Débito Conyugal
Débito conyugal: En el matrimonio canónico, obligación que tienen los cónyuges de unirse sexualmente en virtud del amor mutuo, para engendrar los hijos que han de educar.
—Hablamos y hablamos, y no entiendes. Es que… ¡no escuchas! —¡ La que no entiende eres tú! Eso ha sido así desde que el mundo es mundo, Laura. —Desde que está poblado de bestias. —... o de mujeres tercas. —Las cosas que involucran emociones no pueden ser obligadas. —Pues, ¿y que cuesta? Además, si es tu marido, siempre debes tener ganas. —Debes; ahí está el problema. Deber no es placer. Y sí cuesta. Es degradante, Fernando. —Un hombre casado tiene derechos... —A eso, no. Derecho implica deber. ¿Por qué no, para empezar, se gana el derecho? Si la mujer nunca quiere, por algo será —interrumpe Laura. —... sobre todo a eso, al sexo con su mujer. Es la base del matrimonio. —¿Qué te parecería si la mujer exigiera sexo? —Sería absurdo. Un hombre no puede si no lo desea. —¡Anjá! Una mujer tampoco. No es tan simple. O es así de simple. —La verdad, cada vez que miramos el programa ese de los juicios de familia, más me convenzo de que estoy casado con una feminista furibunda. Te estás volviendo fanática y repelente. —Y tú cada vez eres más troglodita: cómo es posible que defiendas a un tipo que obliga a la esposa, a golpes, a tener sexo con él. Eso es una violación. ¡Antes eras un caballero! Correctísimo y educado como un lord inglés. La ropa impecable, el porte marcial, las maneras delicadas, el vocabulario intachable. Ahora, y cada vez más, pareces un camionero. Me di cuenta lo mucho que has cambiado, el día que se te ocurrió comentar en detalle el asunto de tu compañera de trabajo con vocación de nudista, frente a la muy beata y señora Zavarce. ¡Hay que ser bestia! Además, ya no arreglas nada en la casa. Desde que trataste de cambiar la batería del carro y fuiste a parar a la pared de enfrente, con la mano humeando y el pelo tieso como el de una escoba, lo tomaste como una premonición y te rehúsas a hacer nada. Si no andan el televisor o la nevera, me envías a llamar un técnico. ¡Flojo! ¿Sabes?, ¡da pena salir contigo!: no más nos detenemos a saludar a alguien, parece que te aburres de los amigos: ¡y te quedas con cara de bolsa mirando los culos que pasan!—Laura: estoy más que harto de tus monsergas. Me voy a la calle. —Claro, ahora te largas a gastarte la quincena, a saber dónde, y con quién. Fernando se va pateando la acera, furioso con su mujer. Mucho más tarde, ya calmado pero sin ganas de regresar, llega hasta una cervecería y pasa al interior, oscuro y tibio. Se sacude el frío de enero y se sienta, agradeciendo el descanso. Pide vodka. Piensa con rabia en varias cosas. Vender el televisor es una de ellas. Al segundo trago su hostilidad se funde en una onda tibia y empieza a hablar banalidades con el más inmediato de sus compañeros de barra. Cualquier cosa es buena para quitarse a Laura de la cabeza, hasta la posibilidad de un borracho fastidioso. Sin embargo, resultó un hombre de conversación seductora y buen oyente. Al rato, después de varios tragos más, Fernando cancela su cuenta y se dirige a la salida con un imperceptible tambaleo. Ya en la calle, no sabe dónde está. Es noche entrada y las cosas se ven diferentes que horas antes. Además, había caminado sin fijarse, mirando al suelo y azotándolo con fuerza. El alcohol tampoco le ayuda a ubicarse. Se acerca con incertidumbre a la esquina. Mira, regresa, y al pasar junto a un callejón, un hombre lo toma del cuello de la chaqueta y lo arrastra. Allí hay dos más. Lo golpean, en la cara, en la cabeza. En el estómago. Una vez sometido, lo despojan hasta de los zapatos. Fernando se queda en el suelo. Su cabeza se siente enorme y pesada. Aturdido, recuerda, nebulosas, sus únicas disputas: un par o tres cuando estudiaba bachillerato, que se resumieron en empujones y golpes en el pecho. Nunca había recibido un vapuleo. Menos aún una golpiza seria. Comprende lo endeble que es la cara ante un puño, lo blando del abdomen frente una patada. Su dignidad, tan deleznable en la agresión. Lucha por ponerse en pie. —Laura, Laura. Pilar Dublé Caracas, diciembre 2003
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