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DE CARA AL CIELO El día en que sacaron a Tito de la maternidad, de los pies a la cabeza lo vistieron de rojo. Rojo para que se enfrentara a la vida con suerte y rojo contra el mal de ojo En aquella época Papín su padre apenas si cargaba sobre los hombros, el peso de unos 23 años y pese a la influencia del entorno familiar, no tomaba ron ni fumaba marihuana. Papín era un negrito de cremas alisadoras que por más que trataba de disimularlo tenía el cabello "Cuscú". Pelos de sambo de esos que le llaman "túmbame la puerta"; Duro como un alambre y más apretado que el de su mujer. A ese negro de flaca pero sólida musculatura, poco le importaba que la cabeza de Nidia su consorte, pareciera un nido de pájaros cuando no la peinaba. Cualquier imperfección de la morena que apenas llegaba a los dieciséis, se le perdonaba gracias a su linda cara, piel ardiente y hermoso cuerpo. Cuando Papín y Nidia iniciaron la relación como marido y mujer, él era conductor de un autobús de ruta. Como joven orgulloso le puso un cuarto a su compañera, en un vetusto caserón de madera. Unos de esos cucaracheros de tres por seis, que eran alquilados por veintenas de familias pobres. Allí le había instalado una cómoda de caoba con espejo grande, un televisor a colores con pantalla de 13 pulgadas, un reproductor de compactos, una estufa a gas de dos fogones, un juego de comedor, una cama con cajones en el tablero, un pequeño refrigerador y una cunita con gavetas para guardar la ropa de bebé. Luego del parto de Tito y a pesar de que las viejas del barrio le advirtieran a Nidia que no tuviera relaciones hasta después de tres meses de parida, a los pocos días quedó esperando otro hijo. Con los colmados platos que engullía y la consorte como postre, Papín pasó de ser costillas y pellejo a un negro que sin esfuerzo ni oratoria, alborotaba a cualquier chiquilla o vejestorio de mujer. Al mismo tiempo y a la velocidad con que Nidia se preñaba una y otra vez, Papín se erigía como el más conquistador del barrio. Tal era su condición de mulato bien plantado que llegó el instante en que no sólo embarazaba a Nidia, sino a cuanta lagartija se le ponía por delante. No contento con llenarse de hijos y de ser cada día más irresponsable como padre, le dio por entretenerse de manera cotidiana con el sabor del ron con leche. Además ponerse eufórico con cualquier prieta de buena o mala reputación, comenzó a fumar con todas sus ganas la marihuana. Volarse se constituyó en un hábito rutinario para él y un motivo para ultrajes a diestra y siniestra. Bajo una ilusa concepción de poder decidió por ejemplo, practicar boxeo con cada una de sus mujeres. Actuar como un salvaje, especialmente con Nidia que era la que más le reclamaba por todo y por nada. Transformarse en parroquiano de las delegaciones policiales y esclavo de las pensiones alimenticias le llevó a dejar su profesión de conductor, para entregarse a la vida de holgazán y mantenido. A pesar de que la madre de Papín juraba por todas las vírgenes que a su hijo lo tenían dañado con brujería por envidia, Nidia terminó por aburrirse de la vida de perro que con él llevaba y lo tiró a la calle. Como la situación no estaba ni para rezos ni para "perdona nuestros pecados como nosotros perdonamos a los que nos ofenden", ella a su vez se precipitó a las calles. Se lanzó hacia aquellas en donde proliferaban las amantes baratas de ocasión. Calles de opacos ladrillos en donde la lujuria le facilitaba pescar la comida con la cual alimentar a sus cinco pequeños. Nidia con un costal de problemas a cuestas, se fue marchitando en un abrir y cerrar de ojos. Y las cosas dejaron de ser alegres para aquel cuarto en donde cuando no se imponía el orden a punta de correa y de arañazos, se hacía a gritos y pescozones. Así fue como Tito aprendió a masticar la resinosa brea de la inconformidad y de la incomprensión. De esa manera se embebió admirando a "Piyuyo" y a "Robertito", dos holgazanes del vecindario que andaban siempre con dinero sin que se les conociera