LOS ANGELITOS NO TIENEN ESPALDA

¿Cuántas veces un bar se transforma -por simple alternativa o por decantación natural- en el escenario propicio para una última vez, con su sinfín de lugares comunes, las tazas vacías de café, las palabras que se ausentan, una tarde seguramente fría y gris, alguna llovizna?

Lejano todavía de estas disquisiciones, ahora Alberto sacude la cabeza con desconcierto mientras, del otro lado de la mesa, Graciela permanece distante y muda.

Probablemente dentro de poquísimo tiempo, el fluir de la existencia replegará sus aguas borrando cualquier huella de la arena. Así, elementos nuevos ocuparán en Alberto los casilleros siempre vacíos de Fatima y Yanina, los espacios dubitativos que ocupaba Graciela, el castillo temblequeante de sus propios miedos.

En el transcurso de su relación no hubo magia, si por proceso mágico acaso entendemos a esa liturgia incomprensible que mueve desde lejos los objetos y hace aparecer pañuelos y conejos allí donde uno sabe que nunca hubo pañuelos ni conejos.

Tal vez la magia se les presentaba en ese contexto de ensoñación compartida, ese cándido enamoramiento más allá de los cuarenta y después de tanto tiempo. Ella apareció de repente en la fiesta de Susana. Alberto seguía el ritmo de un blue con los ojos entornados y al abrirlos nada fue lo mismo. Graciela se abrazaba con Susana junto a la puerta de entrada y al primer tipo que vio fue ese flaco canoso, de anteojos y bigotito a lo Dalí que la miraba sorprendido y boquiabierto. Lo demás se fue dando solo entre algunos temas de salsa y otros de flamenco, los panecitos tostados con crema y anchoas, los chistes del salteño, el vino blanco Alberto, el clericó de sidra ella, el porro interminable que nunca se acababa, lo gracioso del resbalón y la casi caída con la bandeja de los dulces.... Una fiesta que, a pesar de repetir el ritmo y las etapas de todas las fiestas, de a poco se convertía para ellos en única. Graciela supo pronto que él era médico psiquiatra, que se autodefinía como lacaniano inmaduro y que le gustaba divertirse como un chico. Él tardó poco más en enterarse que ella también era separada, que dos hijas, que directora de un colegio primario y que hacía años que no veía a Susana..., pero antes supuso -indagó sin insistir- que el ligero mutismo de ella podía deberse a un estado de ánimo momentáneo, ya que era más fácil, muchísimo mas fácil imaginársela así que ejercer su profesión en medio de la fiesta, sobre todo sintiéndose tan bien lejos del consultorio y las horas de visita y el trabajo en el hospital. En casa de herreros..., solía decir su madre, pero ésto lo recordó mucho tiempo después de la fiesta y de otras sobremesas, después de que se acumularan franjas oscuras..., o mejor dicho: después de enterarse que había ciertas franjas oscuras que se iban acumulando a pesar de uno.

La primera noche, el primer amanecer los sorprendió durante su despedida en un taxi, la piel y las manos que ardían por caricias para las que ya habían establecido una cita. La segunda o tercera vez durmieron en casa de ella, un coqueto departamento por Belgrano. Alberto siempre había pensado en lo lejos que quedaba Belgrano de Caballito. Graciela le hablaba mucho de Yanina y Fatima, de once y catorce años y esa vez -como las siguientes- se encontraban con el padre, así que cuando le mostró la habitación de ellas a él no le sorprendieron ni el osito blanco con un ojo negro sobre una cama, ni la muñeca rubia sin un brazo sobre la otra. Fue durante visitas posteriores que le llamaron la atención las paredes sin pósteres o adornos, ningún dibujito a la vista, el escritorio vacío, la pieza tan pero tan impecablemente ordenada y limpia.

En alguna oportunidad, en medio de la vorágine de brazos, besos y suspiros, a alguno de los dos se les habrá escapado el obvio te quiero y el otro -ya a caballito de la misma y contagiosa rutina de seducción- no podía dejar de acotar que también y que claro que jamás en la vida como ahora te lo juro potra papito y todas esas frases hechas que por más que nunca terminan de definirlo, siempre quedan tan justo y le pasan tan cerca que uno no es capaz de otra cosa que de creérselo de pe a pa.

El, que hacía años no lo hacía, le escribió una poesía soberbiamente cursi y romántica con una pueril rima incluida. Ella le confesó que desde mucho tiempo atrás no recibía agasajos semejantes y, al margen de lo ridículo que pudiera parecerle, le dijo que era muy hermosa.

