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UN ATROPELLO (sin adverbios en -mente) No sabe aún lo que nosotros sospechamos. Y lo que toda la corte celestial contempla ya desde su omnisciencia. En su cocina glauca, la vieja termina de desayunar sopas de pan con leche hervida y achicoria: acerca la cara a los bordes descascarillados del tazón y con una cuchara de plata renegrida empuja la papilla hacia la boca sin dientes. Al terminar, se limpia los labios con un trapo que saca del bolsillo de la bata. Una bata descolorida, demasiado grande para la menudez de su cuerpo enjuto y desabrido. Luego de dejar el tazón en el fregadero, llena un cacillo de leche y camina hacia la ventana arrastrando los pies. Las manos tiemblan, el líquido batalla, baila y salta, minúscula tempestad de olitas blancas cuyas gotas salpican las baldosas de color ladrillo que ya nadie lava. Se agacha, renegando contra su vejez, y deja el cacillo en el suelo bajo, la ventana. Entreabre un filo delgado por el que se cuela una gata vagabunda, hirsuta y arisca. La vieja la mira sin ternura, como a un golfillo maleducado y respondón. -Me da una rabia que bebas con esos lengüetazos. Maleducada, que eres una maleducada -menea la cabeza de greñas pajizas, escasas; más que bruja parece escoba de bruja. Sale de la cocina, cruza el pasillo y, una vez en la salita, se sienta en una butaca de mimbre, detrás de los visillos, a vigilar la calle, sin cesar de refunfuñar, agriada por los años y por la soledad, arisca como la gata que entra relamiéndose los bigotes y que, de un salto se sube a su regazo. Trascurre así la mañana. La gata ronronea o se pedorrea; la vieja le atusa el lomo, le rasca el cuello; cuenta en voz alta los chismes del barrio, comenta el color del auto que pasa haciendo temblar los cristales, maldice la desfachatez del chino que vacía aguas sucias en la vereda; una verborrea incontenible, un chapurreo desdentado que sólo la gata es capaz de entender. Hasta que la bruja se harta y de un manotazo se la quita de encima, en un súbito acceso de maldad senil. -¡Vete a la mierda con tus pulgas! Abre la ventana, la gata salta a la calle perseguida por los gritos de la vieja bruja. -¡Quítate de mi vista, puta, descastada! El tejero ve cruzar al gato de la vieja, pero no puede frenar porque lleva la camioneta cargada de ladrillos y con las gomas lisas. Aburridos de tanta eternidad, los santos de la corte celestial aplauden enardecidos cuando las ruedas atrapan al bicho y lo dejan despanzurrado en medio de la calzada. La vieja, tras sus cristales, ha presenciado el atropello, impasible. -Te está bien empleado ¿qué necesidad tenías? En la atmósfera glauca y espesa de la cocina, la vieja ha terminado de desayunar. También ha dejado ya el tazón sucio en la fregadera. Parada en medio de la habitación con el cacillo de leche en la mano, mira hacia la ventana con ojos extraviados. No trata de dominar el temblor de sus manos, de todo su cuerpo y deja que la leche salte y se derrame a sus pies. Desde su cómodo y eterno palco celestial, los santos observan la escena, intercambian comentarios: -La vieja se ha vuelto loca -dice uno. -Ha perdido la chaveta -asiente otro María Magdalena, más puta y más guapa que nunca, con sus cabellos recién lavados y perfumados, interviene misericordiosa: -¡Pero es que no veis que la pobre está llorando! Risitas, protestas, murmullos. -Pues si no me creéis, que venga Dios y lo diga.
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