trabajo alguno. Las horas que Tito debía dedicarle al estudio, las ofrendaba a la veneración de esos buenos para nada y a la facilidad con que llegaban vendiendo una cadena de oro, un reproductor para compactos o cualquier venta a la que se le pudiera llamar "Venado". "Venao"..."Venao" gritaban, como todos los de su calaña al momento de ofrecer por pocos reales, una costosa mercancía adquirida de manera ilegal y en ocasiones hasta violenta. Tan grande era el desasosiego de Tito por hacer fortuna, que ya poco le importaba ver a su padre tirado en los zaguanes mientras el alcohol y la hierba lo consumían. Tampoco le prestó mucha importancia al hecho de que a su hermana le cuartearan el vientre de preñez y que la dejaran con un hijo sin padre. Con todo un velado panorama por delante llegó a la conclusión que si su padre era un muerto en vida y a su hermana Dios se la había dado en el medio para su remedio, que más daba. El alcoholito de Papín podía irse al infierno y su hermana al igual que lo hizo la madre, aprendería a buscar conque comer. A muchos viejos les gustaba la carne tierna y de seguro que se les aguarían las alas cuando la chiquilla, comenzara de lleno a poner sus bondades en alquiler. Tito sin prestarle atención a la desnutrición de su sobrino, se abstraía admirando a cuanto malandrín llegara derramando vanidad. Se embriagaba con la ostentación de estrafalario machismo y poder de bribones, cuyas estructuras morales dormitaban plácidamente sobre las lágrimas y el sudor ajeno. Ni en lo más remoto se imaginaba la cara de baboso que ponía cuando le relataban la forma en que le aplicaban una llave de estrangulamiento a algún cristiano para desplumarlo. Más cuando la canallada generaba un jugoso dividendo. Tito se extasiaba con cada descripción de robo, sin atreverse a cruzar el puente que separaba la admiración de la acción. aba y codiciaba, pero hasta ahí. Así fue como se aficionó a permanecer por horas en la barbería del flaco Anday. La barbería era otro mundo dentro del universo de quimeras y frustraciones en que Tito masticaba su existencia. Convivir nocturnales reuniones en el sitio era como transportarse a otro firmamento. A una celeste galaxia en donde se mezclaba lo vulgar con lo sublime. Era cuestión de esperar a que Geny Brown (un ingenioso que poseyendo el talento para consagrarse como pintor, se conformaba con ser rotulista de almacenes y carteles baratos), iniciara el cautivador embrujo de deslizar sus mágicos dedos sobre las cuerdas de su guitarra, para borrar las penurias de muchos de los que allí se reunían. Geny arrancaba encantados blues o acompasados jasses que iban introduciendo en cada uno, una rara sensación de desahogo y de lasitud en el alma. Un abstracto encantamiento que los alejaba aunque fuera de manera temporal, de la condición de asalariados o de enfermizos miembros de una sociedad estancada. La fantasía aumentaba su esotérica belleza, cuando al grupo se sumaba Mario. Apenas él aparecía, todos demandaban que cantara "Blue Moon". ¿De dónde aquel muchacho de apenas diecisiete años, sacaba un excelso sentimiento para que la canción arrobara al grupo de hombres y adolescentes acostumbrados regularmente a la altisonancia, a las frases soeces o a los chistes en donde se encumbraba la masculinidad?. Lo cierto es que nadie se ocupaba en descifrar ese enigma. Lo importante era que el joven trovador tenía la magia de embelesar con su canto. Daba la impresión de que Mario volcaba en cada canción un idílico efluvio. Y Geny Brown cerraba los ojos al pisar cada cuerda. Arrobado, los entreabría de cuando en cuando para inyectar con su mirada, nuevo vigor a las notas que buscaban liberarse en la garganta del muchacho. Fue en la barbería del flaco Anday en que Tito conoció al "Baby", un hombre de aspecto tranquilo y sin visos de mantener como tarjeta de presentación, un largo prontuario delictivo. A pesar de la diferencia de edades, Tito y "El Baby" iniciaron espontáneamente una cálida interrelación. Un nexo en donde no surgía diálogo de mayor relevancia que la