Cuestión de tiempo

Laura no miró hacia la puerta cuando él se fue (pasos rápidos, campera en mano), después de arrojar sus palabras ahí, sobre la mesa:

-Si esto es todo, llegamos al final. Pero conste que fue tu decisión, no la mía -había dicho él, subrayando la sentencia con gesto acusador.

Ella no quiso verlo alejándose de ese bar que de pronto se le antojó como el punto de origen de dos semirrectas opuestas, pero no pudo evitar que la frase íntegra se enredara en la cucharita que giraba en su café, amargándolo. Agregó más azúcar sin dejar de revolver, mientras pensaba que no valía la pena darle más vueltas al asunto. Al fin y al cabo esa historia, como todas las historias, tenía asegurada una última página desde su inicio. Tragó el café con avidez innecesaria y después de confirmar que el dinero que dejaba junto al ticket era suficiente, se marchó, decidida a vivir su vida sin desperdiciar minutos en penas inútiles.

El aire fresco del otoño despejó su cansancio repentino. Laura se dedicó a observar la tarde con atención exagerada, quizá convencida de que el mejor método para ahuyentar ausencias y recuerdos tristes, era concentrarse en cualquier otra cosa.

Una vidriera la desvió hacia el título de algunos libros: admiró dos o tres, otros le parecieron repetidos, cursis, gastados: entonces buscaba dentro suyo el lugar exacto donde los había visto u oído. Se distrajo. Funcionaba. Uno de poemas, chiquito, le llamó la atención: "Con la arena en el alma". Pero no el título, sino una palabra. Un artículo, precisamente. ¿Cómo "la" arena? ¿No era que todos los sustantivos femeninos que comienzan con a, llevan "el" cuando están en singular y "las" cuando pasan al plural? ¿No era eso lo que decían los manuales que se tragó en la secundaria? Durante el trayecto hacia su casa (optó por caminar) su mente recorrió una lista de sustantivos con esa condición: el alma, las almas; el águila, las águilas; el agua, las aguas; el arena... no. No puede ser, es "la" arena. ¿Por qué? ¿Por qué no "el" arena?

Al llegar, Laura vio a su marido sentado frente al televisor, absorto en un partido de fútbol. Lo saludó con entusiasmo y de inmediato le pidió palabras, sustantivos concretos, que comenzaran con a. Él le preguntó si no tenía otras preocupaciones más importantes. Ella sospechó que no era el momento oportuno para conversar acerca de sus preocupaciones más importantes y en silencio, se dirigió hacia la cocina. Allí encendió la radio: por suerte encontró una emisora feliz y logró preparar la cena al compás de un ritmo contagioso que canturreó. Cuando llegaron los chicos, el ambiente estaba dispuesto para una cena familiar y perfecta. "Lo que sea, antes que arriesgar el equilibrio emocional de mis hijos", pensó Laura; y enseguida desparramó sobre esta idea, un puñado de sustantivos aislados. Los dijo en voz alta: arpa, arma, azúcar, hacha, hambre, aleluya; luego los anotó en una hoja, para evitar que se escaparan de su memoria.

Esa noche apenas pudo dormir. Pensaba en la arena. Todo el tiempo, pensaba en la arena y en esa anomalía insoportable. Se levantó en la madrugada para recorrer la A del diccionario y amontonar palabras en un cuaderno usado, hasta que las primeras luces de la mañana le exigieron organizar las corridas del día. Le extrañó sentirse bien; descansada a pesar del insomnio.

En su lugar de trabajo (una repartición contable estatal) indagó entre sus compañeros acerca de palabras rebeldes a las normas gramaticales. La miraron con cierto desconcierto, aunque solían enhebrarse conversaciones extrañas en el saludo matinal. Alguien sugirió preguntarle a Internet, cosa que Laura hizo no bien se sentó frente a la computadora de su oficina, a pesar de las planillas acumuladas y de algunas personas que aguardaban detrás de la puerta vidriada que daba al pasillo. Un superior se le acercó, le preguntó si necesitaba algo, pero una llamada telefónica lo obligó a retirarse antes de oír la respuesta.

La posibilidad de recibir ayuda hizo que Laura recordara a José Javier, un amigo de España que siempre supo muchísimo acerca de normas gramaticales; no como ella, que nunca terminó de comprender la diferencia entre helado y elado; y celebraba haber elegido una profesión donde "los números son los que mandan; y jamás te sorprenden con excepciones". La magia del ciberespacio le permitía exigir inmediatez en la respuesta, así es que redactó un breve mensaje, que tituló "urgente", advirtiendo que se volvería loca si alguien no le explicaba cuanto antes porqué arena lleva el artículo "la". Porqué no "el", como águila o azúcar; y que esperaría la explicación por mail o fax o lo que fuera, pero "lo antes posible, por favor".

Para entonces, la inquietud de Laura se había convertido en una obsesión tal que ni se percató de que ya era hora de atender a esas personas que miraban con fastidio a través del vidrio; al tiempo que ella parecía comerse la pantalla, o viceversa. Tecleaba "el arena" y la máquina automáticamente corregía el error. Una y otra vez, la máquina persistía en que apareciera el artículo "la" delante de arena.

Una señora, la que iniciaba la fila de la espera, decidida a perder su paciencia pero no más el tiempo, golpeó en la puerta. Primero con cierta timidez, luego sin delicadezas. Laura ni siquiera oyó: escribió "el arena" una vez más y ya no pudo evitar la fuerza de sus dedos, que comenzaron a martillar sobre la máquina, ni de su voz, que se extendió a gritos por pasillos y oficinas:

-¡¿Por qué esta máquina de mierda me quiere obligar a hacer lo que no quiero hacer?!

Curiosos desesperados, risitas disimuladas, personal de seguridad, corridas, todo simultáneo y múltiple.

Un rato más tarde, los empleados de la repartición donde trabajaba Laura se disponían al refrigerio del mediodía al mismo tiempo en que ella caminaba rumbo a su casa. Tan sosegada que hasta parecía feliz. Había guardado en su cartera la notificación de despido, que incluía un mes de licencia forzosa; en la mano derecha llevaba impreso el e-mail de José Javier.

Esperó hasta llegar a la plaza para sentarse a leer con comodidad. Debajo del banco que eligió, había arena. Sentía la arena en los pies, en los ojos, en los labios... Recordó el título del libro y abrazó la sensación de que el día de ayer quedaba lejos, muy lejos. Pesó con la mirada la extensa explicación de su amigo, y sin leer una sola línea, con parsimonia de cámara lenta, rompió el papel en tiritas, que luego entrecruzó en una especie de trenza muy prolija. La admiró un poco, antes de arrojarla al cesto de basura más cercano.

Tere, febrero de 2006

 

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