mis ojos”.

  VI.

Lo intento de nuevo esta noche. Ato las cortinas y aguardo desnuda, cubierta aquí y allá por una sábana transparente. Pero pareciera que todos se han ido, que el edificio ha sido desocupado, olvidado. A eso de las diez, sin embargo, veo luz en la habitación del adolescente, y lo veo aparecer de inmediato en la ventana. Ha abierto completamente las cortinas y se ha quedado mirándome con las manos en los bolsillos. Adivino a lo lejos sus ojos negros, opacos. No se mueve, no apaga la luz, me contempla sin importarle que sepa que está ahí violando mi intimidad, acechándome. No distingo su rostro pero puedo jurar que sonríe –me sonríe–. Su impasibilidad me llena de espanto. ¿Qué espera él que haga? ¿Es que acaso desea… que también yo lo mire? Veo el televisor y me oculto completamente entre las sábanas. Y como él no desaparece, como sigue inmóvil aplastado contra el vidrio de la ventana, después de un rato cierro las cortinas.

Son casi las doce cuando apago el televisor. Al salir del baño una curiosidad ansiosa me hace asomar entre las cortinas. Pero retrocedo inmediatamente, ahogando un grito con las manos. ¡Él sigue ahí!... La luz de su cuarto encendida, su silueta de niño… ¡Podría jurar que no se ha movido!

  VII.

Las últimas noches han sido lúgubres y sofocantes. Los pocos curiosos que he visto no duran más de dos minutos en las ventanas. Se asoman, bostezan y se van. Yo me he sentido ajena, como si mi alma hubiese abandonado el cuerpo. O como si hubiese sido succionada.

¡Pero él…! ¡Maldita sea! Aparece todas las noches a eso de las diez, con las luces encendidas y completamente visible, como un espectro que me vigila, que aguarda el momento justo para atacarme. Yo no soporto sus miradas, son martillos que destrozan mis nervios minuto a minuto. Cierro rápidamente las cortinas y trato de concentrarme en el televisor, pero a través de la gruesa tela lo presiento y mi corazón palpita con furia. Las primeras veces me asomaba antes de acostarme, y sin importar la hora lo descubría en la misma posición de siempre, sus ojos invisibles buscándome. Mas ahora soy incapaz de hacerlo. Duermo poco o no lo hago en absoluto, o me mantengo toda la madrugada en un estado insoportable entre el sueño y la vigilia, agobiada por pesadillas… Y lo sigo sintiendo. Si abriese las cortinas… vería al niño allí mismo…

  VIII.

… Tengo que irme. ¡Tengo que irme de este lugar…! Él me persigue, y sé que aún está ahí… ¡Aún está ahí observándome! ¡Dios mío…! No puedo estar un día más acá, tengo que irme, le diré a Gloria… ¡sí!... le diré a Gloria que me permita vivir con ella, sólo unos días… Debo llamarla ahora mismo… ¡Pero es tan tarde!... ¡Juan, maldito seas! ¿Por qué me has abandonado?

Lo he dejado de hacer, ¡lo juro! Desde hace dos, tres noches… No abro las cortinas; las mantengo cerradas, apretadas como párpados… Hoy las descorrí un poco; sólo un poco. No vi al niño asomado y pude respirar, me sentí alegre. No esperaba nada, en realidad; sentía calor y por eso no me cubrí… El señor de edad se asomaba a su ventana y sé que podía verme… ¡Pero igual es un anciano! Y yo no me moví. Llevaba camisón y mis piernas estaban abiertas. Pero me dormía; cerraba los ojos y me iba…

¡Y aquel ruido estridente! ¡Aquel chirriar inhumano que me arrancó esa paz y me hizo exclamar “ahhhh” como si un demonio se hubiese metido en mi boca abierta! Mis ojos querían salirse y las manos me temblaban, y por un instante –por un instante solamente– pensé en Juan, pensé que era él. Esperé… ¡Y el chirrido me atravesó de nuevo! Grité otra vez. Miré la hora, eran casi las once de la noche. Alguien… alguien llamaba a mi puerta… ¿Pero quién? No esperaba a nadie. Y nadie me visita tan tarde. Con el corazón en la garganta me incorporé. Cerré las cortinas, me puse la bata y caminé arrastrando los pies hasta la sala, encendiendo todas las luces a mi paso. Quedé de frente a la puerta de ingreso al apartamento, lejos aún unos metros. Con voz entrecortada pregunté:

–¿Quién?

No hubo respuesta. Pregunté de nuevo:

–¡¿Quién?!

–¡Yo! –respondió una voz aguda que jamás había escuchado.

Di un salto involuntario. Tomé un cuchillo de la cocina y avancé lentamente hasta la puerta. Por toda la sala se oía el violento golpeteo de mi sangre. Me asomé por la mirilla, y un frío sepulcral recorrió mi columna.

El niño –las manos escondidas, el rostro pálido, los labios rojo sangre y los ojos negros y hambrientos– me observaba con avidez.

 

© Jorge Mario Sánchez, Julio de 2005

 

 

 

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