De esta manera primitiva compartían el espejismo del agrado, entre ambos reinventaron la ficción del amor. Nubes de algodón mediante; un poco de Sabina, Alberto por supuesto; otro poco de Beethoven, Graciela, claro; una comida fría en la cama la noche de la tormenta; la frase fugaz y tímida en la servilletita de papel; las promesas debajo y fuera de las sábanas; aquella vez en particular cuando ella...; la otra mas reciente en que él... Así, durante uno de sus especiales juegos, Alberto forzó una mueca con su boca y en medio de un gruñido le dijo que él era un tigre. Graciela lo miró, mimosa y exótica, y le reveló en voz baja que ella era un ángel, pero que no se lo dijera a nadie, que era su secreto. Cuando él la besó diciéndole que no había problema porque los tigres no pueden atacar a los ángeles, no sabía que acababa de establecer la matriz de su relación. Algún tiempo después, ella insinuó que los hombres perseguían a los ángeles por no ser capaces de entenderlos, y Alberto dijo que la quería mucho y que iba a protegerla, que para éso era un tigre. Ella se acomodaba en los huecos del cuerpo de él, y calzaba tan justo, tan tierna. Por siempre, agregó Alberto, y realmente se lo creía.

Alternaban sus encuentros en casa de uno y de otro, inspeccionaban bibliotecas, muebles y cajones, y descubrían ambas vidas con la misma sencillez de extraer un cassette del estante y volver a dejarlo, se asombraban al coincidir en varios libros y en la colección de brujitas y llaves antiguas. Alberto supo rápido que si Graciela tuviera algo que esconder no lo haría en los muebles, y estaba cada vez más seguro de que, aunque no le ocultara algo importante -al menos todavía así eran sus deseos-, por lo menos no le abría alguna puerta para permitirle investigar ciertas ausencias, esas franjas oscuras inexpugnables, su frecuente estado de éxtasis, de ángel. Y también pesaba la historia que ella le contara sumamente asustada, sobre la persecución de que era objeto desde hace tiempo. Habían entrado a su casa para dejar un sobre con su nombre sobre la mesa, dejaron nuevamente la puerta cerrada con llave, sin más rastros visibles de que alguien hubiera estado. ¿Y el sobre?, preguntó Alberto. Vacío, sollozó Graciela, vacío, vacío. ¿Tus hijas? Estaban de vacaciones con el padre, y ningún conocido tiene las llaves. La situación se repitió en la oficina de su escuela, y otra vez otro sobre vacío para ella apareció pegado en el espejo del ascensor. Y por la calle, cualquier día a cualquier hora, personajes extraños la vigilan desde lejos, y si acaso ella intenta acercarse se escapan. Y por teléfono, llaman y se quedan escuchando, mudos, puedo oír su respiración y me pongo a temblar, ¿alguna vez te pasó ésto? Alberto la acariciaba y ella se acurrucaba más y se fregaba como una gatita. Entonces él no podía hacer otra cosa que abrazarla, ya que si le preguntaba algo la única respuesta de ella consistía en apretarse y gemir. Y él aceptaba sus silencios, creía sinceramente que ésta era la mejor manera de proteger a los ángeles.

Una noche, mientras Graciela se bañaba, Alberto entró al cuarto de las chicas. Desde la puerta observó al osito y la muñeca. El osito ligeramente volcado hacia la ventana. La muñeca boca arriba con el único brazo un poco levantado. La última vez que espiara la habitación había sido unos quince o veinte días atrás. Le preocupaba recordar claramente la misma posición de los muñecos, la misma limpieza, ningún objeto nuevo a la vista, ni un vaquero o una blusa tirada, ni un par de zapatillas o medias debajo de las camas, porque finalmente se atrevió y agachado trató en vano de encontrar algún rastro por el piso, pero nada.

No se animaba a preguntarle por ellas, si Graciela no las nombraba él prefería ignorarlas. Pertenecían a esa incierta zona que ella le tenía vedada y que él no se sentía autorizado a explorar.

Vos no me lo crees, le dijo una vez ella cuando estaban agotados después de hacer el amor, no me lo crees, pero te aseguro que soy un ángel, en serio te lo digo, créeme, y es por eso que me persiguen, no se la bancan.

¿Volvieron a seguirte?

Si, hoy, mientras venía hacia tu casa, pero pude esquivarlos. No quiero que sepan dónde vivís, la cosa es sólo conmigo y todavía puedo con ellos. Por favor, besame, bichito, besame, lo ángeles somos como los felinos, necesitamos muchos mimos, siempre.

Normalmente se encontraban durante dos o tres días seguidos y después pasaban tres o cuatro sin verse. Pero hablaban por teléfono muy seguido. Cada vez que Alberto llamaba, atendía Graciela y sólo Graciela. Una mañana, cuando él se retiraba del departamento de ella, entró a la pieza de Yanina y Fatima. El osito blanco con el ojo negro persistía en su inclinación hacia la ventana. La muñeca rubia continuaba boca arriba con su único bracito apenas levantado. Sacó dos fósforos del bolsillo y escondió cada uno en el pliegue de las colchas debajo de las almohadas. Durante esa semana y por teléfono, todos los días le preguntó por las hijas y ella le respondía vagamente, pero la vez que Alberto insistió Graciela le dijo que estaban en su cuarto y que como no las oía ya debían haberse dormido, y enseguida continuó con el recuento de sus vuelos, porque sabés que los ángeles podemos volar, ¿no?

