EL CUENTO DEL MUERTO

Desperté en un lugar desconocido sin darme cuenta que estaba inmóvil. Era aun de noche, el cielo oscuro tapizado de nubes grises, daba la impresión de acrecentar los gritos de las personas, que se encontraban a mi alrededor tratando de sacarme del carro accidentado. No tuve tiempo de angustiarme porque el olor del asfalto distrajo mi atención.

Cuando llegó la ambulancia y me pusieron un corsé, me di cuenta que no podía moverme. La sirena me acompaño durante todo el camino al hospital, todavía estaba desorientado. No podía hablar, ni menos preguntarle al médico sobre mi estado y lo sucedido.

Tenia mucho miedo, pensé que todo era un sueño. En el hospital me inyectaron una sustancia que me hizo dormir una larga eternidad, dándome la sensación de haber muerto lo suficiente para vivir de nuevo. Me desperté cuando una enfermera me estaba cubriendo completamente con una sabana blanca. Quise protestar, decirle que solo a los cadáveres los tratan de esa manera; ningún sonido salió de mi boca, peor, no pude mover los labios, la lengua, los brazos o las piernas, estaba completamente paralizado. Solo mi mente me unía al mundo, ella no me servia para nada, mas bien me hacia sufrir como si fuera una cara desfigurada frente a un espejo. Mientras permanecí tapado, oí la voz de mi padre que al descubrir mi rostro, me beso sin derramar lagrima alguna, haciéndome recordar sus reiteradas frases sobre el llanto masculino: "Los hombres no lloran, solo los maricas y las mujeres", decía muy a menudo, cuando niño vertía algunas lagrimas a causa de un golpe o castigo. El beso de mi padre fue como una puñalada en el corazón. El nunca me había besado y si lo hacia ahora, era porque me consideraba un cadáver, un ser inerte sin sentimientos ni sentidos, un objeto al que si se puede besar. "Los hombres no se besan" era otra de sus máximas que había escuchado en varias oportunidades cuando nos daba lecciones de moralidad durante la cena.

No podía soportar la imagen que me estaban enviando aquellos que me miraban. Para ellos, era un cadáver; traté de luchar contra esa idea para no caer en la trampa y terminar pensando que mi vida llegaba a su fin. De nada me servia el "pienso luego existo", flaca consolación el darme cuenta que mi conciencia no había abandonado mi cuerpo. Si al menos pudiera enviar algún signo de vida para que los otros no me cataloguen como muerto, para que el médico no redacte el certificado de defunción; esa podría ser mi salvación, pero como hacerlo, pensaba. Mis esfuerzos para tratar de darles una señal de vida fueron vanos, me depositaron como un objeto frágil en un ataúd muy confortable, tapizado con un tela blanca, suave pero fría.

Ese cajón negro y eterno, como la angustia que sentía, se transformo en un abismo infinito incapaz de detener mi caída. La soledad me invadió, obnubilando mi espíritu.

Los lloros de mi madre me despertaron de esa pesadilla, me habían trasladado a casa e instalado en una capilla ardiente. Alguien abrió la ventanilla del ataúd y pude ver el rostro de mi madre que abrazaba al cajón, lo besaba y lo cubría de tibias lagrimas, que caían sobre el vidrio de la ventanilla. Cada gota era una aguja incandescente que se incrustaba en lo mas profundo de mi ser, un suplicio cruel que no tenia cuando acabar porque ella no podía saciar su dolor. Mi mente hervía de tristeza, quería cerrar los ojos para no verla, obstruir mis oídos para no escucharla; anhelaba fugarme de ese lugar, o por lo menos gritar que estaba vivo. En vano, mas me agitaba mentalmente, mas me petrificaba. Ningún pedazo de mi cuerpo me obedecía. Ni los labios, ni los ojos, ni los músculos zigomáticos se apiadaron de mi madre, la dejaron llorar, gritar, maldecir a todos los vientos, preguntar en voz alta, por que el Todopoderoso se llevaba a su hijo en plena juventud.

