Persecuciones
(publicado en el nº 35/2001 de la Revista Servicios de Policía
Municipal. Revista de Servicios de
Información General y Documental).
No voy aquí a referirme a tácticas a utilizar con los vehículos
patrulla que será objeto de futuros artículos, sino que me gustaría con el presente
inducir a reflexionar en qué pueden convertirse muchas de las persecuciones que
realizamos en nuestros vehículos-patrulla. ¿Os lo resumo en una frase? En una trampa
mortal en la que podemos caer fácilmente sin necesidad de que nos ayuden demasiado.
Todos conocemos casos en los que compañeros nuestros, de nuestra propia plantilla o de
otras, se han visto implicados en accidentes de tráfico estando de servicio, con
resultados leves, graves e incluso mortales. En algunos de ellos han resultado igualmente
muertos o heridos otros inocentes, frecuentemente como resultado de persecuciones a gran
velocidad. Y cuando el humo se disipa, en algún momento todos nos hemos preguntado: ¿ha
valido la pena?.
En realidad, si consideráramos las persecuciones como consideramos el
uso de la fuerza en el resto de nuestras intervenciones, en orden a aplicar única y
estrictamente la necesaria al caso, seguramente tomaríamos las decisiones correctas. Se
trata en todo caso de poner en un plato de la balanza, el riesgo que para los demás puede
suponer que el sujeto que perseguimos finalmente se escape, y en el otro, los riesgos que
implica su persecución.
Demasiado a menudo los policías nos vemos con la sangre caliente y la
adrenalina a tope, y es entonces cuando corremos el riesgo de tomar decisiones inseguras o
peligrosas. Todos estamos tan empecinados pensando en detener a quien perseguimos y
demostrar lo buenos policías que somos, que a menudo olvidamos nuestra propia seguridad y
asimismo, la de los demás, incluyendo la del propio perseguido. Si pudiéramos
concentrarnos en cada momento en lo que es SEGURO, generalmente y salvo raras excepciones
de las que ningún ejemplo me viene a la mente, no creo equivocarme cuando digo que
haríamos lo CORRECTO.
Lo dicho no equivale a decir, en modo alguno, que no debemos iniciar
ninguna persecución, sino que de una forma completamente casuística, deberíamos sopesar
los pros y los contras, tanto de su inicio, como una vez inmersos en la misma, de su
continuación.
Una persecución puede iniciarse por muchos motivos: una infracción de
tráfico en la que el conductor, ante las señales de alto ha hecho caso omiso y se
resiste a detenerse; un vehículo sospechoso que se nos da a la fuga sin que sepamos en
ese momento el por qué de su huida; la de uno o más delincuentes reconocidos tras la
comisión de un hecho delictivo; etc. Pero sea por el motivo que sea, que hayamos
comenzado la persecución no implica que debamos mantenernos en unos rígidos patrones de
conducta que no nos permita interrumpirla cuando veamos que los márgenes de seguridad, en
general, se están reduciendo y que el riesgo de resultados lesivos está haciéndose más
que patente.
Muchos confunden la conducción policial con la conducción agresiva,
que cualquiera, a grosso modo, puede hacer en un momento determinado sin tener ni idea de
lo que está haciendo, de forma temeraria, y bastantes ejemplos tenemos de ello en el sin
fin de accidentes estúpidos provocados por jóvenes "agresivos" de fin de
semana, muchos de ellos cuando apenas se han sacado el permiso de conducir. La conducción
policial puede y, en ocasiones, debe ser agresiva, pero siempre debe estar basada en el
conocimiento del vehículo y de las tácticas al volante, nunca en la temeridad.
La conducción policial como materia a aprender, es de esas "raras
avis" que en pocas o en ninguna ocasión se trata a lo largo de nuestra carrera, a
sabiendas de la complejidad de su organización para los responsables policiales
(circuitos de seguridad, vehículos preparados, personal docente, seguros de
accidente
), excepción hecha de aquellos contados casos en los que, disponiendo de
centros de formación para la conducción a una distancia razonable, procuran a sus
policías, cuando menos, una enseñanza básica de las peculiaridades de esta faceta del
trabajo policial. Igualmente, debemos salvar a aquellos compañeros que, a título
personal, y previo "alivio" de sus bolsillos, asisten a cursos en la materia
impartidos por reconocidos profesionales en estos centros especializados privados (por
ejemplo, el de Salvador Canyellas en Can Padró).
