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Al campo
I
Despachó por correo electrónico los diseños a la imprenta. El cliente se los había aprobado hacía diez minutos (recibió la confirmación también por ese medio), y ahora Esteban decidió tomarse un respiro. Le había dedicado cinco días a ese proyecto, y le quedaban otros pendientes, apenas esbozados. Antes de levantarse de la silla, ordenó por fecha de entrega las tareas que su jefe le fue dejando detalladas en el escritorio. Revisó la próxima a encarar. Un supermercado solicitaba el armado de un afiche de descuentos. Esteban ya no daba más, las fechas de entrega pisándole siempre los talones. Muchas veces, rescataba un diseño de la base de datos —creado por él mismo o por alguno de sus compañeros—, lo desmenuzaba, le agregaba o le quitaba texto, cambiaba colores y medidas, hasta aproximarlo a lo que necesitaba el cliente. No bien se lo aprobaban lo mandaba a la imprenta, y a otra cosa. Dejó caer el pedido del afiche sobre el escritorio. Miró la hora en el ángulo de la pantalla, abajo, a su derecha. Cinco de la tarde. Apoyado contra el respaldo, desplazó hacia atrás la silla giratoria y se frotó los párpados. Tenía la vista cansada. Aparte el frío lo había tomado desprevenido, endosándole un dolor que le nacía en el cuello y le atravesaba el omóplato. El dolor, que desde hacía una semana lo venía acompañando, se le presentaba como la hoja helada de un cuchillo incrustada verticalmente en su espalda. Cada vez que giraba la cabeza hacia la izquierda, el filo escarbaba entre los músculos con la misma intensidad del primer día, aquella mañana de septiembre en la que había salido desabrigado. Aunque también era probable que esa cuchillada fuese el resultado de tensiones atrapadas en esa zona que, para colmo, Esteban no alcanzaba a masajearse. Se dirigió al baño. Abrió la canilla y se llevó a la cara un chorro de agua fresca. Arrancó un par de papeles desechables del dispenser, se secó y luego los arrojó al canasto. Afuera la lluvia golpeteaba contra la claraboya: un tamborileo sordo, monótono. Esteban alzó la cabeza despacio, cosa de no despertar ningún dolor. Las gotas se escurrían hacia los bordes de ese rectángulo de una convexidad traslúcida. Mientras las observaba —recorridos nerviosos abortados por el estallido de otras gotas— evaluó la posibilidad de hacerse una escapada a Mar del Plata. A mediados de octubre se venía un fin de semana largo: sábado, domingo y el feriado del lunes. Podría aprovecharlo. Cerró los ojos, la espalda contra los azulejos. El ruido de las gotas le transmitía calma. El baño era una especie de guarida que lo mantenía desconectado del mundo, al menos por un rato. Mientras él permanecía ahí, frágil y olvidado, la ciudad se estremecía —los engranajes girando y machacando— como si fuese a explotar de un momento a otro. Pero si fuera cierto, si estaba a punto de explotar, ¿para qué correr? Correr era una manera de decir: Esteban “viajaba” sentado frente a la pantalla, conectado con clientes y proveedores a los que nunca les había visto la cara. Necesitaba tomar distancia, recobrar la identidad que se le disolvía entre demandas y proyectos. Oyó que alguien entraba. —¿Cómo va eso? —saludó Germán, uno de los cadetes—. ¿Estás de cuidador de baño ahora? —No estaría mal, por el mismo sueldo —Esteban separó la espalda de la pared y un leve mareo le nubló por un instante la visión—. Me vine a refrescar la cara, me siento a la miseria. —Siempre apagando incendios —Germán se arrimó al mingitorio—. Hay que parar de vez en cuando, cambiar de aire. —Justo estaba pensando en eso. —¿Por qué no te venís conmigo al campo? —¿Al campo? ¿Qué campo? Un tío de Germán estaba a cargo del cuidado de una estancia en un pueblo de la provincia. El dueño vivía en la capital y aparecía por la estancia tres o cuatro veces al año. —Qué te puedo decir —Esteban no disimuló el entusiasmo—, me vendría bárbaro ese viajecito.
