EL ANZUELO

Yo sí que existo: una vez vino la tele a mis clases porque yo era un pionero, el primero en utilizar los ordenadores y la informática en la enseñaza de idiomas. La periodista era una hija de puta: me preguntó qué alumnas podía interrogar y yo, tonto de mí le indiqué las dos más listas que eran al mismo tiempo las más guapas. Cómo me iba a imaginar que interrogaría a todas las demás, menos a ellas dos. Tengo por ahí la cinta donde yo salgo diciendo bobadas durante cincuenta y ocho segundos. Y luego ellas —en las clases de idiomas sólo solía haber chicas y algún muchacho extraviado, ellos estudiaban matemáticas e ingeniería—.

Una vez vino la tele

Fernando entra en el coliseo con Juana. Fernando es mayor y Juana es joven. Juana va comiendo los masmelos que Fernando le ha comprado. A Fernando le seduce el pelo y la piel de Juana y a Juana le seduce la voz de Fernando sus palabras.

[una relación desigual, por el momento: la de él parece atracción física; la de ella, intelectual.]

Marcha atrás: su voz le subyuga como en aquella primera clase

Me sorprendió el cambio que sigue: cuando parece que el narrador va explicarnos la atracción que siente Juana por el maestro, quiebra el hilo de la frase y nos cuenta cómo Fernando descubrió a Juana.

[Noto algo que ya noté en otros cuentos: una confusión total en la utilización de los demostrativos como si este, ese, aquel fuesen sinónimos e intercambiables. A veces resulta francamente desatroso]

El narrador introduce con torpeza una semblanza de Fernando. Atemporal no se sabe si ese presente es el mismo de la narración o si forma parte de la vuelta atrás.

Reaparecemos en el coliseo Juana bebiendo las palabras del maestro y el cantante que se hace esperar.

Es un retraso necesario al desarrollo del cuento.

Diálogo sobre TV comecocos y sus presentadores idiotas persona cualificada para la toma de imágenes)

El narrador habla desde el punto de vista de Fernando

Otra vuelta atrás con cosas inciertas o no necesrias y el sueño de fernando hecho realidad en el café

El paso de vuelta al presente también es torpe

Discurso imposible y parabólico

Interrupción de la cámara y trasfiguración del maestro

Muy bien el presentador

Juana podía haber estado más hermosa

Se me escapa el final

El maestro se incendia y proclama su deprecio a todo eso

y lo se integra al momento presente el del concierto o al recientemente evocado de la primera clasr

Acto seguido

–¡Qué carajos! –se ha dicho a sí mismo Fernando justo antes de tomar a Juana por la cintura y conducirla a través del río humano. Ahora bien, la piel de sus caderas le ha resultado extremadamente suave y cálida. Con la nariz roza el cabello de la joven e imagina ríos y valles. Ella sigue de espaldas a él y la multitud logra unir sus cuerpos, apretarlos. Nunca se habían encontrado tan cerca. Caminan los dos sin hablar.

No sin cierto esfuerzo entran por fin al coliseo. El concierto no inicia aún y el lugar está a reventar. A Fernando parece no importarle que las canas de su cabello y barba y las arrugas en sus manos lo destaquen entre tanto muchachito. Le ha comprado una bolsa de masmelos a Juana y ella los devora con ganas mientras lo escucha hablar. Su voz la subyuga como siempre, como en aquella primera clase: Fernando la descubrió pronto y durante toda su charla sintió esos ojos profundos que lo escrutaban con avidez. Ya había ocurrido antes, con tantas otras alumnas, pero esta vez le pareció extraño: él, Fernando Huertas, conocido maestro universitario, se está acercando inevitablemente a los sesenta.

Y es que es famoso este profesor. O por lo menos lo es en la Universidad. No pasa desapercibido aquel hombre de abundante melena, con su barba canosa y sus gafas de marco grueso y oscuro, con sus jeans gastados, sus tenis y su mochila indígena, con su caminar negligente. Conserva a pesar de los años el vigor físico y la irreverencia; sólo es afable cuando se le da la gana, llega a cualquier grupo de discusión a sembrar polémica y puede reírsele en la cara al más encumbrado. Aún escribe numerosos ensayos y publica artículos punzantes en el periódico de la Universidad. Muchos se preguntan porqué este hombre brillante y original, que ha dedicado décadas enteras al estudio y enseñanza de las humanidades, no ha gozado de un mayor reconocimiento. Él se burla de la frivolidad de dichos comentarios y los evita a toda costa.