La única instrucción con la que generalmente contamos en cuanto a
conducción de vehículos se refiere, es la que cada uno de nosotros aprendimos en su
momento en la autoescuela y la adquirida merced a nuestra experiencia al volante de
nuestro vehículo particular, lo cual difiere enormemente de conducir agresivamente y
sometido a condiciones de estrés. Evidentemente, también cuenta nuestra experiencia
conduciendo vehículos policiales y desarrollando persecuciones con ellos,
pero
CUIDADO. Dicen que la práctica hace maestros, pero eso no es completamente
cierto. Sólo la práctica correcta hace maestros, ya que si nos tiramos veinte años
haciendo algo mal, en lo único que seremos maestros será en hacer eso que hacemos,
pero
MAL HECHO. Por lo tanto, debemos hacer incapie en el pensamiento de Louis
Awerbuck, entrenador de táctica y tiro policial estadounidense, aplicable perfectamente
al caso: "El genio tiene límites, la estupidez no. Si no puedes controlar tu
entorno dependes fundamentalmente de la suerte y tarde o temprano, todo el que juega se
queda sin ella".
Muchos de nosotros hemos continuado una persecución aun cuando las
cosas se ponían feas, simplemente atendiendo a criterios egoístas, basados en nuestro
orgullo y en nuestra habilidad al volante y por lo tanto nuestras decisiones fueron
tomadas de forma más emocional que lógica. Evidentemente, esto, en la mayor parte de los
casos, se hace a estratos muy subconscientes y en esos momentos de extrema excitación es
relativamente frecuente que no seamos capaces de "frenar al caballo que llevamos
dentro y tirar de las riendas".
Pero vamos al meollo de la cuestión. ¿Podremos justificar la
persecución? (o en términos más simples, ¿tenemos razones para terminarla ahora mismo
voluntariamente?). Debemos estar en condiciones de explicar la decisión tomada como lo
haríamos si tuviéramos que testificar en el Juzgado, cosa que muy seguramente nos
veremos obligados a hacer tarde o temprano, si al finalizar la persecución seguimos con
vida.
Debemos tener siempre presente que las persecuciones son inherentemente
peligrosas y NO DIVERTIDAS, como parece desprenderse de la abundante y tristemente
influyente filmografía hollywoodiense, que raras veces muestra al agente de Policía
enfrentándose a un procedimiento penal y civil (y menos aún al expediente sancionador
administrativo que necesariamente se va a desencadenar, el cual frecuentemente, puede
resultar más gravoso para el agente que las vías anteriores, sin perjuicio de que,
pudiendo suponer una de las excepciones del principio "non bis in idem", éste
puede enfrentarse tanto a la sanción penal como a la administrativa, de forma acumulada).
Entremos en un salón de actos lleno de policías veteranos, con años
de servicio y preguntémosles que opinarían de un sujeto conduciendo a 90 o 100 Km/h por
una zona urbana, pasándose los semáforos en rojo, haciendo caso omiso a las señales de
Stop y de Ceda el paso, sin tener en cuenta que hay niños jugando en la calle, circulando
en contra dirección y por el carril contrario. Es fácil suponer que la mayoría se
referirían a éste como un criminal, negligente, temerario y peligroso hijo de.... Pero
si acto seguido les preguntáramos a los mismos policías porque no usan esos mismos
términos para describir las acciones de los dos o tres o siete coches de policía que van
pegados detrás haciendo EXACTAMENTE LO MISMO, posiblemente la mayoría se quedaría sin
saber muy bien qué responder, y unos pocos no podrían responder más que
"es
nuestro trabajo".
Como sucede habitualmente, los coches de policía irían, en un caso
similar, a 1 o 2 segundos por detrás, aproximadamente, del vehículo perseguido,
generalmente fijándose en su parte trasera, con lo que, para sus ocupantes pueden pasar
desapercibidos peligros potenciales y no tener suficiente tiempo de reaccionar
adecuadamente y efectuar una maniobra evasiva (por ejemplo, si el sujeto se estrellara; si
algún peatón invadiera la calzada o si algún vehículo con preferencia de paso
invadiera el cruce). Por supuesto, nosotros oímos la sirena desde dentro del coche
patrulla, pero los demás no siempre pueden oírlas o saber de qué dirección vienen.
Por lo tanto, el sentido común, mejor que el celo profesional, debiera
ser quien dictara el inicio o no y la continuación o no de una persecución. "Qué
arriesgo contra qué gano". Dejarse llevar por una reacción más emocional que
lógica, nos llevará a ser más susceptibles de sufrir los efectos del estrés, los
cuales afectaran negativamente nuestra visión, nuestras habilidades motoras y hasta
nuestro proceso cognitivo. Tomar más racionalmente las decisiones cuando nos vemos
envueltos en intervenciones estresantes, como puedan ser las persecuciones reducirá el
riesgo y aumentará las probabilidades de detener con éxito al delincuente, aunque sea
fruto de la investigación de otros policías. No podemos pretender detener nosotros a
todos los delincuentes, en todo caso y a cualquier precio. Siempre recordaré el monólogo
de George C. Scott en una película llamada "Los Nuevos Centuriones", en el que
dice más o menos: "Los policías somos como los basureros. Salimos todos los días a
la calle y recogemos la m
. Si un día no saliéramos
la m
.. se nos
comería". Pero no podemos pretender acabar con toda la basura, sino sólo mantener
unos niveles aceptables de suciedad para el ciudadano".