II
Miguel los esperaba en la camioneta, sobre la banquina opuesta al de los coches que venían de Buenos Aires. Desde ahí obtenía un buen panorama de los micros que pasaban. Eran las dos de la tarde, los nubarrones se habían apartado hacia el sur, y el sol calentaba el parabrisas salpicado de barro. El micro se detuvo a un costado de la ruta. Esteban y Germán bajaron con dos bolsos cada uno. Parado en medio de la nada, Esteban miró los pastos amarillos a cada lado. Divisó a lo lejos un amontonamiento de casas bajas. —Ese es el pueblo —indicó Germán—, y más adentro está la estancia. Miguel se bajó de la camioneta, cruzó la ruta y abrazó a su primo Germán como si lo hubiera estado esperando toda la vida; después se dio vuelta y saludó a Esteban. —Bienvenido —dijo, reteniéndolo un instante con una mano que a Esteban le resultó demasiado áspera. Subieron a la camioneta, los tres apretados en la cabina. Se metieron por un camino lateral, de tierra, maltratado por el paso de autos y tractores. Miguel maniobraba esquivando los charcos dispersos que se habían formado con la lluvia del día anterior. Las ruedas acentuaban rastros ya profundos. La camioneta dio un bandazo, y Esteban comprobó que esa travesía marcaba el comienzo de una serie de cambios, un redescubrir de cosas elementales como el riesgo, el asombro, las ganas de estar vivo. Sentado en la puerta de un ranchito, un viejo canoso levantó la mano en señal de saludo. Miguel tocó bocina al pasar. Del lado opuesto, algunas vacas pastaban indiferentes; otras, echadas, giraron con aplomo la cabeza hacia el camino. Por fuera el casco se notaba más chico de lo que Esteban había imaginado, las paredes carcomidas por el musgo. A unos cincuenta metros se alzaban un galpón de chapa y una casita de paredes de ladrillo hueco. Don Julián había visto llegar la camioneta, o eso parecía. Cabalgaba por el campo en dirección a la casa principal, con la morosidad de un viejo seco de emociones. Germán y Esteban entraron en la casa. Aurora, la tía de Germán, los había estado esperando con el guiso a fuego lento. Por la ventana, Esteban vio a Miguel cerrar la tranquera, subir a la chata y avanzar hasta la casita donde una mujer embarazada lo esperaba en la puerta, cruzada de brazos, en actitud de reproche. Mientras los muchachos se disponían a comer, entró don Julián. Hombre tranquilo, de una áspera amabilidad. De sus escasas palabras se adivinaba cierta alegría por la visita del sobrino. Después de almorzar, el viejo prendió un cigarrillo negro y se arrimó al hueco de la puerta. Tenía la mirada en el horizonte o más allá, una mano en el bolsillo de la bombacha gris, el pucho saliendo de la maraña de pelos grises que le tapaba la boca. La nicotina le había teñido de amarillo el borde del bigote. Sin aviso, sigiloso, salió de nuevo para el campo. Aurora se puso a preparar el mate. Germán dijo que estaba muy cansado, se levantó y se metió en una de las piezas. —Yo soy capaz de alimentarme a mate solamente —comentó Aurora, que no había probado bocado, como si fuera algo de lo que debía enorgullecerse. Esteban se quedó mateando y conversando. Después decidió salir a caminar, cosa de hacer la digestión, respirar aire puro, moverse un poco. Enfiló hacia la hilera