HACIA UN ENTRENAMIENTO REALISTA

 

            ¿Cuántas veces al año os llevan al campo de tiro a practicar con vuestra pistola o revólver, si es que vais alguna?.  ¿Cuántos disparos hacéis?.  ¿Hacéis prácticas en seco?.  ¿Practicáis el desenfunde?.  ¿Y qué me decís del uso de abrigos y el tiro desde ellos en posiciones incómodas?. ¿A qué distancias realizáis las prácticas?. ¿Os resulta estresante?.  ¿Aprendéis el manejo de las armas y las tácticas relacionadas con su uso?... ¿O sólo vais, tiráis y anotan cuantos puntos hacéis sobre un blanco deportivo de precisión a 25 metros?.

            Nadie nos tiene ya que enseñar a utilizar con habilidad suficiente el bolígrafo, herramienta de trabajo que con más frecuencia usa el Policía.  Pero, ¿podemos decir lo mismo con respecto al resto de nuestros utensilios?  El arma de fuego, le guste a algunos o no, es una de nuestras herramientas, la cual, afortunadamente, no solemos vernos obligados a utilizar, lo que no debe ser óbice para que sepamos utilizarla, y  no sólo bien, sino muy bien, dadas las circunstancias que suelen rodear a su empleo.

            El simple hecho de desenfundar nuestra arma y preparar ésta para hacer fuego ya indica la presencia de una posible amenaza grave contra nosotros o contra terceros que debemos desear neutralizar lo antes posible, pero la mera impericia en este campo puede resultar bastante más cara que una falta de ortografía con el bolígrafo.  Sería triste resultar abatido por un delincuente, pero... serlo por el disparo de un compañero...  Y esto por desgracia, ya ha ocurrido en más de una ocasión.

            Cuando nos vemos inmersos en una pelea sin armas con alguno de los “brutos mecánicos” que se pasean por nuestras calles, querríamos poder defendernos con la experiencia, por lo menos, de un cinturón negro de cualquier arte marcial, no sólo como lo haría un cinturón naranja.  Evidentemente, si en alguna ocasión (mejor no) tuviéramos que defendernos con nuestras armas de fuego o nos encontráramos súbitamente en un tiroteo, igualmente desearíamos tener unas mínimas posibilidades de salir indemnes del trance, pero no pueden pedirse peras al olmo.  Cualquiera de nosotros reaccionará y procederá tal y como haya practicado.  Si la práctica es buena, tenderemos a buscar abrigo como primera opción e inmediatamente a hacer (si procede) uso de nuestra arma, evaluando simultáneamente el entorno y nuestras posibles respuestas tácticas.  Si la práctica es deficiente... mala cosa.  Pero si el entrenamiento es... INEXISTENTE...., supone dejar al factor suerte un porcentaje demasiado considerable a jugar en el desenlace de la situación.

            Un entrenamiento policial basado en el tiro deportivo puede considerarse, en todo caso, como un entrenamiento completamente INÚTIL, en su caso, para defender nuestra vida.  Veamos unas “pequeñas” diferencias entre uno y otro.

En el tiro deportivo, el blanco suele estar situado a unos 25 metros; está inmóvil (en algunos casos, con tiempos de exposición conocidos); es unidimensional, de papel o cartón, y generalmente sin que muestre reacción alguna ante los impactos; suele ser regular (normalmente rectangular), con referencias; los ejercicios suelen hacerse con buena iluminación, mayormente a la luz del día;  se suele tirar desde posiciones cómodas, generalmente de pie y sin obstáculos hasta el blanco; las interrupciones se suelen solventar por el instructor, tras levantar la mano el que la sufre; el único estrés que puede sufrirse es debido al “qué dirán los compañeros” o por hacer una mayor puntuación que los demás.

            Cuando hablamos de entrenar (que no puntuar) para un tiro de combate realista, debemos alternar en las distancias a los blancos, incidiendo mayormente en las cortas (15-7 metros) y muy cortas (5-1 metro); debemos utilizar blancos irregulares y al alcanzar un mínimo nivel, introducir el tiro en movimiento (para diversos supuestos, pero básicamente para buscar abrigo), así como tirar sobre blancos móviles (un blanco real raramente estará estático e inmóvil, sino que puede estar erráticamente en movimiento; debemos inculcar el uso de abrigos (obstáculos que ofrecen protección contra los proyectiles del adversario) como primera opción, así como el tiro desde éstos, en posiciones incómodas; fomentar un manejo hábil y repetitivo del arma, de modo que el tirador sepa perfectamente el funcionamiento interno y externo de su arma; que el tirador sea independiente a la hora de resolver sus interrupciones (por supuesto con el instructor a “su sombra”); A realizar recargas de emergencia, tácticas; a operar su arma con una sola mano; a enfrentar objetivos múltiples, y dentro de este campo, a discriminar amenazas, introduciendo la toma de decisiones sobre si procede o no abrir fuego o tan sólo dar órdenes y tomar otras acciones distintas al uso del arma. y bastantes cosas más.

