|
El silencio (relato en segunda persona) Un día al atardecer dijiste estar arto, no querías saber más de aquello. Ignoraste las preguntas; callaste temeroso y ofuscado como lo venías haciendo desde algunas semanas, precisamente desde aquella noche en la que volviste sigiloso, después de quién sabe qué festejo. Habías entrado cauteloso a la habitación, venías desnudo y te metiste en la cama murmurando que mañana ya dirías. Pero por la madrugada despertaste afligido y preferiste salir a esconderte en algún lugar, no podías evitar la desesperación por no haber hecho nada. Al principio parecías esperar con calma el momento adecuado, ya contarías lo que había pasado. Si bien se te veía afligido, como si necesitaras confesar o como si quisieras liberarte de una culpa de la que nadie sabía, porque estaba en tu interior fermentando quizás, pretendías aguardar la ocasión perfecta; no se puede hablar al desayuno sobre tal embrollo y por las tardes menos, peor a la hora de la cena. Te ilusionabas inventando argumentos, alguna frase fácil, corta, acertada que tuviera el peso de la verdad y que por fin explicaría. Sin embargo, comenzaste a ahogarte en seco. Con cada intento te ponías peor; notabas como se te encogía el estómago cuando recordabas algunos fragmentos de aquella noche. Algún dispositivo represor te obligaba a callar, pero más por vergüenza que por miedo. Hay que reconocer tu perseverancia, pero el tiempo se convirtió en tu enemigo y la espera no resolvió nada. De pronto los nervios te jugaron una mala pasada, ahora te sentabas tembloroso a la mesa. Frente al plato de sopa sumergías la cuchara por largos ratos, imposible llevarla a la boca sin derramar la mitad, cada día más torpe se te caían los fideos, los tomates, perdías hasta las aceitunas de la entrada. Parecías el instrumento de una voluntad desconocida; no pudiste más que encerrarte en un mutismo frenético, sin poder evitarlo, te fuiste consumiendo por los remordimientos y convertiste tu vida en una constante incertidumbre. Fue entonces, que comprendiste que ya era demasiado tarde. De repente ya no valía la pena decir nada, y las semanas de silencio te habían dejado las mandíbulas bien apretados, como si alguien te amordazara, tal vez alguna fuerza mayor, una mano invisible que tapaba tu boca. Vivías sigiloso encerrado en tus murmullos que nadie entendía. Hasta parecías más pequeño -te achicaste -dijo un amigo, -pareces angustiado. No contestaste. Por las noches no dormías, el sueño se te esfumaba al instante de apagar la luz y en la oscuridad te acosaban tus fantasmas, te perseguían aun estando dormido, despertabas gritando y con los ojos llenos de lágrimas. Querías olvidar, negar cómo te habían temblado las piernas, te daba miedo, sentías vergüenza. Algo en tu interior te impedía escoger las palabras, parecía tan fácil, era cosa de abrir la boca y pronunciarlas; pero ahora te salían sólo gruñidos, sonidos que no conocías y sin significado. Espantado por no poder escuchar tu voz balbuceaste algo incomprensible, el horror de encontrarte mudo te dejó la sangre helada. De tu boca no salían más que gemidos, rugidos o bramidos, ya no serías capaz de articular ninguna palabra. Permanecieron entonces los recuerdos inicuos: tú y el temor en aquella noche cerrada; tú parado cerca del coche mirando aquel charco negrusco; y tú desligándote de tu cuerpo mientras sentías como el pantalón se te manchaba. Volviste a despertar chillando: gruñías desaforado que aquel cuerpo azul morado te perseguía por la casa, te acorralaba y allí en una esquina sus manos moradas te apretaban el pescuezo. Más tarde, ya mudo, decidiste no volver a tu cama. ¿Para qué si jamás dormías? El sillón viejo y destartalado, en un rincón oscuro de la casa, se convirtió en tu refugio. Allí estabas siempre, enfermizo solitario, atado a tu propia tumba, sentado con la mirada perdida, ojos inyectados. Bebías día a día, quizás para olvidar que no hablabas, y por las noches se te veía ensimismado, pero con los ojos bien abiertos, como si esperaras al contrincante de tus pesadillas. En tu mano derecha colgaba una copa vacía: era lo único que te quitaba el aspecto de muerto. Mucho después, cuando ya dabas miedo, así de retraído y gruñendo en tu sillón, comenzaste a agitar las manos cuando querías algo y a veces estirabas la copa a modo de pedir más. Fue entonces, que llegaron unos hombres, de esos que en las historias antiguas siempre visten de blanco, pero que hoy en día llevan unas camisetas naranjas, y se sentaron frente a ti, mientras tú te mordías la lengua, que de tanto masticarla se te quedó colgando y chorreando babas. Primero te hablaban bajito, mientras tú receloso y parpadeando afligido no decías nada. La voz ronca de uno de los anaranjados pareció estremecerte de pronto, pero seguías distraído moviendo la cabeza de un lado a otro. Fue en ese momento en que se acabo mi infinita paciencia y en una explosión de rabia te grité lo que ahora todos sabían: había sido un malentendido, un simple accidente, una macabra casualidad. La chica ya estaba muerta cuando tú, conduciendo borracho, pasaste sobre su cuerpo, ¡óyeme! ¿No te diste cuenta de que ya estaba muerta? No hubo respuesta, mantuviste tu silencio sin contestar; negando con la cabeza, incluso aun cuando te amarraban a la camilla gruñías sin voz, pensando en aquel atropello y en el cadáver aplastado, azul, deshecho que ahora sería tu único acompañante en la ambulancia. (annebonny) Claudia, Marzo 2006
|
|
||||||||