UNIVERSIDAD NACIONAL AUTÓNOMA DE MÉXICO

 

FACULTAD DE CIENCIAS POLÍTICAS Y SOCIALES

DIVISIÓN SISTEMA UNIVERSIDAD ABIERTA Y EDUCACIÓN A DISTANCIA

 

ÁREA: CIENCIAS DE LA COMUNICACIÓN

 

 

LINEAMIENTOS DE EXÁMENES EXTRAORDINARIOS

 

 

SEMESTRE 2009-1

 

 

SOCIOLOGÍA DE LA RADIO Y LA TELEVISIÓN.

 

 

 

Profesor: Héctor Javier Pérez Monter.  [email protected]

 

Periodo: 2009-1

 

BIBLIOGRAFÍA Y TRABAJOS A PRESENTAR:

 

Noham Chomsky:

 

-         *  “DEMOCRACIA”

-         *  “El Control de los Medios de Comunicación”.

(Lecturas entregadas en electrónico por el profesor, a vuelta de correo)

 

Generar un total de 15 oraciones concluyentes, soportadas en un párrafo de 8 líneas como máximo, sobre los principales argumentos del autor.

 

 

-         JEFREY C. ALEXANDER:

LAS TEORÍAS SOCIOLÓGICAS DESDE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL.

Gedisa Editorial.

 

En base a los primeros seis capítulos de esta obra, referentes al Funcionalismo, definir un total de 25 términos, como los siguientes, en un mínimo 5 de líneas por término:

 

Acto, Asignación, Categorías residuales, Catexia, Contingencia, Díada, Disponibilidades, Institucionalización, Integración, Recompensas simbólicas, Sistema social, Socialización, etc.

 

La selección de estos términos y su definición debe estar acompañada de una aplicación cotidiana de estas teorías; ejemplos. 

-         DESMOND MORRIS

EL HOMBRE AL DESNUDO.

Editoriales: Círculo de Lectores, Orbis y otras editoriales. 

 

Tomar al menos 20 gestos, señales o hábitos, señalados por el autor y aplicarlos en la vida cotidiana de manera muy creativa; describiendo las acciones y de ser posible ilustrarlas con fotografías o recortes actuales. 

 

 

  • Lecturas en documentos anexos

 

 

EL CONTROL DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN.


Noam Chomsky


 

El control de los medios de comunicación

 

El papel de los medios de comunicación en la política contemporánea nos obliga a preguntar por el tipo de mundo y de sociedad en los que queremos vivir, y qué modelo de democracia queremos para esta sociedad. Permítaseme empezar contraponiendo dos conceptos distintos de democracia. Uno es el que nos lleva a afirmar que en una sociedad democrática, por un lado, la gente tiene a su alcance los recursos para participar de manera significativa en la gestión de sus asuntos particulares, y, por otro, los medios de información son libres e imparciales. Si se busca la palabra democracia en el diccionario se encuentra una definición bastante parecida a lo que acabo de formular.

Una idea alternativa de democracia es la de que no debe permitirse que la gente se haga cargo de sus propios asuntos, a la vez que los medios de información deben estar fuerte y rígidamente controlados. Quizás esto suene como una concepción anticuada de democracia, pero es importante entender que, en todo caso, es la idea predominante. De hecho lo ha sido durante mucho tiempo, no sólo en la práctica sino incluso en el plano teórico. No olvidemos además que tenemos una larga historia, que se remonta a las revoluciones democráticas modernas de la Inglaterra del siglo XVII, que en su mayor parte expresa este punto de vista. En cualquier caso voy a ceñirme simplemente al período moderno y acerca de la forma en que se desarrolla la noción de democracia, y sobre el modo y el porqué el problema de los medios de comunicación y la desinformación se ubican en este contexto.

 

Primeros apuntes históricos de la propaganda

 

Empecemos con la primera operación moderna de propaganda llevada a cabo por un gobierno. Ocurrió bajo el mandato de Woodrow Wilson. Este fue elegido presidente en 1916 como líder de la plataforma electoral Paz sin victoria, cuando se cruzaba el ecuador de la Primera Guerra Mundial. La población era muy pacifista y no veía ninguna razón para involucrarse en una guerra europea; sin embargo, la administración Wilson había decidido que el país tomaría parte en el conflicto. Había por tanto que hacer algo para inducir en la sociedad la idea de la obligación de participar en la guerra. Y se creó una comisión de propaganda gubernamental, conocida con el nombre de Comisión Creel, que, en seis meses, logró convertir una población pacífica en otra histérica y belicista que quería ir a la guerra y destruir todo lo que oliera a alemán, despedazar a todos los alemanes, y salvar así al mundo. Se alcanzó un éxito extraordinario que conduciría a otro mayor todavía: precisamente en aquella época y después de la guerra se utilizaron las mismas técnicas para avivar lo que se conocía como Miedo rojo. Ello permitió la destrucción de sindicatos y la eliminación de problemas tan peligrosos como la libertad de prensa o de pensamiento político. El poder financiero y empresarial y los medios de comunicación fomentaron y prestaron un gran apoyo a esta operación, de la que, a su vez, obtuvieron todo tipo de provechos.

Entre los que participaron activa y entusiásticamente en la guerra de Wilson estaban los intelectuales progresistas, gente del círculo de John Dewey Estos se mostraban muy orgullosos, como se deduce al leer sus escritos de la época, por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una población reticente de que había que ir a una guerra mediante el sistema de aterrorizarla y suscitar en ella un fanatismo patriotero. Los medios utilizados fueron muy amplios. Por ejemplo, se fabricaron montones de atrocidades supuestamente cometidas por los alemanes, en las que se incluían niños belgas con los miembros arrancados y todo tipo de cosas horribles que todavía se pueden leer en los libros de historia, buena parte de lo cual fue inventado por el Ministerio británico de propaganda, cuyo auténtico propósito en aquel momento —tal como queda reflejado en sus deliberaciones secretas— era el de dirigir el pensamiento de la mayor parte del mundo. Pero la cuestión clave era la de controlar el pensamiento de los miembros más inteligentes de la sociedad americana, quienes, a su vez, diseminarían la propaganda que estaba siendo elaborada y llevarían al pacífico país a la histeria propia de los tiempos de guerra. Y funcionó muy bien, al tiempo que nos enseñaba algo importante: cuando la propaganda que dimana del estado recibe el apoyo de las clases de un nivel cultural elevado y no se permite ninguna desviación en su contenido, el efecto puede ser enorme. Fue una lección que ya había aprendido Hitler y muchos otros, y cuya influencia ha llegado a nuestros días.

 

La democracia del espectador

 

Otro grupo que quedó directamente marcado por estos éxitos fue el formado por teóricos liberales y figuras destacadas de los medios de comunicación, como Walter Lippmann, que era el decano de los periodistas americanos, un importante analista político —tanto de asuntos domésticos como internacionales— así como un extraordinario teórico de la democracia liberal. Si se echa un vistazo a sus ensayos, se observará que están subtitulados con algo así como Una teoría progresista sobre el pensamiento democrático liberal. Lippmann estuvo vinculado a estas comisiones de propaganda y admitió los logros alcanzados, al tiempo que sostenía que lo que él llamaba revolución en el arte de la democracia podía utilizarse para fabricar consenso, es decir, para producir en la población, mediante las nuevas técnicas de propaganda, la aceptación de algo inicialmente no deseado. También pensaba que ello era no solo una buena idea sino también necesaria, debido a que, tal como él mismo afirmó, los intereses comunes esquivan totalmente a la opinión pública y solo una clase especializada de hombres responsables lo bastante inteligentes puede comprenderlos y resolver los problemas que de ellos se derivan. Esta teoría sostiene que solo una élite reducida —la comunidad intelectual de que hablaban los seguidores de Dewey— puede entender cuáles son aquellos intereses comunes, qué es lo que nos conviene a todos, así como el hecho de que estas cosas escapan a la gente en general. En realidad, este enfoque se remonta a cientos de años atrás, es también un planteamiento típicamente leninista, de modo que existe una gran semejanza con la idea de que una vanguardia de intelectuales revolucionarios toma el poder mediante revoluciones populares que les proporcionan la fuerza necesaria para ello, para conducir después a las masas estúpidas a un futuro en el que estas son demasiado ineptas e incompetentes para imaginar y prever nada por sí mismas. Es así que la teoría democrática liberal y el marxismo-leninismo se encuentran muy cerca en sus supuestos ideológicos. En mi opinión, esta es una de las razones por las que los individuos, a lo largo del tiempo, han observado que era realmente fácil pasar de una posición a otra sin experimentar ninguna sensación específica de cambio. Solo es cuestión de ver dónde está el poder. Es posible que haya una revolución popular que nos lleve a todos a asumir el poder del Estado; o quizás no la haya, en cuyo caso simplemente apoyaremos a los que detentan el poder real: la comunidad de las finanzas. Pero estaremos haciendo lo mismo: conducir a las masas estúpidas hacia un mundo en el que van a ser incapaces de comprender nada por sí mismas.

 

Lippmann respaldó todo esto con una teoría bastante elaborada sobre la democracia progresiva, según la cual en una democracia con un funcionamiento adecuado hay distintas clases de ciudadanos. En primer lugar, los ciudadanos que asumen algún papel activo en cuestiones generales relativas al gobierno y la administración. Es la clase especializada, formada por personas que analizan, toman decisiones, ejecutan, controlan y dirigen los procesos que se dan en los sistemas ideológicos, económicos y políticos, y que constituyen, asimismo, un porcentaje pequeño de la población total. Por supuesto, todo aquel que ponga en circulación las ideas citadas es parte de este grupo selecto, en el cual se habla primordialmente acerca de qué hacer con aquellos otros, quienes, fuera del grupo pequeño y siendo la mayoría de la población, constituyen lo que Lippmann llamaba el rebaño desconcertado: hemos de protegemos de este rebaño desconcertado cuando brama y pisotea. Así pues, en una democracia se dan dos funciones: por un lado, la clase especializada, los hombres responsables, ejercen la función ejecutiva, lo que significa que piensan, entienden y planifican los intereses comunes; por otro, el rebaño desconcertado también con una función en la democracia, que, según Lippmann, consiste en ser espectadores en vez de miembros participantes de forma activa. Pero, dado que estamos hablando de una democracia, estos últimos llevan a término algo más que una función: de vez en cuando gozan del favor de liberarse de ciertas cargas en la persona de algún miembro de la clase especializada; en otras palabras, se les permite decir queremos que seas nuestro líder, o, mejor, queremos que tú seas nuestro líder, y todo ello porque estamos en una democracia y no en un estado totalitario. Pero una vez se han liberado de su carga y traspasado esta a algún miembro de la clase especializada, se espera de ellos que se apoltronen y se conviertan en espectadores de la acción, no en participantes. Esto es lo que ocurre en una democracia que funciona como Dios manda.

Y la verdad es que hay una lógica detrás de todo eso. Hay incluso un principio moral del todo convincente: la gente es simplemente demasiado estúpida para comprender las cosas. Si los individuos trataran de participar en la gestión de los asuntos que les afectan o interesan, lo único que harían sería solo provocar líos, por lo que resultaría impropio e inmoral permitir que lo hicieran. Hay que domesticar al rebaño desconcertado, y no dejarle que brame y pisotee y destruya las cosas, lo cual viene a encerrar la misma lógica que dice que sería incorrecto dejar que un niño de tres años cruzara solo la calle. No damos a los niños de tres años este tipo de libertad porque partimos de la base de que no saben cómo utilizarla. Por lo mismo, no se da ninguna facilidad para que los individuos del rebaño desconcertado participen en la acción; solo causarían problemas.

Por ello, necesitamos algo que sirva para domesticar al rebaño perplejo; algo que viene a ser la nueva revolución en el arte de la democracia: la fabricación del consenso. Los medios de comunicación, las escuelas y la cultura popular tienen que estar divididos. La clase política y los responsables de tomar decisiones tienen que brindar algún sentido tolerable de realidad, aunque también tengan que inculcar las opiniones adecuadas. Aquí la premisa no declarada de forma explícita —e incluso los hombres responsables tienen que darse cuenta de esto ellos solos— tiene que ver con la cuestión de cómo se llega a obtener la autoridad para tomar decisiones. Por supuesto, la forma de obtenerla es sirviendo a la gente que tiene el poder real, que no es otra que los dueños de la sociedad, es decir, un grupo bastante reducido. Si los miembros de la clase especializada pueden venir y decir Puedo ser útil a sus intereses, entonces pasan a formar parte del grupo ejecutivo. Y hay que quedarse callado y portarse bien, lo que significa que han de hacer lo posible para que penetren en ellos las creencias y doctrinas que servirán a los intereses de los dueños de la sociedad, de modo que, a menos que puedan ejercer con maestría esta autoformación, no formarán parte de la clase especializada. Así, tenemos un sistema educacional, de carácter privado, dirigido a los hombres responsables, a la clase especializada, que han de ser adoctrinados en profundidad acerca de los valores e intereses del poder real, y del nexo corporativo que este mantiene con el Estado y lo que ello representa. Si pueden conseguirlo, podrán pasar a formar parte de la clase especializada. Al resto del rebaño desconcertado básicamente habrá que distraerlo y hacer que dirija su atención a cualquier otra cosa. Que nadie se meta en líos. Habrá que asegurarse que permanecen todos en su función de espectadores de la acción, liberando su carga de vez en cuando en algún que otro líder de entre los que tienen a su disposición para elegir.

 

Muchos otros han desarrollado este punto de vista, que, de hecho, es bastante convencional. Por ejemplo, él destacado teólogo y crítico de política internacional Reinold Niebuhr, conocido a veces como el teólogo del sistema, gurú de George Kennan y de los intelectuales de Kennedy, afirmaba que la racionalidad es una técnica, una habilidad, al alcance de muy pocos: solo algunos la poseen, mientras que la mayoría de la gente se guía por las emociones y los impulsos. Aquellos que poseen la capacidad lógica tienen que crear ilusiones necesarias y simplificaciones acentuadas desde el punto de vista emocional, con objeto de que los bobalicones ingenuos vayan más o menos tirando. Este principio se ha convertido en un elemento sustancial de la ciencia política contemporánea. En la década de los años veinte y principios de la de los treinta, Harold Lasswell, fundador del moderno sector de las comunicaciones y uno de los analistas políticos americanos más destacados, explicaba que no deberíamos sucumbir a ciertos dogmatismos democráticos que dicen que los hombres son los mejores jueces de sus intereses particulares. Porque no lo son. Somos nosotros, decía, los mejores jueces de los intereses y asuntos públicos, por lo que, precisamente a partir de la moralidad más común, somos nosotros los que tenemos que asegurarnos de que ellos no van a gozar de la oportunidad de actuar basándose en sus juicios erróneos. En lo que hoy conocemos como estado totalitario, o estado militar, lo anterior resulta fácil. Es cuestión simplemente de blandir una porra sobre las cabezas de los individuos, y, si se apartan del camino trazado, golpearles sin piedad. Pero si la sociedad ha acabado siendo más libre y democrática, se pierde aquella capacidad, por lo que hay que dirigir la atención a las técnicas de propaganda. La lógica es clara y sencilla: la propaganda es a la democracia lo que la cachiporra al estado totalitario. Ello resulta acertado y conveniente dado que, de nuevo, los intereses públicos escapan a la capacidad de comprensión del rebaño desconcertado.

 

Relaciones públicas

 

Los Estados Unidos crearon los cimientos de la industria de las relaciones públicas. Tal como decían sus líderes, su compromiso consistía en controlar la opinión pública. Dado que aprendieron mucho de los éxitos de la Comisión Creel y del miedo rojo, y de las secuelas dejadas por ambos, las relaciones públicas experimentaron, a lo largo de la década de 1920, una enorme expansión, obteniéndose grandes resultados a la hora de conseguir una subordinación total de la gente a las directrices procedentes del mundo empresarial a lo largo de la década de 1920. La situación llegó a tal extremo que en la década siguiente los comités del Congreso empezaron a investigar el fenómeno. De estas pesquisas proviene buena parte de la información de que hoy día disponemos.

Las relaciones públicas constituyen una industria inmensa que mueve, en la actualidad, cantidades que oscilan en torno a un billón de dólares al año, y desde siempre su cometido ha sido el de controlar la opinión pública, que es el mayor peligro al que se enfrentan las corporaciones. Tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial, en la década de 1930 surgieron de nuevo grandes problemas: una gran depresión unida a una cada vez más numerosa clase obrera en proceso de organización. En 1935, y gracias a la Ley Wagner, los trabajadores consiguieron su primera gran victoria legislativa, a saber, el derecho a organizarse de manera independiente, logro que planteaba dos graves problemas. En primer lugar, la democracia estaba funcionando bastante mal: el rebaño desconcertado estaba consiguiendo victorias en el terreno legislativo, y no era ese el modo en que se suponía que tenían que ir las cosas; el otro problema eran las posibilidades cada vez mayores del pueblo para organizarse. Los individuos tienen que estar atomizados, segregados y solos; no puede ser que pretendan organizarse, porque en ese caso podrían convertirse en algo más que simples espectadores pasivos.

