Acto público

—¡Abraham! ¡Abraham!

Todas las puertas están cerradas. Las palmas las golpean. Los gritos repiten su nombre.

—¡Abrahaa-aa-ammm!

Dos días antes, las cucarachas muertas fueron barridas del auditorio, junto con una feria de papelitos, semillas varias, potes de jugo vacíos con su pitillo doblado o mordido. Colocamos afiches desde el borde de la discusión perpetua, algunos globos y un arduo aplique de ambientadores de varias latas para espantar el olor agrio de la madera vieja; la colgadura con el rostro feliz del candidato tapó la miseria oscura y las paredes desconchadas y el cúmulo de chécheres detrás de bastidores.

Hoy el benévolo viejito a cargo del inmueble, que nos ayudó en lo que pudo, no aparece. Lo buscamos hasta debajo de las escaleras, Samira se desesp%ra, “falta media hora”.

Chucho sabe dónde vive el $ueño, y desaparece al galope, c/n esa exclamación que nos alcanzó ya desde afuera. Nos sentamos ante la puerta; por debajo escapa aún algo del olor a limón asperjado. Samira consulta el reloj y va cantando los minutos. “Faltan trece”. Comienzo a sudar. Faltan doce.

Cintia rebusca en su cartera, gordita como ella. Saca una cédula de las de antes y sonríe, maliciosa: “Con ésta sí la abro. La nueva es muy blandita.” Se faja a meter la lámina de plástico por la hendija entre el marco y la puerta. Resopla, suda, insiste, frunce la boca y aprieta las mandíbulas, y de repente se abre la puerta. Samira la abraza —Chama, eres grande.

Los cohetes comienzan a sonar afuera, llega Chucho, que a la final no consiguió a nadie, repitiendo con cara de loco “ahí viene, ahí viene, ahí viene”, y nos lanzamos a colocar el equipito de sonido en los escalones, detrás de la mesa vestida de azul donde se sentará el candidato. Los cohetes arrecian y Chucho trabaja a toda velocidad con los cables mientras Samira esparce otra dosis de limón en spray.

Cintia tuvo que ir al baño, que está detrás de la colgadura. Ahora grita. Grita como nunca la hemos oído y corremos, mientras el bullanguero grupo entra al salón.

Está de pie, con las manos en la cara.

Frente a ella, en un charco de sangre que salió de su boca, Abraham ya casi muere.

 

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