Misión 1:
En
un país lejano...
Era
lo que se suele decir una auténtica noche de perros, el agua caía a mares
sobre una multitud apenas guarnecida por unos frágiles paraguas. La ciudad estaba sumida en
la más completa oscuridad y la muchedumbre se movía a impulsos buscando lo más
parecido a un lugar seguro, pero cuando un grupo terrorista elige una ciudad
para empezar su carrera de muerte y destrucción, como lamentablemente era el
caso no había escondite lo suficientemente oculto o apartado, por eso mismo había
rechazado la invitación de Ali Fa-Tao, el comerciante de armas, para quedarme
en su búnker hasta que pasara lo peor. Era típico de él, siempre que había
problemas serios se escondía y esperaba a que las aguas volvieran a su cauce
para aparecer como el salvador de la metrópolis, nunca me engañó su pose de
patriota, siempre supe que era un maldito cobarde, sin embargo esa no era la razón
por la que rechacé su propuesta, ya que he estado con seres más despreciables,
sino la convicción de que ese búnker se convertiría en una trampa mortal en
cuanto empezara el ataque.
Aunque
llevaba el suficiente tiempo en el país y por extensión en la Tierra seguía
sorprendiéndome la facilidad con la que aparecían salvadores y Mesías
dispuestos a reverdecer los viejos
laureles de sus respectivos pueblos o llevarles a un
nuevo paraíso terrenal, sea lo
que sea lo que prometen lo que nunca cambia es el
método, la más brutal demagogia. Todo el santo mundo dice que se teme a
la muerte, bien, yo creo que lo que más tememos es la complejidad de la vida,
tantos grises, tantas ambigüedades, necesitamos un enemigo al que echarle la
culpa de las desgracias que nos asolan, alguien en el que volcar toda nuestra
furia, vamos un tipo al que tras despojarle toda condición humana le podamos
partirle la cara a gusto o hacerle una salvajada peor, que las hay y muchas.
Y ahora que me he despachado a gusto con uno de esos males universales, además uno que me ha tocado sufrir en mis carnes a lo largo de toda mi vida, seguiré contando la historia que me ocupaba. Como dije antes llovía a cántaros y los terroristas se acercaban a la capital a velocidad de vértigo. Con una radio pude llegar a oír algo sobre su imparable avance. Por lo visto la guardia imperial, un nombre bastante aparatoso para un país tan pequeño que no aparecía en el mapamundi, había sido literalmente aplastada por la brutal acometida de los Puros, que es como se hacía llamar esa horda de bárbaros y cafres. Así que ya no quedaba ningún obstáculo entre ellos y la ciudad. Debía actuar deprisa si no quería meterme de cabeza en una masacre, no es que no tuviera experiencia en ellas ni que de repente me hubiera vuelto pacifista, más bien era que quería dejar ese país lo antes posible. Primero contacté con Reptiliis, que estaba probando las bebidas locales, sobre todo las alcohólicas, de las pocas cosas que había una cierta variedad en ese rincón del planeta. En la siguiente foto aparecen dos amigas que hicimos allí, dos alemanas que buscaban emociones fuertes. Y puedo asegurar que las encontraron, es más quedaron tan contentas del viaje que se empeñaron en acompañarnos a Santiago, cuando fuimos a visitar al que posiblemente sea el grupo que tardo menos en disolverse de todos los tiempos, los Caballeros del Bien, aunque como buenos héroes vuelven a estar juntos. Tan malavenidos como siempre.
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