Efectivamente, si hubiera muchos individuos de recursos limitados que se agruparan para intervenir en el ruedo político, podrían, de hecho, pasar a asumir el papel de participantes activos, lo cual sí sería una verdadera amenaza. Por ello, el poder empresarial tuvo una reacción contundente para asegurarse de que esa había sido la última victoria legislativa de las organizaciones obreras, y de que representaría también el principio del fin de esta desviación democrática de las organizaciones populares. Y funcionó. Fue la última victoria de los trabajadores en el terreno parlamentario, y, a partir de ese momento —aunque el número de afiliados a los sindicatos se incrementó durante la Segunda Guerra Mundial, acabada la cual empezó a bajar— la capacidad de actuar por la vía sindical fue cada vez menor. Y no por casualidad, ya que estamos hablando de la comunidad empresarial, que está gastando enormes sumas de dinero, a la vez que dedicando todo el tiempo y esfuerzo necesarios, en cómo afrontar y resolver estos problemas a través de la industria de las relaciones públicas y otras organizaciones, como la National Association of Manufacturers (Asociación nacional de fabricantes), la Business Roundtable (Mesa redonda de la actividad empresarial), etcétera. Y su principio es reaccionar en todo momento de forma inmediata para encontrar el modo de contrarrestar estas desviaciones democráticas.

La primera prueba se produjo un año más tarde, en 1937, cuando hubo una importante huelga del sector del acero en Johnstown, al oeste de Pensilvania. Los empresarios pusieron a prueba una nueva técnica de destrucción de las organizaciones obreras, que resultó ser muy eficaz. Y sin matones a sueldo que sembraran el terror entre los trabajadores, algo que ya no resultaba muy práctico, sino por medio de instrumentos más sutiles y eficientes de propaganda. La cuestión estribaba en la idea de que había que enfrentar a la gente contra los huelguistas, por los medios que fuera. Se presentó a estos como destructivos y perjudiciales para el conjunto de la sociedad, y contrarios a los intereses comunes, que eran los nuestros, los del empresario, el trabajador o el ama de casa, es decir, todos nosotros. Queremos estar unidos y tener cosas como la armonía y el orgullo de ser americanos, y trabajar juntos. Pero resulta que estos huelguistas malvados de ahí afuera son subversivos, arman jaleo, rompen la armonía y atenían contra el orgullo de América, y hemos de pararles los pies. El ejecutivo de una empresa y el chico que limpia los suelos tienen los mismos intereses. Hemos de trabajar todos juntos y hacerlo por el país y en armonía, con simpatía y cariño los unos por los otros. Este era, en esencia, el mensaje. Y se hizo un gran esfuerzo para hacerlo público; después de todo, estamos hablando del poder financiero y empresarial, es decir, el que controla los medios de información y dispone de recursos a gran escala, por lo cual funcionó, y de manera muy eficaz. Más adelante este método se conoció como la fórmula Mohawk VaIley, aunque se le denominaba también métodos científicos para impedir huelgas. Se aplicó una y otra vez para romper huelgas, y daba muy buenos resultados cuando se trataba de movilizar a la opinión pública a favor de conceptos vacíos de contenido, como el orgullo de ser americano. ¿Quién puede estar en contra de esto? O la armonía. ¿Quién puede estar en contra? O, como en la guerra del golfo Pérsico, apoyad a nuestras tropas. ¿Quién podía estar en contra? O los lacitos amarillos. ¿Hay alguien que esté en contra? Sólo alguien completamente necio.

 

De hecho, ¿qué pasa si alguien le pregunta si da usted su apoyo a la gente de lowa? Se puede contestar diciendo Sí, le doy mi apoyo, o No, no la apoyo. Pero ni siquiera es una pregunta: no significa nada. Esta es la cuestión La clave de los eslóganes de las relaciones públicas como Apoyad a nuestras tropas es que no significan nada, o, como mucho, lo mismo que apoyar a los habitantes de Iowa. Pero, por supuesto había una cuestión importante que se podía haber resuelto haciendo la pregunta: ¿Apoya usted nuestra política? Pero, claro, no se trata de que la gente se plantee cosas como esta. Esto es lo único que importa en la buena propaganda. Se trata de crear un eslogan que no pueda recibir ninguna oposición, bien al contrario, que todo el mundo esté a favor. Nadie sabe lo que significa porque no significa nada, y su importancia decisiva estriba en que distrae la atención de la gente respecto de preguntas que sí significan algo: ¿Apoya usted nuestra política? Pero sobre esto no se puede hablar. Así que tenemos a todo el mundo discutiendo sobre el apoyo a las tropas: Desde luego, no dejaré de apoyarles. Por tanto, ellos han ganado. Es como lo del orgullo americano y la armonía. Estamos todos juntos, en tomo a eslóganes vacíos, tomemos parte en ellos y asegurémonos de que no habrá gente mala en nuestro alrededor que destruya nuestra paz social con sus discursos acerca de la lucha de clases, los derechos civiles y todo este tipo de cosas.

 

Todo es muy eficaz y hasta hoy ha funcionado perfectamente. Desde luego consiste en algo razonado y elaborado con sumo cuidado: la gente que se dedica a las relaciones públicas no está ahí para divertirse; está haciendo un trabajo, es decir, intentando inculcar los valores correctos. De hecho, tienen una idea de lo que debería ser la democracia: un sistema en el que la clase especializada está entrenada para trabajar al servicio de los amos, de los dueños de la sociedad, mientras que al resto de la población se le priva de toda forma de organización para evitar así los problemas que pudiera causar. La mayoría de los individuos tendrían que sentarse frente al televisor y masticar religiosamente el mensaje, que no es otro que el que dice que lo único que tiene valor en la vida es poder consumir cada vez más y mejor y vivir igual que esta familia de clase media que aparece en la pantalla y exhibir valores como la armonía y el orgullo americano. La vida consiste en esto. Puede que usted piense que ha de haber algo más, pero en el momento en que se da cuenta que está solo, viendo la televisión, da por sentado que esto es todo lo que existe ahí afuera, y que es una locura pensar en que haya otra cosa. Y desde el momento en que está prohibido organizarse, lo que es totalmente decisivo, nunca se está en condiciones de averiguar si realmente está uno loco o simplemente se da todo por bueno, que es lo más lógico que se puede hacer.

 

Así pues, este es el ideal, para alcanzar el cual se han desplegado grandes esfuerzos. Y es evidente que detrás de él hay una cierta concepción: la de democracia, tal como ya se ha dicho. El rebaño desconcertado es un problema. Hay que evitar que brame y pisotee, y para ello habrá que distraerlo. Será cuestión de conseguir que los sujetos que lo forman se queden en casa viendo partidos de fútbol, culebrones o películas violentas, aunque de vez en cuando se les saque del sopor y se les convoque a corear eslóganes sin sentido, como Apoyad a. nuestras tropas. Hay que hacer que conserven un miedo permanente, porque a menos que estén debidamente atemorizados por todos los posibles males que pueden destruirles, desde dentro o desde fuera, podrían empezar a pensar por sí mismos, lo cual es muy peligroso ya que no tienen la capacidad de hacerlo. Por ello es importante distraerles y marginarles.

 

Esta es una idea de democracia. De hecho, si nos re montamos al pasado, la última victoria legal de los trabajadores fue realmente en 1935, con la Ley Wagner. Después tras el inicio de la Primera Guerra Mundial, los sindicatos entraron en un declive, al igual que lo hizo una rica y fértil cultura obrera vinculada directamente con aquellos. Todo quedó destruido y nos vimos trasladados a una sociedad dominada de manera singular por los criterios empresariales. Era esta la única sociedad industrial, dentro de un sistema capitalista de Estado, en la que ni siquiera se producía el pacto social habitual que se podía dar en latitudes comparables. Era la única sociedad industrial —aparte de Sudáfrica, supongo— que no tenía un servicio nacional de asistencia sanitaria. No existía ningún compromiso para elevar los estándares mínimos de supervivencia de los segmentos de la población que no podían seguir las normas y directrices imperantes ni conseguir nada por sí mismos en el plano individual. Por otra parte, los sindicatos prácticamente no existían, al igual que ocurría con otras formas de asociación en la esfera popular. No había organizaciones políticas ni partidos: muy lejos se estaba, por tanto, del ideal, al menos en el plano estructural. Los medios de información constituían un monopolio corporativizado; todos expresaban los mismos puntos de vista. Los dos partidos eran dos facciones del partido del poder financiero y empresarial. Y así la mayor parte de la población ni tan solo se molestaba en ir a votar ya que ello carecía totalmente de sentido, quedando, por ello, debidamente marginada. Al menos este era el objetivo. La verdad es que el personaje más destacado de la industria de las relaciones públicas, Edward Bernays, procedía de la Comisión Creel. Formó parte de ella, aprendió bien la lección y se puso manos a la obra a desarrollar lo que él mismo llamó la ingeniería del consenso, que describió como la esencia de la democracia.

Los individuos capaces de fabricar consenso son los que tienen los recursos y el poder de hacerlo —la comunidad financiera y empresarial— y para ellos trabajamos.

 

Fabricación de la opinión

 

También es necesario recabar el apoyo de la población a las aventuras exteriores. Normalmente la gente es pacifista, tal como sucedía durante la Primera Guerra Mundial, ya que no ve razones que justifiquen la actividad bélica, la muerte y la tortura. Por ello, para procurarse este apoyo hay que aplicar ciertos estímulos; y para estimularles hay que asustarles. El mismo Bernays tenía en su haber un importante logro a este respecto, ya que fue el encargado de dirigir la campaña de relaciones públicas de la United Fruit Company en 1954, cuando los Estados Unidos intervinieron militarmente para derribar al gobierno democrático-capitalista de Guatemala e instalaron en su lugar un régimen sanguinario de escuadrones de la muerte, que se ha mantenido hasta nuestros días a base de repetidas infusiones de ayuda norteamericana que tienen por objeto evitar algo más que desviaciones democráticas vacías de contenido. En estos casos, es necesario hacer tragar por la fuerza una y otra vez programas domésticos hacia los que la gente se muestra contraria, ya que no tiene ningún sentido que el público esté a favor de programas que le son perjudiciales. Y esto, también, exige una propaganda amplia y general, que hemos tenido oportunidad de ver en muchas ocasiones durante los últimos diez años. Los programas de la era Reagan eran abrumadoramente impopulares. Los votantes de la victoria arrolladora de Reagan en 1984 esperaban, en una proporción de tres a dos, que no se promulgaran las medidas legales anunciadas. Si tomamos programas concretos, como el gasto en armamento, o la reducción de recursos en materia de gasto social, etc., prácticamente todos ellos recibían una oposición frontal por parte de la gente. Pero en la medida en que se marginaba y apartaba a los individuos de la cosa pública y estos no encontraban el modo de organizar y articular sus sentimientos, o incluso de saber que había otros que compartían dichos sentimientos, los que decían que preferían el gasto social al gasto militar —y lo expresaban en los sondeos, tal como sucedía de manera generalizada— daban por supuesto que eran los únicos con tales ideas disparatadas en la cabeza. Nunca habían oído estas cosas de nadie más, ya que había que suponer que nadie pensaba así; y si lo había, y era sincero en las encuestas, era lógico pensar que se trataba de un bicho raro. Desde el momento en que un individuo no encuentra la manera de unirse a otros que comparten o refuerzan este parecer y que le pueden transmitir la ayuda necesaria para articularlo, acaso llegue a sentir que es alguien excéntrico, una rareza en un mar de normalidad. De modo que acaba permaneciendo al margen, sin prestar atención a lo que ocurre, mirando hacia, otro lado, como por ejemplo la final de Copa.

 

Así pues, hasta cierto punto se alcanzó el ideal, aunque nunca de forma completa, ya que hay instituciones que hasta ahora ha sido imposible destruir: por ejemplo, las iglesias. Buena parte de la actividad disidente de los Estados Unidos se producía en las iglesias por la sencilla razón de que estas existían. Por ello, cuando había que dar una conferencia de carácter político en un país europeo era muy probable que se celebrara en los locales de algún sindicato, cosa harto difícil en América ya que, en primer lugar, estos apenas existían o, en el mejor de los casos, no eran organizaciones políticas. Pero las iglesias sí existían, de manera que las charlas y conferencias se hacían con frecuencia en ellas: la solidaridad con Centroamérica se originó en su mayor parte en las iglesias, sobre todo porque existían.

 

El rebaño desconcertado nunca acaba de estar debidamente domesticado: es una batalla permanente. En la década de 1930 surgió otra vez, pero se pudo sofocar el movimiento. En los años sesenta apareció una nueva ola de disidencia, a la cual la clase especializada le puso el nombre de crisis de la democracia. Se consideraba que la democracia estaba entrando en una crisis porque amplios segmentos de la población se estaban organizando de manera activa y estaban intentando participar en la arena política. El conjunto de élites coincidían en que había que aplastar el renacimiento democrático de los sesenta y poner en marcha un sistema social en el que los recursos se canalizaran hacia las clases acaudaladas privilegiadas. Y aquí hemos de volver a las dos concepciones de democracia que hemos mencionado en párrafos anteriores. Según la definición del diccionario, lo anterior constituye un avance en democracia; según el criterio predominante, es un problema, una crisis que ha de ser vencida. Había que obligar a la población a que retrocediera y volviera a la apatía, la obediencia y la pasividad, que conforman su estado natural, para lo cual se hicieron grandes esfuerzos, si bien no funcionó. Afortunadamente, la crisis de la democracia todavía está vivita y coleando, aunque no ha resultado muy eficaz a la hora de conseguir un cambio político. Pero, contrariamente a lo que mucha gente cree, sí ha dado resultados en lo que se refiere al cambio de la opinión pública.

 

Después de la década de 1960 se hizo todo lo posible para que la enfermedad diera marcha atrás. La verdad es que uno de los aspectos centrales de dicho mal tenía un nombre técnico: el síndrome de Vietnam, término que surgió en torno a 1970 y que de vez en cuando encuentra nuevas definiciones. El intelectual reaganista Norman Podhoretz habló de élcomo las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Pero resulta que era la mayoría de la gente la que experimentaba dichas inhibiciones contra la violencia, ya que simplemente no entendía por qué había que ir por el mundo torturando, matando o lanzando bombardeos intensivos. Como ya supo Goebbels en su día, es muy peligroso que la población se rinda ante estas inhibiciones enfermizas, ya que en ese caso habría un límite a las veleidades aventureras de un país fuera de sus fronteras. Tal como decía con orgullo el Washington Post durante la histeria colectiva que se produjo durante la guerra del golfo Pérsico, es necesario infundir en la gente respeto por los valores marciales. Y eso sí es importante. Si se quiere tener una sociedad violenta que avale la utilización de la fuerza en todo el mundo para alcanzar los fines de su propia élite doméstica, es necesario valorar debidamente las virtudes guerreras y no esas inhibiciones achacosas acerca del uso de la violencia. Esto es el síndrome de Vietnam: hay que vencerlo.

 

La representación como realidad

 

También es preciso falsificar totalmente la historia. Ello constituye otra manera de vencer esas inhibiciones enfermizas, para simular que cuando atacamos y destruimos a alguien lo que estamos haciendo en realidad es proteger y defendernos a nosotros mismos de los peores monstruos y agresores, y cosas por el estilo. Desde la guerra del Vietnam se ha realizado un enorme esfuerzo por reconstruir la historia. Demasiada gente, incluidos gran número de soldados y muchos jóvenes que estuvieron involucrados en movimientos por la paz o antibelicistas, comprendía lo que estaba pasando. Y eso no era bueno. De nuevo había que poner orden en aquellos malos pensamientos y recuperar alguna forma de cordura, es decir, la aceptación de que sea lo que fuere lo que hagamos, ello es noble y correcto. Si bombardeábamos Vietnam del Sur, se debía a que estábamos defendiendo el país de alguien, esto es, de los sudvietnamitas, ya que allí no había nadie más. Es lo que los intelectuales kenedianos denominaban defensa contra la agresión interna en Vietnam del Sur, expresión acuñada por Adiai Stevenson, entre otros. Así pues, era necesario que esta fuera la imagen oficial e inequívoca; y ha funcionado muy bien, ya que si se tiene el control absoluto de los medios de comunicación y el sistema educativo y la intelectualidad son conformistas, puede surtir efecto cualquier política. Un indicio de ello se puso de manifiesto en un estudio llevado a cabo en la Universidad de Massachusetts sobre las diferentes actitudes ante la crisis del Golfo Pérsico, y que se centraba en las opiniones que se manifestaban mientras se veía la televisión. Una de las preguntas de dicho estudio era: ¿Cuantas víctimas vietnamitas calcula usted que hubo durante la guerra del Vietnam? La respuesta promedio que se daba era en torno a 100.000, mientras que las cifras oficiales hablan de dos millones, y las reales probablemente sean de tres o cuatro millones. Los responsables del estudio formulaban a continuación una pregunta muy oportuna: ¿Qué pensaríamos de la cultura política alemana si cuando se le preguntara a la gente cuantos judíos murieron en el Holocausto la respuesta fuera unos 300.000? La pregunta quedaba sin respuesta, pero podemos tratar de encontrarla. ¿Qué nos dice todo esto sobre nuestra cultura? Pues bastante: es preciso vencer las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar y a otras desviaciones democráticas. Y en este caso dio resultados satisfactorios y demostró ser cierto en todos los terrenos posibles: tanto si elegimos Próximo Oriente, el terrorismo internacional o Centroamérica. El cuadro del mundo que se presenta a la gente no tiene la más mínima relación con la realidad, ya que la verdad sobre cada asunto queda enterrada bajo montañas de mentiras. Se ha alcanzado un éxito extraordinario en el sentido de disuadir las amenazas democráticas, y lo realmente interesante es que ello se ha producido en condiciones de libertad. No es como en un estado totalitario, donde todo se hace por la fuerza. Esos logros son un fruto conseguido sin violar la libertad. Por ello, si queremos entender y conocer nuestra sociedad, tenemos que pensar en todo esto, en estos hechos que son importantes para todos aquellos que se interesan y preocupan por el tipo de sociedad en el que viven.