de eucaliptos que se extendía paralela al alambrado. Caminó bajo las copas, y en un claro se detuvo a contemplar una telaraña suspendida entre los alambres. Nada extraordinario, sin embargo no recordaba una tela que refulgiera tanto al sol. Una obra que sin duda había sido construida con una secreta noción de tensiones y equilibrios. Nunca había pensado detenidamente en esto: si se trataría de instinto o de algo más, habilidades arraigadas en lo más hondo del insecto, heredadas de generación en generación, desde el génesis. La araña, en el centro, reposaba a la espera de su presa. Pero la tela, con su brillo, parecía atentar contra sí misma, delatar su condición de trampa. “Algún bicho va a caer —pensó Esteban— cuando oscurezca”. A la noche, Esteban permaneció un rato despierto en la cama, boca arriba, en una pieza diferente a la de Germán. La frazada que Aurora le había echado encima le pesaba demasiado, lo mantenía apretado contra el colchón. El chirrido de un grillo le llegaba amortiguado por la distancia. La imagen de Aurora, el mate entre los dedos, le volvía una y otra vez. Aunque la vida de campo tenía su sacrificio, aquella mujer, tranquila y despreocupada, sin duda había acumulado más momentos dignos de evocación de los que él había experimentado en sus veinticinco años. Se preguntó —los ojos horadando la penumbra— si vivir no consistía en eso, en tomar mate y charlar con las personas que uno quiere. A eso de las ocho de la mañana, después del desayuno, se asomó a la puerta y vio un animal colgando boca abajo, las patas traseras atadas a la rama de un árbol seco. Cordero o chivito, no supo precisarlo. Una mancha roja le cubría el cogote y parte de la cabeza. En la tierra se había formado un charco espeso y oscuro. El viejo le daba la espalda a Esteban. Cuchillo en mano, se había detenido un instante frente al animal, acaso para recobrar el aliento. Reanudó la faena: con paciencia lo fue despellejando. Esteban miró hacia el interior de la casa, donde Germán mateaba con su tía. Iba a decirle que se asomara, pero se le ocurrió que su amigo ya habría presenciado escenas semejantes. Aurora le ofreció un mate, Esteban lo agarró y sorbió despacio. Después se arrimó a la puerta nuevamente. El cordero se balanceaba con la panza abierta. El tajo dejaba entrever el interior vacío, de un rojo intenso. Don Julián arrojó las tripas humeantes a un costado, y las gallinas corrieron a picotearlas. A Esteban lo sorprendió la naturalidad, la frialdad con que el viejo llevaba a cabo la labor. Para alguien curtido por el campo debía de ser lo mismo matar a un hombre que un animal. Mientras reflexionaba, movía la cabeza a un lado y a otro. El dolor se le estaba pasando. A media mañana, los dos muchachos se pusieron a juntar leña. Después improvisaron una mesa debajo de un frondoso paraíso, entre el galpón y la casa, con una vieja puerta y dos caballetes. El cordero estuvo listo a eso de la una de la tarde. El viejo apareció con una bandeja cargada, cortó en trozos la carne y comenzó a servirla. Germán se acordó de que era sábado, y comentó que los sábados a la noche había baile en el pueblo. Sin dejar de masticar, el viejo dijo que les prestaba la camioneta, cosa que el sobrino daba por descontado.