Juana lo interroga, le pregunta cosas. Le gusta escuchar sus críticas. A sus escasos diecisiete años ya quiere vivirlo todo y rebelarse contra algo. Fernando la complace y se pierde en sus propias palabras; Juana lo mira comiendo los masmelos de colores. Se hallan tan embelesados que parecen haber olvidado a Rúven, el polémico cantante de rock cuya aparición sobre el escenario tendrá lugar de un momento a otro. La expectativa general crece con los minutos, como un gigantesco globo que se hincha en medio del coliseo. Han llegado ya las cámaras de televisión; Fernando las observa y su boca se tuerce en una mueca de desprecio.

–¿No te da claustrofobia? –pregunta a su alumna–. ¿No sientes como si un pantano nos tragara?

Ella gira la cabeza buscando aquello que Fernando observa. Ve las cámaras, ve los inquietos presentadores y el tumulto que se crea a su alrededor.

–Los medios… –dice Juana.

–Mira la gente; mira cómo se transforman al ver una cámara. Hacen idioteces buscando que el tipo del micrófono los tenga en cuenta.

Uno de los presentadores –muy joven y fashion– salta de un lugar a otro, baja y sube las escaleras con el camarógrafo a cuestas, entrevista gente al azar y hace gritar a más de uno. Todos siguen con atención sus movimientos.

–Es Pedro –comenta Juana–. Es muy conocido. Presenta varios programas en Music .

–¿Un canal?

–Sí. Es visto en todo el continente… Bastante popular.

–¿Te gusta?

–¡Por supuesto que no! –exclama ella mirando incrédula al profesor–. ¡Es asqueroso! Esos programas son para adolescentes insulsos, que sólo buscan emborracharse y hacerse la paja…

Fernando ríe ante la indignación de la joven. Le agrada la forma en que su rostro se enciende. Se acerca más a ella y el olor de su cabello le proyecta de nuevo los ríos, los valles, la vida…

–Yo no tengo televisor, ¿sabes? –informa él.

–¡Qué va!

–Hace años destruí de un batazo el último que tuve… ¡No te imaginas el alivio! No soporto nada de lo que pasan ahí: los noticieros, las novelas, la publicidad… ¡Nada!

Juana lo mira con aquellos ojos negros y abismales. Sonríe e introduce un masmelo en su boca.

–Las personas –continúa él– dejan pudrir sus mentes con la televisión, con el Internet, con las revistas de farándula que multiplican el hambre por una vida distinta… ¡Y qué ironía!: al sepultar sus almas bajo toneladas de deseos, sus cuerpos, mohosos y muertos, se tornan incapaces de alcanzar cualquier objeto a un metro de distancia…

Con Juana puede explayarse, ser espontáneo, y esa sensación es una de las más placenteras que conoce. Casi todos sus estudiantes tienen cabezas duras y vacías como baúles sin uso, y muy pocos harán algo por cambiar sus vidas. Juana, por el contrario, es una antorcha encendida en medio de la bruma, de la mediocridad; sus compañeros la persiguen como polillas a la luz. Uno de ellos decía a Fernando, entre copas, que la joven hablaba mucho de él y de sus clases, que decía que lo mejor del día era verlo.

–Ajá –carraspeó Fernando–. Y Juana, ¿con quién sale?

–¡Con nadie! –comentó el muchacho–. Nos desprecia a todos por igual.

Esa noche, solo en el apartamento, Fernando soñó con ella por primera vez. Había intentado leer o escribir antes de acostarse pero le fue imposible. Al día siguiente la invitó a un café. Contempló su piel trigueña y sus ojos negros, su cabello largo y negro que caía sobre los hombros y la espalda; su cuerpo, ese cuerpo pequeño y sin embargo perfecto, formado para manos de hombre. ¡Y su olor…!

–¿Y usted no se ha casado, maestro? –le había preguntado ella esa tarde.

Él bebió un sorbo de café y su mirada se extravió.

–No, Juana. Hace años decidí que nunca lo haría.

–¿Por qué?

–Amo mi libertad y mi soledad. Viví con algunas mujeres, y conocí muchas otras… Pero nada más.

Pasaban los minutos. Él quiso explicarse, y le contó a Juana de su infancia rebelde y de su apatía adolescente… De su descontento, su incredulidad, su ateísmo… Las drogas, el licor, las mujeres… El deseo inaplazable de ser libre… La vida que vivió a su manera, la lectura y la escritura como fuentes de emancipación… Y, por supuesto, la enseñanza. Luego preguntó a la joven sobre su vida y ella, suspirando, respondía:

–Detesto a mi padre. Es un burgués de mierda…

–Sí, entiendo… –Fernando encendía un cigarrillo–. Y dime, ¿cómo te han parecido las clases?

