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La cárcel de allá afuera
Huele a cebolla de perrocaliente. Y a cárcel. Una cárcel huele a todo, dijo una muchacha hace un año, en el foro sobre prisiones. El solazo sesgado se rompe y caen sus piezas brillantes en la plaza. Se llama Venezuela y huele a todo. Hacía tanto tiempo que no pasaba por aquí… La cafetería que buscamos ya no está. Hay un ciber ahora. Caminamos más hasta una panadería. Servicio en la mesa. Los dulces son descomunales. Mi deseo escaso se repliega ante la grima. Nos sentamos debajo del televisor, observado por un grupo al que se añaden lentamente otros, hasta bloquear el paso junto a la barra. Esto no es una panadería nada más. No: es heladería, arepera, pizzería, fuente de soda, frutería, venta de lotería. Qué ágil, el negocio. Un café. Carla me lo brinda. Me quiere mucho. Me quiere dentro. Dentro del partido. ¿Vas al politburó hoy?, dijo el bobo de Anselmo. Por un milagro, el café salió como lo pedí. De cada diez cafés que pido, apenas dos o tres me los dan a mi gusto. Los despachan en forma mecánica, en serie. Como a la mayoría le gusta el café con espuma, los demás a joderse. Antes peleaba. Ahora cumplo con lo que me toca, pronunciar con voz clara el sonsonete de siempre: “marrón claro, bien caliente, sin-es-pu-ma”. Si me dan otra versión, lo dejo ahí. Ni lo tomo, ni lo pago. Me voy, y ya.
Los tufos orgánicos, la mugre, la viveza de los taxistas. Más de media hora llevamos ya para conseguir un taxi. Carla me acompaña todo el rato. Me niego a subirme en una cacharra. Son clones, todos con tapicería insufrible, o nueva pero decadente. Los vidrios de atrás no abren y los gases del escape se meten dentro. Fieles a la tradición de carro grande-chofer abusador, se alternan veloces con los patas blancas precavidos. Estos se detienen, uno de cada cinco, ante el brazo alzado de Carla y se intenta repetidamente un arreglo. —No, para allá hay mucho tráfico ahora. —Nooo, ¡qué va! Yo vengo escuchando la radio: mucha tranca por ahí. —Veinte mil. —No. Me trajeron por diez. —Bueno, quince entonces, por la hora. —No. Una espectacular muchacha, muy alta, cruza unos metros más allá y detiene los vehículos. Lleva sandalias de lentejuelas y un precioso pantalón fruncido, lleno de bordados. Parece un hada con su cabello largo que pendulea tras ella, rápido, al mismo ritmo de los pasos que propina al suelo con los pies. Pies sucios. Atrapados en las tiras rosa de las sandalias. Un hada curtida, de calle. Seguro que escucha atrocidades irrepetibles en cada esquina, en cada paso. ¿Se manchará con eso, como sus pies delicados con el unto de las aceras? Varios taxistas más, que se niegan a llevarme fuera de la cárcel por un precio parecido al del ingreso. “No, hay mucho tráfico”.Y entonces, ¿para qué salen a las seis de la tarde? Al fin, caigo en un regateo: —Si hay tráfico, quince, si no, doce. —Trece. Capitulo. Me callo, me subo y rezo, no tanto por los dos mil bolos como por ganar el pleito. Y gané. La Cota Mil está limpia, y las avenidas, más abajo, también. —Tenga, señor. Trece.
Caracas, Febrero 2006
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