III
Dejaron la chata en el descampado que servía de playa de estacionamiento, al lado del salón, flanqueada por otros coches. Salón, explicó Germán, le llamaban a ese club deportivo devenido en bailanta. Alumbraban la entrada unos foquitos suspendidos de un cable panzudo de tan flojo, en una especie de guirnalda que casi les rozaba las cabezas. Adentro —tinglado de chapa, paredes de revoque grueso—, Esteban se sorprendió de ver tanta gente. Bancos improvisados con tablones y cajones de alambre bordeaban el interior del lugar. Los habitaban hombres que dormían en actitud desfachatada, como actores mediocres heridos de muerte; mujeres cansadas de bailar o que todavía no se decidían a meterse en la pista; parejitas entretenidas en sus juegos, alentadas por la calentura o el amor. Botellas y abrigos también ganaban terreno sobre la madera, a falta de mesas y un guardarropa. Germán fue por una cerveza. Esteban se apoyó contra la pared, cerca del hueco de una salida que daba al estacionamiento, al campo, a la noche. La gente bailaba como si compitiera por ver quién tenía más aguante. Dejaban el alma con cada cumbia, no sólo los más jóvenes, también los viejazos, que no eran pocos. Cincuentonas, tipos barrigudos, entre mocosos de doce o trece años. Volvió Germán con una Quilmes de litro y dos vasos descartables. Llenó un vaso, después el otro. Esteban —la bebida a centímetros de su boca— se fijó en unas minas que bailaban entre ellas, un grupito de cinco. Minas raras, de espaldas y manos grandes y prendas demasiado chicas. Eran tipos vestidos de mujer. —Trabajan en la ruta —dijo Germán—. ¿Ves la de vestidito verde? Se hace llamar Roxana, pero su nombre verdadero es Emilio. Yo lo conocí de chico, de cuando todavía no se había cambiado de bando. Dos tipos forcejeaban en un rincón. El más gordo, la camisa abierta y la panza como un flan, lo agarró al otro del cogote y lo estampó contra la pared. La música se apagó por un segundo, luego empezó a sonar un tema de La Mona, y los hombres se separaron sin que la pelea pasara a mayores. Animado, el gordo levantó los brazos y soltó un grito. Alguien, en la otra punta, hizo estallar una botella contra el suelo. —Están todos medio borrachines —dijo Esteban. —¿Qué? —Germán se llevó una mano detrás de la oreja, para captar cada palabra. —Digo que se maman y se ponen peligrosos. —Se divierten, qué querés. Germán cargó los vasos nuevamente, dejó en el suelo la botella, arrimada a la pared, y empinando el codo apuró de un trago su Quilmes. —Vamos a bailar. Esteban dijo que no, que iría en un rato, que primero se acabaría tranquilo la cerveza. —Yo me mando ahora —dijo Germán—. Si me engancho a alguna me la llevo a la camioneta, te aviso. A menos que me ganés de mano. Esteban le palmeó el hombro como diciendo: “andá nomás”, y Germán se fue mezclando entre la gente al ritmo de la música. Arrimado a la salida, a un paso de la noche, de todo lo que implicaba la noche de campo, sus sonidos y misterios; con ganas de atravesar el umbral pero formando parte aún de esa fiesta pueblerina —aunque más no fuese como espectador—, Esteban sintió una especie de extrañamiento. Desde lo ajeno, desde su posición de forastero, pensó en esas personas exaltadas que cada noche de sábado se obligaban a olvidarse de lo que eran, si es que eran algo. Los veía como prisioneros de su tierra, despojados de sueños y proyectos, agudizado el instinto. Caminó por lo que se consideraba el pasillo, entre la pista de baile y los ocupados tablones. Encontró un lugar y se sentó. Dejó el vaso entre sus pies. Al rato, lo vio a Germán salir por el hueco del que él se había apartado. Iba acompañado de Roxana.
IV
Le costaba asimilarlo: su amigo con la que alguna vez fue un muchacho. Nunca se hubiera imaginado que Germán… A lo mejor vio lo que no era, quizás se trataba de otra chica con un vestido verde parecido. Necesitaba salir de dudas. Por otra parte, qué tenía que quedarse a hacer, solo, en ese aguantadero. Al salir por la puerta lateral, lo primero que hizo fue respirar la noche. La percibió como una cosa vasta y honda. Algo íntimo. Arriba, millones y millones de estrellas. La tierra compensaba su chatura con la riqueza de un cielo compinche y generoso. Un reflector alumbraba una porción de terreno. Algunos hombres, en esa especie de patio sin