–¡Soberbias, maestro!... ¡Inspiradoras!... No sé, me dan ganas… de pisotearlo todo cuando salgo de su clase.

–Llámame Fernando, Juana –dijo él sonriendo–. Y tus compañeros… ¿qué piensan?

–La verdad, poco me interesan sus opiniones, así que no sé.

Juana miró en silencio los ojos grises del profesor.

–Fernando… quisiera… ¿Cómo decirlo?... Me gustaría conocer mejor su obra, ¿sabe?, leer algo suyo… Usted… ¿qué ha publicado?

El hombre carraspeó.

–Un par de libros… Con la editorial de la Universidad… Para mis clases. Y los artículos del periódico, no más… Mira, mejor te obsequio algunas copias de mis manuscritos, ¿te parece?

El mesero llegó con el segundo café, muy oscuro, para Fernando. La madera de la cafetería, enrojecida por el sol del ocaso, hacía suspirar a los allí reunidos. La vista sobre la ciudad era espléndida.

–¡Este es un país de analfabetas! Y si no se es analfabeta, se es ignorante y mediocre –decía el profesor.

–¡Sí! Es asfixiante esta escasez de cultura. Nadie lee, nadie piensa distinto.

Así siguieron un par de horas más, sin aburrirse. Un mes después sería el recital de Rúven, y siendo ambos seguidores de su música decidieron asistir juntos. Pero he aquí que, pasados treinta minutos, el hombre no ha salido aún al escenario y todos esperan con nerviosismo. Fernando habla al oído de Juana, obligado por tanto alboroto, y ella acerca el rostro al de él. Ha posado la mano derecha sobre la pierna del profesor. Mezclándose con las ideas que retozan en su cerebro y que él trata de sintetizar con palabras, Fernando imagina el concierto y lo que harán después, la cena en algún restaurante bohemio, las copas a la luz de una vela, la madrugada…

–Es un tema que siempre me ha obsesionado –dice él–: la influencia de los medios, la creación de una irrealidad. Con el pasar de los años he visto cómo crece aquello y cómo nos absorbe. La imagen lo es todo: eso que vemos en la televisión y en las vallas publicitarias. Lo que hay bajo la superficie se ignora, se olvida. El mundo y el país son una mierda, la pobreza es aplastante, la violencia es pan diario, y las personas, en vez de luchar, en vez de hacer algo por mejorar las cosas, se sumergen en una sofocante pasividad. Se tornan consumidores ávidos de cualquier cosa, crédulos, idólatras… ¡Y mira si es fácil fabricar ídolos! Periodistas, políticos, actores, escritores… ¡Cualquiera con un mínimo de atractivo, con una cierta facilidad de expresión, que sepa encarnar una idea, algo que lo conecte con millones de espectadores, puede ser catapultado por las cámaras y convertido en objeto de culto, de adoración…! No importa quién es esa persona en realidad, no importan sus verdaderos intereses, sus valores… ¡Interesa lo que logre proyectar, nada más! Y con esto, con el reconocimiento de miles de individuos, el famoso, el ser mediático, logra sepultar el enorme vacío de su vida, logra olvidar su nulidad. Sólo existe quien aparece en televisión, se oye decir por todas partes… ¿Es eso posible? Y lo peor es que muy pocos nos damos cuenta. Muy pocos logramos abrir nuestros ojos… Me descorazona, por ejemplo, ver a mis estudiantes. Se la pasan hablando de programas mediocres, como el que tú mencionaste. Yo trato de enseñarles otras posibilidades, pero… ¡A veces es tan frustrante! No es fácil, Juana, y te lo digo sinceramente… No es fácil encontrar a alguien como tú. Eres consciente de muchas cosas; eres extremadamente inteligente. Tu futuro será espléndido. Sólo debes mantenerte así, con esa pasión, esa fuerza, esa rebeldía. Debes encontrar a alguien que te sepa guiar… Sé que no te conformas con tu familia, ni con tus compañeros de clase. Buscas algo más elevado…

Juana ha dejado de comer los masmelos. Se ha quedado muy quietecita, mirando fijamente algo que se ha posado justo detrás de Fernando. Él se interrumpe al ver la expresión de su alumna, esa especia de perplejidad y de asombro, de miedo. Contrariado por esta súbita distracción (lo que más detesta en las clases), Fernando gira por fin; se encuentra entonces con aquel cristal redondo que refleja su rostro seco y amarillento, sus ojos apagados, los cabellos largos y grises; se enciende luego una luz que logra encandelillarlo. Su pulso se acelera ante la visión del aparato: al descubrir primero el lente y luego el resto de la cámara que lo escruta sin hacer el menor ruido. El hombre que la sostiene se ha arrodillado junto a él para lograr un primer plano de la cara. De la nada surge Pedro, el joven presentador, y se le ubica de frente. El agresivo micrófono roza la barba del profesor y un escalofrío lo recorre de pies a cabeza. El estupor ha impedido que oiga esa primera pregunta, así que no tiene la más mínima idea de qué es lo que debe decir. Sin embargo, el entrevistador, el camarógrafo, los jóvenes que los rodean, Juana y hasta los mismos hipotéticos televidentes aguardan alguna respuesta.

