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Diablo azul Estaba destrozado. Bajé las escaleras del Hormigón buscando un rincón oscuro donde reposar mi mente y antes del último peldaño ya pude distinguir la silueta de Gus que, como siempre, estaba haciendo las funciones de perro guardián. No teníamos claro por qué, lo cierto es que se pasaba horas y horas en la puerta. Servía para evitar que cualquier impresentable entrara en el paraíso terrenal de los olvidados y al mismo tiempo él se sentía importante, ¿por qué quitarle la ilusión? Lo saludé con un movimiento cansino de cabeza y él mostró la alegría nerviosa contenida en un busto de mármol. Pareces cansado, me dijo, ¿estás enfermo? Lo ignoré y seguí avanzando hacia la boca negra dibujada entre el humo. ¿No estarás enamorado?, se le escapó entre los dientes de una sonrisa imperfecta. Realmente era un profesional del dolor, sabía cómo hacer daño. Avancé despacio por el pasillo que había atravesado ya cientos de veces y en cambio, ahora, parecía darme entraba a otro mundo. Quizá era mi estado emocional; rozaba el total desinterés por la vida. No sé, el caso es que ver aquellas paredes forradas me arrastraron lejos, muy lejos. Al apoyar mi mano en el acolchado color vino tinto regado con dibujos dorados, calculé, sin necesidad del carbono catorce, que la tela debía de tener cerca de cuarenta años. Mientras, el suelo enmoquetado de verde y salpicado con algún agujero producto de colillas mal desechadas amortiguó mis pisadas y me dio acceso, al fondo, a una pequeña pista de baile donde una pareja de borrachos se sostenían mutuamente. Sin pretenderlo, aquellos bailarines me reembolsaron las imágenes del salón de la Casa de Guadalajara y de aquel maldito fin de semana en Madrid. Más adentro, en la oscuridad total, los reservados. Pequeñas mesas redondas colocadas en el centro de rincones circulares y sofás bajos, cómodos y retintos por los líquidos derramados. La endeble y fina pared de madera de la izquierda separaba la zona de la barra. Accedí a través de una puerta, tropecé con un taburete y me senté en él. Estaba en casa. Un parpadeo y me encontré con un güisqui delante de la cara. ¿Una mala noche?, me preguntó Fran, el barman. No es nada, contesté. Fran tenía kilómetros de barra sobrados para percatarse de que la conversación había llegado a su fin. Dio la vuelta y se dirigió al otro extremo del bar con el pretexto de girar unas botellas y colocarlas con la etiqueta mirando al cliente. Yo enterré la cara entre las manos y suspiré después de apoderarme del aire acumulado entre mis dedos. En esa postura recordé a Ed. Un día se enamoró, como yo no hace mucho, y como los románticos que intentan cruzar el estrecho de la soledad y su barco se hunde, sin percatarse, en el remolino del olvido. En ese estado Ed se volvió estúpido, tanto que jugando a la ruleta rusa no se dio cuenta de que usaba una automática y se voló los sesos. No fue una gran pérdida, no era de los amigos, amigos, de esos hay pocos, se pueden contar con los dedos de la mano de un manco ambidiestro; aún así no merecía ese final. Tampoco Carlos, otro de los pocos que merecía mi admiración y al que aparté de este mundo de un tiro en el pecho. ¡Maldito demonio!, susurré sin notar que se me había escapado por la boca un pensamiento. ¿El azul?, dijo Fran; o era una pregunta o al igual que yo, sólo había lanzado una consulta a lo largo de la barra. No dije nada, lo miré mientras él seguía con su duro trabajo de girar las botellas y hacía como que estaba solo. Dicen que te entra por los ojos, continuó hablando lentamente, pasa entonces a la sangre y se distribuye por todo el cuerpo, de ahí que notes ese cosquilleo interno, en las manos, en los pies, en el pecho, cuando llega al estómago da la sensación de que tienes un tapón y no puedes comer, es él, ese maldito demonio azul que poco a poco te devora por dentro, termina su labor de esparcirse, de estallar en tu interior y estás condenado, nada te puede salvar, sólo te queda esperar que pase el tiempo y que tú, muy, muy lentamente, te descompongas como la fruta atacada por un insecto; de dentro a fuera. Nadie prestó atención, Fran predicaba en el desierto o en algún lugar más húmedo porque sus ojos mostraban el brillo del demonio azul saliendo de su cuerpo. Los dos aguantamos el silencio con un nudo en la garganta. Ahora sabia, me lo acababan de confirmar, que ese maldito se apodera de todo el mundo en alguna ocasión y que nos condena a vivir añorando tiempos pasados. Apuré el güisqui de un trago y me fui a llorar en mi cama por Carlos y Esmeralda, o, mucho más cierto, por mí mismo. Mejuto, en Sevilla un 14 de marzo de 2006.
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