límite, charlaban apoyados contra una valla perpendicular a la pared. Detrás dormían los coches en hilera. Ahí estaba la camioneta: los vidrios empañados no le permitían distinguir nada, ni una sombra, ni un movimiento. Esteban advirtió que uno de los hombres no dejaba de observarlo, tal vez porque parecía que él los observaba a ellos, aunque en realidad miraba más allá. Al darles la espalda, algo le golpeó una oreja. Se le cruzó un ingenuo pensamiento. Se volvió convencido de que Germán le había lanzado una piedrita y se escondía en alguna parte, detrás de los hombres. Los tipos se reían a más no poder. Lo estaban provocando. Borrachos de mierda, dijo Esteban y enseguida se arrepintió. No parecieron oírlo. El barullo que venía de adentro había tapado el insulto. Imprevistamente, uno de los hombres se incorporó y dio unos pasos hacia él. —Qué te anda pasando, porteño. Sin darse por aludido, Esteban miró para otro lado con la intención de escabullirse, de volver al baile. En el umbral se había plantado un matón, los brazos cruzados, la boca sin dientes. Sonreía. —¡Te estoy hablando, carajo! —insistió el tipo a su izquierda. Esteban comenzó a bordear la pared hacia la parte trasera del salón, hacia lo oscuro. Giró apenas la cabeza para responder. —Busco a un amigo mío. —Al novio del Emilio buscás, ¿nocierto? —el hombre le gritaba sin moverse de su sitio—. Y vos seguro sos otro marica. Lo habían tomado de punto; podía haber caído cualquier otro, pero le tocó a él. Se compadeció de su mala suerte, víctima de seres que carecían de paciencia, sutileza; en fin, de la meticulosidad de un insecto como la araña. No habían heredado ninguna secreta habilidad; la brutalidad les bastaba para hacer sobrevivir la especie. Al llegar al final de la pared, siguió bordeando el fondo del salón. Recién entonces —los ruidos del baile amortiguados por el cemento—, oyó su respiración agitada, sus latidos. La luz del reflector ya no lo alcanzaba. La noche se le hizo más íntima, más profunda. Lo asustaba tanta oscuridad, o acaso fue la discusión lo que le despertó el miedo. No, no era precisamente miedo lo que sentía, sino zozobra. ¿Hasta dónde hubiera sido capaz de llegar el tipo ese? Se puso a mear contra la pared. Después se dio vuelta hacia la nada. No corría viento, pero los pastos se movían como si las alimañas se alejaran con torpeza. Una sombra asomó por su derecha. —Así que estás acá —el hombre lo dijo en un tono moderado, pero enseguida endureció la voz—. Ando con ganas de matar un marica, y mirá con qué me vengo a encontrar —Esteban oyó un crujido, la voz cada vez más cerca, el aliento del borracho mezclándose con su propio aliento—. Parece que es mi día de suerte. Algo le entró a Esteban en el estómago, algo frío. Extrañado, buscó en lo turbio de esos ojos que lo miraban la cifra de sus días. El pasado se le condensó en un vértigo, en un instante: el de la sigilosa puñalada. —Tan así de golpe —se quejó, apretándose la herida. Otra vez la carcajada, que ahora se le hizo más real. Una realidad de pesadilla. Acaso una pesadilla buscada. La noche lo llamaba, lo atraía. Un gran útero que le prometía protección. Sin dejarse de apretar, echó a correr entre los pastos que le llegaban casi a las rodillas. Corrió ciegamente hasta que sus pies quedaron en el aire y de pronto se le hundieron en algo blando, pegajoso. Una zanja. Ahí se quedó: semihundido, boca arriba, sin aliento. La herida no lo torturaba, más bien sentía una molestia como si algo le quemara adentro. No podía verse, pero presentía que no se iba a morir. Con el tiempo, el tajo quedaría reducido a una huella de su historia. Se incorporó sobre sus codos. Ya no se oía nada, seguramente dejaron de buscarlo. Lo peor parecía haber quedado atrás. Había vivido demasiadas cosas en una sola noche. —Gracias —dijo por decir. Si hasta el momento se lamentó de haber llegado a tal extremo (el de la angustia, el de verse malherido), ahora estaba convencido que salía ganando. Nunca estuvo tan aferrado a la vida. En eso, oyó un rumor. Voces, risas. Como si lo persiguieran varios hombres. Andarían cerca, acaso más cerca de lo que suponía. La pesadilla continuaba. Como pudo —temblando, el corazón batiéndole con fuerza— Esteban se levantó y reanudó la carrera sin mirar atrás.
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