 

La cultura disidente

 

A pesar de todo, la cultura disidente sobrevivió, y ha experimentado un gran crecimiento desde la década de los sesenta. Al principio su desarrollo era sumamente lento, ya que, por ejemplo, no hubo protestas contra la guerra de Indochina hasta algunos años después de que los Estados Unidos empezaran a bombardear Vietnam del Sur. En los inicios de su andadura era un reducido movimiento contestatario, formado en su mayor parte por estudiantes y jóvenes en general, pero hacia principios de los setenta ya había cambiado de forma notable. Habían surgido movimientos populares importantes: los ecologistas, las feministas, los antinucleares, etcétera. Por otro lado, en la década de 1980 se produjo una expansión incluso mayor y que afectó a todos los movimientos de solidaridad, algo realmente nuevo e importante al menos en la historia de América y quizás en toda la disidencia mundial. La verdad es que estos eran movimientos que no solo protestaban sino que se implicaban a fondo en las vidas de todos aquellos que sufrían por alguna razón en cualquier parte del mundo. Y sacaron tan buenas lecciones de todo ello, que ejercieron un enorme efecto civilizador sobre las tendencias predominantes en la opinión pública americana. Y a partir de ahí se marcaron diferencias, de modo que cualquiera que haya estado involucrado es este tipo de actividades durante algunos años ha de saberlo perfectamente. Yo mismo soy consciente de que el tipo de conferencias que doy en la actualidad en las regiones más reaccionarias del país —la Georgia central, el Kentucky rural— no las podría haber pronunciado, en el momento culminante del movimiento pacifista, ante una audiencia formada por los elementos más activos de dicho movimiento. Ahora, en cambio, en ninguna parte hay ningún problema. La gente puede estar o no de acuerdo, pero al menos comprende de qué estás hablando y hay una especie de terreno común en el que es posible cuando menos entenderse.

 

A pesar de toda la propaganda y de todos los intentos por controlar el pensamiento y fabricar el consenso, lo anterior constituye un conjunto de signos de efecto civilizador. Se está adquiriendo una capacidad y una buena disposición para pensar las cosas con el máximo detenimiento. Ha crecido el escepticismo acerca del poder.

 

Han cambiado muchas actitudes hacia un buen número de cuestiones, lo que ha convertido todo este asunto en algo lento, quizá incluso frío, pero perceptible e importante, al margen de si acaba siendo o no lo bastante rápido como para influir de manera significativa en los aconteceres del mundo. Tomemos otro ejemplo: la brecha que se ha abierto en relación al género. A principios de la década de 1960 las actitudes de hombres y mujeres eran aproximadamente las mismas en asuntos como las virtudes castrenses, igual que lo eran las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Por entonces, nadie, ni hombres ni mujeres, se resentía a causa de dichas posturas, dado que las respuestas coincidían: todo el mundo pensaba que la utilización de la violencia para reprimir a la gente de por ahí estaba justificada. Pero con el tiempo las cosas han cambiado. Aquellas inhibiciones han experimentado un crecimiento lineal, aunque al mismo tiempo ha aparecido un desajuste que poco a poco ha llegado a ser sensiblemente importante y que según los sondeos ha alcanzado el 20%. ¿Qué ha pasado? Pues que las mujeres han formado un tipo de movimiento popular semiorganizado, el movimiento feminista, que ha ejercido una influencia decisiva, ya que, por un lado, ha hecho que muchas mujeres se dieran cuenta de que no estaban solas, de que había otras con quienes compartir las mismas ideas, y, por otro, en la organización se pueden apuntalar los pensamientos propios y aprender más acerca de las opiniones e ideas que cada uno tiene. Si bien estos movimientos son en cierto modo informales, sin carácter militante, basados más bien en una disposición del ánimo en favor de las interacciones personales, sus efectos sociales han sido evidentes. Y este es el peligro de la democracia: si se pueden crear organizaciones, si la gente no permanece simplemente pegada al televisor, pueden aparecer estas ideas extravagantes, como las inhibiciones enfermizas respecto al uso de la fuerza militar. Hay que vencer estas tentaciones, pero no ha sido todavía posible.

 

Desfile de enemigos

 

En vez de hablar de la guerra pasada, hablemos de la guerra que viene, porque a veces es más útil estar preparado para lo que puede venir que simplemente reaccionar ante lo que ocurre. En la actualidad se está produciendo en los Estados Unidos —y no es el primer país en que esto sucede— un proceso muy característico. En el ámbito interno, hay problemas económicos y sociales crecientes que pueden devenir en catástrofes, y no parece haber nadie, de entre los que detentan el poder, que tenga intención alguna de prestarles atención. Si se echa una ojeada a los programas de las distintas administraciones durante los últimos diez años no se observa ninguna propuesta seria sobre lo que hay que hacer para resolver los importantes problemas relativos a la salud, la educación, los que no tienen hogar, los parados, el índice de criminalidad, la delincuencia creciente que afecta a amplias capas de la población, las cárceles, el deterioro de los barrios periféricos, es decir, la colección completa de problemas conocidos. Todos conocemos la situación, y sabemos que está empeorando. Solo en los dos años que George Bush estuvo en el poder hubo tres millones más de niños que cruzaron el umbral de la pobreza, la deuda externa creció progresivamente, los estándares educativos experimentaron un declive, los salarios reales retrocedieron al nivel de finales de los años cincuenta para la gran mayoría de la población, y nadie hizo absolutamente nada para remediarlo. En estas circunstancias hay que desviar la atención del rebaño desconcertado ya que si empezara a darse cuenta de lo que ocurre podría no gustarle, porque es quien recibe directamente las consecuencias de lo anterior. Acaso entretenerles simplemente con la final de Copa o los culebrones no sea suficiente y haya que avivar en él el miedo a los enemigos. En los años treinta Hitler difundió entre los alemanes el miedo a los judíos y a los gitanos: había que machacarles como forma de autodefensa. Pero nosotros también tenemos nuestros métodos. A lo largo de la última década, cada año o a lo sumo cada dos, se fabrica algún monstruo de primera línea del que hay que defenderse. Antes los que estaban más a mano eran los rusos, de modo que había que estar siempre a punto de protegerse de ellos. Pero, por desgracia, han perdido atractivo como enemigo, y cada vez resulta más difícil utilizarles como tal, de modo que hay que hacer que aparezcan otros de nueva estampa. De hecho, la gente fue bastante injusta al criticar a George Bush por haber sido incapaz de expresar con claridad hacia dónde estábamos siendo impulsados, ya que hasta mediados de los años ochenta, cuando andábamos despistados se nos ponía constantemente el mismo disco: que vienen los rusos. Pero al perderlos como encamación del lobo feroz hubo que fabricar otros, al igual que hizo el aparato de relaciones públicas reaganiano en su momento. Y así, precisamente con Bush, se empezó a utilizar a los terroristas internacionales, a los narcotraficantes, a los locos caudillos árabes o a Sadam Husein, el nuevo Hitler que iba a conquistar el mundo. Han tenido que hacerles aparecer a uno tras otro, asustando a la población, aterrorizándola, de forma que ha acabado muerta de miedo y apoyando cualquier iniciativa del poder. Así se han podido alcanzar extraordinarias victorias sobre Granada, Panamá, o algún otro ejército del Tercer Mundo al que se puede pulverizar antes siquiera de tomarse la molestia de mirar cuántos son. Esto da un gran alivio, ya que nos hemos salvado en el último momento.

 

Tenemos así, pues, uno de los métodos con el cual se puede evitar que el rebaño desconcertado preste atención a lo que está sucediendo a su alrededor, y permanezca distraído y controlado. Recordemos que la operación terrorista internacional más importante llevada a cabo hasta la fecha ha sido la operación Mongoose, a cargo de la administración Kennedy, a partir de la cual este tipo de actividades prosiguieron contra Cuba. Parece que no ha habido nada que se le pueda comparar ni de lejos, a excepción quizás de la guerra contra Nicaragua, si convenimos en denominar aquello también terrorismo. El Tribunal de La Haya consideró que aquello era algo más que una agresión.

 

Cuando se trata de construir un monstruo fantástico siempre se produce una ofensiva ideológica, seguida de campañas para aniquilarlo. No se puede atacar si el adversario es capaz de defenderse: sería demasiado peligroso. Pero si se tiene la seguridad de que se le puede vencer, quizá se le consiga despachar rápido y lanzar así otro suspiro de alivio.

 

Percepción selectiva

 

Esto ha venido sucediendo desde hace tiempo. En mayo de 1986 se publicaron las memorias del preso cubano liberado Armando Valladares, que causaron rápidamente sensación en los medios de comunicación. Voy a brindarles algunas citas textuales. Los medios informativos describieron sus revelaciones como «el relato definitivo del inmenso sistema de prisión y tortura con el que Castro castiga y elimina a la oposición política». Era «una descripción evocadora e inolvidable» de las «cárceles bestiales, la tortura inhumana [y] el historial de violencia de estado [bajo] todavía uno de los asesinos de masas de este siglo», del que nos enteramos, por fin, gracias a este libro, que «ha creado un nuevo despotismo que ha institucionalizado la tortura como mecanismo de control social» en el «infierno que era la Cuba en la que [Valladares] vivió». Esto es lo que apareció en el Washington Post y el New York Times en sucesivas reseñas. Las atrocidades de Castro —descrito como un «matón dictador»— se revelaron en este libro de manera tan concluyente que «solo los intelectuales occidentales fríos e insensatos saldrán en defensa del tirano», según el primero de los diarios citados. Recordemos que estamos hablando de lo que le ocurrió a un hombre. Y supongamos que todo lo que se dice en el libro es verdad. No le hagamos demasiadas preguntas al protagonista de la historia. En una ceremonia celebrada en la Casa Blanca con motivo del Día de los Derechos Humanos, Ronald Reagan destacó a Armando Valladares e hizo mención especial de su coraje al soportar el sadismo del sangriento dictador cubano. A continuación, se le designó representante de los Estados Unidos en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Allí tuvo la oportunidad de prestar notables servicios en la defensa de los gobiernos de El Salvador y Guatemala en el momento en que estaban recibiendo acusaciones de cometer atrocidades a tan gran escala que cualquier vejación que Valladares pudiera haber sufrido tenía que considerarse forzosamente de mucha menor entidad. Así es como están las cosas.

 

La historia que viene ahora también ocurría en mayo de 1986, y nos dice mucho acerca de la fabricación del consenso. Por entonces, los supervivientes del Grupo de Derechos Humanos de El Salvador —sus líderes habían sido asesinados— fueron detenidos y torturados, incluyendo al director, Herbert Anaya. Se les encarceló en una prisión llamada La Esperanza, pero mientras estuvieron en ella continuaron su actividad de defensa de los derechos humanos, y, dado que eran abogados, siguieron tomando declaraciones juradas. Había en aquella cárcel 432 presos, de los cuales 430 declararon y relataron bajo juramento las torturas que habían recibido: aparte de la picana y otras atrocidades, se incluía el caso de un interrogatorio, y la tortura consiguiente, dirigido por un oficial del ejército de los Estados Unidos de uniforme, al cual se describía con todo detalle. Ese informe —160 páginas de declaraciones juradas de los presos— constituye un testimonio extraordinariamente explícito y exhaustivo, acaso único en lo referente a los pormenores de lo que ocurre en una cámara de tortura. No sin dificultades se consiguió sacarlo al exterior, junto con una cinta de vídeo que mostraba a la gente mientras testificaba sobre las torturas, y la Marin County Interfaith Task Force (Grupo de trabajo multiconfesional Marin County) se encargó de distribuirlo. Pero la prensa nacional se negó a hacer su cobertura informativa y las emisoras de televisión rechazaron la emisión del vídeo. Creo que como mucho apareció un artículo en el periódico local de Marin County, el San Francisco Examiner. Nadie iba a tener interés en aquello. Porque estábamos en la época en que no eran pocos los intelectuales insensatos y ligeros de cascos que estaban cantando alabanzas a José Napoleón Duarte y Ronald Reagan.

 

Anaya no fue objeto de ningún homenaje. No hubo lugar para él en el Día de los Derechos Humanos. No fue elegido para ningún cargo importante. En vez de ello fue liberado en un intercambio de prisioneros y posteriormente asesinado, al parecer por las fuerzas de seguridad siempre apoyadas militar y económicamente por los Estados Unidos. Nunca se tuvo mucha información sobre aquellos hechos: los medios de comunicación no llegaron en ningún momento a preguntarse si la revelación de las atrocidades que se denunciaban —en vez de mantenerlas en secreto y silenciarlas— podía haber salvado su vida.

 

Todo lo anterior nos enseña mucho acerca del modo de funcionamiento de un sistema de fabricación de consenso. En comparación con las revelaciones de Herbert Anaya en El Salvador, las memorias de Valladares son como una pulga al lado de un elefante. Pero no podemos ocuparnos de pequeñeces, lo cual nos conduce hacia la próxima guerra. Creo que cada vez tendremos más noticias sobre todo esto, hasta que tenga lugar la operación siguiente.

 

Solo algunas consideraciones sobre lo último que se ha dicho, si bien al final volveremos sobre ello. Empecemos recordando el estudio de la Universidad de Massachusetts ya mencionado, ya que llega a conclusiones interesantes. En él se preguntaba a la gente si creía que los Estados Unidos debía intervenir por la fuerza para impedir la invasión ilegal de un país soberano o para atajar los abusos cometidos contra los derechos humanos. En una proporción de dos a uno la respuesta del público americano era afirmativa. Había que utilizar la fuerza militar para que se diera marcha atrás en cualquier caso de invasión o para que se respetaran los derechos humanos. Pero si los Estados Unidos tuvieran que seguir al pie de la letra el consejo que se deriva de la citada encuesta, habría que bombardear El Salvador, Guatemala, Indonesia, Damasco, Tel Aviv, Ciudad del Cabo, Washington, y una lista interminable de países, ya que todos ellos representan casos manifiestos, bien de invasión ilegal, bien de violación de derechos humanos. Si uno conoce los hechos vinculados a estos ejemplos, comprenderá perfectamente que la agresión y las atrocidades de Sadam Husein —que tampoco son de carácter extremo— se incluyen claramente dentro de este abanico de casos. ¿Por qué, entonces, nadie llega a esta conclusión? La respuesta es que nadie sabe lo suficiente. En un sistema de propaganda bien engrasado nadie sabrá de qué hablo cuando hago una lista como la anterior. Pero si alguien se molesta en examinarla con cuidado, verá que los ejemplos son totalmente apropiados.

 

Tomemos uno que, de forma amenazadora, estuvo a punto de ser percibido durante la guerra del Golfo. En febrero, justo en la mitad de la campaña de bombardeos, el gobierno del Líbano solicitó a Israel que observara la resolución 425 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, de marzo de 1978, por la que se le exigía que se retirara inmediata e incondicionalmente del Líbano. Después de aquella fecha ha habido otras resoluciones posteriores redactadas en los mismos términos, pero desde luego Israel no ha acatado ninguna de ellas porque los Estados Unidos dan su apoyo al mantenimiento de la ocupación. Al mismo tiempo, el sur del Líbano recibe las embestidas del terrorismo del estado judío, y no solo brinda espacio para la ubicación de campos de tortura y aniquilamiento sino que también se utiliza como base para atacar a otras partes del país. Desde 1978, fecha de la resolución citada, el Líbano fue invadido, la ciudad de Beirut sufrió continuos bombardeos, unas 20.000 personas murieron —en torno al 80% eran civiles—, se destruyeron hospitales, y la población tuvo que soportar todo el daño imaginable, incluyendo el robo y el saqueo. Excelente... los Estados Unidos lo apoyaban. Es solo un ejemplo. La cuestión está en que no vimos ni oímos nada en los medios de información acerca de todo ello, ni siquiera una discusión sobre si Israel y los Estados Unidos deberían cumplir la resolución 425 del Consejo de Seguridad, o cualquiera de las otras posteriores, del mismo modo que nadie solicitó el bombardeo de Tel Aviv, a pesar de los principios defendidos por dos tercios de la población. Porque, después de todo, aquello es una ocupación ilegal de un territorio en el que se violan los derechos humanos. Solo es un ejemplo, pero los hay incluso peores. Cuando el ejército de Indonesia invadió Timor Oriental dejó un rastro de 200.000 cadáveres, cifra que no parece tener importancia al lado de otros ejemplos. El caso es que aquella invasión también recibió el apoyo claro y explícito de los Estados Unidos, que todavía prestan al gobierno indonesio ayuda diplomática y militar. Y podríamos seguir indefinidamente.

