TWO MEN TACTICS:  ESTAMOS EN ESTO JUNTOS Y ¡SALDREMOS DE ESTO JUNTOS!

 

    El presente artículo está enfocado a las más peligrosas situaciones a las que puede enfrentarse una pareja de policías, es decir, a aquellas en las que se verían forzados a utilizar sus armas de fuego.  Al finalizar la lectura comprenderemos la conveniencia de disponer de compañeros implicados en la labor policial, conocedores de su trabajo y perfectamente compenetrados con nosotros.  Si el concepto es válido para las circunstancias más graves, ni que decir tiene que lo será para las menos.

      El concepto de Equipo tiene un amplio espectro de aspectos positivos.  Consideremos el obvio apoyo físico y psicológico a nuestra permanente disposición.  Uno de los miembros del Equipo puede proveer apoyo o cobertura por el fuego mientras el otro se mueve, o cubrir amenazas o áreas de amenaza mientras el otro recarga o resuelve una interrupción o anomalía en su arma.  Con la adecuada preparación, el equipo puede llegar a suponer un objetivo infinitamente más complejo para cualquier hostil.  Si un miembro es herido, la otra mitad del equipo puede asistirle.

     Pero como en todas las cosas, hay también un lado potencialmente negativo al concepto de Equipo.  El más obvio es resultar alcanzado por nuestro propio compañero.  Más de una vez me he mosqueado con alguno porque al dirigirles la mirada he visto como estaban desarrollando la búsqueda con el dedo dentro del guardamontes y...¡tocando a algún compañero con el láser!.  No, no me he vuelto majareta.  Una de las cosas que en su día me enseñaron y que yo he procurado transmitir religiosamente es que debemos considerar que de la boca de fuego de nuestra arma (cualquiera), parte un rayo láser invisible que no debe tocar nunca a ningún compañero o inocente, como si por este simple hecho pudieran ser desintegrados (como en las películas de marcianos.)  Por lo tanto, cada vez que debamos cruzar la trayectoria de cualquier inocente, deberíamos bajar la boca de fuego hasta apuntar el suelo, para inmediatamente después de superado el “obstáculo”, volver a levantar el arma hasta una posición de “preparados para hacer fuego” (que no apuntada.)

    Otro posible problema es el que ofrezca aquél compañero tan preocupado y concentrado en su compañero herido, que finalmente acabe igualmente herido o  muerto junto al anterior debido a su falta de atención en el foco primario del problema, que debe ser en cualquier caso, neutralizar la amenaza inmediata.

     Para que nuestro “recién fundado” Equipo pueda funcionar efectiva y eficientemente debe poder hacer bien, al menos, tres cosas:

 1ª)  Comunicarse entre ellos, bien mediante palabras o a través de gestos codificados, conocidos, aprendidos y practicados.  Por ejemplo, un simple apretujón en el hombro con la mano libre, si así se acuerda, dará a entender al que se sitúa al frente, que el de atrás está listo para proseguir el avance; o para ejecutar una acción pre-acordada.

 2ª)  Moverse disciplinada y coordinadamente.  Eso implica moverse y poder utilizar al mismo tiempo con seguridad las respectivas armas mientras están próximos el uno del otro ¡sin dispararse entre ellos!.  Puede parecer gracioso, pero esto no sería raro.  Clint Smith cita en Thunder Ranch una estadística que muestra como en las últimas guerras, al menos entre un 25 a un 30% de soldados, a pesar de haber sido entrenados para el combate, acaban resultando alcanzados por fuego amigo.  Llevar a cabo entrenamientos ”en seco” para que el “Equipo” lime estos fallos y se dé perfecta cuenta de los peligros que implican los “láseres” de las armas de sus compañeros, con las bocas de fuego bailando de acá para allá, puede ser algo vitalmente importante.

 Hay cientos de situaciones que requieren el movimiento simultáneo o coordinado del Equipo, tanto para llevar a cabo búsquedas en edificios o paradas de vehículos.  No hace falta decir los beneficios que aporta el movimiento concertado en estructuras.  Puertas y esquinas dispondrán así de un elemento estático de cobertura, al tiempo que el otro se mueve y “limpia” la zona a asegurar.  Igualmente cabe decir de las escaleras, en las que el segundo elemento recaba la responsabilidad de cobertura hacia atrás y hacia arriba, mientras que el de delante se centra en las zonas frente a ellos.

