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24 de julio de 2005

Carta a mi rival

I

Es cierto no te falta cierta hermosura,
que tus ojos son lagos claros rodeados de fuego.
Mucho menos se dir�a careces de ternura;
el roze de tus manos es dulce a�n en el duelo.

La blancura de la nieve se refleja en tu piel
y en tus mejillas el rubor fresco de la rosa.
Tus pecas muestran constelaciones a�n por nacer,
y tus cabellos irradian con el ardor de la oto�al hoja.

Tambi�n yo poseo mi propia hermosura
aunque quiz�s para �l algo m�s ordinaria.
Mi piel no ser� jam�s cual nieve pura,
transparente y clara, luminosa como la luna.

Mi piel est� te�ida por la dulzura de la canela.
Mis ojos, m�s que agua, son tierra f�rtil de los sue�os.
M�s que un mapa celeste, mi cuerpo marca la ruta eterna
hacia el tesoro de mi alma, mis lunares del mapa los puntos.

Este cuerpo que aparenta ser demasiado delicado
posee escondida la fuerza de la ola embravecida.
Ostenta la sutileza de la flor, la quietud del cielo estrellado,
pero guarda por el que te ama la violenta llama enardecida.

II

Sin embargo, mi belleza contin�a siendo usual,
jam�s exaltada fuera de lo cotidiano.
Competir con la tuya resultar�a trivial,
pero hay cosas mayores en m� para quien amo.

Me da l�stima herirte con la verdad.
Pienso te quebrar� cual mu�eca de porcelana.
Yo, sin embargo, no sobrevivir�a en falsedad
Y este secreto querr�a saberlo, a�n a costa de mi alma.

Jam�s �l ser� s�lo tuyo, clara ninfa.
M�s de una vez es mi beso el que ha buscado
a�n estando t� en la habitaci�n vecina.
Es mi cuerpo el objeto de su intenso deseo m�s callado.

En tu belleza singular no logras en �l inspirar
el fuego que yo sin palabras encend�,
ese fuego que casi a ambos nos llega a abrasar
pero que yo, por dignidad, quemarme no permit�.

As� ves, criatura hermosa e ingenua,
que el hombre que quieres y el que yo amo
no ser� ni de tu claridad ni de mi tez morena.
Ninguna acompa�ar� su triste paso ya anciano.

Envejecer� solo por no aprender a sentir de verdad.
De lo que ahora s� no he de dejarte inocentemente ajena:
�l no conoce la dulce espera, mucho menos la admirable lealtad,
no sentir� el real amor y jam�s valdr� la pena.




Copyright �2005 Surey Rodr�guez

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