 

La guerra del Golfo

 

Veamos otro ejemplo mas reciente. Vamos viendo cómo funciona un sistema de propaganda bien engrasado. Puede que la gente crea que el uso de la fuerza contra Iraq se debe a que América observa realmente el principio de que hay que hacer frente a las invasiones de países extranjeros o a las transgresiones de los derechos humanos por la vía militar, y que no vea, por el contrario, qué pasaría si estos principios fueran también aplicables a la conducta política de los Estados Unidos. Estamos antes un éxito espectacular de la propaganda.

 

Tomemos otro caso. Si se analiza detenidamente la cobertura periodística de la guerra desde el mes de agosto (1990), se ve, sorprendentemente, que faltan algunas opiniones de cierta relevancia. Por ejemplo, existe una oposición democrática iraquí de cierto prestigio, que, por supuesto, permanece en el exilio dada la quimera de sobrevivir en Iraq. En su mayor parte están en Europa y son banqueros, ingenieros, arquitectos, gente así, es decir, con cierta elocuencia, opiniones propias y capacidad y disposición para expresarlas. Pues bien, cuando Sadam Husein era todavía el amigo favorito de Bush y un socio comercial privilegiado, aquellos miembros de la oposición acudieron a Washington, según las fuentes iraquíes en el exilio, a solicitar algún tipo de apoyo a sus demandas de constitución de un parlamento democrático en Iraq. Y claro, se les rechazó de plano, ya que los Estados Unidos no estaban en absoluto interesados en lo mismo. En los archivos no consta que hubiera ninguna reacción ante aquello.

 

A partir de agosto fue un poco más difícil ignorar la existencia de dicha oposición, ya que cuando de repente se inició el enfrentamiento con Sadam Husein después de haber sido su más firme apoyo durante años, se adquirió también conciencia de que existía un grupo de demócratas iraquíes que seguramente tenían algo que decir sobre el asunto. Por lo pronto, los opositores se sentirían muy felices si pudieran ver al dictador derrocado y encarcelado, ya que había matado a sus hermanos, torturado a sus hermanas y les había mandado a ellos mismos al exilio. Habían estado luchando contra aquella tiranía que Ronald Reagan y George Bush habían estado protegiendo. ¿Por qué no se tenía en cuenta, pues, su opinión? Echemos un vistazo a los medios de información de ámbito nacional y tratemos de encontrar algo acerca de la oposición democrática iraquí desde agosto de 1990 hasta marzo de 1991: ni una línea. Y no es a causa de que dichos resistentes en el exilio no tengan facilidad de palabra, ya que hacen repetidamente declaraciones, propuestas, llamamientos y solicitudes, y, si se les observa, se hace difícil distinguirles de los componentes del movimiento pacifista americano. Están contra Sadam Husein y contra la intervención bélica en Iraq. No quieren ver cómo su país acaba siendo destruido, desean y son perfectamente conscientes de que es posible una solución pacífica del conflicto. Pero parece que esto no es políticamente correcto, por lo que se les ignora por completo. Así que no oímos ni una palabra acerca de la oposición democrática iraquí, y si alguien está interesado en saber algo de ellos puede comprar la prensa alemana o la británica. Tampoco es que allí se les haga mucho caso, pero los medios de comunicación están menos controlados que los americanos, de modo que, cuando menos, no se les silencia por completo.

 

Lo descrito en los párrafos anteriores ha constituido un logro espectacular de la propaganda. En primer lugar, se ha conseguido excluir totalmente las voces de los demócratas iraquíes del escenario político, y, segundo, nadie se ha dado cuenta, lo cual es todavía más interesante. Hace falta que la población esté profundamente adoctrinada para que no haya reparado en que no se está dando cancha a las opiniones de la oposición iraquí, aunque, caso de haber observado el hecho, si se hubiera formulado la pregunta ¿por qué?, la respuesta habría sido evidente: porque los demócratas iraquíes piensan por sí mismos; están de acuerdo con los presupuestos del movimiento pacifista internacional, y ello les coloca en fuera de juego.

Veamos ahora las razones que justificaban la guerra. Los agresores no podían ser recompensados por su acción, sino que había que detener la agresión mediante el recurso inmediato a la violencia: esto lo explicaba todo. En esencia, no se expuso ningún otro motivo. Pero, ¿es posible que sea esta una explicación admisible? ¿Defienden en verdad los Estados Unidos estos principios: que los agresores no pueden obtener ningún premio por su agresión y que esta debe ser abortada mediante el uso de la violencia? No quiero poner a prueba la inteligencia de quien me lea al repasar los hechos, pero el caso es que un adolescente que simplemente supiera leer y escribir podría rebatir estos argumentos en dos minutos. Pero nunca nadie lo hizo. Fijémonos en los medios de comunicación, en los comentaristas y críticos liberales, en aquellos que declaraban ante el Congreso, y veamos si había alguien que pusiera en entredicho la suposición de que los Estados Unidos era fiel de verdad a esos principios. ¿Se han opuesto los Estados Unidos a su propia agresión a Panamá, y se ha insistido, por ello, en bombardear Washington? Cuando se declaró ilegal la invasión de Namibia por parte de Sudáfrica, ¿impusieron los Estados Unidos sanciones y embargos de alimentos y medicinas? ¿Declararon la guerra? ¿Bombardearon Ciudad del Cabo? No, transcurrió un período de veinte años de diplomacia discreta. Y la verdad es que no fue muy divertido lo que ocurrió durante estos años, dominados por las administraciones de Reagan y Bush, en los que aproximadamente un millón y medio de personas fueron muertas a manos de Sudáfrica en los países limítrofes. Pero olvidemos lo que ocurrió en Sudáfrica y Namibia: aquello fue algo que no lastimó nuestros espíritus sensibles. Proseguimos con nuestra diplomacia discreta para acabar concediendo una generosa recompensa a los agresores. Se les concedió el puerto más importante de Namibia y numerosas ventajas que tenían que ver con su propia seguridad nacional. ¿Dónde está aquel famoso principio que defendemos? De nuevo, es un juego de niños el demostrar que aquellas no podían ser de ningún modo las razones para ir a la guerra, precisamente porque nosotros mismos no somos fieles a estos principios.

 

Pero nadie lo hizo; esto es lo importante. Del mismo modo que nadie se molestó en señalar la conclusión que se seguía de todo ello: que no había razón alguna para la guerra. Ninguna, al menos, que un adolescente no analfabeto no pudiera refutar en dos minutos. Y de nuevo estamos ante el sello característico de una cultura totalitaria. Algo sobre lo que deberíamos reflexionar ya que es alarmante que nuestro país sea tan dictatorial que nos pueda llevar a una guerra sin dar ninguna razón de ello y sin que nadie se entere de los llamamientos del Líbano. Es realmente chocante.

 

Justo antes de que empezara el bombardeo, a mediados de enero, un sondeo llevado a cabo por el Washington Post y la cadena abc revelaba un dato interesante. La pregunta formulada era: si Iraq aceptara retirarse de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad estudiara la resolución del conflicto árabe-israelí, ¿estaría de acuerdo? Y el resultado nos decía que, en una proporción de dos a uno, la población estaba a favor. Lo mismo sucedía en el mundo entero, incluyendo a la oposición iraquí, de forma que en el informe final se reflejaba el dato de que dos tercios de los americanos daban un sí como respuesta a la pregunta referida. Cabe presumir que cada uno de estos individuos pensaba que era el único en el mundo en pensar así, ya que desde luego en la prensa nadie había dicho en ningún momento que aquello pudiera ser una buena idea. Las órdenes de Washington habían sido muy claras, es decir, hemos de estar en contra de cualquier conexión, es decir, de cualquier relación diplomática, por lo que todo el mundo debía marcar el paso y oponerse a las soluciones pacíficas que pudieran evitar la guerra. Si intentamos encontrar en la prensa comentarios o reportajes al respecto, solo descubriremos una columna de Alex Cockbum en Los Angeles Times, en la que este se mostraba favorable a la respuesta mayoritaria de la encuesta.

 

Seguramente, los que contestaron la pregunta pensaban estoy solo, pero esto es lo que pienso. De todos modos, supongamos que hubieran sabido que no estaban solos, que había otros, como la oposición democrática iraquí, que pensaban igual. Y supongamos también que sabían que la pregunta no era una mera hipótesis, sino que, de hecho, Iraq había hecho precisamente la oferta señalada, y que esta había sido dada a conocer por el alto mando del ejército americano justo ocho días antes: el día 2 de enero. Se había difundido la oferta iraquí de retirada total de Kuwait a cambio de que el Consejo de Seguridad discutiera y resolviera el conflicto árabe-israelí y el de las armas de destrucción masiva. (Recordemos que los Estados Unidos habían estado rechazando esta negociación desde mucho antes de la invasión de Kuwait). Supongamos, asimismo, que la gente sabía que la propuesta estaba realmente encima de la mesa, que recibía un apoyo generalizado, y que, de hecho, era algo que cualquier persona racional haría si quisiera la paz, al igual que hacemos en otros casos, más esporádicos, en que precisamos de verdad repeler la agresión. Si suponemos que se sabía todo esto, cada uno puede hacer sus propias conjeturas. Personalmente doy por sentado que los dos tercios mencionados se habrían convertido, casi con toda probabilidad, en el 98% de la población. Y aquí tenemos otro éxito de la propaganda. Es casi seguro que no había ni una sola persona, de las que contestaron la pregunta, que supiera algo de lo referido en este párrafo porque seguramente pensaba que estaba sola. Por ello, fue posible seguir adelante con la política belicista sin ninguna oposición. Hubo mucha discusión, protagonizada por el director de la CIA, entre otros, acerca de si las sanciones serían eficaces o no. Sin embargo no se discutía la cuestión más simple: ¿habían funcionado las sanciones hasta aquel momento? Y la respuesta era que sí, que por lo visto habían dado resultados, seguramente hacia finales de agosto, y con más probabilidad hacia finales de diciembre. Es muy difícil pensar en otras razones que justifiquen las propuestas iraquíes de retirada, autentificadas o, en algunos casos, difundidas por el Estado Mayor estadounidense, que las consideraba serias y negociables. Así la pregunta que hay que hacer es: ¿Habían sido eficaces las sanciones? ¿Suponían una salida a la crisis? ¿Se vislumbraba una solución aceptable para la población en general, la oposición democrática iraquí y el mundo en su conjunto? Estos temas no se analizaron ya que para un sistema de propaganda eficaz era decisivo que no aparecieran como elementos de discusión, lo cual permitió al presidente del Comité Nacional Republicano decir que si hubiera habido un demócrata en el poder, Kuwait todavía no habría sido liberado. Puede decir esto y ningún demócrata se levantará y dirá que si hubiera sido presidente habría liberado Kuwait seis meses antes. Hubo entonces oportunidades que se podían haber aprovechado para hacer que la liberación se produjera sin que fuera necesaria la muerte de decenas de miles de personas ni ninguna catástrofe ecológica. Ningún demócrata dirá esto porque no hubo ningún demócrata que adoptara esta postura, si acaso con la excepción de Henry González y Barbara Boxer, es decir, algo tan marginal que se puede considerar prácticamente inexistente.

 

Cuando los misiles Scud cayeron sobre Israel no hubo ningún editorial de prensa que mostrara su satisfacción por ello. Y otra vez estamos ante un hecho interesante que nos indica cómo funciona un buen sistema de propaganda, ya que podríamos preguntar ¿y por qué no? Después de todo, los argumentos de Sadam Husein eran tan válidos como los de George Bush: ¿cuáles eran, al fin y al cabo? Tomemos el ejemplo del Líbano. Sadam Husein dice que rechaza que Israel se anexione el sur del país, de la misma forma que reprueba la ocupación israelí de los Altos del Golán sirios y de Jerusalén Este, tal como ha declarado repetidamente por unanimidad el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Pero para el dirigente iraquí son inadmisibles la anexión y la agresión. Israel ha ocupado el sur del Líbano desde 1978 en clara violación de las resoluciones del Consejo de Seguridad, que se niega a aceptar, y desde entonces hasta el día de hoy ha invadido todo el país y todavía lo bombardea a voluntad. Es inaceptable. Es posible que Sadam Husein haya leído los informes de Amnistía Internacional sobre las atrocidades cometidas por el ejército israelí en la Cisjordania ocupada y en la franja de Gaza. Por ello, su corazón sufre. No puede soportarlo. Por otro lado, las sanciones no pueden mostrar su eficacia porque los Estados Unidos vetan su aplicación, y las negociaciones siguen bloqueadas. ¿Qué queda, aparte de la fuerza? Ha estado esperando durante años: trece en el caso del Líbano; veinte en el de los territorios ocupados.

Este argumento nos suena. La única diferencia entre este y el que hemos oído en alguna otra ocasión está en que Sadam Husein podía decir, sin temor a equivocarse, que las sanciones y las negociaciones no se pueden poner en práctica porque los Estados Unidos lo impiden. George Bush no podía decir lo mismo, dado que, en su caso, las sanciones parece que sí funcionaron, por lo que cabía pensar que las negociaciones también darían resultado: en vez de ello, el presidente americano las rechazó de plano, diciendo de manera explícita que en ningún momento iba a haber negociación alguna. ¿Alguien vio que en la prensa hubiera comentarios que señalaran la importancia de todo esto? No, ¿por qué?, es una trivialidad. Es algo que, de nuevo, un adolescente que sepa las cuatro reglas puede resolver en un minuto. Pero nadie, ni comentaristas ni editorialistas, llamaron la atención sobre ello. Nuevamente se pone de relieve, los signos de una cultura totalitaria bien llevada, y demuestra que la fabricación del consenso sí funciona.

 

Solo otro comentario sobre esto último. Podríamos poner muchos ejemplos a medida que fuéramos hablando. Admitamos, de momento, que efectivamente Sadam Husein es un monstruo que quiere conquistar el mundo —creencia ampliamente generalizada en los Estados Unidos—. No es de extrañar, ya que la gente experimentó cómo una y otra vez le martilleaban el cerebro con lo mismo: está a punto de quedarse con todo; ahora es el momento de pararle los pies. Pero, ¿cómo pudo Sadam Husein llegar a ser tan poderoso? Iraq es un país del Tercer Mundo, pequeño, sin infraestructura industrial. Libró durante ocho años una guerra terrible contra Irán, país que en la fase posrevolucionaria había visto diezmado su cuerpo de oficiales y la mayor parte de su fuerza militar. Iraq, por su lado, había recibido una pequeña ayuda en esa guerra, al ser apoyado por la Unión Soviética, los Estados Unidos, Europa, los países árabes más importantes y las monarquías petroleras del Golfo. Y, aun así, no pudo derrotar a Irán. Pero, de repente, es un país preparado para conquistar el mundo. ¿Hubo alguien que destacara este hecho? La clave del asunto está en que era un país del Tercer Mundo y su ejército estaba formado por campesinos, y en que —como ahora se reconoce— hubo una enorme desinformación acerca de las fortificaciones, de las armas químicas, etc.; ¿hubo alguien que hiciera mención de todo aquello? No, no hubo nadie. Típico.

 

Fíjense que todo ocurrió exactamente un año después de que se hiciera lo mismo con Manuel Noriega. Este, si vamos a eso, era un gángster de tres al cuarto, comparado con los amigos de Bush, sean Sadam Husein o los dirigentes chinos, o con Bush mismo. Un desalmado de baja estofa que no alcanzaba los estándares internacionales que a otros colegas les daban una aureola de atracción. Aun así, se le convirtió en una bestia de exageradas proporciones que en su calidad de líder de los narcotraficantes nos iba a destruir a todos. Había que actuar con rapidez y aplastarle, matando a un par de cientos, quizás a un par de miles, de personas. Devolver el poder a la minúscula oligarquía blanca —en torno al 8% de la población— y hacer que el ejército estadounidense controlara todos los niveles del sistema político. Y había que hacer todo esto porque, después de todo, o nos protegíamos a nosotros mismos, o el monstruo nos iba a devorar. Pues bien, un año después se hizo lo mismo con Sadam Husein. ¿Alguien dijo algo? ¿Alguien escribió algo respecto a lo que pasaba y por qué? Habrá que buscar y mirar con mucha atención para encontrar alguna palabra al respecto.