 3ª)  Disparar.  Saber cómo y cuando hacerlo.  Cuando hay “amigos” próximos, más que nunca, se impone la precisión “quirúrgica”.  Evidentemente partimos de la necesidad de que las habilidades en el tiro de cada uno de los integrantes del Equipo individualmente tengan un nivel más que aceptable, pero deben entrenarse estas habilidades con ejercicios que impliquen el movimiento y fuego de ambos.  Cualquier profano dirá inmediatamente que estas prácticas serían peligrosas.  El tiro simultáneo de varias personas en posiciones próximas entre ellas, evidentemente, siempre será algo inherentemente peligroso, pero como lo puede ser el paracaidismo o el submarinismo.  No obstante, sólo se convierten en actividades inseguras cuando se estructuran o supervisan de forma inapropiada.  La realidad es que a ambos les interesa acostumbrarse a moverse y disparar próximos el uno al otro, hasta que se acostumbren al disparo del compañero y su fogonazo y llegue a ser algo que no les perturbe o distraiga.  Se impone la coordinación y disciplina de fuego entre la pareja.

     Disparar desde el vehículo, salir de éste para ponerse a cubierto o utilizarlo como abrigo es algo que igualmente necesita ser practicado si se pretende poder hacerlo rápida y eficientemente llegado el caso.

     Deben incorporarse conceptos como la distracción, en forma de ordenes verbales directas y dirigidas al sujeto o de cualquier otra forma.  Charles Remsberg cita en su libro “Street Survival” algunos casos de “conciertos” a los que llegan algunos compañeros de patrulla.  Concretamente cita uno en el que uno de los policías fue desarmado y tomado como rehén por un individuo.  El peligro de que la situación acabara con el rehén muerto se incrementaba con el paso de los segundos.  De repente, el rehén simuló un ataque al corazón e hizo como si hubiera perdido la conciencia, quedando como un peso muerto en brazos del sujeto, que, sin saber qué hacer por lo inesperado de la situación y vencido por el peso del agente, quedó expuesto lo suficiente para que el compañero del “infartado” tuviera un blanco claro, que no desaprovechó en cuanto el arma del individuo dejó de apuntar al anterior.  Remsberg se lamentaba de que compañeros que patrullan horas, días, años juntos, hablaran continuamente de mujeres, viajes, ocio, etc., y que dedicasen tan poco tiempo a concertar procedimientos de actuación si se veían en situaciones extremas.

     La práctica puede llevarse a niveles de desarrollo cada vez más complejos y ejecutarse hasta que todo salga a la perfección, incluyendo planes alternativos, evacuación de compañero o inocentes heridos, ensayos de posibles casos de “los peores posibles”, etc.  Generalmente, las cosas no van casi nunca como uno ha planeado y no aprendemos tácticas porque queramos utilizarlas, sino porque en el caso de que tengamos que utilizarlas esto supondrá que existe un grave peligro real e inminente para nuestra vida.  Sí, sí, nosotros ya hemos pedido apoyo, pero como la cosa se ponga fea, tendremos que apañarnos con los que somos y con lo que tengamos.

     Un principio de plena vigencia en todo caso seguirá siendo maximizar la distancia con el hostil y minimizar nuestra exposición como blancos.

 Como estudioso del tema, supe y estudié el incidente del tiroteo de North Hollywood en Los Ángeles en el 98.  Una unidad de radio-patrulla observó como tres individuos, blindados hasta el dedo gordo del pie y armados con fusiles de asalto se introducían en un banco con la presumible intención de atracarlo.  Inmediatamente pidieron apoyo y otras unidades respondieron a la llamada, hasta alcanzar un total de 16 agentes en el momento en que los individuos salían del edificio.  Se montó la de Dios y, en definitiva, lo que salvó la vida de muchos de los policías fue la ventaja mental y práctica de tener compañeros de patrulla conocedores de las tácticas de intervención, bien entrenados y con una adecuada compenetración, lo que, según todos aquellos que se han visto en situaciones similares, supone una inyección de soporte moral inigualable.

     La unidad más frecuente que podemos encontrar allá donde vayamos es el elemento de dos agentes.  Sin embargo es asombroso el escaso (o nulo) entrenamiento que se le dedica a este concepto de mini-Equipo.  Pero esto no puede extrañarnos.  Si muchos de nuestros propios compañeros ni siquiera se plantean esta cara de la moneda en el trabajo policial y son ellos quienes pueden enfrentarse algún día a una situación similar a las mencionadas en las que sólo se juegan su vida y la de sus compañeros, ¿cómo puede esperarse distinta mentalidad en quienes no salen a la calle y ven los “toros” desde la barrera?.  Por supuesto que, afortunadamente, hay honrosas excepciones en las que por parte de los responsables de algunos Cuerpos policiales, conscientes de que esta formación puede convertirse en algo vital para sus subordinados, intentan proporcionársela, sin menoscabo de otras de carácter normativo y administrativo, pero mientras otros no tengáis esa facilidad (yo no puedo quejarme, porque al fin y al cabo, se me ha facilitado la posibilidad de recibir esa formación), quizás debierais ir pensando en cómo suplir esa laguna formativa, aunque sea de forma seria y autodidacta.

La realidad está ahí y como decía mi madre:  “No hay más sordo que el que no quiere oír”.

 

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