Cita con bocadillo

Estaba aburrido y con pocas ganas de luchar por vivir. Así que salí del trabajo a las dos y en vez de dirigirme al local de comida basura donde me maltrato el estómago me puse a dar vueltas por las calles colindantes. Caminé sin rumbo fijo intentado perderme en el laberinto de edificios. Muchos minutos más tarde, cuando ya rozaba el desconcierto y buscaba alguna referencia para ubicarme, oí una sirena. Me dirigí hacia el sonido no sin dificultad, girando ahora en una esquina, parándome en seco para lanzar el oído al aire, cruzando luego una calle, esquivando a lentos peatones. A medida que la potencia del zumbido me indicaba que la proximidad era menor sentía con más fuerza los golpes sanguíneos. Por fin, algo que me animara el día, estaba excitado. Un pequeño grupo de personas me señalaba el lugar exacto a donde dirigirme. Llegué resoplando y me hice sitio utilizando los codos. No pasar, rezaba la cinta plástica de la policía. Desde ese sitio privilegiado pude observar un cadáver envuelto en un plástico color aluminio. Cómo han cambiado los tiempos, cómo se ha evolucionado, antes a los muertos los tapaban con una manta de las que daban en el servicio militar. A mí siempre me ha parecido una falta de respeto, cubrirlo con algo que produce un picor insoportable es como decir que de muerto ya no nos importas. Ahora te empaquetan que pareces un bocadillo de jamón, quizá la desconsideración sea mayor pero, tengas o no vida en tu cuerpo, por lo menos te ahorras los picores. Cerca del bocadillo se arremolinaban varias personas, unos con uniforme policial, otros de paisano y algún enfermero de la innecesaria ambulancia. Todos charlaban, miraban al suelo, esperaban, se suponía que al juez que levantara acta. Nosotros, me refiero a los espectadores, especulábamos acerca del incidente. Se comentaba que había sido un ajuste de cuentas, también que podía haber sido un robo, otros aseguraban que era un adúltero después de recibir su castigo, algunos que sufrió un infarto por llevar una vida disoluta peor que la del tipo anterior, un cenizo dijo que había resbalado, golpeado la cabeza con una papelera colocada en un sitio estratégico y ¡zas! ¡Maldito ayuntamiento!, gritó alguien. La sorpresa vino cuando una ráfaga de viento levantó el plástico que cubría el bocata y se pudo ver una capa roja y un casco militar antiguo, el cadáver estaba disfrazado de soldado romano. Un ¡oh! se apoderó de la calle. El gentío se animaba y con él mi vida, y mi felicidad, la misma que hace tiempo intentaba guardar en un colador, aunque he de confesar que sólo fue completa cuando la vi acercarse. Vestía un pantalón vaquero que de tan ajustado podía hacer las funciones de segunda piel, una camisa azul con finas líneas verticales negras, tenía el pelo rubio recogido como una gavilla de trigo en el verano, los ojos más grises que el cielo de otoño y la piel del color del oscuro azúcar, era increíble. Estaba charlando con algunos policías de uniforme por lo que supuse que era inspectora. ¡Qué perfección de mujer! Me mantuve en primera línea hasta que ella se fue con sus notas y un compañero. Allí quedamos: El bocadillo de romano, el gentío, unos pocos policías y mis ganas de volver a verla.

Pasaron varias semanas y aunque la busqué por las comisarías que yo conocía, nada, ni rastro. No me hacía a la idea de perderla para siempre. No sabía qué hacer, cómo localizarla, me estaba desesperando. Todo en mi vida era más oscuro y triste de lo normal, hasta el día que escuché la sirena de la policía. Estaba tomando una cerveza y eché a correr sin pagar la consumición. Perseguí el sonido que pululaba por todas las calles, rebotando en los coches, árboles y paredes. Al fin se detuvo. Llegué sin aire, excitado por la carrera y por la posibilidad de verla de nuevo. Otra cinta policial delimitaba la zona del crimen. Hoy era mi día, había un bocadillo, no era un accidente de tráfico ni una menudencia de robo, de esta forma ella aparecería de nuevo. La esperé. Por suerte no se hizo de rogar, era una profesional. Estaba preciosa con el pelo suelto. Cambió de peinado por mí, seguro, quería impresionarme. Se acercó al bulto que estaba en el suelo y al retirar un poco el envoltorio se pudo ver, todos pudimos verlo, a un hombre vestido de soldado romano. Fue una sorpresa para los que se agolpaba en primera fila pero no para mí. Era el segundo militar de la época de Cristo que miraba en un mes.

Pasó el tiempo y el recuerdo del último encuentro no se borraba. Nunca pensé que podría enamorarme de una agente del orden, lo raro que es el amor. Deseaba que hubiera un asesinato, necesitaba que alguien dejara este mundo de forma violenta para que ella viniera a mi encuentro, para verla y disfrutar de su estampa, con eso me bastaba. La suerte estuvo de mi parte y encontré otro tumulto, esta vez llegué yo sin necesidad de la sirena, pronto llegaría mi amada. Otro bocadillo relleno de hombre con capa, pecho metálico, espada y casco, qué ilusión. Esto era un caso para la policía más guapa de la ciudad.

En seis meses tuvimos trece citas más, todas acompañadas de bocadillo y de un grupo de gente que cada vez se sorprendía menos al ver a los soldados romanos. Y ella seguía sin prestarme atención, sólo una vez, en la sexta cita creo recordar, levantó la cabeza para verme, bueno, en realidad no era a mí. Buscaba a un compañero que estaba preguntando al populacho si habían visto algo. En ese instante se cruzaron nuestras miradas y fue ahí cuando sentí un escalofrío en el cuerpo. Pero como el tiempo todo lo cura comencé a notar su desinterés por nuestra relación al octavo bocadillo y yo lo perdí por ella al onceavo. Lentamente regresé a mi vida anterior. Ya no tengo ganas de nada pero creo que es mejor eso que lo que estaba haciendo. No lo digo por los fallecidos, matar no me cuesta, ni por la pasta que me estaba gastando en ropa, lo que me molestaba, porque me cansaba un montón, era disfrazar al muerto.

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