 

Démonos cuenta de que todo esto no es tan distinto de lo que hacía la Comisión Creel cuando convirtió a una población pacífica en una masa histérica y delirante que quería matar a todos los alemanes para protegerse a sí misma de aquellos bárbaros que descuartizaban a los niños belgas. Quizás en la actualidad las técnicas son más sofisticadas, por la televisión y las grandes inversiones económicas, pero en el fondo viene a ser lo mismo de siempre.

 

Creo que la cuestión central, volviendo a mi comentario original, no es simplemente la manipulación informativa, sino algo de dimensiones mucho mayores. Se trata de si queremos vivir en una sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo autoimpuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además, marginado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le salva de la destrucción, mientras que las masas que han alcanzado un nivel cultural superior marchan a toque de corneta repitiendo aquellos mismos eslóganes que, dentro del propio país, acaban degradados. Parece que la única alternativa esté en servir a un estado mercenario ejecutor, con la esperanza añadida de que otros vayan a pagamos el favor de que les estemos destrozando el mundo. Estas son las opciones a las que hay que hacer frente. Y la respuesta a estas cuestiones está en gran medida en manos de gente como ustedes y yo.

 

--

DEMOCRACIA

Noam Chomsky

 

Existe una imagen convencional acerca de la nueva era en que estamos entrando y las promesas que implica. Esa imagen fue formulada con claridad por el asesor de Seguridad Nacional, Anthony Lake, cuando presentó la Doctrina Clinton en septiembre de 1993: "Durante la Guerra Fría, contuvimos la amenaza global hacia las democracias de mercado: ahora deberíamos tratar de ampliar su alcance". El "nuevo mundo" que se abre ante nosotros "presenta inmensas oportunidades" para adelantarse a fin de "consolidar la victoria de la democracia y de los mercados abiertos", agregó un año después.

 

La "verdad duradera"

 

Las temáticas son más profundas que la Guerra Fría, dijo Lake. La "verdad duradera" es que nuestra defensa de la libertad y justicia contra el fascismo y el comunismo fue solamente una fase en una historia de dedicación hacia "una sociedad tolerante, en la cual líderes y gobiernos existen, no para usar o abusar de la gente, sino para proveerles con libertad y oportunidades. Ésta es la "cara constante" de lo que Estados Unidos ha hecho en el mundo, y "la idea" que estamos "defendiendo" nuevamente en la actualidad. Es en la verdad duradera sobre este nuevo mundo" en que podemos perseguir nuestra misión histórica de una manera más efectiva, enfrentando a los "enemigos de la sociedad tolerante" -a la cual siempre estuvimos dedicados- que siguen en pie, moviéndonos desde la "contención" hacia el "agrandamiento". Por fortuna para el mundo, la única superpotencia es, "por supuesto", única en la historia en el sentido de que "no estamos buscando expandir el alcance de nuestras instituciones me~ diante la fuerza, subversión o represión", utilizando la persuasión, compasión y medios pacíficos'

 

Los comentaristas estuvieron debidamente impresionados con esta lúcida "visión de política exterior". Este punto de vista domina el discurso público y académico a tal grado que es superfluo contrastarlo con la realidad Su temática básica fue posiblemente expresada de manera más sucinta por el Eaton profesor para la Ciencia de Gobierno y Director del Instituto Olin para Estudios Estratégicos de Harvard en la revista académica International Security: los Estados Unidos tienen que mantener su "primacía internacional" en beneficio para el mundo, explicaba Samuel Huntington, porque de manera única entre las naciones, su "identidad nacional está definida por una serie de valores políticos y económicos universales", particularmente "libertad, democracia, igualdad, propiedad privada, y mercados"; "la promoción de la democracia, Ios derechos humanos y mercados son (sic) mucho más importantes para la política americana que para la política de cualquier otro país".

 

Dado que esto es un asunto de definición, como enseña la Ciencia de Gobierno, podemos ahorrarnos la aburrida tarea de la confrontación empírica. Una medida sabia. Una indagación revelaría rápidamente que la imagen convencional presentada por Lake tiene un rango de verdad desde dudoso hasta falso en todos los aspectos cruciales, excepto en uno: tiene razón en urgirnos a que miremos la historia para descubrir las "verdades duraderas" en lo referente a ciertas estructuras institucionales y tomarlas en serio cuando consideramos el futuro probable, cuando esa estructura queda esencialmente sin cambios y libre para operar con pocas restricciones. Una revisión honesta sugiere que "este nuevo mundo" podria caracterizarse por un marcado cambio de la "contención" hacia el "agrandamiento", aunque no precisamente en el sentido que Lake y el coro de seguidores procuran hacernos entender. Adoptanlo una retórica ligeramente diferente de la Guerra Fría, lo que estamos viendo en proceso de evolución es un cambio de la "contención" de la amenaza de una democracia y de mercados que funcionan, hacia una campaña para "hacer retroceder" lo que se ha avanzado en un siglo de luchas frecuentemente amargas.

Aquí no hay espacio para revisar la "faz constante del poder estadounidense, pero podría ser de ayuda ver algunos casos típicos que ilustran estructuras que son bastante generales y que son instructivos en cuanto a eventuales desarrollos futuros.

 

Primero, una verdad trivial metodológica. Si queremos aprender algo sobre los valores y objetivos de los líderes soviéticos, observamos lo que hicieron dentro de sus ámbitos de poder. El mismo curso será seguido por un analista racional que quiere acerca de los valores y objetivos del liderazgo americano y el mundo que trataron de crear. Los contornos de este mundo fueron delineados por la embajadora ante las Naciones Unidas, Madeleine Albright, justo cuando Lake elogiaba nuestro histórico compromiso con los principios pacifistas. Ella informó al Consejo de Seguridad, que estaba dudando de una resolución dictada por Estados Unidos acerca de Irak, que Estados Unidos seguirá actuando de manera "rnultilateral, cuando podamos, y unilateral, cuando tengamos que hacerlo". Haga su juego como quiera, pero en el mundo real "se hace lo que nosotros decimos", como expresaba el presidente Bush sobre esta doctrina fundamental de una manera más brusca, mientras que bombas y misiles llovían sobre lrak. Estados Unidos tiene derecho a actuar unilateralmente, la embajadora Aibright instruía al errado Con sejo, porque "nosotros reconocemos al Medio Oriente como vital para los intereses nacionales estadounidenses". No s requiere mayor concesión de autoridad.

 

De hecho, Irak sería un buen ejemplo para ilustrar las verdades duraderas" del mundo real, pero es más informati vo volver la mirada hacia la región donde Estados Unidos ha tenido la mayor libertad para actuar corno te plazca, de tal manera que los valores y objetivos de] liderazgo político y su versión del "interés nacional" que representa son exhibidos con la mayor claridad. Volvamos hacia "nuestra pequeña cercana región que nunca ha preocupado a nadie", como el secretario de Guerra Henry Stimson describió el hemisferio a final de la Segunda Guerra Mundial, mientras explicaba que todos los sistemas regionales tienen que ser desmantelados excepto el nuestro, que tiene que ser extendido., una posición perfectamente razonable, dado que "lo que era bueno para nosotros era bueno para el mundo" y cualquier cosa que hacemos es "parte de nuestra obligación para con la seguridad del mundo", agregaba el colega liberal de Stimson, Abe Fortas, descartando las sospechas irracionales de Churchill de que Estados Unidos albergaba ideas de dominación.

 

El derecho de Estados Unidos de actuar unilateralmente y de controlar esas regiones que selecciona es único, tal como compete a la única potencia que está "definida" por su dedicación hacia todo lo bueno. El intento de Japón de mimetizar la Doctrina Monroe en su "pequeña región" produjo la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico, y la Guerra del Golfo fue una reacción a la propuesta de Saddam Hussein de que los asuntos de otra región "vital para los intereses estadounidenses" fueran manejados por una organización regional. Dentro de "nuestra pequeña región", la organización regional que nosotros seguramente dominamos está autorizada para funcionar, pero dentro de límites. Si los latinoamericanos "intentaran usar irresponsablemente su fuerza numérica dentro de la OEA", explicaba John Dreier en su estudio de la organización, "si llevan a extremos la doctrina de la no-intervención, si no le dejan a Estados Unidos otra alternativa que la de actuar unilateralmente para protegerse a sí mismo, entonces habrán destruido no sólo la base de la cooperación hemisférica para el progreso sino toda la esperanza de un futuro seguro para ellos mismos". Estados Unidos tendrá que actuar "unilateralmente cuando esté obligado a hacerlo". Esas condiciones están aún vigentes en los límites extremos de la tolerancia, bajo la política del Buen Vecino, de Franklin Delano Rooseveit, que llevaban una "obligación implícita de reciprocidad", enfatizo el oficial para América Latina del Departamento de Estado, Robert Woodward: "La admisión de una ideología extraña en un gobierno americano obligaria a Estados Unidos a tomar medidas defensivas" unilateralmente. Huelga decir, que nadie más tiene tal derecho, en particular, ningún derecho de defenderse de Estados Unidos y su 'ideología", que no son "extranjeros", sino, de hecho, nada más que la vindicación de objetivos que cualquier persona razonable ha de buscar.

 

La dedicación hacia las "verdades duraderas" cubre el espectro. En el extremo disidente, el historiador y asesor del presidente Carter para América Latina, Robert Pastor, escribe que Estados Unidos quiere que otras naciones "actúen de manera independiente, excepto cuando esto afectaría los iritereses estadounidenses adversamente"; Estados Unidos nunca ha querido "controlarlas", mientras que no "salgan del control". Nadie, pues, puede acusar al liderazgo de Estados Unidos de no estar preocupado salvo con "el bien del mundo", incluyendo la plena libertad para actuar como nosotros dictamos. Si nuestros subalternos usan la libertad que concedimos, en una forma necia, entonces tenemos todo el derecho de responder unilateralmente en autodefensa, aunque las opiniones varían en cuanto a las decisiones tácticas correctas, lo que genera las divisiones entre "palomas" y "halcones".

 

Por supuesto, es la región centroamericana~caribeña la que refleja de manera más clara "la idea" con la cual el poder estadounidense está más comprometido, de la misma forma que los satélites de Europa oriental revelaron los objetivos y valores del Kremlin. Esta región, que es rica en recursos y potenciales, es una de las principales regiones de horror en el mundo. Durante los años ochenta fue nuevamente el escenario de terribles atrocidades, cuando Estados Unidos y sus clientes dejaron esos países devastados -seguramente más allá de una posible recuperación-, cubiertos con cientos de miles de cuerpos torturados y mutilados. Las guerras terroristas promovidas y organizadas por Washington se dirigieron en gran medida contra la Iglesia, que se había atrevido a adop tar "la opción preferencial para los pobres" y, por lo tanto, tenía que enseñársela las lecciones habituales por desobediencia criminal. Casi no sorprende que esa horripilante década se iniciara con el asesinato de un arzobispo y terminara con la matanza de seis líderes intelectuales jesuitas, en arnbos casos por fuerzas arrnadas y entrenadas por Washington.

 

Durante los años que delimitan ambos eventos, es;tas fuerzas devastaron toda la región, acumulando un horroroso récord, incluidos agresión y terror condenados por la Corte Mundial de Justicia en una decisión que fue descartada con un gesto de irritación y desprecio por Washington y la opinión intelectual, en general. La misma suerte le tocó al Consejo de Seguridad y la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuyas llamadas en favor de la adherencia a la ley internacional apenas fueron reportadas. Después de todo, un juicio razonable, ¿Por qué debería ponerse atención a aquellos que sostienen la ridícula idea de que la ley internacional o los derechos hu manos podrían entrar en los cálculos de un poder que siempre ha rechazado "la fuerza, la subversión o represión", y que, por definición se adhiere al principio de que "los gobiernos no existen para usar o abusar de su gente, sino para proveerlas con libertad y oportunidades"? La "verdad duradera" fue bien formulada por un distinguido hombre de Estado hace dos siglos: "Grandes almas se preocupan poco por pequeñas moralidades".

 

Una mirada a esta región nos enseña mucho sobre nosotros mismos. Pero éstas son lecciones falsas y, por ende, excluidas del discurso respetable. Otra lección equivocada, y por lo mismo necesariamente consignada al mismo destino, es que la Guerra Fría ha tenido poco que ver con todo esto, aparte de proveer pretextos. Las políticas fueron las mismas antes de la Revolución Bolchevique y han continuado sin cambio desde 1989. Sin una "amenaza soviética", Woodrow Wilson invadió Haití (y a la República Dominicana), desmantelando el sistema parlamentario porque se negó a adoptar una constitución "progresista" que permitiera a los norteamericanos apropiarse de las tierras de Haití, matando a miles de campesinos, restaurando virtualmente la esclavitud y dejando al país en manos de un ejército terrorista como plantación estadounidense y posteriormente como una plataforma de exportación para empresas de ensamblaje bajo condiciones miserables. Después de su desafortunado y rápidamente terminado experimento con la democracia, el sistema tradicional fue restaurado con asistencia estadounidense, justo cuando Lake anunciaba la Doctrina Clinton, mostrando a Haití como el primordial ejemplo de nuestra puridad moral. En otras partes también las políticas continuaron sin cambio esencial después de la caída del muro de Berlín, seguido a las pocas semanas por la invasión de Bush a Panamá para restaurar el poder a una camarilla de banqueros europeos y narcotraficantes, con las consecuencias previsibles en un país que quedó bajo ocupación militar, tal como lo aceptó el mismo gobierno títere puesto en el poder por la fuerza estadounidense.

 

Habría mucho que decir sobre estos asuntos. Pero vamos a ver un caso que posiblemente es aún más revelador y que también ilustra la relevancia marginal de la Guerra Fría en cuanto a las actitudes tradicionales estadounidenses hacia la democracia y los derechos humanos. Regresaré a los "mercados libres" más adelante.

 

El ejemplo que sugiero analizar es Brasil, descrito en décadas anteriores de¡ siglo como "el coloso del Sur", un país con enormes riquezas y ventajas que debería ser uno de los más ricos de¡ mundo. "No hay mejor territorio en el mundo para la explotación que el de Brasil", observó el Wall Street Journal hace 70 años. En ese entonces, Estados Unidos procedía a desplazar a sus principales enemigos, Francia e Inglaterra, aunque éstos lograron durar hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos fue capaz de excluirlos de la región y apoderarse de Brasil como un "área de experimentación para métodos modernos de desarrollo industrial", en palabras de una muy reputada monografía escolástica sobre las relaciones Estados Unidos-Brasil, escrita por el historiador y diplomático Gerald Haines, que también es un historiador de jerarquía de la CIA. Esto fue un componente de un proyecto global, que Estados Unidos "asumió por interés propio, la responsabilidad para el bienestar del sistema mundial capitalista" (Haines), Desde 1945, el "área de experimentación" ha sido favorecida por una intensa guía y tutela de Estados Unidos. El resultado es "una verdadera historia americana de éxito ; las políticas americanas para Brasil fueron enorrnemente exitosas", produciendo "un crecimiento económico impresionante basado sólidamente en el capitalismo", un testimonio de nuestros objetivos y valores-

 

El éxito es real. Las inversiones y ganancias estadounidenses florecieron y a la pequeña élite le fue de maravilla; un ,milagro económico", en el sentido técnico de este término. Hasta 1989, el crecimiento brasileño superó con creces el de Chile -muy elogiado-, que ahora es el alumno estrella, dado que Brasil sufrió un colapso y entonces cambió automáticamente del triunfo de una democracia de mercado a una ilustración de los fracasos del estadismo, si no marxismo, una transición que se realiza sin esfuerzos y de manera rutinaria dentro del sistema doctrinal, según las circunstancias lo requieran.

 

Mientras tanto, en el apogeo del milagro económico, la abrumadora mayoría de la población ocupaba un lugar entre las más miserables en el mundo, y hubiera considerado a Europa oriental como un paraíso, un hecho que también enseña las lecciones equivocadas y que por lo tanto es suprimido con una disciplina impresionante, junto con otros semejantes.

La historia del éxito para inversionistas extranjeros y una fracción de la población, refleja los valores que guían a los tutores y diseñadores de esta política. Su objetivo, como lo describe Haines, consistía en "eliminar toda competencia ex~ tranjera" de América Latina a fin de "mantener el área como un mercado importante para la surplus-producción industrial estadounidense e inversiones privadas y explotar las amplias reservas de materias primas y para mantener fuera al comunismo internacional". La última frase es simplemente un ritual; como anota Haines, la inteligencia estadounidense no podía encontrar ninguna indicación de que el "comunismo internacional" trató de "meterse", aun si esto hubiera sido una posibilidad.

 

Pero aunque el "comunismo internacional" no fue un problema, el "comunismo" definitivamente lo fue, si entendemos el término en el sentido técnico de la cultura de élite. Este sentido fue incisivamente explicado por John Foster Dulles en una conversación privada con el presidente Eisenhower, quien había observado tristemente que en todo el mundo, los comunistas locales tenían ventajas injustas. Ellos estaban en condiciones de "apelar directamente a las masas", se quejaba Eisenhower. Es una apelación "que nosotros no podemos duplicar", agregó Dulles, explicando por qué: "Ellos apelan a la gente pobre y éstos siempre han querido robar a los ricos". Nosotros encontramos difícil "apelar directamente a las masas" en vista de nuestro principio de que los ricos tienen que robar a los pobres, un problema de relaciones públicas que queda sin resolverse.

