Lo encontré sentado en un café. Jamás lo había visto, pero enseguida supe que era él. Sus dedos de pianista movían lentamente una cucharilla de plástico, removiendo la bebida en un gesto casi automático. Miraba absorto el infinito, con sus ojos aguamarina clavados en algún punto vedado al resto de los mortales. Se le notaba relajado y tenía las piernas cruzadas sobre una silla. Estaba solo. No creo que esperara a nadie.

Sabía que éste no era el momento ni el lugar y que debía ser paciente y seguir aguardando. Pero la verdad es que la paciencia nunca fue uno de mis puntos fuertes.

Recorrí el poco espacio que me separaba de él y me senté sobre sus rodillas. Me quedé unos segundos contemplándole. Sí, sin duda era él. Sonreí levemente, alargué el brazo y acaricié con suavidad su tersa mejilla. Todo era justo como siempre había imaginado. Al instante, noté cómo un escalofrío recorría su cuerpo, haciéndole temblar. Volví a sonreír al ver su cara de desconcierto. Pronto se acostumbraría. Pasé mi mano alrededor de su cuello y le desabroché con cuidado la cadena de oro que llevaba. Dentro de poco, también su corazón sería mío. Guardé la joya en el bolsillo de mi abrigo y me fui.

Minutos después, Jawl entró en su destartalado piso. El corazón le latía con fuerza y no podía dejar de temblar. Era imposible que todo fuera imaginación suya. Había notado un ligero peso sobre sus rodillas, caricias frías por su cara y cuello. Sabía que parecía absurdo, que si hubiera habido alguien ahí lo habría visto, pero se negaba a pensar que estaba loco. El colgante había desaparecido después de que aquello se le hubiera puesto encima, estaba casi seguro.

Fue a la cocina y bebió al menos cinco vasos de agua helada. Sus neuronas no dejaban de trabajar. Debía tranquilizarse. Puede que, al fin y al cabo, esa anciana con la que había hablado tuviera razón y que aquella mañana se le hubiera olvidado ponerse el maldito collar. Recorrió toda la casa en busca de la cadena, poniéndolo todo patas arriba y desordenando aún más lo ya desordenado. Pero según fueron pasando las horas, la única posibilidad lógica de la desaparición se fue evaporando. Había que aceptar la realidad. Nunca se había quitado ese colgante desde el día en que su madre se lo regaló.

La cabeza le daba cada vez más y más vueltas. Se arrastró hasta su cama y se acostó, sin molestarse siquiera en quitarse la ropa. Necesitaba descansar. Seguro que mañana lo vería todo mucho más claro. Estaba seguro de ello.

Le vi removerse dentro de su cama, presa de alguna pesadilla. Las ropas se le pegaban al cuerpo debido al sudor, a pesar de ser una fría noche de enero. Dejé mi abrigo sobre una mesa y saqué la cadena del bolsillo. Era bastante sencilla, dorada y fina, con una pequeña J colgando de ella. La enganché alrededor de mi cuello. Ahora el chico parecía llamar a alguien. No pude evitar sonreír…estaba más afectado de lo que imaginaba. Me senté en el borde de la cama, le desabroché la camisa y después me acosté a su lado. Mis dedos, sin poder evitarlo, comenzaron a recorrer lentamente su torso. Volvía a sentir frío, a estremecerse. Dejó de moverse y de hablar. Parecía querer despertarse, pero yo no le iba a dejar salir. Cerré los ojos y entré sigilosa en el mundo de sus sueños.

Lo volví a encontrar sentado al fondo de un pasillo oscuro, esta vez con los brazos y las piernas bien atados y forcejeando en vano. Sus ojos no tardaron en hallarme. Paró de moverse y contempló con admiración todo mi cuerpo. Como si viera un ángel, parecía hechizado por mi presencia. Hasta que reparó en el colgante. Fue entonces cuando su expresión se endureció y toda la magia desapareció. Solté una carcajada mientras me acercaba a él. Me senté otra vez sobre sus rodillas y tocando mi nueva joya, le susurré:

Pareces un niño al que acaban de quitarle su juguete preferido…¿de verdad te importa tanto?

El color de sus ojos se fue tornando azul oscuro y su mirada, amenazante.

Si supieras qué es lo que realmente deseo…

Acaricié una vez más su rostro, mis dedos se enredaron en su sedoso cabello. Me divertía ver su enfado mezclado con su impotencia y su mal disimulado pánico. Respiraba con dificultad.

Tranquilo…

Le besé en la mejilla. A continuación, mientras mis labios rozaban su cuello, clavé mis largas uñas en su pecho desnudo y saqué con cuidado su pequeño corazón. La sangre chorreaba entre mis dedos. Noté cómo aún seguía bombeando.

Le miré de nuevo. Su mirada se había vuelto de repente serena y tenía otra vez en su cara esa expresión de fascinación hacia mí. Sonreía. Ahora era mío.

Lo cuidaré bien, te lo prometo.

Me incorporé, besé su frente, di media vuelta y me marché, dejando tras de mí una hilera de sangre oscura y a mi joven marioneta enamorada.

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