descripción de las normas ideales para asaltar una residencia de gente de plata. "El Baby" con su sapiencia y pasiva voz, se situaba por encima de cualquier otro enfoque de importancia para Tito. "Me acuerdo de aquella vez. Me vestí así de sencillo. Igual que cuando los campesinos se vienen para la capital. Cualquiera que me veía con mi sombrerito de paja, pensaba que yo era un ignorante interiorano. Nunca me olvido que me fui a una casa de gente podrida en plata. Allí me metí a eso de las nueve de la noche y cuando eran más o menos las diez, ya la tenía como si hubiera pasado una aspiradora. Esa era una mansión en donde no se veía más resguardo que una cruz de palo detrás de la puerta. Ahora me preparo para otra a la que le tengo la vista puesta". De improviso y deslumbrado con las palabras de "El Baby", Tito dio un enorme brinco. Saltando sin ningún titubeo sobre el abismo que separa la niñez de la hombría, se atrevió a preguntarle al ufanado hampón: -¿Usted... me dejaría acompañarle? "El Baby", no balbuceó para contestar -Si te atreves y no te aflojas, no creo que haya problema. Lo que sí te advierto es que yo no trabajo con miedosos. Si tienes ganas pero crees que a la hora de la verdad te puede entrar la cagadera, es mejor que ni lo intentes. -Yo quiero algo pero que sea en grande -contestó Tito con la meta de imprimir a sus palabras la credibilidad con que avalarse. -Bien -dijo "El Baby" -si tú te la rifas yo me la juego contigo. Así, sin diplomacia ni pomposo protocolo quedó sellado entre ambos, el pacto conque darle su bautizo de fuego a Tito. II "Ligia Elena la cándida niña de la capital..." canta Rubén Blades, desde la rockola de la cantina Ambos Mundos. Las manos de Tito sudan. "El Baby", él y un nuevo compañero apodado "El Burro", velan en la oscuridad sin mediar conversación. En el Barrio, Nidia inicia su acostumbrado itinerario en cuanto a abrir las puertas de las cantinas "El Trocadero", "La Verona", "El Recreo", "El Refugio", "Brisas de Ancón", "La Concha" y tantas otras, a ver qué se le pega. Medita que a lo mejor termina en "La Esmeralda" con algún sepulturero. Allí en la cantina del italiano Vicente, se reúne la crema innata de los jornaleros del cementerio Amador. Esa es la muerte cotidiana de casi todos ellos. Estacionarse cada tarde en el lugar para matar las penas y enterrarlas en cerveza y ron. Para Nidia y remota en la ilusión de los años dormidos, está la sombra de Papín. En el presente, una carterita de mano en donde meter cualquier moneda o una bolsa de cosméticos para renovar el maquillaje si la noche se muestra esplendorosa. Lo acostumbrado es esperar a que "El Mudo" esté por ahí y no sólo eso, si no que ande con ganas de echársele encima. El Mudo es buena gente. Lo malo es la bulla que forma a la hora que entre sus piernas, desea proclamar sus emociones. Que contar que en la pensión en la que por poca plata le rentan una cama, han estado a punto de prohibirle la entrada Todo por el escándalo que arma sepulturero, a la hora de llevar a cabo su entierro personal. "El Baby" echa una ojeada al reloj. Parsimonioso extrae del bolsillo de su camisa una goma de mascar. Tito se siente extraño pues conoce muy poco sobre la vida del cabecilla. Por comentarios sabe que se le tiene como ladrón de los "finos" y que en la cárcel goza de gran estima. Cual carta de recomendación ha escuchado que cada vez que cae en el presidio, allí tiene sus protectores. Por doquier se conoce que uno de sus hermanos, es un famoso traficante. Uno de esos mafiosos que para la temporada de política es solicitado por algunos candidatos, para que les suministre votantes. Marionetas que la necesidad los empuja a vender el voto por cualquier nimiedad. El viento sopla. En la barbería de Anday comienzan a fluir las emisiones del ron blanco. En una maltrecha pensión, Nidia se despoja la ropa con desgano frente a la lasciva mirada del mudo. En una cantina, un macilento borracho repite hasta el cansancio "Pedro Navaja lo vi pasar... " Vamos, dice "El Baby" y las aves de rapiña se desplazan