Mi parálisis total había agudizado mi olfato y como perro sabueso percibía los mas mínimos olores, aun aquellos que venían de lejos, de la cocina, del jardín y de los dormitorios. Gracias a esa nueva capacidad pude darme cuenta que mi habitación permanecía tal como la deje el día anterior; calcetines, zapatos, camisa y pantalón estaban rejados sobre la alfombra y el libro de Vargas Llosa, "Las aventuras de una niña mala" estaba aun abierto, quizás en la misma pagina de la noche pasada. Creí un momento que mi hipertrofiado olfato podría ser mi salvación, pero no sabiendo como utilizarlo, pensé en perro. Estaba seguro que él se daría cuenta que estaba vivo, que ladraría todo el tiempo y que se las ingeniaría para que lo comprendieran.

- Mi perro puede ser mi única esperanza de salir vivo de esta trampa - me dije a mi mismo.- el se dará cuenta que estoy vivo. ¿Donde esta?, ¿Por que no lo traen? - me pregunte intrigado.

Mi olfato lo busco en todas las habitaciones y en las casas de los vecinos, no estaba. Supuse que lo habían llevado al huerto de mis abuelos, por temor a sus aullidos, pero guarde la esperanza que lo traerían para mi entierro.

Los efluvios provenientes de la cocina distrajeron mi pensamiento y me di cuenta que pronto comerían una rica crema de espárragos, arroz con pato y mazamorra morada. Se me hizo agua la boca, la saliva comenzó a chorrearse a través de la comisura de mis labios. Grité con toda las fuerzas de mi conciencia, sin poder emitir ningún sonido. Llamé a mi madre mentalmente, pensando que la telepatía podría funcionar.

- Mama ven por favor, mírame, no te das cuenta que estoy babeando como un niño - repetí varias veces.

Nadie se acerco, todos estaban en el comedor saboreando mis platos preferidos, seguro que mi madre los había preparado en mi honor.

Aproveche esos momentos para ejercitar mi olfato, lanzarme algunos retos para ver si era capaz de reconocer y describir ciertos olores. No hubo olor que no pude identificar, sabia quienes estaban almorzando en el comedor solo por el olor característico que despedían. Pude repasar en mi mente todos los objetos que se encontraban en mi dormitorio, todo estaba en el mismo orden de siempre. Describir los olores fue mucho mas difícil, porque no encontraba las palabras adecuadas. Que palabra se puede utilizar para definir el olor de los champiñones verdes de la naranja podrida que aun estaba en la cesta de frutas, o el olor de las hojas maceradas del ciprés que adornaba el jardín de mi casa, o el perfume de mi enamorada que sentada en la meza del comedor no había probado una sola cucharada y el olor de la crema de espárrago llegaba a mis narices como queriéndome decir "te das cuenta, sufre tanto que no ha probado un solo bocado de tu plato favorito".

Mi olfato me transportaba a otros lugares y me permitía reconocer objetos y personas que se encontraban lejos de mi vista. Para pasar el tiempo, me deje atrapar por los olores y olvide mi condición de cadáver conciente que pronto iba a ser enterrado vivo y morir asfixiado. Estaba sorprendido de mis hazañas olfativas, porque podía reconocer a aquellos que expresaban una verdadera pena por mi "muerte" y a los que fingían un dolor inexistente. Los falsos amigos tenían su propio olor sazonado de otro acidulado, los verdaderos amigos estaban condimentados con otro azucarado.

Cuando Jorge se acerco y lo olí, me di cuenta que sus sentimientos hacia mi eran negativos, tenia un olor a cebada fermentada. Mi olfato fue certero, porque ni bien puso su tremenda boca en la ventanilla, profirió un rosario de insultos que terminaron con una confesión increíble.

- Amo a Carmen! Tu me la quitaste!, Pero ahora es mi turno! - susurró.

- Mentira, no te la he quitado! Nunca supe que tu también estabas enamorada de ella. Cabronazo! - Le grité.

Éramos vecinos, habíamos crecido juntos, estábamos en el mismo colegio, en la misma aula y nunca me había confesado su secreto. Solo ahora lo hacia, en momentos en que indefenso, no podía defenderme.

