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Quisiera decir que el odio que los vecinos profesaban a este individuo no era fruto de uno o dos malentendidos, sino que fue algo cosechado, cuidadosamente a lo largo de seis largos meses, y contra todos los vecinos sin excepción. No había puerta que no llevase su marca. Bueno, sí. Había una. La del 2ºB, que estaba vacío. Nadie había vivido ahí desde el suicidio de la propietaria hace ya siete años.
Curiosamente, el siete de mayo, cinco días después de la reunión un nuevo inquilino ocupaba el 2ºB. Un hombre sin equipaje, con gabardina y sombrero. un hombre callado, de mirada vacía, oscuro y de pasado más oscuro, posiblemente. Un hombre que sólo estaba allí por una sola razón. Ni que decir tiene que el nombre del registro era falso.
Un día después, más o menos sobre las seis de la tarde, se oyó un grito, procedente del 2ºA. Un grito mezcla de desesperación y agonía. Un grito que significa el último aliento. Un grito que implica un inmenso dolor. Un grito que se oyó en todo el bloque.
Y en el quinto piso, el señor Mayton se fumó su pipa tranquilo y pausadamente por primera vez en seis largos meses.