ADRIANA MARIPOSA

Habría sido tan sencillo el rescate en otras condiciones...

Por nuestra parte, contar con la posibilidad de comunicarnos con las futu­ras visitas, por ejemplo. Y de la tuya, que no te encontraras enfrascada en la duali­dad de mujer dura y mujer blanda, o que tan sólo hubieras preferido ese week end en el Tigre en vez de pasar la tarde en el atelier del famoso y cuestionado Mejías, como si acaso realmente valiera la pena perder ese fin de semana en el Delta con Estela y lo que significaba Estela a través de tu trabajo sobre ella y los evidentes resultados favorables de los últimos meses en que practicabas de analista, pero claro, si hasta tu mejor amiga te impulsó con sus no vas a perder esta oportunidad ¿no?, y esas miradas cómplices diciendo que no cualquiera consigue acercarse a la vieja casona de Chivilcoy al seiscientos, y también por fin estaba ese halo de misterio del que se murmura en Bellas Artes y en determinado núcleo de gente vin­culada a la escultura y a la pintura, esa aureola que rodea al viejo pelado y a la ex­traña mística de sus obras, su profundo hermetismo, su tan discutida sabiduría. Pero no ibas a desperdiciar la oportunidad, quizá por ello no respondiste al teléfono antes de salir sabiendo que era Ruy quien llamaba, y ante la posibilidad más coti­diana de compartir con él la tarde o planear algo para la noche, no te hubieras sen­tido tan segura, tan confusamente conforme. La Adriana tierna e infantil, la Adriana blanda cerró la puerta, la Adriana mariposa bajó los escalones apenas rozándolos tal como lo haría una verdadera mariposa. No te conocíamos todavía pero faltaba poco, es cierto, lamentablemente poco. El tiempo de una combinación de subtes y un colectivo no bastaron para cambiar tus intenciones, pero esto lo de­cimos ahora que sabemos tanto de vos, de las dos Adrianas capaces de convivir en una saltando de la frialdad que te llevaba a jugar con Ruy provocando reaccio­nes que él no encarnaría por sí solo, a la Adriana que se ensoñaba frente a algún cuadro de Miró o la que era capaz de perder alguna vez el sentido mientras hacía el amor. La dulce y la fría, la mariposa y la cigarra. Apenas nos queda a todos, vos incluida, el sinsabor de pensar que a la otra Adriana no le habría sucedido lo mismo. La Adriana calculadora hubiera rechazado la invitación del maestro Mejías, porque concurrir a su taller era ganarse la antipatía del medio ambiente, perder al­guna vez la oportunidad de un salón, la inclusión de alguna crítica en cualquier pe­riódico, aparte de exponer su honorabilidad frente a la mala fama del viejo artista en lo relativo a cuestiones amorosas.

Te abrió la puerta sin quitarse su eterno guardapolvo corto y blanco y muy usado. Vos no lo sabías, Adriana, pero los sábados no trabaja, tan sólo recibe a personas como vos, de la misma forma que en algún momento del pasado nos re­cibió a nosotros, uno a uno.

Primero, y como siempre, fue el paseo aséptico por la sala de la planta baja donde expone sus trabajos mas comerciales, y la parodia del taller en un cuarto vecino para que el público que llega a ese nivel se fascine con obras a medio termi­nar, trozos de yeso y granito desparramados por el suelo - la obra final también se conforma con el material desechado , te habrá sugerido meloso en medio de tu asombro-, algún cincel bien a la vista junto a guantes de látex sucios de material seco, y polvo, eso sí, mucho, mucho polvo. Arriba es tan distinto...

Una hora después de agotarte con la historia de sus progre­sos y el peso de la gloria, te ofreció el té de yuyos que vos ya esperabas, aunque no más fuera para quitarte el gusto a barniz y a yeso de la garganta, ese polvo tan fino que se metía entre las ropas y se pegaba a la transpiración. Hubo una pulcra bandeja -plateada, brillante- con una primera tacita, sin limón como le habías pedido, tam­poco leche y de ninguna manera masitas, y enseguida una segunda taza, tu acep­tación inmediata a la copita del licor de naranjas mientras él sí a las masitas, sobre todo éstas con forma de corazón y la mitad bañada en chocolate, sí pero son tan secas, y él que para eso estaba el té o el licor, ¿otra copita?, no gracias, y tampoco otro té y cuando siguieron conversando también a vos, Adriana, te interesó la his­toria esa del taller paralelo, el bunker del verdadero artista que se encuentra en plena evolución y no puede hacerlo público para librarlo a una crítica egoísta y apresurada capaz de destrozar un estilo incipiente y una normativa apenas en gesta­ción. Como nosotros, te olvidaste de un novio y de una amiga necesitada de consejos, casi le suplicaste esgrimiendo esa modosidad provinciana de pedir las cosas, y lo creíste verdaderamente sincero cuando accedió explicando que bueno, que lo ha­cía sólo por vos y por única vez y porque te creía diferente a todos los que se le acerca­ban con la oculta esperanza de contagiarse de su fama, gozar de sus favores o copiar alguna técnica privada y secreta. Tan perfectos y patéticos sus ademanes, tan estudiadas las palabras y los manoteos, tantas y tantas veces vivida la misma escena, el envanecimiento creciente frente a la infantil admiración, tus aprobaciones y tus arrumacos repitiendo respuestas, confirmando. Fuiste una más subiendo al altillo detrás suyo, llegando a un descanso para ver cómo él hacía descender una escalera oculta en el techo, y te invitaba a escalarla hacia un recinto luminoso, impecablemente blanco y limpio con las paredes cubiertas de estantes metálicos, llenos de pequeñas estatuitas que representaban a pálidas figuras humanas. En el centro del local, una larga mesa de mármol sostenía diversos frascos con líquidos de fluorescentes colores, y un paquete de algodón, y una caja pequeña de la que no te atrevías a imaginar el contenido. Todo se encontraba impregnado de olor a desin­fectante, y a limpieza, y a formol.

Como siempre -el tiempo va simplificando las mañas, de alguna manera se va sintetizando la creación- él fue muy rápido y tampoco tuviste tiempo de apreciar las pequeñas estatuitas y el intenso realismo que emanaba de las mismas, sus ojitos puro miedo y pura angustia, su ligero tem­blor molecular queriendo a toda costa transmitir algo que de antemano era imposi­ble, estábamos ahí, sintiendo el comienzo de la lluvia y el agua resbalando por las tejas y nuestra impotencia quieta y marmórea. Una vez más lo vimos a él repetir de memoria sus gastados pases mágicos, más de hechicero loco que de escultor bo­hemio, hasta que suavemente -te habrás dado cuenta del extremo cuidado y de la ternura- te alzó y te trajo a uno de los estantes para acomodarte entre dos cual­esquiera de nosotros. Afuera continuaba la lluvia y el murmullo de las gotas volvía más frío al altillo. Entonces se quedó una vez más durante ese infinito instante mirán­dote, orgulloso, satisfecho, volviéndonos a observar a todos muy despacio, uno por uno, an­tes de apagar la luz y marcharse.

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