sigilosamente a la caza de apetecidas presas. Entre los delincuentes la comunicación se circunscribe a la gesticulación. En las sombras, las señas conllevan a decir lo inaudible. Ante la malévola habilidad del Burro, las cerraduras ceden su aparente invulnerabilidad. En la penumbra la codicia requisa cada rincón de la violada residencia. La voracidad anhela detectar las burbujas en donde embriagarse de riquezas y de oropélica complacencia. "El Baby" delinque no con miras a disipar el hambre o la necesidad de enfrentarse a situaciones de estrechez económica. Su primordial intención es tener a mano los billetes para fanfarronear ante los demás, poder y jerarquía. Tito se siente todo un hombre. Lo de niño lo tiró cual trapo viejo, al ingresar al sitio para configurar su destino. Gozoso, piensa que no necesitará más de escuelas ni de amonestaciones innecesarias. Tras cada movimiento piensa que después de esa noche, estará en capacidad de mandar al Diablo a la profesora Alvarado. Ella con su palidez de bruja enferma, lo único que le ha enseñado es a soportar regaños y humillantes. Jamás le ha pasado por la frente, investigar del porqué de sus constantes fracasos como estudiante. Nunca en lo que recuerda, se ha preocupado en su papel de Consejera por ver si él come o no. Si tiene un padre que no vale ni medio o si su mamá anda de puta para poder darle aunque sea, un pan duro a él, a sus hermanos y de cola, a su escuálido sobrino. Ella, la pálida momia de aspecto cadavérico, por lo único que se preocupa es por rogar a Dios que no llueva a la hora de irse para su confortable residencia. Sí, a esa -se dice -será la primera que mandaré a que se coma una pila de mierda. A otro que le salta liarse a las trompadas, es al profesor de gimnasia. Ese es un desgraciado que le gusta lucirlo con aquello de que parece un muerto de hambre. ¿No desayunaste? Ese es su saludo favorito cada vez que le imparte clases. ¿Qué rayos sabe ese mantecudo sobre sus problemas?. Con lo que le encanta poner a los estudiantes a subir y a bajar las manos como idiotas mientras se babea mirándole el equipaje a las alumnas. Si se le resbalaba de nuevo, le iba a reventar la vida al barriga de tambor, sin miedo a que lo expulsaran de la escuela. Cada cual con sus pensamientos de confidentes, se deslizan dentro de la casa. Rubén Blades canta. El mudo en pelotas grita mientras cabalga a Nidia. En los adormecidos caserones de madera los perros riegan los latones de basura y la paz de la noche de los ricos, es resquebrajada con el sonido de disparos. Las balas cuerean al silencio. "El Baby" corre despavorido. "El Burro" no mide ni distancia ni obstáculos para salvar el pellejo. Tito huye. Las piernas todavía de leche de teta suplican agilidad para duplicar sus zancadas. La brisa que viene del cercano mar, lo envuelve despertando sus temores. Mamá, piensa. ¿Dónde estás, mamá? El mudo grita de júbilo pues ha vencido al mundo. Mario abre la boca para que se escapen las notas de "Blue Moon". Se suman los disparos y Tito siente un calor que le invade la espalda y el alma en tanto que la brumosa espuma de la noche, le impone en los labios un salitroso sabor a sangre El cielo se ve poblando de pedacitos de queso blanco. Los profesores sueñan con las clases que impartirán a la mañana siguiente. El abuelo negro de Tito con ricitos de pulpa de coco sobre su cabeza de tiempo y olvido, llega a buscarlo en bellísimo corcel. El abuelo sonríe y le tiende la arrugada mano. Mamá... ¿Dónde estás mamá? El céfiro marino, paternalmente se acerca hasta Tito, lo besa y juguetea con su ensortijado pelo de niño prieto. Percibal, el abuelo antillano de otros tiempos, de calipsos y de casas de madera ya no huele a África, a tabaco ni a queso rancio. Su indumentaria tiene un vivo destello y fino perfume con olor a sándalo y a coco fresco. El abuelo dice ven y lo monta en su caballo blanco. Tito suspira... Con un dejo en el vacío se traga al universo y sus ojos quedan fijos en la luna que empieza a aparecer...
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