La
diferente vocación de cada artista, a la vez que determina el ámbito de su servicio,
indica las tareas que debe asumir, el duro trabajo al que debe
someterse y la responsabilidad que debe afrontar. Un artista
consciente de todo ello sabe también que ha de trabajar sin dejarse
llevar por la búsqueda de la gloria banal o la avidez de una fácil
popularidad, y menos aún por la ambición de posibles ganancias
personales. Existe, pues, una ética, o más bien una « espiritualidad »
del servicio artístico que de un modo propio contribuye a la vida y al
renacimiento de un pueblo.
CARTA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO
II 4 de abril, 1999