 

En este sentido -el operativo-, los comunistas abundan, y nosotros tenemos que asegurar "la sociedad tolerante" de sus abusos y crímenes, asesinando a sacerdotes, torturando a organizadores sindicales, matando campesinos y persiguiendo en otras formas nuestra vocación gandhiana.

 

El problema existía aun antes de que el término "comunista" se volviera disponible para etiquetar a los hereticos. En los debates de 1787 sobre la Constitución Federal, james Madison observó que: "En Inglaterra, en este día, si las elecciones fueran abiertas para toda clase de gente, la propiedad de los dueños de tierras estaría insegura. Pronto se haría una ley agraria". Para parar semejante injusticia, "nuestro gobierno debe asegurar los intereses permanentes de¡ país contra la innovación", estableciendo pesos y contrapesos para "proteger a la minoría de los opulentos contra la mayoría"'. Se requiere bastante talento para no ver que esta "verdad duradera" ha sido el "interés nacional" desde entonces hasta hoy día, y que la "sociedad tolerante" reconoce el derecho de sostener este principio "unilateralmente si nos obligan", y con extrema violencia si es necesario.

 

El lamento de Dulles es persistente en los docu mentos internos. De ahí que, en julio de 1945, cuando Washington , asumió por interés propio la responsabilidad por el sistema capitalista mundial", una extensa investigación de los Departamentos de Estado y de Guerra advirtió sobre una "creciente marea a nivel mundial en la cual la gente común aspira a horizontes más altos y amplios". La Guerra Fría no fue irrelevante para este prospecto ominoso. El estudio advierte -si bien Rusia no había dado señales del crimen- que ella "no hubiera coqueteado con la idea" de apoyar esas aspiraciones de la gente común. Tenemos que actuar, en consecuencia, en forma directa para contener la amenaza para las democracias de mercado, como entendemos la noción. De hecho, el Kremlin alegremente se unió con el capo en jefe de la Mafia en la destrucción de las aspiraciones de la gente común, en "nuestra pequeña región" y otras partes. Pero uno nunca puede estar seguro, y la mera existencia de una fuerza "fuera de control" ofreció un espacio peligroso para la no-alineación e independencia, lo que es parte del significado real de la Guerra Fría.

 

Por cierto, la URSS fue culpable de otros crímenes. Washington y sus aliados estaban profundamente preocupados porque sus dependencias tradicionales estuvieran impresionadas con el desarrollo soviético (y chino), particularmente en comparación con "historias de éxito" como la de Brasil; los disciplinados intelectuales occidentales posiblemente no son capazes de entender esto, pero los campesinos tercermundistas pueden. La asistencia económica del bloque soviético fue considerado también una seria amenaza, a la luz de las prácticas occidentales. Tomemos india como ejemplo. Bajo el dominio británico cayó en decadencia y miseria, pero algún desarrollo comenzó después de la salidá de los británicos. Esto, sin embargo, no fue válido para la industria farmacéutica, donde empresas transnacionales (en su mayoría británicas) hicieron ganancias tremendas en la India mediante precios muy altos, aprovechando su monopolio de mercado. Con ayuda de la Organización Mundial de la Salud y de UNICEF, India comenzó a escaparse de estos controles, pero la producción de medicinas por parte del sector público fue finalmente establecida mediante tecnología soviética. Esto produjo una reducción radical en los precios de medicinas; para algunos antibióticos los precios cayeron hasta el 70%, obligando a las transnacionales a recortar sus precios. Una vez más, la malicia soviética había socavado la democracia de mercado, permitiendo a millones de personas en India sobrevivir a enfermedades. Por suerte, con el criminal ido y el capitalismo triunfante, las transnacionales están volviendo a tener el control, gracias, recientemente, a las características fuertemente proteccionistas del último tratado de GATT; de ahí que quizas podemos esperar un marcado incremento en defunciones junto con crecientes ganancias para la "minoría opulenta" en cuyos "intereses permanentes" los gobiernos democráticos tienen que trabajar'.

 

La historia oficial es que occidente estuvo horrorizado por el estalinismo debido a sus atrocidades. Esta pretensión no puede tomarse en serio ni por un momento, como tampoco las pretensiones semejantes sobre los horrores fascistas. Moralistas occidentales han tenido poca dificultad en unirse con asesinos a gran escala y torturadores, desde Mussolini y Hitler hasta Suharto y Saddam Hussein, Los horribles crímenes de Stalin preocupaban poco. El presidente Truman admiraba al brutal tirano, considerándolo "honesto" y "astuto como el diablo". Truman sentía que su muerte sería una "verdadera catástrofe". Él podía "entenderse" con Stalin, mientras Estados Unidos imponía sus intereses el 85% de las veces, observaba Truman: lo que pasaba dentro de la URSS no era su asunto. Otras figuras dirigentes estaban de acuerdo. En reuniones de los tres grandes, Winston Churchill elogiaba a Stalin como "un gran hombre, cuya fama se ha extendido no sólo en toda Rusia sino en el mundo entero", y hablaba cálidamente de su relación de "amistad e intimidad" con esta estimable criatura: "Mi esperanza -decía Churchill- radica en el ilustre presidente de Estados Unidos y en el Mariscal Stalin, en quienes encontraremos los campeones de la paz, quienes, después de golpear al enemigo nos conducirán para llevar adelante la tarea contra la pobreza, la confusión, el caos y la opresión". "El Premíer Stalin es una persona de mucho poder, en quien tengo toda la confianza", dijo Churchill a su gabine~ te en privado en febrero de 1945, después de Yalta; por eso era importante que quedara en el poder. Churchill estuvo particularmente impresionado con el apoyo de Stalin a la sanguinaria represión de la resistencia antifascista griega, encabezada por los comunistas, que fue uno de los brutales episodíos dentro de la campaña mundial de los libertadores para restaurar las estructuras básicas y las relaciones de poder de los enemigos fascistas, mientras dispersaban o destruían la resistencia, con sus radicales democráticas tendencias y su incapacidad para comprender los derechos y necesidades de la "minoría opuienta".

 

Regresando a Brasil, durante los primeros años de la década de los sesenta, el experimento estadounidense se enfrentó a un problema familiar:' la democracia parlamentaria. Para remover el impedimento, el gobierno de Kennedy preparó las bases para un golpe militar, que instituyó un régimen de torturadores y asesinos que entendieron las "verdades duraderas". Brasil es uno de los países principales, y el golpe tuvo un significativo efecto de dominó, La plaga de la represión se extendió desde el Coloso del Sur a través de todo el continente, con un apoyo e involucramiento consistente de Estados Unidos. El objetivo fue descrito de manera precisa por Lars Schoultz, el reconocido especialista académico americano en derechos humanos y política exterior estaciounidense en América Latina: "Destruir de manera permanente una amenaza percibido para la estructura existente de privilegio socioeconómico mediante la eliminación de la participación de la mayoría numérica....."Nuevamente, la Guerra Fría no tenía virtualmente nada que ver con esto. Y como siempre, la URSS estuvo muy contenta de colaborar con los asesinos más depravados, aunque por razones completamente cínicas ofreció a veces asistencia a gente que trataba de defenderse de] ejecutor hemisférico, y sirvió como un disuasivo contra la implementación total de la violencia estadounidense -uno de los pocos casos auténticos de disuasión, pero que por algún motivo sufre de prominencia en tantos estudios sobrios de la teoría de la disuasión.

 

Conforme a la doctrina convencional, mediante el derrocamiento del régimen parlamentario en nuestra "área privada" e instalando un Estado de Seguridad Nacional gobernado por generales neonazis, los gobiernos de Kennedy y Johnson -en el apogeo del liberalismo americano-- estaban "conteniendo la amenaza mundial hacia las democracias de mercado". Ésta es la tesis que debíamos entonar con propia solemnidad. Y en aquel entonces el asunto fue presentado en esta forma, levantando pocos escrúpulos detestables. El golpe militar fue "una gran victoria para el mundo libre", explicó el embajador deyennedy, Lincon Gordon, antes de volverse presidente de una gran universidad no lejos de aquí. El golpe fue realizado "para preservar y no para destruir la democracia brasileña". En efecto, se trató del "caso más decisivo de victoria de la libertad durante mediados de¡ siglo XX", que debería "crear un clima muy mejorado para las inversiones privadas", de ahí que contenía una amenaza para la democracia de mercado, en un cierto sentido del término.

 

 

Esta concepción de democracia es ampliamente aceptada. En Estados Unidos, sus pobladores son "entrometidos e ignorantes extraños" que pueden ser "espectadores" pero no "participantes en acción", sostenía Walter Lippmann en sus ensayos progresistas sobre la democracia. En el otro lado del espectro, estadistas reaccionarios de la variedad de los reaganistas les niegan aun el papel de espectadores: de ahí su dedicación sin precedente a la censura, y operaciones clandestinas que son secretas únicamente para el enemigo doméstico. La "gran bestia", como Alexander Hamilton llamaba al temido y odiado enemigo público, tiene que ser domesticado o enjaulado, si el gobierno quiere asegurar "los intereses permanentes del país".

 

Las mismas "verdades duraderas" son aplicables a nuestros clientes extranjeros, de hecho con mucho más vigor, dado que sus limitaciones son mucho menores. Su práctica consistente lo demuestra con brutal claridad.

 

La tradicional oposición estadounidense a la democracia es entendible, y a veces reconocida con justa explicitud. Tómese la década de los ochenta, cuando Estados Unidos estuvo dedicado a una "cruzada por la democracia", particularmente en América Latina, según la doctrina estándar. Algunos de los mejores estudios de este proyecto -un libro y varios artículos- son de Thomas Carothers, quien combina el enfoque del historiador con el del informador. Él estuvo en el Departamento de Estado bajo Reagan, involucrado en los programas para "asistir la democracia" en América Latina. Ésos fueron "honestos", escribe, pero en gran medida un fracaso -un fracaso extrañamente sistemático-. Donde la influencia estadounidense era menor, el progreso fue mayor: en el cono sur de América Latina, donde hubo un progreso real al cual se opusieron los reaganistas, éstos se adjudicaron el crédito por él, cuando no pudieron impedirlo. Donde la influencia estadounidense fue más grande -en Centroamérica-, el progreso fue menor. Ahí Washington "buscó inevitablemente sólo formas de cambio democrático limitadas y de arriba hacia abajo, que no pusieran en riesgo las estructuras tradicionales de poder con las cuales Estados Unidos ha estado aliado por mucho tiempo", escribe Carothers. Estados Unidos buscó mantener "el orden básico de... sociedades bastante no-democráticas" y de evitar "cambio basado en el populismo" que podría trastornar "órdenes económicos y políticos establecidos" y abrir "una dirección de izquierda".

 

Esto es precisamente lo que estamos viendo justo ahora en el modelo primordial de Lake, si decidimos abrir nuestros ojos. En Haití, al presidente electo le fue permitido regresar después de que las organizaciones populares fuesen sometidas a una dosis suficiente de terror, pero únicamente después de que aceptó un programa económico dictado por Estados Unidos que estipulaba que "el Estado renovado tiene que centrarse en una estrategia económica enfocada hacia la energía e iniciativa de la sociedad civil, especialmente del sector privado, tanto nacional como internacional". lriversionistas estadounidenses son el núcleo de la sociedad civil haitiana junto con los super-ricos que apoyaron el golpe de Estado, pero no los campesinos y habitantes de los guetos que escandalizaron a Washington creando una sociedad civil tan viva y vibrante que fueron capaces de elegir un presidente y entrar en la arena pública. Esta desviación de las normas aceptables fue superada de manera usual, con amplia complicidad estadounidense; por ejemplo, mediante la decisión de los gobiernos de Bush y Clinton de permitir a Texaco el envío de petróleo a los líderes golpistas en violación de las sanciones, un hecho crucial revelado por la Associated Press el día antes del desembarco de tropas estadounidenses, pero que todavía tiene que pasar por los portales de los medios nacionales. El "Estado renovado" ha vuelto a la normalidad, siguiendo las políticas apoyadas por el candidato de Washington en las elecciones de 1990, que "salieron fuera de control", en las que recibió el 14% del voto.

 

Las mismas "verdades duraderas" son válidas para el peor violador de los derechos humanos en el hemisferio que -sin sorpresa alguna para cualquiera que sabe de historia- recibe la mitad de toda la ayuda militar estadounidense en el hemisferio: Colombia. Aquí se elogia como una democracia excepcional y es descrita por un grupo de derechos humanos de los jesuitas -que trata de funcionar a pesar del terror- como una "democra~dura", un término de Eduardo Galeano para la mezcla de formas democráticas y terror totalitario favorecida por la "sociedad tolerante realmente existente", cuando la democracia amenaza con "salirse del control".

 

Democracia, mercados y derechos humanos

 

En el mundo real, democracia, mercados, y derechos humanos están bajo un serio ataque en muchas partes del mundo, incluyendo a las más importantes democracias industriales. Además, la más poderosa de ellas -Estados Unidos- en cabeza el ataque. Y en el mundo real, Estados Unidos nunca ha apoyado mercados libres, desde su historia más temprana hasta los años de Reagan, en que establecieron nuevos estándares de proteccionismo e intervención estatal en la economía, contrario a muchas ilusiones.

 

El historiador de economía Paul Bairoch recalca que "la escuela moderna de pensamiento proteccionista... nació en efecto en Estados Unidos", que fue el "país padrino y el bastión del proteccionismo moderno". Tampoco estuvo solo Estados Unidos. Gran Bretaña seguía un curso semejante antes que nosotros, volcándose hacia el libre comercio sólo después de que 150 años de proteccionismo le hubiese dado tan enormes ventajas que "condiciones competitivas iguales" parecían estar aseguradas, abandonando esta posición cuando. la expectativa dejó de ser satisfecha. No es fácil encontrar una excepción. Los Primer y Tercer Mundos de hoy fueron mucho más similares durante el siglo XVIII. Una de las razones de las enormes diferencias desde entonces es que los que dominaban no aceptarían la disciplina del mercado que impusieron a la fuerza en sus dependencias. El "mito" más extraordinario de la ciencia económica, concluye Bairoch desde una revisión del desarrollo histórico, consiste en que el mercado libre provee el sendero del desarrollo: "Es difícil encontrar otro caso donde los hechos contradicen tanto una teoría dominante", escribe, subvatorando la importancia de la intervención del Estado para los ricos porque se limita de manera convencional a una restringida categoría de interferencias de mercado.

 

Para mencionar sólo un aspecto de la intervención estatal que, comúnmente se omite de la historia económica estrecharnente construida, hay que recordar que la revolución industrial temprana fue fundada sobre el algodón barato, al igual que la "edad de oro" de pos-1945 dependía del petróleo barato. El algodón no se mantuvo barato por los mecanismos de mercado: más bien, por la eliminación de la población nativa y la esclavitud, -una interferencia más bien seria con el nercado, no considerado como un tópico de economía, sino de otra disciplina-. Si las ciencias naturales tuvieran un departamento dedicado a los protones, otro a los electrones, un tercero a la luz, etc., cada uno limitándose a su dominio designado, habría poco temor de que se entendiera a la naturaleza.

 

El historial es impresionantemente consistente. Gran Bretaña utilizaba la fuerza para impedir el desarrollo industrial en la India y Egipto, actuando muy conscientemente para socavar una potencial competencia. Después de la revolución estadounidense, sus antiguas colonias se desarrollaron sobre un sendero propio, basándose en una extensiva protección y subsidios para su propia revolución industrial, primero en textiles y maquinaria, después acero y manufactura y así hasta el día de hoy: computadoras y electrónica en general, metalurgia, la industria aeronáutica, la agricultura, los farmacéuticos, de hecho, virtualmente todo sector operativo de la economía. Desde la Segunda Guerra Mundial, el sistema del Pentágono -incluyendo a la NASA y al Departamento de Energía-ha sido usado como un mecanismo óptimo para canalizar subsidios públicos hacia los sectores avanzados de la industria, una de las razones por las que sigue existiendo con escasos cambios después de la desaparición del presupuesto alegado. El actual presupuesto del Pentágono es más alto en dólares reales que bajo Nixon y no muy por debajo de su promedio durante la Guerra Fría y probablemente se incrementará bajo las políticas de los reaccionarios estadistas mal llamados "conservadores". Como siempre, mucho de eso funciona como una forma de política industrial, un subsidio del contribuyente fiscal a la ganancia y el poder privados.

