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Chamos (2) El timbre sonó. Rodolfo se dio media vuelta entre el sudor y las dos almohadas. Otro zumbido. Otra vuelta. “Ya abrirán los chamos.” Tercer zumbido. —Coño. Pero, ¡qué fastidio! Mareado por el sopor camina hacia la entrada, sin ponerse las pantuflas. —¿… Síí? Un empleado del aseo municipal, en pose, sostiene la tarjetita con el porqué de la colaboración solicitada. Se queda con la sonrisa tiesa. —Mejor regreso mañana. Rodolfo cierra la puerta, “¿… a este qué le pasó?” Se va al baño a lavarse la cara, “Total, ya me jodieron la siesta”, y mira el espejo. Ahora entiende. Su nariz está pintada de rojo y en el cabello lleva tres ganchos, mal puestos y torcidos, de su hija. Uno tiene maripositas, otro un coquito y el tercero un honguito rojo con punticos blancos. Rodolfo contempla su disfraz de marico triste. “Malditos renacuajos.” Un calor, pero interno, le pone toda la cara roja. Se la friega salpicando mucho y con grandes palmadas. Arranca los adornitos del cabello y los lanza dentro del lavamanos. “Ya veo porqué no abrieron, los condenados esos.” Se lava varias veces más, toda la cabeza, hasta que desaparece el humor violento y los colores, y se marcha a tomar un jugo. Al pasar por la sala aún bebe desesperado. Escucha bisbiseos, “Rodolfo, el reno de la nariz roja.” “Sshhhjijjjjijiggh.”, risitas sofocadas. Los pies de los tres niños asoman bajo las cortinas, torcidos y con las medias comidas por el zapato. La colgadura toda oscila aún, delatando que lo siguieron hasta la puerta y hasta la cocina, y que acaban de esconderse. —Anjá, ¡los agarré! —Le hace cosquillas al contenido. Risas que se desbandan. Dos huyen, pero captura a Mari Alex y la abraza fuerte. —Vamos a tomar helado, sinvergüenzas. ¡A vestirse! Termina por reír cuando recuerda la cara del hombre del aseo, mientras se arranca las ropas abolsadas y viejas para ponerse algo más derecho y recién lavado. —¡Sinvergüenzas!, les dice de nuevo en el ascensor, causando más risitas. Arturito parece medio ahogado. ¡Qué manera de reírse de su padre, tiene! El calor crece y los fuerza a lamer más rápido sus helados chorreantes ; revienta la lluvia. El toldo de lata del establecimiento suena como si el agua fuera de vidrio. Rodolfo deja a los niños en la mesa para salir a mirar el chaparrón. Los ocupantes de los carros se encierran, moluscos en sus valvas. Entonces, pasando por entre los chorros que caen del toldo, llega Silvia. Silvia, la que se había ido, lo mira y sonríe y despliega aún ese brillo que lo volvía loco cuando ella dejó la ciudad. Silvia, la que se refugia en la complicidad del mismo techo; como antes, Silvia. Silvia con zapatos de raso náufrago y cabello que le cae lacio de lluvia. El agua hace translúcida su blusa. Se miran con los mismos ojos de doce años atrás. Él se le acerca mientras se aleja más de los niños, y saluda. Piensa rabiosamente, “… le pido el teléfono, la acompaño hasta la línea de taxis ahí enfrente, la embarco en uno, le pago al taxista, todo rapidito, y mañana, como aún no regresa Alexandra, puedo llevar a los chamos a donde la abuela. Entonces la llamo y… En eso, algo oliendo a pistacho, pringoso de chocolate chips y con nombre de persona, se cuelga en su pantalón limpio. Es Raulito. —¡Papi! Jardinzen Caracas, Marzo del 2006 |
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