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Instrucciones para usar la caja de cambios
La calle del barrio está casi desierta. En el aire hay un sonido característico de día de lluvia: un chirriar si no molesto, al menos de cuidado. Uno nunca sabe en qué momento el pacífico charco se convierte en cachetada. Walter, mecánico de profesión, insoportable sabelotodo de fierros y averías, apoyado en la ventanilla del conductor, da las últimas indicaciones a la clienta acerca del cuidado que debe tener al colocar los cambios. La mujer asiente y ejercita. Lo mira buscando su aprobación. Imperceptiblemente se va hundiendo en el asiento. El persistente movimiento de cabeza del mecánico desaprobando sus intentos le hace perder su compuesta tranquilidad. Otra vez Walter explica la justeza de los movimientos. Yo no lo escucho, pero imagino sus palabras a partir de las precisas poses que, ya bajo la lluvia, despliega en la calle con su mano derecha y su pie izquierdo: “apriete bien, bien el embrague y suave lleve la palanca así, hacia la primera (un golpe en cámara lenta debajo del cinturón, tirado por un peso pesado), no, hacia la primera, ahí puso marcha atrás, no hunda la palanca, así, a ver, bájese.” La mujer duda, por la lluvia, por el apuro, por evitarse el ridículo ante otros ojos que, como los míos, seguramente estarán presenciando la escena detrás de las cortinas. El mecánico muestra, con su profesionalismo acostumbrado, la correcta manera. “A ver, pruebe de nuevo”, creo que dice. Lo que no ve la señora (y yo sí lo veo) es la sonrisa socarrona, jodida sonrisa de perdonavidas por la que he dejado de dirigirle la palabra a mi vecino. La clienta retoma el volante. Tengo que elevarme en puntillas para verla: apenas si asoma la cabeza, como si se hubiera empequeñecido. Walter la deja hacer, batiendo su cabeza, ahora con fastidio. Un crujido de hierros, un chirrido insoportable le hace llevar las manos a los oídos. “Va a romper la caja, mujer”, casi le grita, ya empapado, “los cambios no son de goma; no la trate como si tratara a una escoba. A ver, déjeme que vuelvo a explicarle”. Lo que queda de mujer se desliza hacia la calle, perpleja, huérfana de justificaciones. Segunda clase magistral, in situ, mientras el cielo se obscurece sin pausa. Reintento frustrado, con estridencias desde adentro y maldiciones desde afuera y el mecánico que abre con violencia la puerta mientras el resto de mujer, como una babosa acorralada, busca el escape por la puerta del acompañante; con sigilo, alcanza la esquina y su mano levantada detiene el colectivo. Recobrando su estirpe de mujer, lo aborda aún en marcha, viendo por detrás del hombro cómo su mecánico explica al aire la manera correcta de colocar los cambios. Rubén
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