 

Partidarios más extremos del poder estatal y de la intervención han expandido estos mecanismos de asistencia social para los ricos. Básicamente por medio de los gastos militares, el gobierno de Reagan aumentó la proporción estatal en el PIB a más del 35% hasta el año de 1983, un incremento mayor al 30%, comparado con la década anterior. La guerra de las galaxias fue vendida al público como "defensa" y a la comunidad empresarial como un subsidio público para tecnología avanzada. Si se hubiera permitido que las fuerzas del mercado funcionaran, entonces no habría una industria de acero automovilístico estadounidense ahora. Los reaganistas simplemente cerraron el mercado a la competencia japonesa. El entonces secretario de Hacienda, ]ames Baker, proclamó orgullosamente ante un público empresarial que Reagan "había concedido más alivio de las importaciones a la industria estadounidense que cualquiera de sus predecesores en más de medio siglo". Era demasiado modesto: fue, de hecho, más que todos sus predecesores juntos, aumentándose las restricciones a las importaciones en un 23%. El economista internacional y director del instituto para la Economía Internacional, en Washington, Fred Bergsten (quien realmente aboga en favor del comercio libre), agrega que el gobierno de Reagan se especializó en el tipo de "comercio gerenciado" que más "restringe el comercio y cierra mercados", como por ejemplo los acuerdos de restricción voluntaria de exportaciones. Ésta es la "forma más insidiosa de proteccionismo", recalcaba, que "aumenta los precios, reduce la competencia y refuerza el comportamiento tipo cartel". El Informe Económico 1994 para el Congreso estima que las medidas proteccionistas de Reagan redujeron las importaciones industriales en un 20%.

 

Mientras que la mayoría de las sociedades industriales se han vuelto más proteccionistas en las décadas recientes, los reaganistas muchas veces lideraron el proceso. Los efectos sobre el Sur han sido devastadores. Las medidas proteccionistas de los ricos han sido un factor principal en la duplicación del abismo -ya de por sí grande- entre los países más pobres y los más ricos, desde 1960. El Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo, de 1992, estima que tales medidas han privado al Sur de 500.000 millones de dólares al año, esto es alrededor de 12 veces la "ayuda" total -que en su mayor parte, de hecho, es promoción de exportaciones bajo diferentes disfraces. Este comportamiento es "virtualmente criminal", observó recientemente el distinguido diplomático y autor irlandés, Erskine Childers.. Uno podría detenerse un momento para ver, por ejemplo el "genocidio silencioso" condenado por la OMS: 1 1 millones de niños que mueren cada año porque los países ricos les niegan centavos de ayuda, siendo Estados Unidos el más miserable de todos, aun si incluimos el componente más grande de "ayuda", que va hacia uno de los países ricos, el cliente americano Israel. Es un tributo al sistema de propaganda estadounidense el que sus ciudadanos groseramente sobrestimen los gastos de ayuda externa, al igual que hacen con la asistencia social, que también es miserable a la luz de los estándares internacionales, si excluimos la asistencia social para los ricos, y no la que tienen en la mente.

 

Los reaganistas reconstruyeron también la industria estadounidense de tarjetas electrónicas (chips) mediante medidas proteccionistas y un consorcio de gobierno e industria, para impedir que los japoneses se posesionaran de ella. El Pentágono, bajo Reagan, apoyó también el desarrollo de computadoras avanzadas, convirtiéndose -en palabras de la revista Science- en "una fuerza clave del mercado" y "catapultando la computación paralela masiva del laboratorio hacia el estado de una industria naciente", para ayudar de esta manera a la creación de muchas "jóvenes compañías de supercomputación".

 

La historia sigue y sigue en prácticamente todos los sectores de la economía que funcionan.

 

La crisis social y económica global es comúnmente atribuida a fuerzas de mercado que son inexorables. Los analistas se dividen entonces en torno a la contribución de varios factores, primordialmente la automatización y el comercio intemacional. Hay un elemento considerable de decepción en todo esto. Grandes subsidios estatales y la intervención del Estado siempre han sido necesarios, y todavía lo son, para hacer aparentar como eficiente al comercio, pasando por alto los costos ecológicos impuestos a las generaciones futuras que no "votan" en el mercado, y otras "externalidades", consignadas en las notas al pie de página. Para mencionar sólo una pequeña distorsión del mercado, una buena parte del presupuesto del Pentágono ha sido dedicada para "asegurar el flujo del petróleo a precios razonables" desde el medio Oriente, "predominantemente un territorio reservado para Estados Unidos", como observa Phebe Marr, de la Universidad de Defensa Nacional, en una revista académica; ésta es una contribución a la "eficiencia del comercio" que pocas veces recibe atención.

 

Véase el segundo factor, la automatización. Seguramente contribuye a las ganancias en algún momento, pero este momento fue alcanzado por décadas de protección dentro del sector estatal -la industria militar- como David Noble ha demostrado en una obra importante. Además ha demostrado que la forma específica de automatización fue escogida frecuentemente por razones de poder más que de ganancia o eficiencia; fue diseñada para desprofesionalizar a los trabajadores y subordinarlos al management, no por principios de mercado o la naturaleza de la tecnología, sino por razones de dominación y control.

 

Lo mismo es cierto en un sentido más general. Ejecutivos han informado a la prensa empresarial que una razón principal para trasladar trabajos industriales a países que tienen mano de obra más cara es obtener ventajas en la guerra de clases. "Nos preocupa tener sólo un lugar donde se hace un producto", explica un ejecutivo de la corporación Gillette, principalmente por "problemas laborales". Si los trabajadores en Boston van a la huelga, explica, Gillette podría suministrar tanto a los mercados europeos como a los estadounidenses desde su planta en Berlín, rompiendo, de esta manera la huelga. Por lo mismo es simplemente razonable que Gillette emplee tres veces más trabajadores fuera de Estados Unidos, independientemente de los costos y no por razones de eficiencia económica. De manera similar, la corporación Caterpillar, que ahora está tratando de destruir los últimos restos del sindicalismo industrial, está prosiguiendo "una estrategia empresarial que ha empujado a los trabajadores americanos desde una posición de desafío hacia una de sumisión", informa el corresponsal para asuntos empresariales, James Tyson. La estrategia incluye "manufacturar en instalaciones más baratas en el exterior y contar con importaciones desde fábricas en Brasil, Japón y Europa". Esto se facilita por las ganancias que se han vuelto extraordinarias al tiempo que se diseña la política social para enriquecer a los acaudalados; la contratación de "temporales" y "trabajadores de remplazo permanente" en violación de los estándares internacionales del trabajo; y la complicidad del Estado criminal que se niega a cumplir con las leyes laborales, una posición convertida en cuestión de principio por los reaganistas, como Business Week documentó en una importante reseña.

 

El significado real del "conservadurismo de mercado libre" es ilustrado si observamos de cerca a los entusiastas más apasionados por querer "quitarnos el gobierno de encima" y dejar que el mercado reine sin ser perturbado. El vocero de la Cámara baja, Newt Gingrich, es quizás el ejemplo más impresionante. Él representa al Condado de Cobb en Georgia, que el New York Times seleccionó para ilustrar en una nota de primera plana a la creciente ola de "conservadurismo" y de desprecio para el "Estado-nana". El título dice: "El conservadurismo florece entre los supermercados", en este acaudalado suburbio de Atlanta, escrupulosamente aislado de cualquier infección urbana, de tal manera que los habitantes pueden disfrutar de sus "valores empresariales" y entusiasmos de mercado, defendidos en el Congreso por el guía conservador, Newt Gingrich, en un "mundo de Norman Rockwell con computadores de fibra óptica y aviones jet", como Gingricht describió su distrito con mucho orgullo'.

 

Hay, sin embargo, una pequeña nota al pie de página. El Condado de Cobb recibe más subsidios federales que cualquier otro suburbio en el país, con dos excepciones interesantes: Arlington, Virginia, que es, efectivamente, parte del gobierno federal, y la zona de Florida que alberga el Centro Espacial Kennedy, otro componente del sistema de subsidio público-ganancia privada. Si salimos del sistema federal mismo, el Condado de Cobb toma el liderazgo en extorsionar fondos del contribuyente fiscal, quien es también responsable del financiamiento de "aviones jet y computadores con fi bras ópticas" del mundo de Norman Rockwell. La mayoría de los trabajos en el Condado de Cobb, debidamente con altos salarios, se ganan nutriéndose del pesebre público. La riqueza de la región de Atlanta, en general, puede trazarse sustancialmente hacia la misma fuente, Mientras tanto, los elogios de los milagros de mercado llegan a los cielos donde el "conservadurismo está floreciendo".

 

El "contrato con América" de Gingricht ejemplifica claramente la ideología del "libre mercado" de doble filo: proteccion estatal y subsidio público para los ricos, disciplina de mercado para los pobres. Llama a "recortar los gastos sociales" y los pagos en salud para los pobres y personas mayores, negando ayuda para niños y recortando programas de asistencia social -para los pobres-. También convoca a incrementar la asistencia a los ricos, siguiendo el camino clásico: medidas fiscales regresivas y subsidios directos. En la primera categoría están incluidas mayores franquicias fiscales para empresas y ricos, reducción de impuestos sobre ganancias de capital, etc. En la segunda categoría se trata de subsidios de los contribuyentes fiscales para inversiones en plantas y equipo, reglas más favorables para la depreciación, el desrnantelamiento del aparato regulatorio que sólo protege a la población y las generaciones futuras y fortaleciendo nuestra defensa nacional" para que podamos "mantener (mejor) nuestra credibilidad en el mundo" de tal manera que, cualquiera que tenga ideas extrañas, corno sacerdotes y organizadores campesinos en América Latina, va a entender que "lo que nosotros decimos, se hace".

 

La frase "defensa nacional" no es siquiera un chiste enfermizo, que debería provocar burlas entre gente que se respeta a sí misma. Estados Unidos no enfrenta ninguna amenaza, pero gasta casi tanto en "defensa" como el resto del mundo combinado. Sin embargo, los gastos militares no son bromas. Además de asegurar una particular forma de "estabilidad" en el "interés permanente" de los que cuentan, , necesita el Pentágono para proveer a Gingrich y a su rica clientela , para que puedan fulminar contra el Estado~nana que está llenando sus bolsillos.

 

El contrato es notablemente descarado. De ahí que las propuestas para incentivos empresariales, reducción de impuestos sobre ganancias y otras asistencias sociales de este tipo para los ricos aparecen bajo el concepto de "Ley para la creación de empleos y el acrecentamiento de los salarios". La sección incluye, en efecto, una provisión de medidas "para crear empleos y aumentar los salarios de los trabajadores" -con la palabra agregada: "sin financiamiento"-. Pero no importa. En el -Newspeak contemporáneo, la palabra "empleos" debe entenderse como "ganancias", de ahí que se trata, en efecto, de una propuesta para "crear empleos", que continuará "acrecentando" los salarios hacia abajo.

 

 

Este patrón retórico es también general. Mientras estamos reunidos en noviembre de 1994, Clinton se prepara para ir a la cumbre económica de Asia-Pacífico en Jakarta, donde tendrá poco que decir sobre la conquista de Timor Oriental que llegó a su clímax casi genocida con la amplia ayuda militar estadounidense, o sobre el hecho de que los salarios, en lndonesia son el 50% de los de China, mientras que los trabajadores que tratan de formar sindicatos son asesinados o encarcelados. Pero, sin lugar a dudas, hablará sobre los temas que enfatizó en la última cumbre de la APEC en Seattle, donde presentó su "gran visión de un futuro de libre mercado", ante mucha reverencia, asombro y aclamación. Había decidido hacer esto en un hangar de la corporación aérea Boing, ofreciendo este triunfo de valores empresariales como el ejemplo primordial de la gran visión de¡ mercado libre. La selección (del lugar) tiene sentido: Boeing es el principal exportador del país, aviones civiles encabezan las exportaciones industriales estadounidenses, y la industria del turismo -basada en el transporte aéreo- cuenta con el 30% del surplus comercial estadounidense en servicios.

 

Sólo algunos hechos fueron omitidos ante el entusiasta coro. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Boeing prácticamente no tenía beneficios. Se enriqueció durante la guerra, con un gran incremento en inversiones, de las que más del 90% provenían del gobierno federal, Las ganancias también florecieron cuando Boeing incremento su valor neto en más de cinco veces, realizando su deber patriótico. Su "fenomenal historia financiera" en los años que siguieron, se basaba tarmbién en la largueza del contribuyente fiscal, señaló Frarik Kofsky en un estudio de las primeras fases de posguerra del sistema del Pentágono, "permitiendo a los dueños de las compañías aéreas cosechar ganancias fantásticas con inversiones mínimas de su parte".

 

Después de la guerra, el mundo empresarial reconoció que "la industria aérea contemporánea no puede existir satisfactoriamente en una economía libre empresarial pura, competitiva, sin subsidios y que "el gobierno es su único sal~ vador posible" (Fortune, Business Week). El sistema del Pentágono fue revitalizado como el "salvador", para sostener y expandir la industria junto con la mayor parte del resto de la economía industrial. La Guerra Fría proveyó el pretexto. El primer secretario de la Fuerza Aérea, Stuart Symington, presentó el asunto con claridad en enero de 1948: "La palabra a usar no era 'subsidio'; la palabra a usar era 'seguridad". Como representante industrial en Washington, Symington regularmente demandó suficientes fondos de adquisición en el presupuesto militar para "satisfacer las necesidades de la industria aérea", como decía, ganando la Boeing la mayor parte.

 

Y así la historia continúa. A inicios de los ochenta, Boeing contaba con los negocios militares para "la mayor parte de sus ganancias" y después de una baja de 1989 a 1991 , su sección de defensa y espacial tuvo una "tremenda vuelta" como informó el Wall Street Journal. Una razón es el auge de ventas militares externas, cuando Estados Unidos se volvía el mayor vendedor de armamentos, cubriendo alrededor del 75% del mercado del Tercer Mundo, basándose en una amplia intervención del gobierno y subsidios públicos para suavizar el camino. En cuanto a las ganancias del mercado civil, una estimación adecuada de su volumen excluiría la contribución que se deriva de la tecnología de doble uso y otras contribuciones del sector público que son difíciles de cuantificar con precisión pero, sin lugar a dudas, muy sustanciales.

 

La comprensión de que la industria no puede sobrevivir en una "economía de'libre empresa" se extendió mucho más allá de los aviones. La pregunta operativo después de la guerra consistía en qué forma debería tomar el subsidio público. Líderes empresariales entendieron que gastos sociales podrían estimular la economía, pero preferieron la alternativas militar, por razones que tienen que ver con privilegio y poder, no con "racionalidad económica". En 1948, la prensa empresarial consideraba los "gastos de Guerra Fría" de Truman como una "fórmula mágica para tiempos buenos casi interminables" (Steel). Tales subsidios públicos podrían "mantener un tono ascendente", comentó Business Week, siempre y cuando los rusos cooperaran con una postura lo suficientemente amenazante. En 1949, notaron con alivio que "hasta ahora las iniciativas de paz han sido barridas a un lado" por Washington, pero siguieron preocupados porque su "ofensiva de paz", pese a todo, pudiera interferir con "el prospecto de un continuo crecimiento en los gastos militares". El Magazine of Wall Street vio los gastos militares como una forma de "inyectar nueva fuerza en toda la economía" y un par de años más tarde, consideró "obvio que tanto las economías extranjeras como la nuestra dependen ahora principalmente del volumen de los continuos gastos para arrmamentos en este país", referiéndose al keynesianismo militar internacional que finalmente tuvo éxito en la reconstrucción de las sociedades capitalistas industriales foráneas.

 

El sistema del Pentágono tiene numerosas ventajas sobre formas alternativas de intervención en la economía. importe al público una gran carga de los costos mientras asegura un mercado garantizado para la producción en exceso. No menos significante es que no tiene los efectos colaterales indeseables que tiene el gasto social dirigido hacia las necesidades humanas. Aparte de sus efectos redistributivos no bienvenidos, tales gastos tienden a interferir con las prerrogativas de los managers; una producción útil puede socavar la ganancia privada, mientras que la producción de derroche (armas, extravagancias tales como el hombre en la luna, etc.) subsidiada por el Estado es un regalo para el dueño y el manager quien se entregará en seguida cualquier producto derivado que sea interesante para el mercado. Los gastos sociales pueden levantar también el interés y la participación publicos, aumentando de esta forma la amenaza de la democracia. Por estas razones, Business Week explicaba en 1949 que, "existe una diferencia social y económica tremenda entre gastos de inversiones gubernamentales para la asistencia social v para lo militar", siendo lo último mucho más preferible. Y así continúa, notablemente en el Condado de Cobb y otros baluartes semejantes de la doctrina libertaria y de los valores empresariales.

 

Mercados libres son buenos para el Tercer Mundo y su creciente contraparte aquí. Madres con niños dependientes pueden ser aleccionadas severamente sobre la necesidad de tener confianza en sí mismas, pero no los ejecutivos e inversionistas dependientes, por favor. Para ellos, el Estado benefactor tiene que florecer. "Amor duro" es justo la consigna adecuada para la política estatal, siempre y cuando le demos el significado correcto: amor para los ricos, dureza para todos los demás.