Por lo tanto, debemos pretender una formación integral que englobe no sólo la mejora de las habilidades en el tiro, sino también la enseñanza de las tácticas que los policías pueden verse obligados a aplicar simultáneamente al uso estricto de su arma.

En cuanto a la capacidad de tiro, evidentemente, no se trata de conseguir unos tiradores cuyos disparos entren todos por el mismo agujero, sino evitar la dispersión de los mismos y tender a conseguir agruparlos en zonas realmente susceptibles de producir la incapacitación inmediata del adversario y, por supuesto, a enseñar qué zonas son éstas.  Aquello de “hay que tirar al bulto” es algo que debe considerarse completamente obsoleto y que no se adecua a una formación realista, sino a enseñanzas basadas meramente en la teoría.  El disparo que falla su objetivo, no sólo reduce las posibilidades de conseguir su objetivo:  neutralizar cuanto antes la amenaza, sino que puede seguir "volando" libremente y herir a algún inocente que pase por el lugar, bastantes metros por detrás.

En España siguen formándose instructores de tiro a los que se les enseña conceptos caducos, sin apoyo científico de ningún tipo y basado en fundamentos poco realistas, adoptando incluso posiciones propias de modalidades deportivas, en el mejor de los casos, de IPSC, que aun sin ser lo que debe perseguirse, ya que no deja de ser eso, una modalidad de tiro deportivo, al menos obliga a una mayor habilidad y precisión.  Incluso siguen aportándose tópicos surrealistas, propios de las películas de Hollywood y que nada aportan para defender realmente la vida, más que información tomada del análisis de miles de enfrentamientos armados de los que pueden extraerse valiosísimas consecuencias.

Es triste que las pocas veces en las que los policías son llevados a hacer “prácticas de tiro”, se utilice este valiosísimo tiempo en ver CUANTOS PUNTOS hacen.  Que muchas de las horas dedicadas a formar instructores (aquí son 60 horas), se pierdan en CONCEPTOS ANTEDILUVIANOS inaplicables en situaciones reales.  Y el tiempo que generalmente se dedica a este apartado en los quehaceres policiales es claramente insuficiente, lo que obliga a tomar un interés personal en el tema.

Ser instructor debe ir más allá de enseñar cómo se desmonta un arma, como funciona, sobre las municiones y calibres (en lo que también hay mucha laguna formativa), las posiciones “californiana”, crouch y el tema de “isósceles” y “Weaver”.  El auténtico y vocacional instructor trasciende a esos conceptos básicos y sus “rigideces”, busca en todas partes, aprende cuanto puede, prueba, evalúa, aplica y enseña lo que realmente funciona y ha funcionado también según la experiencia de otros y  deja lo demás para el “circo” y las películas.  Da un porqué de las cosas, un razonamiento coherente, no permite que aplicaciones estrictas de tácticas y conceptos dé al traste con la superación de cada alumno, porque casi todo es matizable (salvo concretas excepciones) y flexible, y porque “no todo lo que me funciona a mi debe funcionarte a ti”.  Saca por tanto, lo mejor de cada uno con sus particulares peculiaridades y circunstancias (por ejemplo, lo válido para un tipo de pistola no lo es en absoluto para otro) y fomenta la búsqueda personal de todos para adquirir más y mejores conocimientos y elevar constantemente sus habilidades.

Como siempre, un simple título en la pared no es soporte suficiente que acredite la validez de la información transmitida.  Es la experiencia de los instructores, su sed de información veraz de “última generación”, su continua búsqueda y sobre todo, práctica, lo que puede conseguir que la instrucción recibida por los policías sea realmente capaz de proporcionarles serias posibilidades de salir con vida de un enfrentamiento armado, que nunca es buscado por ellos.

Intentemos caminar hacia ese ansiado entrenamiento realista y tomémonos el tema con la seriedad e importancia que tiene.  Considerar la supervivencia de los policías como algo subsidiario o sin sentido, en base a la tasa actual de caídos en acto de servicio en España, puede llevar a lamentables consecuencias.  La simple impericia en el manejo del arma por parte de los policías puede llevar en casos lesivos a complejos procedimientos, penales y civiles (con responsabilidad subsidiaria por parte de la Administración correspondiente), perfectamente evitables.  Pero es de cajón, que si se nos forma básicamente para mantener y restaurar en su caso, el orden, para aplicar las normas y proteger a los ciudadanos y a nuestras Autoridades, debe formársenos eficazmente no sólo para conseguir esta general protección, sino también para protegernos A NOSOTROS MISMOS.  Si no somos capaces de defendernos nosotros, ¿a quién vamos a defender?

En definitiva, por desgracia muchos policías se pueden identificar con el título de la película “armados y peligrosos”.  Pero peligrosos. ¿PARA QUIÉN?

-Cactus-

 

*Echar un vistazo al artículo: los cinco niveles en el manejo de armas de fuego de la sección reflexiones.

 

 

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