Réquiem por un amigo

    Desde la más profunda oscuridad que cualquier mente pueda albergar, escribo yo aquí las desventuras de un conocido mío, que ahora recuerdo con pena. Era un hombre que creyó toda su vida ser algo que nunca fue. Y la verdad es que tampoco tuvo a nadie que se lo recordase.

    Sin embargo, no se dejaba llevar por las depresiones, sino que estaba cargado de vitalidad, y su autoestima siempre se mantuvo alta. Enérgico, siempre emprendió todas sus empresas con la mejor voluntad, y tenaz, no dejaba nunca un trabajo hasta acabarlo. Un sueño dominaba su vida: servir a los demás y hacer que nuestras vidas fueran más agradables. Quizá fue eso lo que acabó con él. Llegó a la convicción, no sé porqué, de que tenía un don. Él decía que no era fruto de una casualidad, sino que ya era algo de nacimiento, pero que fue entonces cuando comenzó a manifestarse. Decía también que tendría que pasar mucho tiempo para llegar a dominar aquel poder. Por eso dejó el trabajo y por eso lo dejó su mujer.

   Un día, por curiosidad, le pregunté que superpoder tenía y cómo iba a ayudar a la gente. Me sorprendió con  una sonrisa en la boca, que podía cambiar el color de las cosas, y así haría  a la gente menos gris poniéndole  un toque de color a sus vidas. Lo primero que hice fue llevarlo al psiquiatra. Me comentó que mi amigo hacía tiempo que había abandonado nuestra realidad, y que ahora vivía en un mundo aparte, lejos de toda agresión externa, donde él jugaba un papel importante y era querido-me recomendó internarlo en un hospital psiquiátrico de inmediato. Yo acepté, y corrí con los gastos.

   Hoy ha muerto. Adiós, amigo.

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