Si nos preguntamos qué ofensa es peor que arriesgar innecesariamente
nuestra vida, la de nuestro compañero y la de otros para coger al que huye no podremos
pensar ni una sola.
Nuestra evaluación de las circunstancias debe ser constante, pero a la
hora de tomar una decisión, de entre los factores a considerar, el número 1 debe ser la
SEGURIDAD. Después de todo, los Tribunales mirarán lo razonable de nuestras acciones,
basadas en lo que sabíamos y podíamos hacer en ese momento. Sólo de esa forma podemos
dar soporte a nuestra defensa en orden a la justificación de nuestras acciones u
omisiones. Nada hay más razonable y que por lo tanto nos amparará, que haber buscado,
por encima de todo, la seguridad de propios y extraños.
Hay dos clases de riesgos inherentes a las persecuciones: la
persecución en sí misma (con todas las situaciones de peligro que pueden generarse
debido a que el sujeto tratará de zafarse de la presencia de la policía para evitar ser
detenido) y el peligro público o peligro que se genera para cualquiera si el individuo
finalmente huye (como sería el caso de terroristas perfectamente identificados). No
podremos justificar de igual forma un accidente provocado por un terrorista o cualquier
otro delincuente peligroso y armado en fuga, que el provocado por un mero infractor de las
normas de circulación, que no quiere ser sancionado. En uno y otro caso, nuestro celo por
conseguir ser nosotros quienes consigamos llevar la actuación hasta el final no
encontrará igual justificación en caso de resultados lesivos. Una persecución motivada
por una infracción de tráfico que finalice en accidente, en el momento de ser enjuiciada
se tornará en lo que era inicialmente la ofensa producida al ordenamiento jurídico, y
será lo que se examine en primer lugar, o sea, UNA MERA INFRACCIÓN DE TRÁFICO.
La decisión a tomar no será fácil cuando la adrenalina está
subiendo y queremos coger al infractor o al delincuente, pero ante esto, Steve Ashley,
Instructor retirado de Michigan y experto en el entrenamiento en conducción policial
dice: "Si supieras que tu mujer o marido, tus niños, tus padres, tu novia o novio, o
tu mejor amigo estuvieran conduciendo por la misma calle en sentido contrario al nuestro,
¿continuarías la persecución? Si el delito es tan serio que pondrías en peligro a
alguien a quien quieres para detenerlo, entonces está justificado continuar la
persecución, de lo contrario, no lo está".
- Una retirada a tiempo es una victoria - ("Batallita")
En febrero del pasado año detectamos circulando y perseguimos a un
conocido delincuente que se dedicaba a robar, día tras día, turismos Opel Kadett en
Castellón y provincia. La persecución se desarrolló inicialmente en zona despoblada,
fuera del casco urbano y en carretera secundaria con escaso tránsito de vehículos,
radiando continuamente nuestra posición con la intención de conseguir interceptarlo
mediante "cierre" en algún punto de paso previsto. Pero en un momento
determinado, el sujeto tomó la Carretera Nacional 340 en dirección Valencia, adelantando
camiones con línea continua y sin ninguna visibilidad. Fue precisamente en ese momento,
en el que vimos que el nivel de riesgo escalaba súbita y exageradamente, que decidimos
interrumpir la persecución para intentar otros métodos encaminados al mismo fin, con
menor riesgo. Se dispuso una vigilancia por la zona en donde solían aparecer los
vehículos robados, encontrándose el turismo en cuestión a los 50 minutos estacionado en
un arcén. Asimismo se dispuso una continua vigilancia en los alrededores de donde
pernoctaba este personaje, siendo localizado y detenido a las 3 horas.
Recordemos siempre que nosotros tenemos una perspectiva del incidente y
sabemos como se ha ido desarrollando, visión que el ciudadano no suele tener, por lo que
su apreciación de lo que nosotros hagamos no será la misma. Por lo tanto hay que tener
en cuenta esta perspectiva "ajena" a los hechos, que posiblemente sea la que
más fácilmente adopte el Juez, en su caso, y que es la que nos va a facilitar tomar las
decisiones más oportunas en cada caso.
Una herramienta docente muy útil y generalmente obviada es el
"debriefing" o reunión posterior a la intervención para ver qué ha ido bien y
qué ha ido mal, y en todo caso, qué podría mejorarse para la próxima ocasión. Debemos
aprender de nuestros errores, pero también de lo que hacemos bien.
Está bien que confiemos en nuestra habilidad para conducir a alta
velocidad (y por ende, para frenar), pero seamos conscientes de nuestras limitaciones y
pensemos también en las habilidades y limitaciones del que está huyendo. Mejor no tener
que descubrirlo mientras se está produciendo un accidente.
Como rezaban aquellos avisos del Ministerio de Trabajo de hace tantos
años: "Trabaje, pero SEGURO".
"Cactus" (Lista Polis)