Desde entonces, Alberto iba por la calle sin dejar de cerciorarse de que no lo siguieran o espiaran. En los bares se sentaba al fondo del local para vigilar la entrada. Antes de ingresar a su casa daba un par de vueltas a la manzana. Usaba permanentemente el contestador telefónico y nunca repetía el recorrido hasta el hospital o el consultorio. Cambió la combinación de las cerraduras, dejó de lado costumbres rutinarias, comenzó a vestirse distinto. Realmente, no escatimó esfuerzos para simplificar su convivencia con un ángel.

Y encima de todo, ese malestar ya definitivamente instalado en la boca del estómago, porque no significó un capricho aceptarle su cualidad angelical, realmente se lo creía, para él ella era lo que decía que era. Así como también confiaba en que era sincera y no sería capaz de engañarlo. La angustia se le generaba fuera de la pareja, principalmente con lo de esos tipos que la perseguían sin motivos concretos, y otro poco con la extraña ausencia de las hijas. Para Alberto todavía todo era Graciela. A esta altura no podía concebirlo de otra forma, aceptaba incluso la posibilidad de un comportamiento paralelo y ajeno a la relación entre ambos. Cualquier proceso o esquema mental que lo apartara de la duda y de la angustia era válido.

La vez siguiente que se encontraron en el departamento de ella, él no pudo ni comer ni hacer el amor, y mucho menos dormir. Enseguida de llegar consiguió meterse en la primer habitación del pasillo, al idéntico y exacto escenario de siempre. El osito levemente girado hacia la ventana. La muñeca boca arriba. Desde la última vez que había estado, pensó que no iba a encontrarlos, que no iban a estar en el pliegue de la colcha debajo de las almohadas, que seguramente aparecerían Fatima y Yanina de repente y se reirían de él y de su segura sorpresa. El primer fósforo lo extrajo de un costado del osito. Todavía no lo había asimilado cuando los dedos de la otra mano encontraron el segundo y la voz de Graciela lo llamaba desde la cocina.

No te preocupes, le susurró una eternidad más tarde cuando giró en la cama medio dormida y lo descubrió despierto, los ángeles no precisamos tanto sexo. Y Alberto, que en cualquier otro momento le hubiera dado la razón, ni siquiera fue capaz de estirar el brazo y abrazarla. De todas formas, ella ya estaba nuevamente dormida.

A partir de entonces nada fue lo mismo.

El deterioro se había iniciado a pesar de que Alberto hacía el máximo esfuerzo para evitarlo, pero sin entender no era posible, Graciela era experta en evadir sus preguntas, y él cada vez necesitaba más respuestas. Alguna vez ella dijo que no se sentía bien, que no sabía qué le pasaba y mejor esa noche no se veían. Poco tiempo después el plazo de una noche se estiró a una semana. La frialdad de los siguientes encuentros no dejaba duda, pero Alberto olvidaba fácilmente el dolor si estaban juntos. La contradicción se planteaba al rato, marcada por silencios y destiempo. También Graciela parecía muy dolida, y tal vez por ser ella la más fría y serena, fue la primera en plantearlo, ya en forma definitiva. Por supuesto que él no lo quería, pero se dieron un tiempo más, sin un plazo específico. Como cualquier otra pareja en trances similares, al estar separados se extrañaban, y desde esa postura Alberto insistía con que debería ser posible. Hablaban por teléfono, nunca sobre ellos, casi siempre sobre el tiempo, el trabajo, alguna película, los ángeles.

La última vez es hoy, y ahora.

El bar de San Juan y Rincón se encuentra vacío, con ellos dos en silencio junto a una ventana. La situación remite a una clásica escena prevertiana, en la que una llovizna espesa tiñe de gris la tarde para acentuar el silencio que les agarrota el alma. Hace más de media hora que no hablan, el café ha dejado un rastro seco en los bordes de las tazas vacías. Ya no queda qué decirse, apenas el agónico baboseo de las miradas hasta la obligación impostergable de bajar la vista al recoger ella su impermeable, buscar la calle y alejarse sin mirar atrás.

Por favor, susurró antes de dejar la mesa, no me mires cuando me vaya, los ángeles no tenemos espalda.

El no la observa mientras cruza para el lado de Entre Ríos, anhela convencerse de que realmente no vale la pena, total..., ya comienza a aceptar con esforzada resignación que los tigres no compatibilizan con los ángeles.

 

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