–¿Cómo dice? –atina a preguntar con voz quebrada.

–El pobre anciano es sordo –dice Pedro con aire burlón. Todos los que se hallan cerca ríen –menos Juana–, y Fernando ríe también.

–Viejo, te pregunté si las canas de la barba son reales o si te la pintas de blanco para verte sexy.

El micrófono acecha nuevamente la boca entreabierta de Fernando.

–Reales, por supuesto… –responde con una sonrisa tímida; se oye otra vez la risa general.

–¡Ah…! Pero la ropa y la cola de caballo te hacen parecer de veinte, ¿sí sabías?

Instintivamente, Fernando observa sus tenis, sus jeans rotos, la camiseta ajustada al cuerpo, la mochila… Mira de nuevo al entrevistador y con voz aguda, más aguda de lo normal, responde:

–¡Soy de espíritu joven!... No creo en paradigmas, me rebelo contra ellos…

–¿Y te gustan las muchachitas?

–¡Ja, ja…!

–Porque mira si es linda la niña que te acompaña… ¿Es tu nieta?

–Err… No… Es alumna mía…

Un murmullo se eleva entre los allí reunidos. Fernando contempla los rostros que lo rodean, risueños, perversos. Su frente brilla gracias al sudor y a la luz proveniente de la cámara; sus manos tiemblan. Se percata de ello y las aprieta contra el cuerpo. Mira todo con ojos infantiles, carraspeando una y otra vez. Ya no siente la mano de Juana sobre la pierna pero esto parece no importarle en lo absoluto.

–¡Sí! –exclama Fernando atrapando el micrófono que ya se alejaba–. ¡Soy profesor…! Pero eso no es todo, también escribo… ¡Llevo años escribiendo…! ¡Je!... Me leen intelectuales, filósofos…

–Cuentos obscenos, ¿eh?

–¡No, no, no! Ensayos, ensayos críticos… Mordaces, dicen algunos, y…

–Oye –Pedro ha retirado el micrófono de los labios de Fernando y contempla ahora a Juana–, y a ti qué, ¿te gustan los ancianos?

–¡No sea imbécil! –responde ella con violencia. Fernando hace un movimiento con la mano buscando aplacarla, pero el presentador se ha puesto de pie y de un salto se aparta de la pareja.

Fernando conserva la misma sonrisa tonta mientras observa a los dos hombres que se alejan. Le tiemblan las manos aún y su rostro está pálido. Después, sus ojos se pierden en las vigas y en las lámparas del alto techo. Con los zapatos golpea rítmicamente el escalón bajo sus pies, y tras escapársele una risotada breve pregunta con inocencia:

–Juana... Este programa, ¿cuándo lo darán?... ¿Tú sabes el horario?

La joven se encoge de hombros sin mirarlo, y Fernando la contempla en silencio; los movimientos involuntarios de su cuerpo van cesando gradualmente. Al final sólo las manos se mueven, frotándose la una contra la otra. Fernando no deja de mirar la espalda y el cabello de Juana, y nota cómo ella arruga la bolsa de masmelos a medio acabar para luego arrojarla lejos. Enciende un cigarrillo, absorta en la contemplación del escenario, ignorando todo lo demás. La mayoría de las luces del coliseo son apagadas de improviso y los allí reunidos comienzan a gritar en la penumbra. Juana se pone de pie y Fernando la imita. Una especie de líquido le va quemando, lentamente, las entrañas.

–Juana…

El estruendo de la batería y de las guitarras golpea la humanidad de los presentes haciéndolos exclamar y aplaudir frenéticamente, y sobre el escenario ahora iluminado aparecen las figuras de los músicos y de un hombre vestido de blanco quien levanta los brazos e incrementa así la histeria colectiva. Juana salta al ritmo de la música y su cabello ondula como medusa acuática. El hombre de blanco toma el micrófono y canta con todas sus fuerzas:

–¡Ellos juegan contigo!

Todos repiten el estribillo, una y otra vez, y Juana grita como si la vida entera se le fuera en esa frase.

–¡Ellos juegan contigo!

Fernando, silencioso, es el único que permanece inmóvil.

© Jorge Mario Sánchez, Mayo de 2005

 

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