- Eres una reverenda basura - le grité, anhelando con todas mis fuerzas de salir vivo de esta mortal prisión para hacerle tragar sus propias confesiones.

Su presencia me hacia sufrir, no podía soportar su mirada sarcástica, su rostro cariacontecido que escondía una leve sonrisa sardónica.

- Fuera de aquí! - repetí varias veces, pensando que esa frase llegaría por telepatía a sus orejas. Así fue, se aparto de mi vista para dejar que mis comparsas de siempre, pudieran acercarse a la ventanilla del ataúd.

Lucho tenia los ojos rojos llenos de lagrimas, lloraba como un niño, Rubén trataba de calmarlo, palmoteándole rítmicamente y ambos me miraban incrédulos de verme frente a ellos inmóvil, muerto. Escuché la voz de Lucho que dirigiéndose a mi hermana le pedía que me observe con atención,

- Da la impresión que esta vivo - dijo dos veces, obteniendo miradas reprobadoras de las personas que estaban en el salón, en especial de mi padre.

- Crees que los médicos del hospital hubieran dado el certificado de defunción sin previamente constatar su deceso - preguntó enfurecido mi padre.

Mi hermana Teresa fijo su mirada en mi rostro, mientras decía en voz alta, para que todos escuchen, que tenia un poco de saliva en la comisura de los labios, pero su afirmación no provoco ninguna reacción y todo volvió a la normalidad.

- Gracias Lucho eres un fenómeno, gracias hermanita querida eres fantástica - Dije mientras escuchaba sus reflexiones. Estaba casi seguro que ellos iban a hacer algo, que no se quedarían con la duda, que saldrían a buscar a un médico. Conocía muy bien a Lucho y a mi hermanan y podía imaginarme cual seria en esas circunstancias sus reacciones. Mi olfato detecto que se marchaban, él los siguió como un espía, habían ido a la casa del médico.

El galeno ordeno que abrieran el ataúd y me pusieran en una cama para poder examinarme con detenimiento. Pensaba que esta seria la oportunidad de mi vida, tenia que hacer algo para enviarle alguna señal. Como hacerlo, si mis músculos no me obedecían, se burlaban de mi sin darse cuenta que ellos también morirían. Se estaban condenando a si mismo, se estaban haciendo el haraquiri.

El doctor me ausculto el corazón y los pulmones, ilumino mis paralizadas pupilas y me pinchó con una aguja los brazos, las piernas y las mejillas, sin obtener de mi cuerpo ningún signo de vida. Mi desesperación fue tal que comencé a tener sudores fríos que ni el médico ni mis familiares percibieron y a pesar de mis gritos invisibles, me volvieron a meter al cajón.

- Nooooooooooo.... me metan en ese cajón de muertos, estoy vivo- Fueron las ultimas frases, que pronuncie en silencio antes de ponerme a llorar sin lagrimas.

El olor que venia del baño distrajo mis sollozos y me hizo pensar en algo que podía ser mi salvación, orinarme los pantalones o tirarme un pedo, pero como hacerlo sin la ayuda de los músculos del vientre y de la pelvis. No sé como, pero el pedo salió en el preciso momento en que me introducían en el ataúd, fue un gas sin ruido, que despedía un olor nauseabundo a huevo podrido. Mi hermana y el médico se miraron queriendo echarse la culpa mutualmente, pero como ninguno vacilo con la mirada, la dirigieron a las otras personas presentes en el dormitorio. Luego, mi hermana me beso y me olió tratando de encontrar al culpable de esos olores putrefactos.

- Hermanito de mi vida, creo que te has cagado- la escuche decir.- Los muertos se tiran pedos?- se pregunto sin responderse.

Las frases de Teresa me hicieron reír a carcajadas y lagrimas, que nadie vio. Y en el mismo instante en que tuve el nefasto presentimiento que éstas serian las ultimas carcajadas de mi vida, sentí la mano de Eduardo en mi mejilla derecha, me estaba dando suaves cachetadas queriéndome despertar de mi sueño eterno. Abrí los ojos y me di cuenta que había dormido en un ataúd la noche anterior en que ebrio pernocte en la tienda funeraria de su padre.

 

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