 

Sobra decir que concentrándose en los países ricos como el nuestro, esto es altamente engañoso. El "neoiiberalismo" de doble filo tiene, por mucho, sus efectos más letales en los tradicionales dominios coloniales, que -aparte del área basada en Japón-, son en gran medida un desastre, mejorando solamente por medidas económicas asentadas ideológicamente, que ignoran los efectos sobre las personas. Con apologías desesperanzadamente inadecuadas para las víctimas, dejaré a un lado esta terrible historia de grandes crímenes contra la humanidad, por los cuales seguimos teniendo responsabilidad.

 

Crisis global económica

 

Los principales factores que han conducido a la actual crisis económica global se entienden razonablemente bien. Uno es la globalización de la producción, que ha ofrecido a los empresarios el provocador prospecto de hacer retroceder las victorias en derechos humanos conquistadas por la gente trabajadora. La prensa empresarial francamente advierte a los mimados trabajadores occidentales" que tienen que abandonar sus "estilos de vida lujosos" y tales "rigideces del mercado" como seguridad del trabajo, pensiones, salud y seguridad laboral, y otras tonterías anacrónicas. Economistas enfatizan que el flujo laboral es difícil de estimar, pero ésta es una parte pequeña del problema. La amenaza es suficiente, para forzar a la gente a aceptar salarios más bajos, jornada,, más largas, beneficios y seguridad reducidos y otras "inflexibilidades" de esta naturaleza. El fin de la Guerra Fría que retorna a la mayor parte de Europa del Este a su tradicional papel de servicio, pone nuevas armas en las manos de los dueños, como informa la prensa empresarial con irrestricto regocijo, General Motors y Volkswagen pueden desplazar la producción hacia un Tercer Mundo restaurado en el Este, donde pueden encontrar trabajadores a una fracción de los costos de los "mimados trabajadores occidentales", mientras se benefician con altas tarifas proteccionistas y demás amenidades que los "mercados libres realmente existentes" proveen para los ricos. Estados Unidos y Gran Bretaña conducen el proceso de pulverizar a los pobres y a la gente trabajadora, pero otros serán arrastrados, gracias a la integración global.

 

Y mientras el ingreso familiar medio continúa su baja, aun bajo las condiciones de una recuperación lenta, la revista Fortune goza con malicia de las ganancias "deslumbrantes" de los Fortune 500, pese al "estancado" crecimiento de las ventas. La realidad de la "magra y mala era" es que el país está inundado en capital -pero en las manos correctas-. La desigualdad ha regresado a los niveles anteriores a la Segunda Guerra Mundial, si bien América Latina tiene la peor historia en el mundo, gracias a nuestra benevolente tutela. Como el Banco Mundial -entre otros- reconoce, una igualdad relativa y gastos para la salud y educación son factores significantes para el crecimiento económico (para no mencionar la calidad de vi~ da). Pero aquél sigue actuando también, para incrementar la desigualdad y socavar el gasto social, en beneficio de los "intereses permanentes".

Un segundo factor en la actual catástrofe del capitalismo de Estado que ha dejado una tercera parte de la población mundial virtualmente sin medios de subsistencia, es la gran explosión del capital financiero no regulado desde que el sistema de Bretton Woods fue desmantelado hace veinte años, con quizás un billón de dólares fluyendo diariamente. Su constitución ha cambiado también de manera radical. Antes de que el sistema fuera desmantelado por Richard Nixon, alrededor del 90% del capital en intercambios internacionales era para inversión y comercio, el 10% para especulación Alrededor de 1990, esos números se habían invertido. Un informe de la UNCTAD estima que el 95% se usa actualmente para la especulación. En 1978, cuando los efectos ya estaban a la vista, el premio Nobel en Economía, James Tobin, sugirio en su discurso presidencial a la Asociación Económistas Estadounidenses que deberían constituirse impuestos para desacelerar los flujos especulativos, que llevarían el mundo hacia una economía de escaso crecimiento, bajos salarios y altas ganancias. En la actualidad, este punto es ampliamerte reconocido; un estudio dirigido por Paul Volcker, anterior jefe de la Reserva Federal, atribuye alrededor de la mitad de la desaceleración sustancial en el crecimiento económico desde los comienzos de los años setenta al incremento de la especulación.

 

En general, el mundo está siendo movido hacia un tipo de modelo del Tercer Mundo, por una política deliberada de Estado y las corporaciones, con sectores de gran riqueza, una gran masa de miseria y una gran población superflua, desprovista de todo derecho porque no contribuye en nada a la generacion de ganancias, el único valor humano.

 

La surplus población tiene que ser mantenida ignorante, pero también debe ser controlada. Este problema es enfrentado de manera directa en los dominios del Tercer Mundo que han sido sometidos por mucho tiempo al control occidental, y, por lo tanto, reflejan los valores conductores con mayor claridad: mecanismos favorecidos incluyen el terror a gran escala, escuadrones de la muerte, la "limpieza social" y otros métodos de probada eficiencia. Aquí, el método favorito ha sido el de confinar a la gente superflua en guetos urbanos que crecientemente se parecen a campos de concentración. Si esto falla, van a las cárceles, que son la contraparte en una sociedad más rica, a los escuadrones de la muerte que nosotros entrenamos y apoyarnos en nuestros dominios. Bajo los entusiastas reaganistas del poder estatal, el número de presos en Estados Unidos casi se triplicó, dejando nuestros principales competidores, África del Sur y Rusia, muy atrás, - si bien Rusia acaba de alcanzamos, va que empieza a dominar los valores de sus tutores estadounidenses.

 

La "guerra de drogas", que es en gran medida fraudulenta, ha servido como un mecanismo principal para encarcelar a la población no deseada. Una nueva legislación penal deberia facilitar el proceso, con sus procedimientos judiciales rnucho más severos. Los nuevos y enormes gastos para prisiones también son bienvenidos como otro estímulo keynesiano a la economía. "Las empresas cobran", escribe el Wall Street Journal, reconociendo una nueva manera de ordeñar al publico en esta era "conservadora". Entre los afortunados se encuentran la industria de la construcción, consultorios legales, el floreciente y beneficioso complejo de cárceles privadas, "los nombres más elevados de las finanzas", tales como Goldman Sachs, Prudential y otros, "competiendo para asegurar la construcción de cárceles con bonds (obligaciones) privados, exentos de impuestos"; y, para no olvidarse "el establecimiento de defensa" (Westinghouse, etc.), "olfateando un nuevo campo de negocios" en la supervisión de alta tecnología y sistemas de control del tipo que Big Brother habría admirado'.

 

No sorprende que el Contrato de Gingrich llama a la expansión de esta guerra contra los pobres. La guerra tiene como blanco primordial a los afroestadounidenses; la estrecha correlación entre raza y clase hace el procedimiento simplemente más natural. Hombres negros son considerados como una población criminal, concluye el criminólogo William Chambliss, autor de muchos estudios, incluyendo la observación directa por parte de estudiantes y profesores en un proyecto con la policía de Washington. Esto no es exactamente correcto; se supone que los criminales tienen derechos constitucionales, pero como muestran los estudios de Chambliss y otros, esto no es verdad para las comunidades escogidas como puntos de mira, que son tratadas como una población bajo ocupación militar-.

Los negros constituyen un blanco particularmente bien escogido porque están indefensos. Y la generación de miedo y odio es, por supuesto, un método estándar de control de la población, trátese de negros, judíos, homosexuales, reinas de la asistencia social o algún otro diablo designado. Éstas son las razones básicas, parece, para el crecimiento de lo que Chambliss llama "la industria de control del crimen". No es que el crimen no sea una amenaza real para la seguridad y la sobrevivencia; lo es y lo ha sido durante mucho tiempo. Pero no se enfrentan las causas; más bien, el crimen es explotado de diferentes maneras como un método de control de la población.

 

En general, son los sectores más vulnerables, lo- que están siendo atacados. Los niños son otro blanco natural. El asunto ha sido tocado en varios estudios importantes, uno de ellos es un análisis de 1993 de la UNICEF, realizado por la reconocida economista estadounidense Silvia Ann Hewlett, llamado la negligencia para con niños en las sociedades ricas. Estudiando los últimos quince años, Hewlett encuentra una marcada división entre las sociedades angloamericanas y las de Europa continental y Japón. El modelo angloamericano, escribe Hewlett, es un "desastre" para niños y familias; el modelo europeo-japonés, en contraste, ha mejorado su situación considerablemente. Como otros, Hewlett, atribuye el "desastre" angloamericano a la preferencia ideológica para los "mercados libres". Pero ésta es sólo una verdad a medias, como he mencionado. Cualquier nombre que uno quisiera dar a la ideología reinante, es injusto manchar el buen nombre de "conservadurismo", aplicándolo a esta forma de estadismo reaccionario, violento y sin ley, con su desprecio hacia la democracia y los derechos humanos, y también a los mercados.

 

Dejando a un lado las causas, no hay mucha duda sobre los efectos de lo que Hewlett llama "el espíritu anti-niños desatado en estas tierras", primordialmente Estados Unidos y Gran Bretaña. El "modelo angloamericano lleno de negligencia" ha privatizado en gran medida los servicios de atención a los niños, dejándolos fuera del alcance de la mayoría de la población. El resultado es un desastre para niños y familias, mientras que en el 'modelo europeo que es mucho más asistencial", la política social ha reforzado los sistemas de apoyo para ellos.

 

Una comisión de alto nivel de los Consejos Educativos de los estados y de la AMA ha recalcado que "nunca antes una generación de niños ha sido menos salubre, menos atendida o menos preparada para la vida que sus padres en la misma edad"; si bien es sólo en las sociedades angloamericanas, donde "un espíritu anti-niño y anti-familia" ha dominado durante quince años bajo la apariencia del "conservadurismo" y de los "valores familiares", un triunfo doctrinal que cualquier dictador admiraría.

 

En parte, el desastre es simplemente un resultado de los salarios decrecientes. Para una gran parte de la población, ambos padres tienen que trabajar tiempo extra simplemente para proveer lo necesario. Y la eliminación de las "rigideces del mercado" significa que tienes que trabajar horas extras por salarios más bajos -si no, las consecuencias son imprevisibles-. El tiempo en que padres y niños están en contacto se ha reducido radicalmente. Hay un fuerte incremento en el uso de la televisión para la supervisión de los niños, niños encerrados, alcoholismo infantil y uso de drogas, criminalidad, violencia de y contra niños, y otros efectos evidentes sobre la salud, la educación y la capacidad de participar en una sociedad democrática -o, siquiera, la sobrevivencia-.

 

Éstas no son, nuevamente, leyes de la naturaleza, pero sí políticas sociales conscientemente diseñadas con un objetivo particular: enriquecer a los Fortune 500 (los 500 más ricos que menciona la revista Fortune-H.D.), exactamente lo que sucede, mientras Gingrich y sus semejantes predican impunemente "valores familiares", con la ayuda de aquellos que la prensa obrera de] siglo XIX llamaba "el sacerdocio comprado".

 

Algunas consecuencias de la guerra contra niños y familias, sí reciben gran atención, en una manera que es ilustradora. En las últimas semanas, importantes revistas han puesto amplia atención en nuevos libros preocupados con decrecientes coeficientes de inteligencia (IQ) y aprendizajes escolares. El New York Times Book Review dedicó un artículo desusualmente largo a este tópico, escrito por su redactor de ciencias, Macolm Browne, quien lo inicia con la advertencia de que gobiernos y sociedades que ignoren los tópicos tematizados por estos libros "lo harán a su propio riesgo". No hay ninguna mención del estudio de la UNICEF, y tampoco he visto ninguna reseña en otra parte -o de hecho, de cualquier estudio que see ocupara de la guerra contra los niños y familias en las sociedades angloamericanas.

 

Entonces, ¿cuál es la pregunta que ignoramos a nuestro propio riesgo? Sucede que es bastante limitada: posiblemente el IQ es parcialmente heredado, y de manera más ominosa, vinculado a la raza, con negros que engendran como conejos y echan a perder la reserva genética. Ouizás las madres negras no crían a sus niños porque se desarrollaron en el cálido pero altamente impredicible ambiente de África, sugiere uno de los autores de los libros reseñados. Ésta es ciencia verdadera, que ignoramos a nuestro propio peligro. Pero podemos, de hecho tenemos que ignorar las políticas sociales para los pobres y la protección estatal para los ricos -basadas en el mercado libre-, y el hecho, por ejemplo, de que en la ciudad donde aparecen estos materiales -que es la más rica en el mundo- el 40% de los niños vive debajo de la línea de pobreza, privado de la esperanza de escapar de la miseria e indigencia. ¿Podría esto tener algo que ver con el estado de los niños y sus logros? Podemos ignorar en seguida tales interrogantes -una decisión natural de los ricos y poderosos, dirigiéndose unos a los otros y buscando justificaciones para la guerra de clases que conducen y sus efectos humanos.

 

No insultaré su inteligencia discutiendo los méritos científicos de estas contribuciones, habiéndole hecho en otros trabajos, como ya lo hicieron muchos otros.

 

Éstas son algunas de las formas más feas de control de la población. En la variante más benigna, el populacho tiene que ser desviado hacia actividades no problemáticas por las grandes instituciones de propaganda, organizadas y dirigidas par la comunidad empresarial, medio-estadounidense, que dedica un enorme capital y energía para convertir a la gente en átomos de consumición y herramientas obedientes de producción (si tienen la suficiente suerte para encontrar trabajo) -aislados uno del otro, carentes aun de una concepción de lo que una vida humana decente podría ser. Esto es importante. Sentimientos humanos normales tienen que ser aplastados. Son inconsistentes con una ideología acomodada a las necesidades del privilegio y poder, que celebra la ganancia privada como el valor humano supremo y niega los derechos de la gente más allá de lo que ésta puede salvar en el mercado laboral- aparte de los ricos, que deben recibir una amplia protección por el Estado.

 

Junto con la democracia, los mercados también son atacados. Aun dejando a un lado la masiva intervención estatal en Estados Unidos y en la economía internacional, la creciente concentración económica y el control de mercado ofrecen mecanismos infinitos para evadir y socavar la disciplina de mercado, una larga historia que no podemos abordar en este ensayo por razones de espacio. Para mencionar sólo un aspecto, alrededor del 40% del "comercio mundial" no es, realmente, comercio; consiste en operaciones internas de las corporaciones, gerenciadas de manera central por una mano altamente visible, con toda clase de mecanismos para socavar los mercados en beneficio de ganancia y poder. El sistema casi~mercantilista del capitalismo transnacional corporativo está lleno de las formas de conspiraciones de los dominantes, sobre las cuales advertía Adam Smith, para no hablar de la tradicional utilización y dependencia del poder estatal y del subsidio público. Un estudio de 1992 de la OECD concluye que la "competencia oligopolítica y la interacción estratégica entre empresas y gobiernos, antes que la mano invisible de las fuerzas del mercado, condicionan en la actualidad las ventajas competitivas y la división internacional del trabajo en las industrias de alta tecnología", tales como agricultura, farmacéuticos, servicios y otras aréas importantes de la economía, en general. La gran mayoría de la población mundial, que está sujeta a la disciplina del mercado e inundada con odas a sus milagros, no debe escuchar esas palabras; y pocas veces las oye.

Me temo que esto apenas toca la superficie. Es fácil de entender el estado de desesperación, ansiedad, falta de esperanza, enojo y temor que prevalece en el mundo, fuera de los sectores opulentos y privilegiados y del "sacerdocio com prado" que cantan alabanzas a nuestra magnificencia, una caracteristica notable de nuestra "cultura contemporánea", si se puede pronunciar esta frase sin vergüenza.

 

Hace 170 años, muy preocupado con el destino del experimento democrático, Thomas Jefferson hizo una distinción útil entre "aristócratas" y "demócratas". Los "aristócratas' eran "quienes tienen temor y desconfianza en la gente y desean quitarles todos los poderes para ponerlos en manos de las clases altas". Los demócratas, en cambio, "se identifican con la gente, tienen confianza en ella, la elogian y la consideran el honesto y seguro depositario del interés público", si no siempre "los más sabios". Los aristócratas de sus días eran los protagonistas del naciente Estado capitalista, que Jefferson consideraba con mucha consternación, reconociendo la contradiccion entre democracia y capitalismo, que es mucho más evidente en la actualidad, cuando tiranías privadas sin con

trol adquieren un poder extraordinario sobre todos los aspectos de la vida.

Como siempre en el pasado, uno puede escoger ser un demócrata en el sentido de Jefferson, o un aristócrata. El segundo camino ofrece ricas recompensas, dado el lugar de riqueza, privilegio y poder, y los fines que naturalmente busca. El otro sendero es uno de lucha, muchas veces de derrota, pero también de recompensas que no pueden ser imaginadas por aquellos que sucumben a lo que la prensa obrera denunciaba hace 150 años como "el Nuevo Espíritu de la Era": "Gana riqueza, olvidando todo menos lo tuyo".

 

El mundo de hoy está lejos del mundo de Thomas Jefferson o de los trabajadores de mediados del siglo XIX. Pero, las alternativas que ofrece, no han cambiado en esencia.

 

 

 

Hosted by www.Geocities.ws

1